Bibliografía

Textos, artículos, comentarios:

Dos notas sobre el niño* 

por Jacques Lacan


Estas dos notas manuscritas entregadas
por Jaques Lacan a la Sra. Jenny
Aubry en octubre de 1969, fueron publicadas
por primera vez por ella, con mi autorización,
en un libro suyo aparecido en 1983.
Jacques-Alain Miller


En la concepción que de él elabora Jacques Lacan, el síntoma del niño está en posición de responder a lo que hay de sintomático en la estructura familiar.

El síntoma, y este es el hecho fundamental de la experiencia analítica, se define en este contexto como representante de la verdad.

El síntoma puede representar la verdad de la pareja familiar. Este es el caso más complejo pero también el más abierto a nuestras intervenciones.

La articulación se reduce mucho cuando el síntoma que llega a dominar compete a la subjetividad de la madre. Esta vez el niño está involucrado directamente como correlativo de un fantasma.

Cuando la distancia entre la identificación con el ideal del yo y parte tomada del deseo de la madre no tiene mediación (lo que asegura normalmente la función del padre), el niño queda expuesto a todas las capturas fantasmáticas. Se convierte en el “objeto” de la madre y su única función es entonces revelar la verdad de este objeto.

El niño realiza la presencia de eso que Jacques Lacan designa como objeto a en el fantasma.

Satura de este modo, sustituyéndose a ese objeto, el modo de falta en el que se especifica el deseo (de la madre), sea cual fuere la estructura especial de este deseo: neurótico, perverso o psicótico.

El niño aliena en él todo acceso posible de la madre a su propia verdad, dándole cuerpo, existencia e incluso la exigencia de ser protegido.

El síntoma somático le ofrece a este desconocimiento el máximo de garantías: es el recurso inagotable para, según los casos, dar fe de la culpa, servir de fetiche, encarnar un rechazo primordial.

En suma, en su relación dual con la madre el niño le da, como inmediatamente accesible, aquello que le falta al sujeto masculino: el objeto mismo de su existencia, apareciendo en lo real. Resulta de ello que en la medida misma de lo que presenta de real, estará expuesto a un mayor soborno en el fantasma.

Por lo que parece al ver el fracaso de las utopías comunitarias, la posición de Lacan nos recuerda la siguiente dimensión.

La función del residuo que sostiene (y a un tiempo mantiene) la familia conyugal en la evolución de las sociedades, resalta lo irreductible de una transmisión –perteneciente a un orden distinto al de la vida adecuada a la satisfacción de las necesidades- que es la de una constitución subjetiva, que implica la relación de un deseo que no sea anónimo.

Las funciones del padre y de la madre se juzgan según una tal necesidad. La de la Madre: en tanto sus cuidados están signados por un interés particularizado, así sea por la vía de sus propias carencias. La del padre, en tanto que su nombre es el vector de una encarnación de la Ley en el deseo.

Familia Conyugal: El término es un legado del sociólogo Durkheim de finales del S. XIX. Da cuenta del final del "modo" (funcionamiento) de la Familia Patriarcal. Desaparece esta última para instalarse en la sociedad una nueva forma familiar. Donde:

1.- Encontramos 2 figuras: marido y esposa. Y sus hijos, a la mayoría de edad o al casarse, dejan la casa.
2.- El Estado interviene al interior de la familia: legisla, regula, actúa con el peso de la justicia (si le cabe).
3.- Los lazos de parentesco están regulados, son inquebrantables y "legales" (legislados); el particular no puede quebrantarlos ante el estado.

Esta familia es la que prevalece hoy como RESIDUO. 
Está en relación a un deseo que No es anónimo. (Como si por ej. las experiencias utópicas de comunas de niños españoles exilados en México; o crianza en kibutz de Israel de niños -"la casa de los niños"- en los años 1909 aprox.)
No se trata de transmitir un saber; sino del ejercicio de posibilidad de sujeto por lo que falla; por lo que "cojea" en el gran Otro -madre- cuya falta abre la posibilidad del deseo.
Las funciones son SEMBLANTES, es decir que se ENCARNAN.
Una mujer quiere acceder (Deseo) a ser madre y un hombre que interviene para producir un niño: un objeto niño.
Es un padre que posibilita el deseo (no que prohíbe) en la medida que desea a esa mujer: a la madre de sus hijos, haciéndola "suya" por cuanto se acuesta con ella inscribiendo lo particular de la ley, no lo universal, ni lo anónimo. 
El padre enuncia la ley, la palabra, da la posibilidad de vivir y servirse de la palabra. Un padre que consiente su propia falla y la del deseo femenino.

AL NIÑO le son posibles en tanto SÏNTOMA 2 (dos) posiciones. La primera representando la verdad de la pareja padre-madre. Esto es (Sujeto barrado: $) sujeto articulado con la metáfora paterna. O, la segunda posición, realizando la presencia del objeto "a" en el fantasma materno, supliendo o saturando esa falta en sus distintos modos: "sea cual fuere la estructura especial de este deseo: neurótico, perverso o psicótico. No es que sea el "a", sino su realización en lo que respecta a la subjetividad de la madre. Lo que dice de la falta de la madre y de su deseo como mujer".
Dirá Lacan: "La distancia entre la identificación al ideal del yo (moi) y la parte tomada del deseo de la madre, si ella [la distancia] no tiene mediación (aquella que normalmente asegura la función del padre) deja al niño expuesto a todas la capturas fantasmáticas. Él deviene objeto de la madre, sin más función que la de revelar la verdad de ese objeto". Dos Notas sobre un niño.           
  


Términos extraídos del diccionario de Psicoanálisis de J. Laplanche y J. B. Pontalis
Los mismos son: catexis, contracatexis y libido.

Catexis

Al.: Besetzung. -
Fr.: charge o investissement. -
Ing: cathexis. -
It.: carica o investimento. -
Por.: carga o investimento.

Concepto económico, la catexis hace que cierta energía psíquica se halle unida a una representación o grupo de representaciones, una parte del cuerpo, un objeto, etcétera.

En francés se admite la traducción Besetzung por catexis (algunas veces se encuentra: ocupación). En castellano, traduciremos catexis; a este respecto haremos una observación: el verbo alemán besetzen tiene muchos sentidos, entre ellos el de ocupar (por ejemplo, ocupar un lugar o, militarmente, una ciudad, un país); en francés, investissement evoca especialmente, por una parte, en el lenguaje militar, el hecho de sitiar una plaza (y no de ocuparla), y por otra, en el lenguaje financiero, la colocación de capital en una empresa (sin duda este último sentido es el que prevalece actualmente para la conciencia lingüística común). Así, pues, los términos alemán y francés no son exactamente superponibles, y el término francés parece inducir de un modo más espontáneo a comparar la «economía» que consideraba Freud a aquella de la que trata la ciencia económica.

El término Besetzung es de empleo constante en la obra freudiana; su extensión, su alcance, han podido variar, pero se halla presente en todas las etapas del pensamiento de Freud.

Aparece en 1895 en los Estudios sobre la histeria (Studien über Hysterie) y en el Proyecto de psicología científica (Entwurf einer Psychologie), pero algunos términos afines, como «suma de excitación» y «valor afectivo», son incluso anteriores (1893, 1894): desde su prólogo a la obra de Bernheim De la sugestión y de sus aplicaciones a la terapéutica (Die Suggestion und ihre Heilwirkung, 1888-1889), Freud habla de desplazamientos de excitabilidad dentro del sistema nervioso (Verschiebungen von Erregbarkeit im Nervensystem). Esta hipótesis tiene un origen a la vez clínico y teórico.

Clínicamente, el tratamiento de los neuróticos, especialmente de los histéricos, impone a Freud la idea de una distinción fundamental entre las « representaciones » y el «quantum de afecto» con la que aquéllas, se hallan catectizadas. Así, un acontecimiento importante en la historia del sujeto puede ser evocado con indiferencia, y el carácter displacentero o intolerable de una experiencia puede atribuirse a un acontecimiento anodino en lugar de a aquel que, originalmente, provocó el displacer (desplazamiento, «falsa conexión»). La cura, tal como se describe en los Estudios sobre la histeria, al restablecer la conexión entre las diferentes representaciones que intervienen, restablece la relación entre el recuerdo del acontecimiento traumático y el afecto, favoreciendo así la descarga de éste (abreacción). Por otra parte, la desaparición de los síntomas somáticos en la histeria es correlativa a la evocación de las experiencias afectivas reprimidas, lo que hace suponer que, inversamente, el síntoma se ha producido por conversión de una energía psíquica en «energía de inervación».

Estos hechos, y especialmente los de la conversión, parecen basarse en un verdadero principio de conservación de una energía nerviosa, siendo ésta capaz de adoptar distintas formas. Esta concepción se encuentra formulada sistemáticamente en el Proyecto de psicología científica, que describe el funcionamiento del aparato nervioso haciendo intervenir únicamente variaciones de energía dentro de un sistema de neuronas. En este trabajo, la palabra Besetzung designa tanto el acto de catectizar una neurona (o un sistema), es decir, cargarlo de energía, como la cantidad de energía catectizada, en particular una energía «quiescente».

Más tarde, Freud se desprenderá de estos esquemas neurológicos, transponiendo el concepto de energía de catexis al plano de un «aparato psíquico». Así, en La interpretación de los sueños (Die Traurndeutung, 1900), muestra cómo la energía de catexis se reparte entre los diversos sistemas. El sistema inconsciente se halla sometido, en su funcionamiento, al principio de la descarga de las cantidades de excitación; el sistema preconciente intenta inhibir esta descarga inmediata al mismo tiempo que destina pequeñas cantidades de energía a la actividad de pensamiento necesaria para la exploración del mundo exterior: «[...] postulo que, por razón de eficacia, el segundo sistema logra mantener la mayor parte de sus catexis de energía en estado de reposo y emplear solamente una pequeña parte de ella desplazándola» (véase: Energía libre - energía ligada).

No obstante, se observará que la transposición a que somete Freud las tesis del Proyecto de psicología científica no implica el abandono de toda referencia a la idea de una energía nerviosa. «El que quiera tomar en serio estas ideas --observa Freud- debería investigar sus analogías físicas y abrirse camino para representarse el proceso de movimiento en la excitación de las neuronas».

La elaboración del concepto de pulsión aporta una respuesta al problema que había quedado pendiente en la conceptualización económica de La interpretación de los sueños: la energía de catexis es la energía pulsional que proviene de fuentes internas, ejerce un empuje constante e impone al aparato psíquico la tarea de transformarla. Así, una expresión como «catexis libidinal» significa: catexis por la energía de las pulsiones sexuales. En la segunda teoría del aparato psíquico, el ello, polo pulsional de la personalidad, se convierte en el origen de todas las catexis. Las otras instancias toman su energía de esta fuente primaria.

La noción de catexis, como la mayor parte de las nociones económicas, forma parte del aparato conceptual de Freud, pero éste no dio de ella una elaboración teórica rigurosa.

En parte, estos conceptos los recibió el «joven Freud» de los neurofisiólogos que sobre él influyeron (Brücke, Meynert, etc.). Este estado de cosas explica parte de la incertidumbre en que se encuentra el lector de Freud en cuanto a la respuesta que debe darse a cierto número de preguntas:


1) El empleo de la palabra catexis presenta siempre una ambigüedad que no ha sido eliminada por la teoría analítica. La mayoría de las veces es interpretada en sentido metafórico: entonces indica una simple analogía entre las operaciones psíquicas y el funcionamiento de un aparato nervioso concebido según un modelo energético.

Cuando se habla de catexis de una representación, se define una operación psicológica en un lenguaje que se limita a evocar, en forma analógica, un mecanismo fisiológico que podría ser paralelo a la catexis psíquica (por ejemplo, catexis de una neurona, de un engrama). En cambio, cuando se habla de catexis de un objeto, oponiéndola a la catexis de una representación, se pierde el soporte del concepto de un aparato psíquico como sistema cerrado análogo al sistema nervioso. De una representación puede decirse que está cargada y que su destino depende de las variaciones de esta carga, mientras que la catexis de un objeto real, independiente, no puede tener el mismo sentido «realista». Una noción como la de introversión (paso de la catexis de un objeto real a la catexis de un objeto imaginario intrapsíquico) pone de manifiesto esta ambigüedad: resulta difícil concebir la idea de una conservación de la energía cuando se produce esta retirada.

Algunos psicoanalistas creen ver en la palabra «catexis» la garantía objetiva de que su psicología dinámica se halla en relación con la neurofisiología. En efecto, al utilizar expresiones como: catexis de una parte del cuerpo, catexis del aparato perceptivo, etc., se puede tener la impresión de que se emplea un lenguaje neurológico y se establece la transición entre la teoría psicoanalítica y una neurofisiología, pero de hecho ésta no es más que una transposición de aquélla.

2) Otra dificultad se presenta cuando se intenta relacionar la noción de catexis con las concepciones tópicas. Por una parte, se considera que toda energía de catexis tiene su origen en las pulsiones; pero, por otra, se habla de una catexis propia de cada sistema. La dificultad es apreciable en el caso de la catexis llamada inconsciente. En efecto, si se considera que esta catexis es de origen libidinal, se tiende a concebirla como empujando incesantemente a las representaciones catectizadas hacia la conciencia y la motilidad; pero a menudo Freud habla de catexis inconsciente como de una fuerza de cohesión propia del sistema inconsciente y capaz de atraer hacia él las representaciones: esta fuerza desempeñaría un papel fundamental en la represión. Cabe preguntarse entonces si la palabra «catexis» no designa nociones heterogéneas.

3) ¿Es posible limitar la noción de catexis a su acepción económica? Ciertamente Freud la asimila a la idea de una carga positiva atribuida a un objeto o a una representación. Pero, en el plano clínico y descriptivo, ¿no adquiere un sentido más amplio? En efecto, en el mundo personal del sujeto, los objetos y las representaciones se hallan afectados de ciertos valores que organizan el campo de la percepción y del comportamiento. Por una parte, estos valores pueden aparecer como cualitativamente heterogéneos, hasta el punto de que es difícil concebir equivalencias y substituciones entre ellos. Por otra parte, se constata que ciertos objetos cuyo valor no está totalmente enunciado para el sujeto, se hallan afectados no de una carga positiva, sino de una carga negativa: así, el objeto fóbico no se halla carente de catexis, sino intensamente «catectizado» como objeto que-debe-ser-evitado.

En vista de ello se puede sentir la tentación de abandonar el lenguaje económico y traducir el concepto freudiano de catexis dentro de una conceptualización inspirada en la fenomenología, en la que prevalecerían las ideas de intencionalidad, objeto-valor, etc. Incluso en el lenguaje de Freud se pueden hallar expresiones que justificarían este modo de ver. Así, en su articulo en francés Quelques considérations pour une étude comparative des paralysies motrices organiques et hystériques, 1893, da como equivalente de Affektbetrag (quantum de afecto) el término «valor afectivo». En otros trabajos, el término de catexis parece connotar menos una carga medible de energía libidinal que fines afectivos cualitativamente diferenciados: así, cuando falta al lactante el objeto materno, se califica de «catectizado de nostalgia» (Sehnsuchtbesetzung).

Cualesquiera que sean las dificultades que plantea la utilización de la noción de catexis, de hecho los psicoanalistas difícilmente pueden prescindir de él para explicar numerosos datos clínicos e incluso para apreciar la evolución de la cura. Ciertas afecciones parecen evidenciar la idea de que el sujeto tiene a su disposición una determinada cantidad de energía, que él repartiría en forma variable en su relación con sus objetos y consigo mismo. Así, en un estado como el de duelo, el manifiesto empobrecimiento de la vida de relación del sujeto halla su explicación en una sobrecatexis del objeto perdido, como si se estableciera un verdadero equilibrio energético entre las diferentes catexis de los objetos exteriores o fantaseados, del propio cuerpo, del yo, etc.

Investidura

Alemán: Besetzung.
Francés: Investissement.
Inglés: Cathexis.

Término tomado por Sigmund Freud del vocabulario militar para designar una movilización de la energía pulsional cuya consecuencia es ligar esa energía a una representación, a un grupo de representaciones, a un objeto o a partes del cuerpo.

Contracatexis

Al.: Gegenbesetzung. 
Fr.: contre-investissement.
Ing.: anticathexis. 
It.: controcarica a con troinvestimento. 
Por.: contra-carga o contra-investimento.

Proceso económico postulado por Freud como soporte de numerosas actividades defensivas del yo. Consiste en la catexis (carga) por el yo de representaciones, actitudes, etc., susceptibles de obstaculizar el acceso de las representaciones y deseos Inconscientes a la conciencia y a la motilidad.

El término puede designar también el resultado, más o menos permanente, de tal proceso.

El concepto de contracatexis es citado por Freud sobre todo dentro de su teoría económica de la represión. Las representaciones a reprimir, en la medida en que se hallan catectizadas constantemente por la pulsión y tienden sin cesar a irrumpir en la conciencia, sólo pueden mantenerse en el inconsciente si actúa en sentido contrario una fuerza del mismo modo constante. Así, pues, en general la represión supone dos procesos económicos que se implican mutuamente:


1) retirada, por el sistema Pcs, de la catexis hasta entonces ligada a una determinada representación displacentera (ausencia de catexis);

2) contracatexis, utilizando la energía que ha quedado disponible por la operación anterior.


Aquí se plantea el problema de lo que se elige como objeto de la contracatexis. Conviene señalar que la contracatexis da por resultado el mantenimiento de una representación dentro del sistema de donde proviene la energía pulsional. Es, por consiguiente, la catexis de un elemento del sistema preconsciente-consciente que impide que surja, en su lugar, la representación reprimida. El elemento contracatectizado puede ser de distintas naturalezas: un simple derivado de la representación inconsciente (formación substitutiva, como ejemplo un animal fóbico, que es objeto de especial vigilancia y sirve para mantener reprimidos el deseo inconsciente y las fantasías con él relacionadas), o un elemento que se opone directamente a aquella representación (por ejemplo, formación reactiva: solicitud exagerada de una madre por sus hijos, que oculta deseos agresivos; afán de limpieza destinado a luchar contra tendencias anales).

Por otra parte, las contracatexis pueden ser, no sólo una representación, sino también una situación, un comportamiento, un rasgo de carácter, etc., si bien el objetivo sigue siendo siempre el mantener de forma lo más constante posible la represión. De acuerdo con lo dicho, la noción de contracatexis designa el aspecto económico del concepto dinámico de defensa del yo; explica la estabilidad del síntoma, que, según expresión de Freud, se halla «mantenido desde dos lados a la vez». Al carácter indestructible del deseo inconsciente se opone la relativa rigidez de las estructuras defensivas del yo, que exige un gasto permanente de energía.

La noción de contracatexis no es aplicable únicamente a lo relativo a la frontera entre los sistemas inconsciente, por una parte, y preconsciente, por otra. Citado por Freud en un principio dentro de la teoría de la represión, la contracatexis se encuentra también en numerosas operaciones defensivas: aislamiento, anulación retroactiva, defensa por la realidad, etc. En tales operaciones defensivas, e incluso en el mecanismo de la atención y del pensamiento discriminativo, la contracatexis interviene también en el propio interior del sistema preconsciente-consciente.

Finalmente Freud recurre al concepto de contracatexis al considerar la relación del organismo con su ambiente, para explicar las reacciones de defensa frente a una irrupción de energía externa que hace efracción sobre el protector contra las excitaciones (dolor, traumatismo). El organismo moviliza entonces energía interna a expensas de sus actividades, que se encuentran empobrecidas, a fin de crear una especie de barrera que evite o disminuya la afluencia de excitaciones externas.

Libido

s. f. [Término de origen latino, de trasposición igual en todos los idiomas, rescatado por Freud.] Energía psíquica de las pulsiones sexuales que encuentra su régimen en términos de deseo, de aspiraciones amorosas, y que, para S. Freud, da cuenta de la presencia y de la manifestación de lo sexual en la vida psíquica.

C. Jung, por su parte, concibe la libido como una energía psíquica no específica, que se manifiesta en todas las tendencias, sexuales o no; refuta esto Freud, quien mantiene su referencia a lo sexual. Asimilando su concepción de la libido, como energía de todo lo que se puede englobar bajo el nombre de amor, al Eros de Platón, Freud llega a llamar libido a la energía del Eros. J. Lacan retoma la cuestión y propone concebir la libido no tanto como un campo de energía sino como un «órgano irreal» que tiene relación con la parte de sí mismo que el ser viviente sexuado pierde en la sexualidad [Seminario XI, «Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis», 1964].

Es relativamente arduo extraer una definición de la libido en Freud, especialmente porque recibe distintas aclaraciones según los momentos de conceptualización de la teoría de las pulsiones, los avances concernientes a la vida sexual, normal o patológica, el cuestionamiento reiterado del problema de las neurosis, las perversiones, las psicosis, etc. El término latino libido, que significa «deseo» [violento, inclinación intensa, «garias», «aspiración», tal como Freud lo usa, designa «la manifestación dinámica en la vida psíquica de la pulsión sexual»; es la energía «de esas pulsiones relacionadas con todo lo que se puede comprender bajo el nombre de amor». Al afirmar la referencia a lo sexual de la libido, referencia que hace valer en las diversas definiciones que da, Freud se contrapone al punto de vista de Jung, que extiende, generaliza y desespecifica la libido, viéndola operante en todo tipo de tendencias. En Conferencias de introducción al psicoanálisis (1916-17), en especial, Freud adopta una clara posición: «No ganamos nada evidentemente en insistir con Jung en la unidad primordial de todas las pulsiones y en dar el nombre de libido" a la energía que se manifiesta en cada una de ellas (...) Es imposible, sea cual fuere el artificio al que se recurra, eliminar de la vida psíquica la función sexual (...) el nombre de libido permanece reservado a las tendencias de la vida sexual, y únicamente en este sentido lo hemos empleado siempre».

Libido y sexualidad. La economía y la dinámica libidinales, sobre cuya comprensión y conceptualización Freud no cesa de volver, suponen una concepción de la sexualidad mucho más amplia que la vigente en su época y aun, por otra parte, en la nuestra. Como lo explica en Tres ensayos de teoría sexual (1905) o en Conferencias de introducción al psicoanálisis, es a través de] estudio de la sexualidad infantil y de las perversiones como Freud encuentra sus argumentos para deslindar la sexualidad de la finalidad de la procreación, para refutar la identidad entre sexual y genital, para concebir entonces la existencia de algo sexual que no es genital y que no tiene nada que ver con la reproducción sino con la obtención de una satisfacción. Llega así, produciendo entonces un escándalo, a calificar de sexuales un conjunto de actividades o tendencias que no sólo registra en el adulto sino también en el niño, aun lactante. De este modo, por ejemplo, caracteriza como sexual, y reconoce como actividad sexual, la succión en el niño y la satisfacción que extrae de ella. A través de esta concepción ampliada de la sexualidad despliega la concepción de un desarrollo sexual o, expresión para él equivalente, de un desarrollo de la libido según diferentes estadios. Da así por sentado que la vida sexual, o la vida libidinal, o la función de la sexualidad (para él sinónimos), lejos de estar instalada de entrada, está sometida a un desarrollo y atraviesa una serie de fases o estadios. El «punto de giro de este desarrollo», escribe en Conferencias de introducción al psicoanálisis, está «constituido por la subordinación de todas las tendencias sexuales parciales al primado de los órganos genitales, o sea, por la sumisión de la sexualidad a la función de la procreación».

Otro aspecto del desarrollo sexual que pone en juego la economía libidinal y su dinámica energética es el que compromete toda la cuestión de la relación con el objeto, pudiendo la libido investir y tomar como objeto tanto la persona misma (se la llama entonces libido del yo) como un objeto exterior (se la llama entonces libido de objeto). Freud designa con el término narcisismo el desplazamiento de la libido sobre el yo. Además introduce la cuestión del objetivo de la pulsión, que es la satisfacción; Freud la interroga en especial con el problema del devenir libidinal en la sublimación. Una misma energía psíquica, cuyo carácter sexual inicial mantiene, una misma energía libidinal, cuyo «gran reservorio», dice, es el yo, opera, por lo tanto, para Freud, en las pulsiones sexuales y sus modificaciones, cualquiera que sea el objeto al que se dirijan, cualquiera que sea el objetivo que alcancen, directamente sexual o sublimado.

Libido y pulsión de vida. La concepción ampliada de la sexualidad que Freud promueve lo lleva a referirse en reiteradas oportunidades al Eros platónico. Ve en este una concepción muy cercana a lo que él entiende por pulsión sexual, según lo escribe en Tres ensayos de teoría sexual, donde evoca la fábula poética que Platón hace relatar en el Banquete a Aristófanes: la división en dos partes del ser humano, que desde entonces aspira incesantemente a volver a encontrar su mitad perdida para unirse con ella. A Eros, el Amor, Platón nos lo muestra como el deseo, siempre desprovisto y siempre en busca de lo que pueda apaciguarlo, satisfacerlo, yendo sin cesar tras lo que le falta para ser colmado. De este modo, dice Freud en Psicología de las masas y análisis del yo (1921), «al ampliar la concepción del amor, el psicoanálisis no ha creado nada nuevo. El Eros de Platón presenta, en cuanto a sus orígenes, sus manifestaciones y sus relaciones con el amor sexual, una analogía completa con la energía amorosa, con la libido del psicoanálisis. . >. Freud está entonces plenamente de acuerdo con la teoría del amor en Platón y su concepción del deseo, pero al mismo tiempo se niega a abandonar el término psicoanalítico libido por el filosófico y poético Eros, pues, aunque señala su gran proximidad, rehúsa arriesgarse a perder así aquello que quiere hacer reconocer: su concepción de la sexualidad. De este modo, escribe también: «Aquellos que consideran la sexualidad como algo que avergüenza a la naturaleza humana y la rebajan son perfectamente libres de usar los términos más distinguidos de Eros y erótica (...) Nunca se puede saber hasta dónde se va a llegar de esta manera: se comienza por ceder en las palabras y luego se termina cediendo en las cosas». En Más allá del principio de placer (1920) primero, y en obras posteriores, Freud utiliza el término Eros para connotar las pulsiones de vida, que opone a las pulsiones de muerte, trasformando entonces especulativamente, como dice, la oposición entre pulsiones libidinales y pulsiones de destrucción. El Eros, que Freud da como equivalente de las pulsiones de vida (que reúnen ahora a las pulsiones sexuales y a las pulsiones de auto conservación), es la energía misma de estas pulsiones que tienden a la ligazón, a la unión, a la reunión y al mantenimiento de este estado. En Esquema del psicoanálisis (1938), escribe que llamará de ahora en adelante libido a «toda la energía del Eros».

Pérdida y sexualidad. Lacan sustituye el mito de Aristófanes recordado por Freud por lo que llama «el mito de la laminilla», producido para «encarnar la parte faltante»; con esto busca retomar la cuestión de la libido y su función, y en tanto la cuestión del amor queda relegada a un fundamento narcisista e imaginario. El mito de la búsqueda de la mitad sexual en el amor queda sustituido por «la búsqueda, por el sujeto, no del complemento sexual, sino de la parte de sí mismo perdida para siempre, constituida por el hecho de que no es más que un ser viviente sexuado y ya no es más inmortal». En Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis (1973), especialmente, se explica al respecto: la laminilla «es algo que tiene relación con lo que el ser sexuado pierde en la sexualidad; es, como la ameba con relación a los seres sexuados, inmortal». En esta laminilla inmortal que sobrevive a toda división, en este órgano que «tiene como característica no existir», allí, dice Lacan, está la libido inmortal, irreprimible, lo que le es sustraído al ser viviente por estar sujeto al sexo. La libido se encuentra entonces designada por la imagen y el mito de la laminilla ya no «como un campo de fuerzas sino como un órgano», un «órgano parte del organismo» y un órgano «instrumento de la pulsión». Órgano «irreal», dice todavía Lacan, definiéndose lo irreal «por articularse a lo real de una manera que se nos escapa, lo que requiere justamente que su representación sea mítica, como la concebimos nosotros. Pero ser irreal no le impide a un órgano encarnarse». 

Se presenta un enlace para acceder al tomo xix de la Obras completas de S. Freud

http://centrodedifusionyestudiospsicoanaliticos.files.wordpress.com/2014/08/19-sigmund-freud-obras-completas-tomo-xix.pdf


Carta 52 de Sigmund Freud


Carta de Freud a Fliess del 6 de diciembre de 1896 (Carta 52)[1] (Traducción y notas de Juan Bauzá)

Mi muy querido Wilhelm:

Hoy después de haber trabajado al máximo y haber ganado lo que necesito para mi bienestar (10 horas y 100 florines), estoy muerto de cansancio pero intelectualmente dispuesto para intentar exponerte brevemente los últimos detalles de mis especulaciones.

Ya sabes que en mi trabajo parto de la hipótesis de que nuestro mecanismo psíquico se ha establecido por un proceso de estratificación sucesiva[2], porque de vez en cuando el material preexistente de huellas mnémicas experimenta, en función de nuevas circunstancias, una reordenación según nuevos nexos, una reescritura (Umschrift)[3]. Lo esencialmente nuevo en mi teoría es, entonces, la tesis de que la memoria no está disponible de manera simple, sino múltiple, registrada en capas en diversas tipos de signos (Zeichen). En su momento (afasia[4]) afirmé una reordenación similar para las vías que llegan desde la periferia [del cuerpo a la corteza cerebral]. No sé cuántas de estas escrituras [trascripciones] existen. Por lo menos tres, aunque probablemente más.

Para ilustrar esta manera de ver las cosas propongo el siguiente esquema, que supone que las diversas escrituras [trascripciones, inscripciones] están separadas también en relación con lo que los comunica  o relaciona entre sí (de una manera no necesariamente tópica). Esta hipótesis quizá no tiene una importancia capital, pero es la más simple que encuentro por el momento, y podemos admitirla, al menos provisionalmente.


EL ESQUEMA TAL COMO APARECE EN EL MANUSCRITO DE FREUD
Fig. 1


                                           I                   II                       III
                  W                 Wz                  Ub                  Vb            Bw
               x  x   --------   x  x -----------   x x  ----------- x x -------- x x
                  x                   x  x                  x x                  x               x

SU REPRESENTACIÓN CLARIFICADA
Fig. 2



TAL COMO LO REPRESENTA J.-M. VAPPEREAU EN SUS LIBROS
con el comentario siguiente:
Las letras del grafo de la carta 52 se leen así:
P = Percepción, Ps = Percepción-signos ó signos de percepción, Ics = Inconsciente,
Pcs = Preconsciente, Cs = Consciencia
Fig. 3

W (P) [Wahrnehmungen = percepciones] son el soporte material [neuronas] donde se generan o producen las percepciones a las que se anuda consciencia, pero que en sí no conservan huella alguna de lo que sucede (des Geschehens). Es que consciencia y memoria se excluyen entre sí.

Wz (Ps) [Wahrnehmungszeichen = signos de percepción] es la primera escritura (Niederschriften) [registro o transcripción por escrito] de las percepciones[5], totalmente incapaz de llegar a ser consciente como tal y ordenada según una asociación [relación] por simultaneidad.

Ub (Ic) [Unbewusstsein = inconsciente] es una segunda escritura, ordenada según otras relaciones [asociaciones], tal vez causales[6]. Las huellas-Ic corresponderían quizá a recuerdos de conceptos, y serían también inaccesibles como tales a la consciencia.

Vb (Pc) [Vorbewusstsein = preconsciente) es la tercera reescritura (Umschrift), ligada a representaciones de palabra (Wortvorstellungen), y se corresponde con nuestro “yo” oficial (moi). Desde este Pc las investiduras devienen conscientes {Bw (Cc) [Bewusstsein = consciente]} de acuerdo con ciertas reglas, y precisamente esta consciencia-pensar [consciencia cognitiva] secundaria es de efecto retroactivo (nachträglich) en el orden del tiempo, probablemente anudada a la reanimación alucinatoria de representaciones de palabra, de tal manera que las neuronas-consciencia serían también neuronas-percepción y en sí carecerían de memoria[7].

Si pudiera dar u ofrecer una exposición completa de los caracteres psicológicos de la percepción y de las tres escrituras, con ello describiría una psicología nueva. Dispongo de una serie parcial de materiales para hacerlo, pero no es mi propósito ahora servirme de ellos para este fin.

Lo que aquí quiero destacar es que las escrituras sucesivas representan la operación psíquica de épocas sucesivas de la vida[8]. Y es en la frontera entre dos de estas épocas que tiene que producirse la traducción del material psíquico. Atribuyo las peculiaridades de las psiconeurosis al hecho de que no se haya producido una traducción adecuada para ciertos materiales, lo cual comporta ciertas consecuencias. Se produce además en efecto la tendencia a una compensación cuantitativa[9]. Cada reescritura posterior inhibe, por una parte, a la anterior y desvía, por otra, de ella el proceso de excitación [sin suprimirlo][10]. Toda vez pues que la reescritura posterior falta, la excitación es tramitada según las leyes psicológicas vigentes para el período psíquico anterior, y por las vías entonces abiertas. Subsistirá entonces, por así decirlo, un anacronismo, en cierta provincia regirán todavía «fueros»[11]; eso produce «relictos»[12].

El fallo (Versagung) de la traducción es lo que clínicamente se manifiesta o se traduce como «represión» (Verdrangüng). Motivo de ella es siempre un desprendimiento [producción manifiesta o consciente] de displacer que se generaría por su traducción exitosa, todo sucede como si este displacer suscitara una perturbación cognitiva [del pensar] que obstaculizara el trabajo de traducción[13].

Durante una misma fase psíquica, y a la vez que se realizan las reescrituras o retranscripciones de la misma variedad, vemos levantarse una defensa normal contra el displacer eventualmente producido; una defensa patológica, en cambio, sólo se produce contra una huella mnémica todavía no traducida de una fase anterior[14].

Que la defensa determine la represión no parece depender de la intensidad del desprendimiento de displacer. En efecto, a menudo luchamos en vano contra recuerdos muy desagradables [es decir que provocan máximo displacer]. Podemos entonces plantear la siguiente representación. Si un suceso A suscitó cierto displacer al producirse [cuando era actual], la escritura-recuerdo [como traza mnémica] AI o AII que deja o produce, contiene en tanto tal [es decir como representación y, por consiguiente como no-percepción] un medio para inhibir el desprendimiento de displacer en caso de despertarse el recuerdo de lo acontecido. Cuanto más a menudo retorne el recuerdo, tanto más inhibido [por desgaste] quedará finalmente ese desprendimiento. Ahora bien, se da el caso para el cual esa inhibición normal no es suficiente: Si A, en el momento de su producción actual [cuando era percepción], provocó displacer, y al resurgir o ser reevocado suscita de nuevo un displacer, entonces no es inhibible. El recuerdo se comporta entonces como un suceso actual. Este caso suele darse en incidentes de orden sexual, porque las intensidades o magnitudes de excitación que provocan no pueden liberarse y crecen así con el tiempo (con el desarrollo sexual).

Así el incidente sexual ocurrido en una fase produce efectos no sólo en ella sino en una fase siguiente como si fuera actual [en cuanto no ha podido liberarse o descargarse su energía de excitación] y es, por tanto, no inhibible o irreprimible [como energía activa]. La condición de la defensa patológica (represión, propiamente dicha) es, entonces, el carácter sexual del suceso y que haya ocurrido en una fase anterior[15].

Naturalmente hay que señalar que no todas las vivencias sexuales generan displacer; muchas producen placer y son agradables. La reproducción de la mayoría de ellas irá entonces acompañada por un placer como tal no inhibido [y que no tendría porqué ser inhibido]. Un placer así, a posteriori puede constituir una compulsión. Llegamos así a las siguientes conclusiones: Cuando un recuerdo de carácter sexual reaparece con diferencia de fase, y produce placer, surge del mismo [presiona a] una compulsión [de repetición]; si, por el contrario, produce displacer, se dan las condiciones de la represión. En ambos casos, la traducción a los signos de la nueva fase parece estar dificultada. [...]

Siguen en este punto una serie de especulaciones, incluso delirantes, acerca de la elección de la neurosis en función de la fase en que tuvo lugar el incidente sexual y su tramitación, que carecen de interés en la actualidad, y en todo caso en función de nuestros intereses aquí.[16]





[1] La exposición de esta carta y en particular el esquema del aparato psíquico que propone Freud es intermedia entre las hipótesis sobre el aparato psíquico expuestas en el Proyecto (1895) (Cf. A., I, p. 323-446; véase asimismo nuestra traducción crítica en el enlace “Textos” de nuestra web: www.auladepsicoanalisis.com)  y las ideas que Freud sintetizó en el cap. VII de la Traumdeutung (1899) (Cf. A., V, esp. pp. 529-538); se las retoma sobretodo en Más allá del principio del placer (1920g) (Cf. A., XVIII, p. 1 ss. ) y, después, en “Nota sobre la pizarra mágica” (1925 a) (Cf. A., XIX, p. 239-248)  
[2] Esto ya es sugerido en el último capítulo de los Estudios sobre la histeria (1895). Allí efectivamente podemos leer:
«El material psíquico de una histeria puede representarse como un producto multidimensional de por lo menos triple estratificación. Espero poder justificar pronto este modo de presentación figurado. En primer lugar estuvieron presentes un núcleo de recuerdos (recuerdos de vivencias o de asociaciones de pensamiento) en los cuales ha culminado el momento traumático o halló su plasmación más pura la idea patógena. En torno de este núcleo hallamos una gran cantidad, a menudo de increíble riqueza, de material mnémico de diversa índole que en el análisis es preciso reelaborar (durcharbeiten) y presenta, como dijimos, un triple ordenamiento.
»Primero es inequívoco un ordenamiento lineal cronológico que tiene lugar dentro de cada tema singular [Freud se refiere al caso de Anna O. y dice que: “Era como si se exhumara un archivo mantenido en perfecto orden”; se refiere después al caso de Emmy von N. señalando que: “la vivencia más fresca y reciente del fascículo [de recuerdos] aparece primero como primera hoja, y la última hoja está constituida por aquella impresión con que en realidad empezó la serie.”]
»He designado como formación de un tema ese agrupamiento de recuerdos de la misma variedad en una multiplicidad estratificada en sentido lineal, al modo de un fajo de actas, de un paquete, etc. Ahora bien, estos temas muestran una segunda manera de ordenamiento: están –no puedo expresarlo de otro modo- estratificados de manera concéntrica en torno del núcleo patógeno (um den pathogenen kern). No es difícil indicar qué constituye esa estratificación, ni la magnitud creciente o decreciente siguiendo la cual se produce ese ordenamiento. Son estratos de resistencia, creciente esta última hacia el núcleo, y con ello zonas de igual alteración de consciencia dentro de los cuales se despliegan los temas singulares. Los estratos más periféricos contienen, de diversos temas, aquellos recuerdos (o fascículos) que se rememoran con facilidad y fueron siempre claramente conscientes; cuanto más profundo se cala, con mayor dificultad se disciernen los recuerdos aflorantes, hasta que, en la proximidad del núcleo, se tropieza con aquellos que el paciente desmiente aun en la reproducción.
»Es esa peculiaridad de la estratificación concéntrica del material psíquico patógeno la que confiere, sus rasgos característicos a la trayectoria de tales análisis. Nos queda ahora por consignar un tercer tipo de ordenamiento, el más esencial y sobre el cual resulta más difícil formular un enunciado universal. Es el ordenamiento según el contenido de pensamiento, el enlace por los hilos lógicos que llegan hasta el núcleo, enlace al cual en cada caso puede corresponderle un camino irregular y de múltiples rodeos. Ese ordenamiento posee un carácter dinámico, por oposición al morfológico de las dos estratificaciones antes mencionadas. Mientras que estas podrían figurarse, en un esquema espacial, mediante unas líneas uniformes, ya fueran curvas o rectas, uno tendría que seguir la marcha del encadenamiento lógico con una línea quebrada que por los más enredados caminos fuera de los estratos superficiales a los profundos, y regresara a los primeros, si bien avanzando en general desde la periferia hasta el núcleo central, viéndose así obligada a tocar todas las estaciones; semejante, pues, a la línea zigzagueante que describe la solución de un gambito de caballo en el tablero de ajedrez [...]» (A., II, pp. 293-295) 
[3] También podríamos hablar de una sobre (Um)-escritura (schrift), en todo caso se trata de una reinscripción o de una retranscripción de una escritura anterior, primera, según nuevos nexos.
[4] Freud se refiere a su estudio sobre La concepción de las afasias (1891), publicado en castellano en ed. Nueva visión.
[5] Percepciones tanto internas como externas.
[6] Es decir según relaciones de causalidad.
[7] La consciencia, a diferencia de las teorías usuales de la época, sería según Freud un producto estructurado de percepciones internas, recuerdos y percepciones externas. El acceso a la consciencia es complejo y no inmediato desde la percepción. Esta última debe por así decirlo atravesar una barrera o cristal de refracción, al modo de la mediación que permite un aparato óptico en la percepción de las imágenes de la realidad.
[8] Respecto a este problema véase H. HARTMANN, “Ichpsychologie und Anpassungsprobleme” (“Psicología del yo y el problema de la adaptación”) en International Zeitschrift für Psychoanalyse und Imago, XXVI, 1940, y H. HARTMANN, E. KRIS y R. LOEWENSTEIN, “Some Comments on the formation of Psychic Structure” (“Algunos comentarios sobre la formación de la estructura psíquica”) en The Psychoanalytic Study of the Child, II, 1947.
[9] Es decir no sólo un fallo en la traducción sino la producción de una representación o de un efecto compensatorio mediante otra representación inadecuada en el lugar de la que sería adecuada.
[10] Es decir se produce una suerte de sobreimpresión posterior que, por así decirlo, tacha la anterior y coloca en su lugar otra impresión que no la elimina sino que la fija de manera distorsionada. Es esa idea sobre la que Freud volverá con el modelo de la pizarra mágica [“Nota sobre la ‘pizarra mágica’” (1925a), en A., XIX, p. 239-247]
[11] Es decir, un derecho local o especial más antiguo, anterior al establecimiento de una legislación central posterior más moderna.
[12] “Restos supervivientes”. Trazas del pasado o de un nivel más profundo de la estructura que siguen activas en el sujeto, a pesar de su yo y fuera del control de este último.
[13] Perturbara el pensar dificultando el trabajo de traducción y operando como resistencia al mismo.
[14] Así pues la defensa que Freud llama normal se produce ante algo traducido correctamente ante el desarrollo de displacer que produce su actualización o evocación y es del orden de la inhibición, en tanto que la defensa patológica se refiere a algo no traducido o mal traducido de una fase anterior en una fase posterior y que aparece en esta última como una formación de síntoma o representación distorsionada de la primera no traducida en la fase posterior. Esa sería la forma de expresión de la neurosis.
[15] La defensa patológica traduce y produce una mala elaboración o tramitación del incidente, una inadecuada traducción y asimilación simbólica del suceso patógeno.
[16] El final de esta carta puede leerse en las diversas versiones que existen de la misma: por ejemplo en la traducción de J. L. Etcheverry en S. FREUD, Cartas a Wilhelm Fliess (1887-1904) edición completa, Amorrortu, Eds.,  Bs. Aires, 1986, pp. 218-227; o la traducción de Nicolás Caparrós en Correspondencia de Sigmund Freud. Tomo II (1886-1908), Ed Biblioteca Nueva, Madrid, 1997, pp. 206-217.




Papers


Hairesis  poética

Esthela Solano-Suárez
  
         
La práctica analítica nos permite constatar muchas veces que ella se revela eficaz en reducir el síntoma. Sin   embargo, su eficacia vuelve aún más crucial la cuestión de saber cómo ella opera por el  sesgo de la interpretación.

Esta cuestión ha sido planteada por Lacan sin cesar, y recibió respuestas diferentes a lo largo de su enseñanza. Como Jacques-Alain Miller lo subraya, podemos distinguir en Lacan, en el curso de la elaboración sostenida en su enseñanza, formulaciones diferentes, puntuaciones.

Debemos constatar que estas puntuaciones hacen variar los principios que dan razón a la práctica psicoanalítica. En este sentido una variedad de principios, ligadas a las sucesivas elaboraciones, pueden deducirse.

Es sobre la última puntuación de la enseñanza de Lacan que orientamos nuestra reflexión. Asistimos a partir de 1974, en Roma, a esta suerte de “radicalización a la que participa la última enseñanza de Lacan” [1], cuyo testimonio es La Tercera.

Recordemos que en su primer Discurso de Roma, Lacan plantea los principios de la interpretación, haciéndolos reposar en “la función de la palabra como única operatoria en la práctica analítica, y soportada por el campo del lenguaje” [2]. La función del analista, desde el momento en que es “amo de la verdad” [3], consiste en puntuar la dialéctica. La palabra reveladora surge de una puntuación. El efecto de significación y el efecto de verdad son relativos al punto de capitón [4]. Por este hecho, los principios de la interpretación responden a la función semántica asegurada por el lenguaje. La función de la palabra sirve para revelar el inconsciente estructurado como un lenguaje.

En esta perspectiva, es el poder de lo simbólico que está puesto en primer plano, y por esto, el lugar del Otro como lugar del tesoro del significante es previo. La condición de sujeto proviene de él y por esto el movimiento de la cura está orientado por el vector de lo simbólico, que introduce discontinuidad y disimetría en oposición al eje imaginario, lugar de espejismos, donde reina el desconocimiento del yo. La experiencia analítica progresa en el sentido de una significantización de lo imaginario, donde reina la inercia de la imagen especular, y de lo real, que es del orden de lo dado, como ya allí. [5]

Si introducimos acá, una definición del inconsciente dada por Lacan en las antípodas de esta primera puntuación, podemos enseguida remarcar que ella introduce un efecto de contraste, de ruptura, de corte “El inconsciente es que el ser, hablando, goza, y agrega – no quiere saber nada más- no saber nada”. [6]

A través de esta definición, estamos confrontados a un cambio en el estatuto de la palabra. Lo que es puesto en primer plano no es más su función reveladora sino su ejercicio de goce al servicio de no querer saber nada.

Ante semejante descalabro no podemos orientarnos si no tenemos en cuenta los principios de elucidación aportados por Jacques-Alain Miller, cuando destaca el desplazamiento operado por Lacan en su última enseñanza.

En  efecto, a partir de este momento la problemática del goce viene a un primer plano, el punto de partida de Lacan no es más el Otro, sino el Uno. A partir del momento que es cuestión de goce, se impone la singularidad, de allí la fórmula “Hay de lo Uno”, el Uno solo, separado del Otro. [7]

En esta perspectiva Lacan recurre a lalengua, como “palabra separada de la estructura del lenguaje”, es decir como palabra oída, como palabra que no responde “al ordenamiento gramatical y lexicográfico” [8], pero que no es sin tener incidencias en el cuerpo. El poder de lalengua de marcar el cuerpo tiene consecuencias de goce.

La promoción del concepto de lalengua, comporta un desmoronamiento del concepto de lenguaje, el que deviene para Lacan “una elucubración de saber sobre lalengua”. De ahora en más la palabra, no estando más soportada por la estructura del lenguaje, sino que correlativa a lalengua, no asegura el lazo al Otro, ya no es más palabra dirigida a fines de la comunicación, de reconocimiento, de comprensión. La palabra no se ejerce con fines de comunicación, sino con fines de goce. Lalengua y la palabra satisfacen el goce del bla bla, el que da cuenta del soliloquio, y comporta un funcionamiento autista.

El goce que es goce del  Uno, no funda una relación al Otro. A partir del momento que los goces están sometidos al régimen del Uno, se destaca que están regidos por el principio de la no-relación. Si hay de lo Uno y nada más, entonces la relación sexual, no cesa de no escribirse.

En estas condiciones cómo operar con la palabra en el goce del síntoma si la palabra es goce?

La radicalización en juego en la última enseñanza de Lacan nos confronta a una puesta en cuestión de la interpretación semántica, la que se apoya en la articulación significante S1- S2 , de donde surge un efecto de sentido.

En efecto, ¿qué es el sentido en la última enseñanza de Lacan?

Para avanzar, es necesario introducir aquí, los tres registros que son retomados por Lacan, lo Real, lo Simbólico y lo Imaginario, considerados como siendo Unos, distintos y materializados por redondeles de cuerda,  equivalentes y anudados. En el lugar de la no relación aparece la propiedad borromea, según la cual basta que uno de los tres se libere para que los otros dos también se suelten. De este modo el nudo, Lacan dice obtenerlo de su práctica, de lo que se habla, de lo que falla el cuerpo, de este algo que da cuenta de lo imposible. [9]

En el nudo Lacan distingue tres tipos de efectos que provienen de los tres Unos: el efecto de sentido, inherente a lo Simbólico, el efecto de goce inherente a lo Imaginario y el efecto de no-relación inherente a lo Real.

Si el sentido resulta de un campo entre lo imaginario y lo simbólico, es efecto de lo simbólico sobre lo imaginario. Lo real, en cambio, se caracteriza por su exclusión del sentido. El fuera de sentido es lo inherente a lo real.

En esta perspectiva el inconsciente deviene una elucubración de saber, un saber inventado y que reposa en la copulación del lenguaje con el cuerpo, a fin de asegurar la reproducción de los cuerpos, supliendo la falla en el saber que comporta lo real de la no-relación. En este sentido, el inconsciente es un artificio, que reposa sobre un saber-hacer con lalengua.

En esta perspectiva no hay esperanza de tocar lo real por el sesgo de los efectos de sentido, que testimonian por una parte que respecto a lo real “lo que se dice miente”, y por otra parte, que conducen al embrollo específico que caracteriza la debilidad mental. Siendo ésta la cara “embrollo” con relación a lo real, inherente al inconsciente. Artificio y embrollo se tejen a través de los efectos de sentido, los que taponan lo real que les ex-siste.

¿Cómo puede operar la interpretación analítica, por una parte no ser débil y por otra parte no alimentar el goce del síntoma? ¿Cómo se puede tocar lo real?

Lacan indica de una manera muy precisa, que el psicoanálisis opera por el sentido y, agrega, solo opera convenientemente al reducirlo. Esta reducción abre hacia la posibilidad de cavar lo real.

Esta perspectiva comporta  “preferir lo real”, y lleva a la práctica analítica a apuntar al fuera de sentido, incluso a hacer un esfuerzo para “ir más lejos que el inconsciente”.

Una práctica orientada a partir del fuera de sentido sería aquella que se aplica tomando apoyo, no en el Otro, sino en el Uno. Esto comporta apoyarse el lalengua, a fin de extraer el Uno.

Ahora bien, como Jacques-Alain Miller lo señalaba, esta operación comporta “limpiar lalengua de la estructura”, es decir de lo que se articula, cortar el lazo entre el Significante Uno y el Otro significante, para ir “al revés del inconsciente”. [10]

Desde el momento en que Lacan avanza en la perspectiva que consiste en ir en contra de la articulación de saber, en rebajar el lenguaje, toma, como lo indica Jacques-Alain Miller, sus distancias con la ciencia. En consecuencia, sustituye al saber, el saber hacer, el que “prescribe un hacer adecuado, pero del que no hay saber articulado, construido”. En esta perspectiva Lacan lleva al psicoanálisis del lado del arte, “como forma suprema del saber hacer”. [11]

Ahora bien, esto no va sin traer aparejado una puesta en cuestión radical de la interpretación, a propósito de la cual se sirve de la expresión “manipulación llamada interpretativa” [12], acentuando de este modo más fuerte el “hacer”, para caracterizar lo que se lleva a cabo en la experiencia analítica.

Al respecto, podemos subrayar que para Lacan el “hacer” da cuenta del artificio, el que no sostiene su estatuto sino del dicho. [13] El “hacer” conveniente a la práctica sería el que partiendo del dicho, supiese hacer jugar el equívoco entre el sonido y el sentido, a fin de tocar el oigo-gozo-sentido (j’ouis-sens) [14], y reducir el goce del síntoma. En efecto, Lacan remarca que tenemos el equívoco “como arma contra el síntoma”. [15]

Pero el equívoco comporta una violencia hecha al uso de la lengua.

En este sentido, el equívoco comporta elegir la herejía “ como vía por donde tomar la varidad” [16]. Abordar el sentido por la vía de la herejía comporta la violación del código y de los usos, y alcanza lo poético.

De este modo Lacan observa “es porque una interpretación justa extingue un síntoma, que la verdad se especifica de ser poética”.

La poïesis analítica juega con el doble sentido del significante, juego de lalengua. No apunta a los efectos de fascinación, que dan cuenta de lo bello, sino a la producción de una resonancia fundada en el chiste.

Por el chiste, hace equívocos, la resonancia pone en juego una economía. Esto Lacan lo toma de Freud. La economía de goce convocada apunta a lo que en el cuerpo resuena y consuena a título de pulsión. Por este hecho la interpretación justa alcanza el cuerpo. Se trata de un decir que toca la sustancia gozante y produce un efecto en el cuerpo, en tanto que efecto de sentido nuevo.

Ahora bien, la poética herética con la que juega la interpretación, produce también efectos de agujero, y por esto ella no es sin tener una incidencia en lo real, apuntando su propiedad de ex-sistir al agujero. Así, al cavar lo real, la interpretación tendría una oportunidad de “hacer sonar otra cosa que el sentido”. [17]

El analizante dice, habla. El analista corta, hace un corte para hacer sonar otra cosa que lo que es dicho. [18] En este sentido, la interpretación se especifica de ser corte. Corte a la intención de significación que hace emerger la dicho-mansión del goce, corte en el lenguaje para aislar el Uno de lalengua. Corte, incluso corte del lazo entre el Significante Uno y el Otro significante por donde brota el fuera de sentido que deshace la trama enlazada de las significaciones. Instante de despertar donde en la fugacidad del relámpago el cuerpo se desliga del Uno que lo liga a título de identificación, al mismo tiempo que resuena el Uno del que se goza.

Por el corte el tiempo hace irrupción a través del recorte del instante. El corte introduce la temporalidad bajo el modo de la lógica de la contingencia.

Haciendo agujero en el dicho introduce un punto fuera de la línea, que es un instante fuera del tiempo, para convocar el decir. La interpretación realiza lo apofántico del decir analítico, desde el momento que interviene como corte en el tiempo propio del dicho.

Estaríamos tentados de considerar que la interpretación que se ejerce en la vía del equívoco, si ella desbarata lo que se impone del síntoma, da cuenta de un saber hacer, incluso del arte del corte que aparta la materia sonora del dicho, para obtener un decir como efecto de resonancia de la sustancia gozante.

Traducción: María Inés Negri

Referencias bibliográficas

[1] Jacques-Alain Miller. “Lo real es sin ley”. En La Cause freudienne, N° 49.
[2] Jacques Lacan. Écrits. p. 289.
[3] Jacques Lacan, Écrits. p. 313.
[4] Jacques-Alain Miller. “La interpretación al revés”. En La Cause freudienne, N° 32.
[5] Jacques-Alain Miller. “Lo real es sin ley”. En La Cause freudienne, N° 49.
[6] Jacques Lacan. Encore, p. 95.
[7] Jacques- Alain Miller. “Los paradigmas del goce”. En La Cause freudienne. N° 53.
[8] Ibid.
[9] Jacques-Alain Miller. “L’ex-sistence”. En La Cause freudienne. N° 50
[10]Jacques-Alain Miller. “La interpretación al revés”. En La Cause freudienne, N° 32.
[11] Jacques-Alain Miller. “Lo real es sin ley”. En La Cause freudienne, N° 49.
[12] Jacques Lacan. Le sinthome, 9 de diciembre de 1975.
[13] Jacques Lacan. Ibid, 13 de enero de 1976.
[14] Ibid.
[15] Jacques Lacan. Ibid, 18 de noviembre de 1975.
[16] Ibid.
[17] Jacques Lacan.  9 de abril de 1977.
[18] Ibid. 20 de diciembre de 1977.


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VERSION INEDITA DE UNA LECCION DE LACAN

El plus-de-goce

Al definir el plus-de-goce –“función de la renuncia al goce por efecto del discurso”–, Jacques Lacan ubicó el lugar preciso donde su enseñanza se intersecta con la teoría de Karl Marx.

Jacques Lacan (1901-1981): “El discurso detenta los medios de goce”.
Por Jacques Lacan *

Marx parte de la función del mercado y su novedad está en el lugar que asigna en éste al trabajo. Lo nuevo no es el trabajo en sí sino el hecho de que se lo compre, de que haya un mercado de trabajo. Esto permite a Marx demostrar lo que su discurso tiene de inaugural, y que se llama plusvalía.
El caso es que este desarrollo sugiere el acto revolucionario que sabemos. O mejor dicho, que sabemos muy mal, pues no es seguro que la toma del poder haya resuelto la subversión del sujeto –capitalista– que se esperaba de ese acto, y que haya tenido, de hecho, consecuencias muy fastas al gusto incluso de los marxistas que tuvieron que recogerlas. Pero, por ahora, nos importa poco. Lo importante es lo que Marx señala, y lo que su desarrollo significa.
Sean o no estructuralistas, estos comentadores de Marx parecen haber demostrado que Marx, por su parte, lo es. Pues propiamente de lo que él es –él, como ser de pensamiento, en el punto determinado por el predominio del mercado de trabajo– se desprende como causa de su pensamiento la función –oscura, hay que decirlo, si esta oscuridad se reconoce en la confusión de los comentarios– de la plusvalía.
La identidad del discurso con sus condiciones se verá esclarecida, lo espero, en lo que voy a decir ahora sobre la perspectiva analítica.
Así como el trabajo no era nuevo en la producción de la mercancía, tampoco es nueva la renuncia al goce, cuya relación con el trabajo ya no tengo que definir aquí. Desde un comienzo, en efecto, y opuestamente a lo que dice o parece decir Hegel, es ella la que constituye al amo, el cual pretende erigirla en principio de su poder. Lo nuevo es que haya un discurso que articule esta renuncia, y que pone aquí de manifiesto lo que llamaré función de plus-de-goce. Tal es la esencia del discurso analítico.
Esta función aparece por obra del discurso y demuestra, en la renuncia al goce, un efecto del discurso mismo. Para dejar esto en claro, debe suponerse, en efecto, que en el campo del Otro está el mercado, el cual totaliza los méritos, los valores, asegura la organización de las elecciones y preferencias e implica una estructura ordinal y hasta cardinal.
El discurso detenta los medios de goce en tanto y en cuanto implica al sujeto. No habría ninguna razón de sujeto, en el sentido con que se dice razón de Estado, si no existiera en el mercado del Otro este correlativo: que se establezca un plus-de-goce y sea captado por algunos.
Demostrar que el plus-de-goce estriba en la enunciación, que es producido por el discurso y aparece como un efecto, exigiría sin duda un discurso bastante puntilloso. Pero asimismo, si me han leído ustedes, no hay aquí algo muy nuevo para vuestros oídos, pues tal es el objeto de mi escrito Kant con Sade. Se hace allí la demostración de la tal reducción del plus-de-goce al acto de aplicar sobre el sujeto lo que es el término a del fantasma, por el cual el sujeto puede ser planteado como causa-de-sí en el deseo.
Próximamente elaboraré esto mediante un retorno a la apuesta de Pascal, que ilustra del mejor modo la relación de la renuncia al goce con la dimensión de la apuesta. La vida misma se reduce aquí en su totalidad a un elemento de valor. Extraña manera de inaugurar el mercado del goce en el campo del discurso. Pero, ¿no es esto simple transición desde la función de los bienes consagrados a los muertos que, hace un momento, vimos inscribirse en la historia?
Además, no es eso lo que está ahora en cuestión. Tenemos que vérnosla con la teoría en tanto se aligera al introducirse la función del plus-de-goce. Alrededor del plus-de-goce se juega la producción de un objeto esencial cuya función se trata ahora de definir: el objeto a.
La grosería de los ecos recibidos por la introducción de este término es y sigue siendo para mí la garantía del orden de eficacia que le confiero, en conformidad con el pasaje destacado en Marx, célebre, donde éste, en los tiempos que dedicaba a desarrollar su teoría, saboreaba la ocasión de ver flotar la viva encarnación del desconocimiento.
He enunciado: el significante es lo que representa a un sujeto para otro significante. Es una definición. De una definición se exige que sea correcta, y de una enseñanza se exige que sea rigurosa. En el momento en que el psicoanálisis es llamado a responder a algo que no crean tengo yo la intención de elidir, me refiero a la crisis que atraviesa la relación del estudiante con la Universidad, es intolerable, impensable contentarse con proferir que hay cosas que de ningún modo se podrían definir en un saber. Si el psicoanálisis no puede enunciarse como un saber y enseñarse como tal, no tiene estrictamente nada que hacer allí donde no se trata de otra cosa.
Si el mercado de saberes se ve propiamente sacudido por el hecho de aportarle la ciencia esa unidad de valor que permite sondear la cuestión de su intercambio hasta en sus funciones más radicales, no es por cierto para que el psicoanálisis, que puede perfectamente articular algo de ello, se presente con su propia dimisión. Todos los términos empleados con este propósito, como el de “no conceptualización”, así como toda evocación de vaya a saber qué imposibilidad, no designan más que la incapacidad de quienes los promueven. Sin duda, la estrategia con la verdad, que es la esencia de la terapéutica, no puede residir en ninguna intervención particular llamada interpretación. Sin duda, en la práctica todo tipo de funciones particulares, de juegos afortunados en el orden de la variable pueden hallar su oportunidad. Pero ésta no es razón para desconocer que sólo tienen sentido por situarse en el punto preciso donde es la teoría la que les da todo su peso.
Se trata de esto, cabalmente.
El plus-de-goce es función de la renuncia al goce por efecto del discurso. Esto es lo que da su lugar al objeto a. En razón de que el mercado define como mercancía cualquier objeto del trabajo humano, sea el que fuere, este objeto lleva en sí algo de la plusvalía.
El plus-de-goce es, de este modo, lo que permite aislar la función del objeto a.


* Fragmento de “De la plusvalía al plus-de-goce”, primera lección, inédita, del Seminario “De un Otro al otro”; texto establecido por Jacques-Alain Miller; en Psicoanálisis y política, comp. Ives Charles Zafka, Ed. Nueva Visión. Traducción de Irene Agoff.

Obras Completas S. Freud (Amorrortu) Tomo 12

Indice:
Volumen XII - Trabajos sobre técnica psicoanalítica, y otras obras (1911-1913), «Sobre un caso de paranoia descrito autobio-gráficamente (Caso Schreber) {ISBN 978-950-518-588-7}
1- Puntualizaciones psicoanalíticas sobre un caso de paranoia (Dementia paranoides) descrito autobiográficamente (1911 [1910])
          1- Apéndice (1912 [1911])
2- Trabajos sobre técnica psicoanalítica (1911-1915 [1914])
3- El uso de la interpretación de los sueños en el psicoanálisis (1911)
4- Sobre la dinámica de la trasferencia (1912)
5- Consejos al médico sobre el tratamiento psicoanalítico (1912)
6- Sobre la iniciación del tratamiento (Nuevos consejos sobre la técnica del psicoanálisis, I) (1913)
7- Recordar, repetir y reelaborar (Nuevos consejos sobre la técnica del psicoanálisis, II) (1914)
8- Puntualizaciones sobre el amor de trasferencia (Nuevos consejos sobre la técnica del psicoanálisis, III) (1915 [1914])
9- Apéndice a los "Trabajos sobre técnica psicoanalítica"
10- Sueños en el folclore (Freud y Oppenheim) (1958 [1911])
11- Sobre psicoanálisis (1913 [1911])
12- Formulaciones sobre los dos principios del acaecer psíquico (1911)
13- Sobre los tipos de contracción de neurosis (1912)
14- Contribuciones para un debate sobre el onanismo (1912)
15- Nota sobre el concepto de lo inconsciente en psicoanálisis (1912)
16- Un sueño como pieza probatoria (1913)
17- Materiales del cuento tradicional en los sueños (1913)
18- El motivo de la elección del cofre (1913)
19- Dos mentiras infantiles (1913)
20- La predisposición a la neurosis obsesiva. Contribución al problema de la elección de neurosis (1913)
21- Introducción a Oskar Pfister, Die Psychanalytische Methode (1913)
22- Prólogo a la traducción al alemán de J. G. Bourke, Scatologic Rites of All Nations (1913)
23- Escritos breves (1911-13

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