Textos, artículos, comentarios:
Dos notas sobre el niño*
por Jacques Lacan
Estas dos notas manuscritas entregadas
por Jaques Lacan a la Sra. Jenny
Aubry en octubre de 1969, fueron publicadas
por primera vez por ella, con mi autorización,
en un libro suyo aparecido en 1983.
Jacques-Alain Miller
Estas dos notas manuscritas entregadas
por Jaques Lacan a la Sra. Jenny
Aubry en octubre de 1969, fueron publicadas
por primera vez por ella, con mi autorización,
en un libro suyo aparecido en 1983.
Jacques-Alain Miller
En la concepción que de él elabora Jacques Lacan, el síntoma del niño está en posición de responder a lo que hay de sintomático en la estructura familiar.
El síntoma, y este es el hecho fundamental de la experiencia analítica, se define en este contexto como representante de la verdad.
El síntoma puede representar la verdad de la pareja familiar. Este es el caso más complejo pero también el más abierto a nuestras intervenciones.
La articulación se reduce mucho cuando el síntoma que llega a dominar compete a la subjetividad de la madre. Esta vez el niño está involucrado directamente como correlativo de un fantasma.
Cuando la distancia entre la identificación con el ideal del yo y parte tomada del deseo de la madre no tiene mediación (lo que asegura normalmente la función del padre), el niño queda expuesto a todas las capturas fantasmáticas. Se convierte en el “objeto” de la madre y su única función es entonces revelar la verdad de este objeto.
El niño realiza la presencia de eso que Jacques Lacan designa como objeto a en el fantasma.
Satura de este modo, sustituyéndose a ese objeto, el modo de falta en el que se especifica el deseo (de la madre), sea cual fuere la estructura especial de este deseo: neurótico, perverso o psicótico.
El niño aliena en él todo acceso posible de la madre a su propia verdad, dándole cuerpo, existencia e incluso la exigencia de ser protegido.
El síntoma somático le ofrece a este desconocimiento el máximo de garantías: es el recurso inagotable para, según los casos, dar fe de la culpa, servir de fetiche, encarnar un rechazo primordial.
En suma, en su relación dual con la madre el niño le da, como inmediatamente accesible, aquello que le falta al sujeto masculino: el objeto mismo de su existencia, apareciendo en lo real. Resulta de ello que en la medida misma de lo que presenta de real, estará expuesto a un mayor soborno en el fantasma.
Por lo que parece al ver el fracaso de las utopías comunitarias, la posición de Lacan nos recuerda la siguiente dimensión.
La función del residuo que sostiene (y a un tiempo mantiene) la familia conyugal en la evolución de las sociedades, resalta lo irreductible de una transmisión –perteneciente a un orden distinto al de la vida adecuada a la satisfacción de las necesidades- que es la de una constitución subjetiva, que implica la relación de un deseo que no sea anónimo.
Las funciones del padre y de la madre se juzgan según una tal necesidad. La de la Madre: en tanto sus cuidados están signados por un interés particularizado, así sea por la vía de sus propias carencias. La del padre, en tanto que su nombre es el vector de una encarnación de la Ley en el deseo.
El síntoma, y este es el hecho fundamental de la experiencia analítica, se define en este contexto como representante de la verdad.
El síntoma puede representar la verdad de la pareja familiar. Este es el caso más complejo pero también el más abierto a nuestras intervenciones.
La articulación se reduce mucho cuando el síntoma que llega a dominar compete a la subjetividad de la madre. Esta vez el niño está involucrado directamente como correlativo de un fantasma.
Cuando la distancia entre la identificación con el ideal del yo y parte tomada del deseo de la madre no tiene mediación (lo que asegura normalmente la función del padre), el niño queda expuesto a todas las capturas fantasmáticas. Se convierte en el “objeto” de la madre y su única función es entonces revelar la verdad de este objeto.
El niño realiza la presencia de eso que Jacques Lacan designa como objeto a en el fantasma.
Satura de este modo, sustituyéndose a ese objeto, el modo de falta en el que se especifica el deseo (de la madre), sea cual fuere la estructura especial de este deseo: neurótico, perverso o psicótico.
El niño aliena en él todo acceso posible de la madre a su propia verdad, dándole cuerpo, existencia e incluso la exigencia de ser protegido.
El síntoma somático le ofrece a este desconocimiento el máximo de garantías: es el recurso inagotable para, según los casos, dar fe de la culpa, servir de fetiche, encarnar un rechazo primordial.
En suma, en su relación dual con la madre el niño le da, como inmediatamente accesible, aquello que le falta al sujeto masculino: el objeto mismo de su existencia, apareciendo en lo real. Resulta de ello que en la medida misma de lo que presenta de real, estará expuesto a un mayor soborno en el fantasma.
Por lo que parece al ver el fracaso de las utopías comunitarias, la posición de Lacan nos recuerda la siguiente dimensión.
La función del residuo que sostiene (y a un tiempo mantiene) la familia conyugal en la evolución de las sociedades, resalta lo irreductible de una transmisión –perteneciente a un orden distinto al de la vida adecuada a la satisfacción de las necesidades- que es la de una constitución subjetiva, que implica la relación de un deseo que no sea anónimo.
Las funciones del padre y de la madre se juzgan según una tal necesidad. La de la Madre: en tanto sus cuidados están signados por un interés particularizado, así sea por la vía de sus propias carencias. La del padre, en tanto que su nombre es el vector de una encarnación de la Ley en el deseo.
Familia Conyugal: El término es un legado del sociólogo Durkheim de finales del S. XIX. Da cuenta del final del "modo" (funcionamiento) de la Familia Patriarcal. Desaparece esta última para instalarse en la sociedad una nueva forma familiar. Donde:
1.- Encontramos 2 figuras: marido y esposa. Y sus hijos, a la mayoría de edad o al casarse, dejan la casa.
2.- El Estado interviene al interior de la familia: legisla, regula, actúa con el peso de la justicia (si le cabe).
3.- Los lazos de parentesco están regulados, son inquebrantables y "legales" (legislados); el particular no puede quebrantarlos ante el estado.
Esta familia es la que prevalece hoy como RESIDUO.
Está en relación a un deseo que No es anónimo. (Como si por ej. las experiencias utópicas de comunas de niños españoles exilados en México; o crianza en kibutz de Israel de niños -"la casa de los niños"- en los años 1909 aprox.)
No se trata de transmitir un saber; sino del ejercicio de posibilidad de sujeto por lo que falla; por lo que "cojea" en el gran Otro -madre- cuya falta abre la posibilidad del deseo.
Las funciones son SEMBLANTES, es decir que se ENCARNAN.
Una mujer quiere acceder (Deseo) a ser madre y un hombre que interviene para producir un niño: un objeto niño.
Es un padre que posibilita el deseo (no que prohíbe) en la medida que desea a esa mujer: a la madre de sus hijos, haciéndola "suya" por cuanto se acuesta con ella inscribiendo lo particular de la ley, no lo universal, ni lo anónimo.
El padre enuncia la ley, la palabra, da la posibilidad de vivir y servirse de la palabra. Un padre que consiente su propia falla y la del deseo femenino.
AL NIÑO le son posibles en tanto SÏNTOMA 2 (dos) posiciones. La primera representando la verdad de la pareja padre-madre. Esto es (Sujeto barrado: $) sujeto articulado con la metáfora paterna. O, la segunda posición, realizando la presencia del objeto "a" en el fantasma materno, supliendo o saturando esa falta en sus distintos modos: "sea cual fuere la estructura especial de este deseo: neurótico, perverso o psicótico. No es que sea el "a", sino su realización en lo que respecta a la subjetividad de la madre. Lo que dice de la falta de la madre y de su deseo como mujer".
Dirá Lacan: "La distancia entre la identificación al ideal del yo (moi) y la parte tomada del deseo de la madre, si ella [la distancia] no tiene mediación (aquella que normalmente asegura la función del padre) deja al niño expuesto a todas la capturas fantasmáticas. Él deviene objeto de la madre, sin más función que la de revelar la verdad de ese objeto". Dos Notas sobre un niño.
Términos extraídos del diccionario de Psicoanálisis de J. Laplanche y J. B. Pontalis
Los mismos son: catexis, contracatexis y libido.
Catexis
Al.: Besetzung. -
Fr.: charge o investissement. -
Ing: cathexis. -
It.: carica o
investimento. -
Por.: carga o
investimento.
Concepto económico,
la catexis hace que cierta energía psíquica se halle unida a una representación
o grupo de representaciones, una parte del cuerpo, un objeto, etcétera.
En francés se
admite la traducción Besetzung por catexis (algunas veces se encuentra:
ocupación). En castellano, traduciremos catexis; a este respecto haremos una
observación: el verbo alemán besetzen tiene muchos sentidos, entre ellos el de
ocupar (por ejemplo, ocupar un lugar o, militarmente, una ciudad, un país); en
francés, investissement evoca especialmente, por una parte, en el lenguaje
militar, el hecho de sitiar una plaza (y no de ocuparla), y por otra, en el
lenguaje financiero, la colocación de capital en una empresa (sin duda este
último sentido es el que prevalece actualmente para la conciencia lingüística
común). Así, pues, los términos alemán y francés no son exactamente
superponibles, y el término francés parece inducir de un modo más espontáneo a
comparar la «economía» que consideraba Freud a aquella de la que trata la
ciencia económica.
El término
Besetzung es de empleo constante en la obra freudiana; su extensión, su
alcance, han podido variar, pero se halla presente en todas las etapas del
pensamiento de Freud.
Aparece en 1895 en
los Estudios sobre la histeria (Studien über Hysterie) y en el Proyecto de
psicología científica (Entwurf einer Psychologie), pero algunos términos
afines, como «suma de excitación» y «valor afectivo», son incluso anteriores
(1893, 1894): desde su prólogo a la obra de Bernheim De la sugestión y de sus
aplicaciones a la terapéutica (Die Suggestion und ihre Heilwirkung, 1888-1889),
Freud habla de desplazamientos de excitabilidad dentro del sistema nervioso
(Verschiebungen von Erregbarkeit im Nervensystem). Esta hipótesis tiene un
origen a la vez clínico y teórico.
Clínicamente, el
tratamiento de los neuróticos, especialmente de los histéricos, impone a Freud
la idea de una distinción fundamental entre las « representaciones » y el
«quantum de afecto» con la que aquéllas, se hallan catectizadas. Así, un
acontecimiento importante en la historia del sujeto puede ser evocado con
indiferencia, y el carácter displacentero o intolerable de una experiencia
puede atribuirse a un acontecimiento anodino en lugar de a aquel que,
originalmente, provocó el displacer (desplazamiento, «falsa conexión»). La
cura, tal como se describe en los Estudios sobre la histeria, al restablecer la
conexión entre las diferentes representaciones que intervienen, restablece la
relación entre el recuerdo del acontecimiento traumático y el afecto,
favoreciendo así la descarga de éste (abreacción). Por otra parte, la
desaparición de los síntomas somáticos en la histeria es correlativa a la
evocación de las experiencias afectivas reprimidas, lo que hace suponer que,
inversamente, el síntoma se ha producido por conversión de una energía psíquica
en «energía de inervación».
Estos hechos, y
especialmente los de la conversión, parecen basarse en un verdadero principio
de conservación de una energía nerviosa, siendo ésta capaz de adoptar distintas
formas. Esta concepción se encuentra formulada sistemáticamente en el Proyecto
de psicología científica, que describe el funcionamiento del aparato nervioso
haciendo intervenir únicamente variaciones de energía dentro de un sistema de
neuronas. En este trabajo, la palabra Besetzung designa tanto el acto de
catectizar una neurona (o un sistema), es decir, cargarlo de energía, como la
cantidad de energía catectizada, en particular una energía «quiescente».
Más tarde, Freud se
desprenderá de estos esquemas neurológicos, transponiendo el concepto de
energía de catexis al plano de un «aparato psíquico». Así, en La interpretación
de los sueños (Die Traurndeutung, 1900), muestra cómo la energía de catexis se
reparte entre los diversos sistemas. El sistema inconsciente se halla sometido,
en su funcionamiento, al principio de la descarga de las cantidades de
excitación; el sistema preconciente intenta inhibir esta descarga inmediata al
mismo tiempo que destina pequeñas cantidades de energía a la actividad de
pensamiento necesaria para la exploración del mundo exterior: «[...] postulo
que, por razón de eficacia, el segundo sistema logra mantener la mayor parte de
sus catexis de energía en estado de reposo y emplear solamente una pequeña
parte de ella desplazándola» (véase: Energía libre - energía ligada).
No obstante, se
observará que la transposición a que somete Freud las tesis del Proyecto de
psicología científica no implica el abandono de toda referencia a la idea de
una energía nerviosa. «El que quiera tomar en serio estas ideas --observa
Freud- debería investigar sus analogías físicas y abrirse camino para
representarse el proceso de movimiento en la excitación de las neuronas».
La elaboración del
concepto de pulsión aporta una respuesta al problema que había quedado
pendiente en la conceptualización económica de La interpretación de los sueños:
la energía de catexis es la energía pulsional que proviene de fuentes internas,
ejerce un empuje constante e impone al aparato psíquico la tarea de
transformarla. Así, una expresión como «catexis libidinal» significa: catexis
por la energía de las pulsiones sexuales. En la segunda teoría del aparato
psíquico, el ello, polo pulsional de la personalidad, se convierte en el origen
de todas las catexis. Las otras instancias toman su energía de esta fuente
primaria.
La noción de
catexis, como la mayor parte de las nociones económicas, forma parte del
aparato conceptual de Freud, pero éste no dio de ella una elaboración teórica
rigurosa.
En parte, estos
conceptos los recibió el «joven Freud» de los neurofisiólogos que sobre él
influyeron (Brücke, Meynert, etc.). Este estado de cosas explica parte de la
incertidumbre en que se encuentra el lector de Freud en cuanto a la respuesta
que debe darse a cierto número de preguntas:
1) El empleo de la
palabra catexis presenta siempre una ambigüedad que no ha sido eliminada por la
teoría analítica. La mayoría de las veces es interpretada en sentido
metafórico: entonces indica una simple analogía entre las operaciones psíquicas
y el funcionamiento de un aparato nervioso concebido según un modelo
energético.
Cuando se habla de
catexis de una representación, se define una operación psicológica en un
lenguaje que se limita a evocar, en forma analógica, un mecanismo fisiológico
que podría ser paralelo a la catexis psíquica (por ejemplo, catexis de una
neurona, de un engrama). En cambio, cuando se habla de catexis de un objeto,
oponiéndola a la catexis de una representación, se pierde el soporte del
concepto de un aparato psíquico como sistema cerrado análogo al sistema
nervioso. De una representación puede decirse que está cargada y que su destino
depende de las variaciones de esta carga, mientras que la catexis de un objeto
real, independiente, no puede tener el mismo sentido «realista». Una noción
como la de introversión (paso de la catexis de un objeto real a la catexis de
un objeto imaginario intrapsíquico) pone de manifiesto esta ambigüedad: resulta
difícil concebir la idea de una conservación de la energía cuando se produce
esta retirada.
Algunos
psicoanalistas creen ver en la palabra «catexis» la garantía objetiva de que su
psicología dinámica se halla en relación con la neurofisiología. En efecto, al
utilizar expresiones como: catexis de una parte del cuerpo, catexis del aparato
perceptivo, etc., se puede tener la impresión de que se emplea un lenguaje
neurológico y se establece la transición entre la teoría psicoanalítica y una
neurofisiología, pero de hecho ésta no es más que una transposición de aquélla.
2) Otra dificultad
se presenta cuando se intenta relacionar la noción de catexis con las
concepciones tópicas. Por una parte, se considera que toda energía de catexis
tiene su origen en las pulsiones; pero, por otra, se habla de una catexis
propia de cada sistema. La dificultad es apreciable en el caso de la catexis
llamada inconsciente. En efecto, si se considera que esta catexis es de origen
libidinal, se tiende a concebirla como empujando incesantemente a las
representaciones catectizadas hacia la conciencia y la motilidad; pero a menudo
Freud habla de catexis inconsciente como de una fuerza de cohesión propia del
sistema inconsciente y capaz de atraer hacia él las representaciones: esta
fuerza desempeñaría un papel fundamental en la represión. Cabe preguntarse
entonces si la palabra «catexis» no designa nociones heterogéneas.
3) ¿Es posible
limitar la noción de catexis a su acepción económica? Ciertamente Freud la
asimila a la idea de una carga positiva atribuida a un objeto o a una
representación. Pero, en el plano clínico y descriptivo, ¿no adquiere un
sentido más amplio? En efecto, en el mundo personal del sujeto, los objetos y
las representaciones se hallan afectados de ciertos valores que organizan el
campo de la percepción y del comportamiento. Por una parte, estos valores
pueden aparecer como cualitativamente heterogéneos, hasta el punto de que es
difícil concebir equivalencias y substituciones entre ellos. Por otra parte, se
constata que ciertos objetos cuyo valor no está totalmente enunciado para el
sujeto, se hallan afectados no de una carga positiva, sino de una carga
negativa: así, el objeto fóbico no se halla carente de catexis, sino
intensamente «catectizado» como objeto que-debe-ser-evitado.
En vista de ello se
puede sentir la tentación de abandonar el lenguaje económico y traducir el
concepto freudiano de catexis dentro de una conceptualización inspirada en la
fenomenología, en la que prevalecerían las ideas de intencionalidad,
objeto-valor, etc. Incluso en el lenguaje de Freud se pueden hallar expresiones
que justificarían este modo de ver. Así, en su articulo en francés Quelques
considérations pour une étude comparative des paralysies motrices organiques et
hystériques, 1893, da como equivalente de Affektbetrag (quantum de afecto) el
término «valor afectivo». En otros trabajos, el término de catexis parece
connotar menos una carga medible de energía libidinal que fines afectivos cualitativamente
diferenciados: así, cuando falta al lactante el objeto materno, se califica de
«catectizado de nostalgia» (Sehnsuchtbesetzung).
Cualesquiera que
sean las dificultades que plantea la utilización de la noción de catexis, de
hecho los psicoanalistas difícilmente pueden prescindir de él para explicar
numerosos datos clínicos e incluso para apreciar la evolución de la cura.
Ciertas afecciones parecen evidenciar la idea de que el sujeto tiene a su
disposición una determinada cantidad de energía, que él repartiría en forma
variable en su relación con sus objetos y consigo mismo. Así, en un estado como
el de duelo, el manifiesto empobrecimiento de la vida de relación del sujeto
halla su explicación en una sobrecatexis del objeto perdido, como si se
estableciera un verdadero equilibrio energético entre las diferentes catexis de
los objetos exteriores o fantaseados, del propio cuerpo, del yo, etc.
Investidura
Alemán: Besetzung.
Francés: Investissement.
Inglés: Cathexis.
Término tomado por
Sigmund Freud del vocabulario militar para designar una movilización de la
energía pulsional cuya consecuencia es ligar esa energía a una representación,
a un grupo de representaciones, a un objeto o a partes del cuerpo.
Contracatexis
Al.:
Gegenbesetzung.
Fr.:
contre-investissement.
Ing.:
anticathexis.
It.: controcarica a
con troinvestimento.
Por.: contra-carga
o contra-investimento.
Proceso económico
postulado por Freud como soporte de numerosas actividades defensivas del yo.
Consiste en la catexis (carga) por el yo de representaciones, actitudes, etc.,
susceptibles de obstaculizar el acceso de las representaciones y deseos
Inconscientes a la conciencia y a la motilidad.
El término puede
designar también el resultado, más o menos permanente, de tal proceso.
El concepto de
contracatexis es citado por Freud sobre todo dentro de su teoría económica de
la represión. Las representaciones a reprimir, en la medida en que se hallan
catectizadas constantemente por la pulsión y tienden sin cesar a irrumpir en la
conciencia, sólo pueden mantenerse en el inconsciente si actúa en sentido
contrario una fuerza del mismo modo constante. Así, pues, en general la
represión supone dos procesos económicos que se implican mutuamente:
1) retirada, por el
sistema Pcs, de la catexis hasta entonces ligada a una determinada
representación displacentera (ausencia de catexis);
2) contracatexis,
utilizando la energía que ha quedado disponible por la operación anterior.
Aquí se plantea el
problema de lo que se elige como objeto de la contracatexis. Conviene señalar
que la contracatexis da por resultado el mantenimiento de una representación
dentro del sistema de donde proviene la energía pulsional. Es, por
consiguiente, la catexis de un elemento del sistema preconsciente-consciente
que impide que surja, en su lugar, la representación reprimida. El elemento
contracatectizado puede ser de distintas naturalezas: un simple derivado de la
representación inconsciente (formación substitutiva, como ejemplo un animal
fóbico, que es objeto de especial vigilancia y sirve para mantener reprimidos
el deseo inconsciente y las fantasías con él relacionadas), o un elemento que
se opone directamente a aquella representación (por ejemplo, formación
reactiva: solicitud exagerada de una madre por sus hijos, que oculta deseos
agresivos; afán de limpieza destinado a luchar contra tendencias anales).
Por otra parte, las
contracatexis pueden ser, no sólo una representación, sino también una
situación, un comportamiento, un rasgo de carácter, etc., si bien el objetivo
sigue siendo siempre el mantener de forma lo más constante posible la
represión. De acuerdo con lo dicho, la noción de contracatexis designa el
aspecto económico del concepto dinámico de defensa del yo; explica la
estabilidad del síntoma, que, según expresión de Freud, se halla «mantenido
desde dos lados a la vez». Al carácter indestructible del deseo inconsciente se
opone la relativa rigidez de las estructuras defensivas del yo, que exige un
gasto permanente de energía.
La noción de
contracatexis no es aplicable únicamente a lo relativo a la frontera entre los
sistemas inconsciente, por una parte, y preconsciente, por otra. Citado por
Freud en un principio dentro de la teoría de la represión, la contracatexis se
encuentra también en numerosas operaciones defensivas: aislamiento, anulación
retroactiva, defensa por la realidad, etc. En tales operaciones defensivas, e
incluso en el mecanismo de la atención y del pensamiento discriminativo, la
contracatexis interviene también en el propio interior del sistema
preconsciente-consciente.
Finalmente Freud
recurre al concepto de contracatexis al considerar la relación del organismo
con su ambiente, para explicar las reacciones de defensa frente a una irrupción
de energía externa que hace efracción sobre el protector contra las
excitaciones (dolor, traumatismo). El organismo moviliza entonces energía
interna a expensas de sus actividades, que se encuentran empobrecidas, a fin de
crear una especie de barrera que evite o disminuya la afluencia de excitaciones
externas.
Libido
s. f. [Término de
origen latino, de trasposición igual en todos los idiomas, rescatado por
Freud.] Energía psíquica de las pulsiones sexuales que encuentra su régimen en
términos de deseo, de aspiraciones amorosas, y que, para S. Freud, da cuenta de
la presencia y de la manifestación de lo sexual en la vida psíquica.
C. Jung, por su
parte, concibe la libido como una energía psíquica no específica, que se
manifiesta en todas las tendencias, sexuales o no; refuta esto Freud, quien
mantiene su referencia a lo sexual. Asimilando su concepción de la libido, como
energía de todo lo que se puede englobar bajo el nombre de amor, al Eros de
Platón, Freud llega a llamar libido a la energía del Eros. J. Lacan retoma la
cuestión y propone concebir la libido no tanto como un campo de energía sino
como un «órgano irreal» que tiene relación con la parte de sí mismo que el ser
viviente sexuado pierde en la sexualidad [Seminario XI, «Los cuatro conceptos
fundamentales del psicoanálisis», 1964].
Es relativamente arduo
extraer una definición de la libido en Freud, especialmente porque recibe
distintas aclaraciones según los momentos de conceptualización de la teoría de
las pulsiones, los avances concernientes a la vida sexual, normal o patológica,
el cuestionamiento reiterado del problema de las neurosis, las perversiones,
las psicosis, etc. El término latino libido, que significa «deseo» [violento,
inclinación intensa, «garias», «aspiración», tal como Freud lo usa, designa «la
manifestación dinámica en la vida psíquica de la pulsión sexual»; es la energía
«de esas pulsiones relacionadas con todo lo que se puede comprender bajo el
nombre de amor». Al afirmar la referencia a lo sexual de la libido, referencia
que hace valer en las diversas definiciones que da, Freud se contrapone al
punto de vista de Jung, que extiende, generaliza y desespecifica la libido,
viéndola operante en todo tipo de tendencias. En Conferencias de introducción
al psicoanálisis (1916-17), en especial, Freud adopta una clara posición: «No
ganamos nada evidentemente en insistir con Jung en la unidad primordial de
todas las pulsiones y en dar el nombre de libido" a la energía que se
manifiesta en cada una de ellas (...) Es imposible, sea cual fuere el artificio
al que se recurra, eliminar de la vida psíquica la función sexual (...) el
nombre de libido permanece reservado a las tendencias de la vida sexual, y
únicamente en este sentido lo hemos empleado siempre».
Libido y
sexualidad. La economía y la dinámica libidinales, sobre cuya comprensión y
conceptualización Freud no cesa de volver, suponen una concepción de la
sexualidad mucho más amplia que la vigente en su época y aun, por otra parte,
en la nuestra. Como lo explica en Tres ensayos de teoría sexual (1905) o en
Conferencias de introducción al psicoanálisis, es a través de] estudio de la
sexualidad infantil y de las perversiones como Freud encuentra sus argumentos
para deslindar la sexualidad de la finalidad de la procreación, para refutar la
identidad entre sexual y genital, para concebir entonces la existencia de algo
sexual que no es genital y que no tiene nada que ver con la reproducción sino
con la obtención de una satisfacción. Llega así, produciendo entonces un
escándalo, a calificar de sexuales un conjunto de actividades o tendencias que no
sólo registra en el adulto sino también en el niño, aun lactante. De este modo,
por ejemplo, caracteriza como sexual, y reconoce como actividad sexual, la
succión en el niño y la satisfacción que extrae de ella. A través de esta
concepción ampliada de la sexualidad despliega la concepción de un desarrollo
sexual o, expresión para él equivalente, de un desarrollo de la libido según
diferentes estadios. Da así por sentado que la vida sexual, o la vida
libidinal, o la función de la sexualidad (para él sinónimos), lejos de estar
instalada de entrada, está sometida a un desarrollo y atraviesa una serie de
fases o estadios. El «punto de giro de este desarrollo», escribe en
Conferencias de introducción al psicoanálisis, está «constituido por la
subordinación de todas las tendencias sexuales parciales al primado de los
órganos genitales, o sea, por la sumisión de la sexualidad a la función de la
procreación».
Otro aspecto del
desarrollo sexual que pone en juego la economía libidinal y su dinámica
energética es el que compromete toda la cuestión de la relación con el objeto,
pudiendo la libido investir y tomar como objeto tanto la persona misma (se la
llama entonces libido del yo) como un objeto exterior (se la llama entonces
libido de objeto). Freud designa con el término narcisismo el desplazamiento de
la libido sobre el yo. Además introduce la cuestión del objetivo de la pulsión,
que es la satisfacción; Freud la interroga en especial con el problema del
devenir libidinal en la sublimación. Una misma energía psíquica, cuyo carácter
sexual inicial mantiene, una misma energía libidinal, cuyo «gran reservorio»,
dice, es el yo, opera, por lo tanto, para Freud, en las pulsiones sexuales y
sus modificaciones, cualquiera que sea el objeto al que se dirijan, cualquiera
que sea el objetivo que alcancen, directamente sexual o sublimado.
Libido y pulsión de
vida. La concepción ampliada de la sexualidad que Freud promueve lo lleva a
referirse en reiteradas oportunidades al Eros platónico. Ve en este una
concepción muy cercana a lo que él entiende por pulsión sexual, según lo
escribe en Tres ensayos de teoría sexual, donde evoca la fábula poética que
Platón hace relatar en el Banquete a Aristófanes: la división en dos partes del
ser humano, que desde entonces aspira incesantemente a volver a encontrar su
mitad perdida para unirse con ella. A Eros, el Amor, Platón nos lo muestra como
el deseo, siempre desprovisto y siempre en busca de lo que pueda apaciguarlo,
satisfacerlo, yendo sin cesar tras lo que le falta para ser colmado. De este
modo, dice Freud en Psicología de las masas y análisis del yo (1921), «al
ampliar la concepción del amor, el psicoanálisis no ha creado nada nuevo. El
Eros de Platón presenta, en cuanto a sus orígenes, sus manifestaciones y sus
relaciones con el amor sexual, una analogía completa con la energía amorosa,
con la libido del psicoanálisis. . >. Freud está entonces plenamente de
acuerdo con la teoría del amor en Platón y su concepción del deseo, pero al
mismo tiempo se niega a abandonar el término psicoanalítico libido por el
filosófico y poético Eros, pues, aunque señala su gran proximidad, rehúsa
arriesgarse a perder así aquello que quiere hacer reconocer: su concepción de
la sexualidad. De este modo, escribe también: «Aquellos que consideran la
sexualidad como algo que avergüenza a la naturaleza humana y la rebajan son
perfectamente libres de usar los términos más distinguidos de Eros y erótica
(...) Nunca se puede saber hasta dónde se va a llegar de esta manera: se
comienza por ceder en las palabras y luego se termina cediendo en las cosas».
En Más allá del principio de placer (1920) primero, y en obras posteriores,
Freud utiliza el término Eros para connotar las pulsiones de vida, que opone a
las pulsiones de muerte, trasformando entonces especulativamente, como dice, la
oposición entre pulsiones libidinales y pulsiones de destrucción. El Eros, que
Freud da como equivalente de las pulsiones de vida (que reúnen ahora a las
pulsiones sexuales y a las pulsiones de auto conservación), es la energía misma
de estas pulsiones que tienden a la ligazón, a la unión, a la reunión y al
mantenimiento de este estado. En Esquema del psicoanálisis (1938), escribe que
llamará de ahora en adelante libido a «toda la energía del Eros».
Pérdida y
sexualidad. Lacan sustituye el mito de Aristófanes recordado por Freud por lo
que llama «el mito de la laminilla», producido para «encarnar la parte
faltante»; con esto busca retomar la cuestión de la libido y su función, y en
tanto la cuestión del amor queda relegada a un fundamento narcisista e
imaginario. El mito de la búsqueda de la mitad sexual en el amor queda
sustituido por «la búsqueda, por el sujeto, no del complemento sexual, sino de
la parte de sí mismo perdida para siempre, constituida por el hecho de que no
es más que un ser viviente sexuado y ya no es más inmortal». En Los cuatro
conceptos fundamentales del psicoanálisis (1973), especialmente, se explica al
respecto: la laminilla «es algo que tiene relación con lo que el ser sexuado
pierde en la sexualidad; es, como la ameba con relación a los seres sexuados,
inmortal». En esta laminilla inmortal que sobrevive a toda división, en este
órgano que «tiene como característica no existir», allí, dice Lacan, está la
libido inmortal, irreprimible, lo que le es sustraído al ser viviente por estar
sujeto al sexo. La libido se encuentra entonces designada por la imagen y el
mito de la laminilla ya no «como un campo de fuerzas sino como un órgano», un
«órgano parte del organismo» y un órgano «instrumento de la pulsión». Órgano
«irreal», dice todavía Lacan, definiéndose lo irreal «por articularse a lo real
de una manera que se nos escapa, lo que requiere justamente que su
representación sea mítica, como la concebimos nosotros. Pero ser irreal no le
impide a un órgano encarnarse».
Se presenta un enlace para acceder al tomo xix de la Obras completas de S. Freud
http://centrodedifusionyestudiospsicoanaliticos.files.wordpress.com/2014/08/19-sigmund-freud-obras-completas-tomo-xix.pdf
Mi muy querido Wilhelm:
Hoy después de haber trabajado al máximo y haber
ganado lo que necesito para mi bienestar (10 horas y 100 florines), estoy
muerto de cansancio pero intelectualmente dispuesto para intentar exponerte
brevemente los últimos detalles de mis especulaciones.
Ya sabes que en mi trabajo parto de la hipótesis
de que nuestro mecanismo psíquico se ha establecido por un proceso de
estratificación sucesiva[2],
porque de vez en cuando el material preexistente de huellas mnémicas
experimenta, en función de nuevas circunstancias, una reordenación según nuevos
nexos, una reescritura (Umschrift)[3].
Lo esencialmente nuevo en mi teoría es, entonces, la tesis de que la memoria no
está disponible de manera simple, sino múltiple, registrada en capas en
diversas tipos de signos (Zeichen). En su momento (afasia[4])
afirmé una reordenación similar para las vías que llegan desde la periferia
[del cuerpo a la corteza cerebral]. No sé cuántas de estas escrituras
[trascripciones] existen. Por lo menos tres, aunque probablemente más.
Para
ilustrar esta manera de ver las cosas propongo el siguiente esquema, que supone
que las diversas escrituras [trascripciones, inscripciones] están separadas
también en relación con lo que los comunica
o relaciona entre sí (de una manera no necesariamente tópica). Esta
hipótesis quizá no tiene una importancia capital, pero es la más simple que
encuentro por el momento, y podemos admitirla, al menos provisionalmente.

EL
ESQUEMA TAL COMO APARECE EN EL MANUSCRITO DE FREUD
Fig. 1
I II III
W Wz Ub Vb Bw
x x
-------- x x ----------- x x
----------- x x -------- x x
x x x x x x x
SU
REPRESENTACIÓN CLARIFICADA
Fig. 2

TAL
COMO LO REPRESENTA J.-M. VAPPEREAU EN SUS LIBROS
con el
comentario siguiente:
Las
letras del grafo de la carta 52 se leen así:
P =
Percepción, Ps = Percepción-signos ó signos de percepción, Ics = Inconsciente,
Pcs =
Preconsciente, Cs = Consciencia
Fig. 3
W (P) [Wahrnehmungen = percepciones] son el
soporte material [neuronas] donde se generan o producen las percepciones
a las que se anuda consciencia, pero que en sí no conservan huella alguna de lo
que sucede (des Geschehens). Es que consciencia y memoria se excluyen
entre sí.
Wz (Ps) [Wahrnehmungszeichen = signos de
percepción] es la primera escritura (Niederschriften) [registro o
transcripción por escrito] de las percepciones[5],
totalmente incapaz de llegar a ser consciente como tal y ordenada según una asociación
[relación] por simultaneidad.
Ub (Ic) [Unbewusstsein = inconsciente] es una
segunda escritura, ordenada según otras relaciones [asociaciones], tal vez
causales[6].
Las huellas-Ic corresponderían quizá a recuerdos de conceptos, y serían también
inaccesibles como tales a la consciencia.
Vb (Pc) [Vorbewusstsein = preconsciente) es la
tercera reescritura (Umschrift), ligada a representaciones de palabra
(Wortvorstellungen), y se corresponde con nuestro “yo” oficial (moi).
Desde este Pc las investiduras devienen conscientes {Bw (Cc) [Bewusstsein
= consciente]} de acuerdo con ciertas reglas, y precisamente esta
consciencia-pensar [consciencia cognitiva] secundaria es de efecto retroactivo (nachträglich)
en el orden del tiempo, probablemente anudada a la reanimación alucinatoria de
representaciones de palabra, de tal manera que las neuronas-consciencia serían
también neuronas-percepción y en sí carecerían de memoria[7].
Si
pudiera dar u ofrecer una exposición completa de los caracteres psicológicos de
la percepción y de las tres escrituras, con ello describiría una psicología
nueva. Dispongo de una serie parcial de materiales para hacerlo, pero no es mi
propósito ahora servirme de ellos para este fin.
Lo que aquí quiero destacar es que las escrituras
sucesivas representan la operación psíquica de épocas sucesivas de la vida[8].
Y es en la frontera entre dos de estas épocas que tiene que producirse la
traducción del material psíquico. Atribuyo las peculiaridades de las
psiconeurosis al hecho de que no se haya producido una traducción adecuada para
ciertos materiales, lo cual comporta ciertas consecuencias. Se produce además
en efecto la tendencia a una compensación cuantitativa[9].
Cada reescritura posterior inhibe, por una parte, a la anterior y desvía,
por otra, de ella el proceso de excitación [sin suprimirlo][10].
Toda vez pues que la reescritura posterior falta, la excitación es tramitada
según las leyes psicológicas vigentes para el período psíquico anterior, y por
las vías entonces abiertas. Subsistirá entonces, por así decirlo, un
anacronismo, en cierta provincia regirán todavía «fueros»[11];
eso produce «relictos»[12].
El fallo (Versagung)
de la traducción es lo que clínicamente se manifiesta o se traduce como
«represión» (Verdrangüng). Motivo de ella es siempre un desprendimiento
[producción manifiesta o consciente] de displacer que se generaría por su
traducción exitosa, todo sucede como si este displacer suscitara una
perturbación cognitiva [del pensar] que obstaculizara el trabajo de traducción[13].
Durante una misma fase psíquica, y a la vez que se
realizan las reescrituras o retranscripciones de la misma variedad, vemos
levantarse una defensa normal contra el displacer eventualmente
producido; una defensa patológica, en cambio, sólo se produce contra una
huella mnémica todavía no traducida de una fase anterior[14].
Que la defensa determine la represión no parece
depender de la intensidad del desprendimiento de displacer. En efecto, a menudo
luchamos en vano contra recuerdos muy desagradables [es decir que provocan máximo
displacer]. Podemos entonces plantear la siguiente representación. Si un suceso
A suscitó cierto displacer al producirse [cuando era actual], la
escritura-recuerdo [como traza mnémica] AI o AII que deja
o produce, contiene en tanto tal [es decir como representación y, por
consiguiente como no-percepción] un medio para inhibir el desprendimiento de
displacer en caso de despertarse el recuerdo de lo acontecido. Cuanto más a
menudo retorne el recuerdo, tanto más inhibido [por desgaste] quedará finalmente
ese desprendimiento. Ahora bien, se da el caso para el cual esa
inhibición normal no es suficiente: Si A, en el momento de su producción actual
[cuando era percepción], provocó displacer, y al resurgir o ser reevocado
suscita de nuevo un displacer, entonces no es inhibible. El recuerdo se
comporta entonces como un suceso actual. Este caso suele darse en incidentes de
orden sexual, porque las intensidades o magnitudes de excitación que provocan
no pueden liberarse y crecen así con el tiempo (con el desarrollo sexual).
Así el incidente sexual ocurrido en una fase
produce efectos no sólo en ella sino en una fase siguiente como si fuera actual
[en cuanto no ha podido liberarse o descargarse su energía de excitación] y es,
por tanto, no inhibible o irreprimible [como energía activa]. La condición
de la defensa patológica (represión, propiamente dicha) es, entonces, el
carácter sexual del suceso y que haya ocurrido en una fase anterior[15].
Naturalmente hay que señalar que no todas las
vivencias sexuales generan displacer; muchas producen placer y son agradables.
La reproducción de la mayoría de ellas irá entonces acompañada por un placer
como tal no inhibido [y que no tendría porqué ser inhibido]. Un placer así, a
posteriori puede constituir una compulsión. Llegamos así a las
siguientes conclusiones: Cuando un recuerdo de carácter sexual reaparece con
diferencia de fase, y produce placer, surge del mismo [presiona a] una
compulsión [de repetición]; si, por el contrario, produce displacer, se dan las
condiciones de la represión. En ambos casos, la traducción a los signos de la
nueva fase parece estar dificultada. [...]
Siguen en este punto una serie de
especulaciones, incluso delirantes, acerca de la elección de la neurosis en
función de la fase en que tuvo lugar el incidente sexual y su tramitación, que
carecen de interés en la actualidad, y en todo caso en función de nuestros
intereses aquí.[16]
[1] La exposición
de esta carta y en particular el esquema del aparato psíquico que propone Freud
es intermedia entre las hipótesis sobre el aparato psíquico expuestas en el Proyecto
(1895) (Cf. A., I, p. 323-446; véase asimismo nuestra traducción
crítica en el enlace “Textos” de nuestra web: www.auladepsicoanalisis.com) y las ideas que Freud sintetizó en el cap.
VII de la Traumdeutung (1899) (Cf. A., V, esp. pp. 529-538); se
las retoma sobretodo en Más allá del principio del placer (1920g)
(Cf. A., XVIII, p. 1 ss. ) y, después, en “Nota sobre la pizarra
mágica” (1925 a) (Cf. A., XIX, p. 239-248)
[2] Esto ya es sugerido en el último capítulo
de los Estudios sobre la histeria (1895). Allí efectivamente podemos
leer:
«El material psíquico de una histeria
puede representarse como un producto multidimensional de por lo menos triple
estratificación. Espero poder justificar pronto este modo de presentación
figurado. En primer lugar estuvieron presentes un núcleo de recuerdos
(recuerdos de vivencias o de asociaciones de pensamiento) en los cuales ha
culminado el momento traumático o halló su plasmación más pura la idea
patógena. En torno de este núcleo hallamos una gran cantidad, a menudo de
increíble riqueza, de material mnémico de diversa índole que en el análisis es
preciso reelaborar (durcharbeiten) y presenta, como dijimos, un triple
ordenamiento.
»Primero es inequívoco un ordenamiento
lineal cronológico que tiene lugar dentro de cada tema singular [Freud se
refiere al caso de Anna O. y dice que: “Era como si se exhumara un archivo
mantenido en perfecto orden”; se refiere después al caso de Emmy von N.
señalando que: “la vivencia más fresca y reciente del fascículo [de recuerdos]
aparece primero como primera hoja, y la última hoja está constituida por
aquella impresión con que en realidad empezó la serie.”]
»He designado como formación de un tema
ese agrupamiento de recuerdos de la misma variedad en una multiplicidad
estratificada en sentido lineal, al modo de un fajo de actas, de un paquete,
etc. Ahora bien, estos temas muestran una segunda manera de ordenamiento:
están –no puedo expresarlo de otro modo- estratificados de manera
concéntrica en torno del núcleo patógeno (um den pathogenen kern). No es
difícil indicar qué constituye esa estratificación, ni la magnitud creciente o
decreciente siguiendo la cual se produce ese ordenamiento. Son estratos de
resistencia, creciente esta última hacia el núcleo, y con ello zonas de
igual alteración de consciencia dentro de los cuales se despliegan los
temas singulares. Los estratos más periféricos contienen, de diversos temas,
aquellos recuerdos (o fascículos) que se rememoran con facilidad y fueron
siempre claramente conscientes; cuanto más profundo se cala, con mayor
dificultad se disciernen los recuerdos aflorantes, hasta que, en la proximidad
del núcleo, se tropieza con aquellos que el paciente desmiente aun en la
reproducción.
»Es esa peculiaridad de la estratificación
concéntrica del material psíquico patógeno la que confiere, sus rasgos
característicos a la trayectoria de tales análisis. Nos queda ahora por
consignar un tercer tipo de ordenamiento, el más esencial y sobre el
cual resulta más difícil formular un enunciado universal. Es el ordenamiento
según el contenido de pensamiento, el enlace por los hilos lógicos que
llegan hasta el núcleo, enlace al cual en cada caso puede corresponderle un
camino irregular y de múltiples rodeos. Ese ordenamiento posee un carácter
dinámico, por oposición al morfológico de las dos estratificaciones antes
mencionadas. Mientras que estas podrían figurarse, en un esquema espacial,
mediante unas líneas uniformes, ya fueran curvas o rectas, uno tendría que
seguir la marcha del encadenamiento lógico con una línea quebrada que por los
más enredados caminos fuera de los estratos superficiales a los profundos, y
regresara a los primeros, si bien avanzando en general desde la periferia hasta
el núcleo central, viéndose así obligada a tocar todas las estaciones;
semejante, pues, a la línea zigzagueante que describe la solución de un gambito
de caballo en el tablero de ajedrez [...]» (A., II, pp. 293-295)
[3] También podríamos
hablar de una sobre (Um)-escritura (schrift), en todo caso se trata de
una reinscripción o de una retranscripción de una escritura anterior, primera,
según nuevos nexos.
[4] Freud se refiere a su estudio sobre La
concepción de las afasias (1891), publicado en castellano en ed. Nueva
visión.
[5] Percepciones tanto internas como externas.
[6] Es decir según relaciones de causalidad.
[7] La consciencia, a diferencia de las
teorías usuales de la época, sería según Freud un producto estructurado
de percepciones internas, recuerdos y percepciones externas. El acceso a la
consciencia es complejo y no inmediato desde la percepción. Esta última debe
por así decirlo atravesar una barrera o cristal de refracción, al modo de la
mediación que permite un aparato óptico en la percepción de las imágenes de la
realidad.
[8] Respecto a este problema véase H.
HARTMANN, “Ichpsychologie und Anpassungsprobleme” (“Psicología del yo y el
problema de la adaptación”) en International Zeitschrift für Psychoanalyse
und Imago, XXVI, 1940, y H. HARTMANN, E. KRIS y R. LOEWENSTEIN, “Some
Comments on the formation of Psychic Structure” (“Algunos comentarios sobre la
formación de la estructura psíquica”) en The Psychoanalytic Study of the
Child, II, 1947.
[9] Es decir no sólo un fallo en la traducción
sino la producción de una representación o de un efecto compensatorio mediante
otra representación inadecuada en el lugar de la que sería adecuada.
[10] Es decir se produce una suerte de
sobreimpresión posterior que, por así decirlo, tacha la anterior y coloca en su
lugar otra impresión que no la elimina sino que la fija de manera
distorsionada. Es esa idea sobre la que Freud volverá con el modelo de la
pizarra mágica [“Nota sobre la ‘pizarra mágica’” (1925a), en A., XIX,
p. 239-247]
[11] Es decir, un
derecho local o especial más antiguo, anterior al establecimiento de una
legislación central posterior más moderna.
[12] “Restos supervivientes”. Trazas del
pasado o de un nivel más profundo de la estructura que siguen activas en el
sujeto, a pesar de su yo y fuera del control de este último.
[13] Perturbara el pensar dificultando el
trabajo de traducción y operando como resistencia al mismo.
[14] Así pues la defensa que Freud llama normal
se produce ante algo traducido correctamente ante el desarrollo de
displacer que produce su actualización o evocación y es del orden de la
inhibición, en tanto que la defensa patológica se refiere a algo no
traducido o mal traducido de una fase anterior en una fase posterior y que
aparece en esta última como una formación de síntoma o representación
distorsionada de la primera no traducida en la fase posterior. Esa sería la
forma de expresión de la neurosis.
[15] La defensa patológica traduce y produce
una mala elaboración o tramitación del incidente, una inadecuada traducción y
asimilación simbólica del suceso patógeno.
[16] El final de
esta carta puede leerse en las diversas versiones que existen de la misma: por
ejemplo en la traducción de J. L. Etcheverry en S. FREUD, Cartas a Wilhelm
Fliess (1887-1904) edición completa, Amorrortu, Eds., Bs. Aires, 1986, pp. 218-227; o la traducción
de Nicolás Caparrós en Correspondencia de Sigmund Freud. Tomo II
(1886-1908), Ed Biblioteca Nueva, Madrid, 1997, pp. 206-217.
Papers
Hairesis poética
Papers
Hairesis poética
Esthela Solano-Suárez
La práctica analítica nos permite constatar
muchas veces que ella se revela eficaz en reducir el síntoma. Sin
embargo, su eficacia vuelve aún más crucial la cuestión de saber cómo ella
opera por el sesgo de la interpretación.
Esta
cuestión ha sido planteada por Lacan sin cesar, y recibió respuestas diferentes
a lo largo de su enseñanza. Como Jacques-Alain Miller lo subraya, podemos
distinguir en Lacan, en el curso de la elaboración sostenida en su enseñanza,
formulaciones diferentes, puntuaciones.
Debemos constatar que estas puntuaciones
hacen variar los principios que dan razón a la práctica psicoanalítica. En este
sentido una variedad de principios, ligadas a las sucesivas elaboraciones, pueden
deducirse.
Es sobre la última puntuación de la enseñanza
de Lacan que orientamos nuestra reflexión. Asistimos a partir de 1974, en Roma,
a esta suerte de “radicalización a la que participa la última enseñanza de
Lacan” [1], cuyo testimonio es La Tercera.
Recordemos que en su primer Discurso de Roma,
Lacan plantea los principios de la interpretación, haciéndolos reposar en “la
función de la palabra como única operatoria en la práctica analítica, y
soportada por el campo del lenguaje” [2]. La función del analista, desde el
momento en que es “amo de la verdad” [3], consiste en puntuar la dialéctica. La
palabra reveladora surge de una puntuación. El efecto de significación y el
efecto de verdad son relativos al punto de capitón [4]. Por este hecho, los principios
de la interpretación responden a la función semántica asegurada por el
lenguaje. La función de la palabra sirve para revelar el inconsciente
estructurado como un lenguaje.
En esta perspectiva, es el poder de lo
simbólico que está puesto en primer plano, y por esto, el lugar del Otro como
lugar del tesoro del significante es previo. La condición de sujeto proviene de
él y por esto el movimiento de la cura está orientado por el vector de lo
simbólico, que introduce discontinuidad y disimetría en oposición al eje
imaginario, lugar de espejismos, donde reina el desconocimiento del yo. La
experiencia analítica progresa en el sentido de una significantización de lo
imaginario, donde reina la inercia de la imagen especular, y de lo real, que es
del orden de lo dado, como ya allí. [5]
Si introducimos acá, una definición del
inconsciente dada por Lacan en las antípodas de esta primera puntuación,
podemos enseguida remarcar que ella introduce un efecto de contraste, de
ruptura, de corte “El inconsciente es que el ser, hablando, goza, y agrega – no
quiere saber nada más- no saber nada”. [6]
A través de esta definición, estamos
confrontados a un cambio en el estatuto de la palabra. Lo que es puesto en
primer plano no es más su función reveladora sino su ejercicio de goce al
servicio de no querer saber nada.
Ante semejante descalabro no podemos
orientarnos si no tenemos en cuenta los principios de elucidación aportados por
Jacques-Alain Miller, cuando destaca el desplazamiento operado por Lacan en su
última enseñanza.
En
efecto, a partir de este momento la problemática del goce viene a un
primer plano, el punto de partida de Lacan no es más el Otro, sino el Uno. A
partir del momento que es cuestión de goce, se impone la singularidad, de allí
la fórmula “Hay de lo Uno”, el Uno solo, separado del Otro. [7]
En esta perspectiva Lacan recurre a lalengua,
como “palabra separada de la estructura del lenguaje”, es decir como palabra
oída, como palabra que no responde “al ordenamiento gramatical y lexicográfico”
[8], pero que no es sin tener incidencias en el cuerpo. El poder de lalengua de
marcar el cuerpo tiene consecuencias de goce.
La promoción del concepto de lalengua,
comporta un desmoronamiento del concepto de lenguaje, el que deviene para Lacan
“una elucubración de saber sobre lalengua”. De ahora en más la palabra, no
estando más soportada por la estructura del lenguaje, sino que correlativa a
lalengua, no asegura el lazo al Otro, ya no es más palabra dirigida a fines de
la comunicación, de reconocimiento, de comprensión. La palabra no se ejerce con
fines de comunicación, sino con fines de goce. Lalengua y la palabra satisfacen
el goce del bla bla, el que da cuenta del soliloquio, y comporta un
funcionamiento autista.
El goce que es goce del Uno, no funda una relación al Otro. A partir
del momento que los goces están sometidos al régimen del Uno, se destaca que
están regidos por el principio de la no-relación. Si hay de lo Uno y nada más,
entonces la relación sexual, no cesa de no escribirse.
En estas condiciones cómo operar con la
palabra en el goce del síntoma si la palabra es goce?
La radicalización en juego en la última
enseñanza de Lacan nos confronta a una puesta en cuestión de la interpretación
semántica, la que se apoya en la articulación significante S1- S2 , de
donde surge un efecto de sentido.
En efecto, ¿qué es el sentido en la última
enseñanza de Lacan?
Para avanzar, es necesario introducir aquí,
los tres registros que son retomados por Lacan, lo Real, lo Simbólico y lo
Imaginario, considerados como siendo Unos, distintos y materializados por
redondeles de cuerda, equivalentes y
anudados. En el lugar de la no relación aparece la propiedad borromea, según la
cual basta que uno de los tres se libere para que los otros dos también se suelten.
De este modo el nudo, Lacan dice obtenerlo de su práctica, de lo que se habla,
de lo que falla el cuerpo, de este algo que da cuenta de lo imposible. [9]
En el nudo Lacan distingue tres tipos de
efectos que provienen de los tres Unos: el efecto de sentido, inherente a lo
Simbólico, el efecto de goce inherente a lo Imaginario y el efecto de
no-relación inherente a lo Real.
Si el sentido resulta de un campo entre lo
imaginario y lo simbólico, es efecto de lo simbólico sobre lo imaginario. Lo
real, en cambio, se caracteriza por su exclusión del sentido. El fuera de
sentido es lo inherente a lo real.
En esta perspectiva el inconsciente deviene
una elucubración de saber, un saber inventado y que reposa en la copulación del
lenguaje con el cuerpo, a fin de asegurar la reproducción de los cuerpos,
supliendo la falla en el saber que comporta lo real de la no-relación. En este
sentido, el inconsciente es un artificio, que reposa sobre un saber-hacer con
lalengua.
En esta perspectiva no hay esperanza de tocar
lo real por el sesgo de los efectos de sentido, que testimonian por una parte
que respecto a lo real “lo que se dice miente”, y por otra parte, que conducen
al embrollo específico que caracteriza la debilidad mental. Siendo ésta la cara
“embrollo” con relación a lo real, inherente al inconsciente. Artificio y
embrollo se tejen a través de los efectos de sentido, los que taponan lo real
que les ex-siste.
¿Cómo puede operar la interpretación
analítica, por una parte no ser débil y por otra parte no alimentar el goce del
síntoma? ¿Cómo se puede tocar lo real?
Lacan indica de una manera muy precisa, que
el psicoanálisis opera por el sentido y, agrega, solo opera convenientemente al
reducirlo. Esta reducción abre hacia la posibilidad de cavar lo real.
Esta perspectiva comporta “preferir lo real”, y lleva a la práctica
analítica a apuntar al fuera de sentido, incluso a hacer un esfuerzo para “ir
más lejos que el inconsciente”.
Una práctica orientada a partir del fuera de
sentido sería aquella que se aplica tomando apoyo, no en el Otro, sino en el
Uno. Esto comporta apoyarse el lalengua, a fin de extraer el Uno.
Ahora bien, como Jacques-Alain Miller lo
señalaba, esta operación comporta “limpiar lalengua de la estructura”, es decir
de lo que se articula, cortar el lazo entre el Significante Uno y el Otro
significante, para ir “al revés del inconsciente”. [10]
Desde el momento en que Lacan avanza en la
perspectiva que consiste en ir en contra de la articulación de saber, en
rebajar el lenguaje, toma, como lo indica Jacques-Alain Miller, sus distancias
con la ciencia. En consecuencia, sustituye al saber, el saber hacer, el que
“prescribe un hacer adecuado, pero del que no hay saber articulado,
construido”. En esta perspectiva Lacan lleva al psicoanálisis del lado del
arte, “como forma suprema del saber hacer”. [11]
Ahora bien, esto no va sin traer aparejado
una puesta en cuestión radical de la interpretación, a propósito de la cual se
sirve de la expresión “manipulación llamada interpretativa” [12], acentuando de
este modo más fuerte el “hacer”, para caracterizar lo que se lleva a cabo en la
experiencia analítica.
Al respecto, podemos subrayar que para Lacan
el “hacer” da cuenta del artificio, el que no sostiene su estatuto sino del
dicho. [13] El “hacer” conveniente a la práctica sería el que partiendo del
dicho, supiese hacer jugar el equívoco entre el sonido y el sentido, a fin de
tocar el oigo-gozo-sentido (j’ouis-sens) [14], y reducir el goce del
síntoma. En efecto, Lacan remarca que tenemos el equívoco “como arma contra el
síntoma”. [15]
Pero el equívoco comporta una violencia hecha
al uso de la lengua.
En este sentido, el equívoco comporta elegir
la herejía “ como vía por donde tomar la varidad” [16]. Abordar el sentido por
la vía de la herejía comporta la violación del código y de los usos, y alcanza
lo poético.
De este modo Lacan observa “es porque una
interpretación justa extingue un síntoma, que la verdad se especifica de ser
poética”.
La poïesis analítica juega con el
doble sentido del significante, juego de lalengua. No apunta a los efectos de
fascinación, que dan cuenta de lo bello, sino a la producción de una resonancia
fundada en el chiste.
Por el chiste, hace equívocos, la resonancia
pone en juego una economía. Esto Lacan lo toma de Freud. La economía de goce
convocada apunta a lo que en el cuerpo resuena y consuena a título de pulsión.
Por este hecho la interpretación justa alcanza el cuerpo. Se trata de un decir
que toca la sustancia gozante y produce un efecto en el cuerpo, en tanto que
efecto de sentido nuevo.
Ahora bien, la poética herética con la que
juega la interpretación, produce también efectos de agujero, y por esto ella no
es sin tener una incidencia en lo real, apuntando su propiedad de ex-sistir al
agujero. Así, al cavar lo real, la interpretación tendría una oportunidad de
“hacer sonar otra cosa que el sentido”. [17]
El analizante dice, habla. El analista corta,
hace un corte para hacer sonar otra cosa que lo que es dicho. [18] En este
sentido, la interpretación se especifica de ser corte. Corte a la intención de
significación que hace emerger la dicho-mansión del goce, corte en el lenguaje
para aislar el Uno de lalengua. Corte, incluso corte del lazo entre el
Significante Uno y el Otro significante por donde brota el fuera de sentido que
deshace la trama enlazada de las significaciones. Instante de despertar donde
en la fugacidad del relámpago el cuerpo se desliga del Uno que lo liga a título
de identificación, al mismo tiempo que resuena el Uno del que se goza.
Por el corte el tiempo hace irrupción a
través del recorte del instante. El corte introduce la temporalidad bajo el
modo de la lógica de la contingencia.
Haciendo agujero en el dicho introduce un
punto fuera de la línea, que es un instante fuera del tiempo, para convocar el
decir. La interpretación realiza lo apofántico del decir analítico, desde el
momento que interviene como corte en el tiempo propio del dicho.
Estaríamos tentados de considerar que la
interpretación que se ejerce en la vía del equívoco, si ella desbarata lo que
se impone del síntoma, da cuenta de un saber hacer, incluso del arte del corte
que aparta la materia sonora del dicho, para obtener un decir como efecto de
resonancia de la sustancia gozante.
Traducción: María Inés Negri
Referencias bibliográficas
[1] Jacques-Alain Miller. “Lo real es sin
ley”. En La Cause freudienne, N° 49.
[2] Jacques Lacan. Écrits. p. 289.
[3] Jacques Lacan, Écrits. p. 313.
[4] Jacques-Alain Miller. “La interpretación al revés”. En
La Cause freudienne, N° 32.
[5] Jacques-Alain Miller. “Lo real es sin ley”. En La
Cause freudienne, N° 49.
[6] Jacques Lacan. Encore, p. 95.
[7] Jacques- Alain Miller. “Los paradigmas del goce”. En La
Cause freudienne. N°
53.
[8] Ibid.
[9] Jacques-Alain Miller. “L’ex-sistence”. En La Cause
freudienne. N° 50
[10]Jacques-Alain Miller. “La interpretación al revés”. En
La Cause freudienne, N° 32.
[11] Jacques-Alain Miller. “Lo real es sin ley”. En La
Cause freudienne, N° 49.
[12] Jacques Lacan. Le sinthome, 9 de
diciembre de 1975.
[13] Jacques Lacan. Ibid, 13 de enero de
1976.
[14] Ibid.
[15] Jacques Lacan. Ibid, 18 de noviembre de 1975.
[16] Ibid.
[17] Jacques Lacan. 9 de abril de 1977.
[18] Ibid. 20 de diciembre de 1977.
Ï
VERSION INEDITA DE
UNA LECCION DE LACAN
El plus-de-goce
Al definir el plus-de-goce –“función de la renuncia al
goce por efecto del discurso”–, Jacques Lacan ubicó el lugar preciso donde su
enseñanza se intersecta con la teoría de Karl Marx.
Jacques Lacan (1901-1981): “El discurso detenta los
medios de goce”.
Por Jacques Lacan *
Marx parte de la función del mercado y su novedad está en
el lugar que asigna en éste al trabajo. Lo nuevo no es el trabajo en sí sino el
hecho de que se lo compre, de que haya un mercado de trabajo. Esto permite a
Marx demostrar lo que su discurso tiene de inaugural, y que se llama plusvalía.
El caso es que este desarrollo sugiere el acto
revolucionario que sabemos. O mejor dicho, que sabemos muy mal, pues no es
seguro que la toma del poder haya resuelto la subversión del sujeto
–capitalista– que se esperaba de ese acto, y que haya tenido, de hecho,
consecuencias muy fastas al gusto incluso de los marxistas que tuvieron que
recogerlas. Pero, por ahora, nos importa poco. Lo importante es lo que Marx
señala, y lo que su desarrollo significa.
Sean o no estructuralistas, estos comentadores de Marx
parecen haber demostrado que Marx, por su parte, lo es. Pues propiamente de lo
que él es –él, como ser de pensamiento, en el punto determinado por el
predominio del mercado de trabajo– se desprende como causa de su pensamiento la
función –oscura, hay que decirlo, si esta oscuridad se reconoce en la confusión
de los comentarios– de la plusvalía.
La identidad del discurso con sus condiciones se verá
esclarecida, lo espero, en lo que voy a decir ahora sobre la perspectiva
analítica.
Así como el trabajo no era nuevo en la producción de la
mercancía, tampoco es nueva la renuncia al goce, cuya relación con el trabajo
ya no tengo que definir aquí. Desde un comienzo, en efecto, y opuestamente a lo
que dice o parece decir Hegel, es ella la que constituye al amo, el cual
pretende erigirla en principio de su poder. Lo nuevo es que haya un discurso
que articule esta renuncia, y que pone aquí de manifiesto lo que llamaré
función de plus-de-goce. Tal es la esencia del discurso analítico.
Esta función aparece por obra del discurso y demuestra,
en la renuncia al goce, un efecto del discurso mismo. Para dejar esto en claro,
debe suponerse, en efecto, que en el campo del Otro está el mercado, el cual
totaliza los méritos, los valores, asegura la organización de las elecciones y
preferencias e implica una estructura ordinal y hasta cardinal.
El discurso detenta los medios de goce en tanto y en
cuanto implica al sujeto. No habría ninguna razón de sujeto, en el sentido con
que se dice razón de Estado, si no existiera en el mercado del Otro este
correlativo: que se establezca un plus-de-goce y sea captado por algunos.
Demostrar que el plus-de-goce estriba en la enunciación,
que es producido por el discurso y aparece como un efecto, exigiría sin duda un
discurso bastante puntilloso. Pero asimismo, si me han leído ustedes, no hay
aquí algo muy nuevo para vuestros oídos, pues tal es el objeto de mi escrito
Kant con Sade. Se hace allí la demostración de la tal reducción del
plus-de-goce al acto de aplicar sobre el sujeto lo que es el término a del
fantasma, por el cual el sujeto puede ser planteado como causa-de-sí en el
deseo.
Próximamente elaboraré esto mediante un retorno a la
apuesta de Pascal, que ilustra del mejor modo la relación de la renuncia al
goce con la dimensión de la apuesta. La vida misma se reduce aquí en su
totalidad a un elemento de valor. Extraña manera de inaugurar el mercado del
goce en el campo del discurso. Pero, ¿no es esto simple transición desde la
función de los bienes consagrados a los muertos que, hace un momento, vimos
inscribirse en la historia?
Además, no es eso lo que está ahora en cuestión. Tenemos
que vérnosla con la teoría en tanto se aligera al introducirse la función del
plus-de-goce. Alrededor del plus-de-goce se juega la producción de un objeto
esencial cuya función se trata ahora de definir: el objeto a.
La grosería de los ecos recibidos por la introducción de
este término es y sigue siendo para mí la garantía del orden de eficacia que le
confiero, en conformidad con el pasaje destacado en Marx, célebre, donde éste,
en los tiempos que dedicaba a desarrollar su teoría, saboreaba la ocasión de
ver flotar la viva encarnación del desconocimiento.
He enunciado: el significante es lo que representa a un
sujeto para otro significante. Es una definición. De una definición se exige
que sea correcta, y de una enseñanza se exige que sea rigurosa. En el momento
en que el psicoanálisis es llamado a responder a algo que no crean tengo yo la
intención de elidir, me refiero a la crisis que atraviesa la relación del
estudiante con la Universidad, es intolerable, impensable contentarse con
proferir que hay cosas que de ningún modo se podrían definir en un saber. Si el
psicoanálisis no puede enunciarse como un saber y enseñarse como tal, no tiene
estrictamente nada que hacer allí donde no se trata de otra cosa.
Si el mercado de saberes se ve propiamente sacudido por
el hecho de aportarle la ciencia esa unidad de valor que permite sondear la
cuestión de su intercambio hasta en sus funciones más radicales, no es por
cierto para que el psicoanálisis, que puede perfectamente articular algo de
ello, se presente con su propia dimisión. Todos los términos empleados con este
propósito, como el de “no conceptualización”, así como toda evocación de vaya a
saber qué imposibilidad, no designan más que la incapacidad de quienes los
promueven. Sin duda, la estrategia con la verdad, que es la esencia de la
terapéutica, no puede residir en ninguna intervención particular llamada
interpretación. Sin duda, en la práctica todo tipo de funciones particulares,
de juegos afortunados en el orden de la variable pueden hallar su oportunidad.
Pero ésta no es razón para desconocer que sólo tienen sentido por situarse en
el punto preciso donde es la teoría la que les da todo su peso.
Se trata de esto, cabalmente.
El plus-de-goce es función de la renuncia al goce por
efecto del discurso. Esto es lo que da su lugar al objeto a. En razón de que el
mercado define como mercancía cualquier objeto del trabajo humano, sea el que
fuere, este objeto lleva en sí algo de la plusvalía.
El plus-de-goce es, de este modo, lo que permite aislar
la función del objeto a.
* Fragmento de “De la plusvalía al plus-de-goce”, primera
lección, inédita, del Seminario “De un Otro al otro”; texto establecido por
Jacques-Alain Miller; en Psicoanálisis y política, comp. Ives Charles Zafka,
Ed. Nueva Visión. Traducción de Irene Agoff.
Obras Completas S. Freud (Amorrortu) Tomo 12
Indice:
Volumen XII - Trabajos sobre técnica psicoanalítica, y otras obras (1911-1913), «Sobre un caso de paranoia descrito autobio-gráficamente (Caso Schreber) {ISBN 978-950-518-588-7}
1- Puntualizaciones psicoanalíticas sobre un caso de paranoia (Dementia paranoides) descrito autobiográficamente (1911 [1910])
1- Apéndice (1912 [1911])
2- Trabajos sobre técnica psicoanalítica (1911-1915 [1914])
3- El uso de la interpretación de los sueños en el psicoanálisis (1911)
4- Sobre la dinámica de la trasferencia (1912)
5- Consejos al médico sobre el tratamiento psicoanalítico (1912)
6- Sobre la iniciación del tratamiento (Nuevos consejos sobre la técnica del psicoanálisis, I) (1913)
7- Recordar, repetir y reelaborar (Nuevos consejos sobre la técnica del psicoanálisis, II) (1914)
8- Puntualizaciones sobre el amor de trasferencia (Nuevos consejos sobre la técnica del psicoanálisis, III) (1915 [1914])
9- Apéndice a los "Trabajos sobre técnica psicoanalítica"
10- Sueños en el folclore (Freud y Oppenheim) (1958 [1911])
11- Sobre psicoanálisis (1913 [1911])
12- Formulaciones sobre los dos principios del acaecer psíquico (1911)
13- Sobre los tipos de contracción de neurosis (1912)
14- Contribuciones para un debate sobre el onanismo (1912)
15- Nota sobre el concepto de lo inconsciente en psicoanálisis (1912)
16- Un sueño como pieza probatoria (1913)
17- Materiales del cuento tradicional en los sueños (1913)
18- El motivo de la elección del cofre (1913)
19- Dos mentiras infantiles (1913)
20- La predisposición a la neurosis obsesiva. Contribución al problema de la elección de neurosis (1913)
21- Introducción a Oskar Pfister, Die Psychanalytische Methode (1913)
22- Prólogo a la traducción al alemán de J. G. Bourke, Scatologic Rites of All Nations (1913)
23- Escritos breves (1911-13
1- Puntualizaciones psicoanalíticas sobre un caso de paranoia (Dementia paranoides) descrito autobiográficamente (1911 [1910])
1- Apéndice (1912 [1911])
2- Trabajos sobre técnica psicoanalítica (1911-1915 [1914])
3- El uso de la interpretación de los sueños en el psicoanálisis (1911)
4- Sobre la dinámica de la trasferencia (1912)
5- Consejos al médico sobre el tratamiento psicoanalítico (1912)
6- Sobre la iniciación del tratamiento (Nuevos consejos sobre la técnica del psicoanálisis, I) (1913)
7- Recordar, repetir y reelaborar (Nuevos consejos sobre la técnica del psicoanálisis, II) (1914)
8- Puntualizaciones sobre el amor de trasferencia (Nuevos consejos sobre la técnica del psicoanálisis, III) (1915 [1914])
9- Apéndice a los "Trabajos sobre técnica psicoanalítica"
10- Sueños en el folclore (Freud y Oppenheim) (1958 [1911])
11- Sobre psicoanálisis (1913 [1911])
12- Formulaciones sobre los dos principios del acaecer psíquico (1911)
13- Sobre los tipos de contracción de neurosis (1912)
14- Contribuciones para un debate sobre el onanismo (1912)
15- Nota sobre el concepto de lo inconsciente en psicoanálisis (1912)
16- Un sueño como pieza probatoria (1913)
17- Materiales del cuento tradicional en los sueños (1913)
18- El motivo de la elección del cofre (1913)
19- Dos mentiras infantiles (1913)
20- La predisposición a la neurosis obsesiva. Contribución al problema de la elección de neurosis (1913)
21- Introducción a Oskar Pfister, Die Psychanalytische Methode (1913)
22- Prólogo a la traducción al alemán de J. G. Bourke, Scatologic Rites of All Nations (1913)
23- Escritos breves (1911-13
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