Clases




PSICOPATOLOGIA I

CLASE Nº 13

La dinámica de la transferencia. (1912)  S. Freud

La acción conjunta de la DISPOSICIÓN CONGÉNITA más las INFLUENCIAS experimentadas durante la INFANCIA, determina, en cada individuo, la modalidad (singular) de su vida erótica. Fijando los fines de la misma, las condiciones que el sujeto habrá de exigir en ella y las PULSIONES (parciales) que en ella habrá de satisfacer.
Resulta así un clisé (o serie de ellas) REPETIDO o REPRODUCIDO  a través de toda la vida. Susceptible también, de alguna modificación ulterior (impresiones, experiencias recientes).
Solo una parte de estas orientaciones: carga libidinal (tendencias), se orienta a la realidad. Otra ha quedado libidinalmente detenida (fijación) se despliega en la FANTASÍA o permanece confinada en LO INCONSCIENTE.
El sujeto cuyas necesidades eróticas no son satisfechas (amorosas) por la realidad, orientará representaciones libidinales hacia toda nueva persona que surja, siendo probable que participen las dos porciones de su libido en este proceso.
 El sujeto insatisfecho orientará hacia la persona del profesional esta carga libidinal conforme ciertos modelos (modos de enlace libidinal) clisés que trae e incluirán al profesional en una de las series psíquicas que ha formado hasta entonces. Conforme el clisé Edípico.
En el dispositivo la TRANSFERENCIA ES MÁS INTENSA. Y se OPONE como RESISTENCIA contra el tratamiento.
Entendemos que los pacientes en tratamiento, reorientan su libido sobre aspectos y mociones inconscientes. “La libido ha emprendido, total o fragmentariamente, una regresión y así ha animado  (investido) nuevamente elementos inconscientes de los complejos infantiles”. La cura sigue este recorrido, esta re-actualización libidinal. Será el dispositivo un lugar de combate en su actualización. Cada una de las ocurrencias (dichos) del sujeto y cada uno de sus actos tiene que contar con la resistencia  y se presenta como una transacción entre fuerzas favorables a la curación y opuestas  a ella.
Conforme avanzamos en el análisis chocamos con la resistencia. El Yo defiende su núcleo patógeno (resiste) su modo de satisfacción libidinal (en relación a su objeto “a”). Es en este punto en que la transferencia inicia su actuación.  Cuando en el entramado del complejo  “algo” se presta a ser transferido a la figura del terapeuta: se establece en ACTO la transferencia. Produciendo la asociación inmediata y la resistencia concomitante (el paciente calla…) Siempre que nos acerquemos a un complejo  patógeno, es impulsado en primer lugar a la conciencia y tenazmente defendido aquel elemento del complejo adecuado a la transferencia.
Trabajamos con todos los conflictos actualizados en transferencia. Paradojalmente: La intensidad y duración de la transferencia son efecto y manifestación de la resistencia.
¿Cómo se manifiesta el fantasma ante quien sostiene y soporta en el dispositivo (figura del analista)? LO ACTÚA: REPITE antes que recordar. Muestra lo intramitado.
Entonces: la transferencia sobre el analista (sobre el “profesional”) se manifiesta como RESISTENCIA en la cura (en el dispositivo) como transferencia negativa y/o positiva de impulsos eróticos, modalidad de enlace al otro.   
Transferencia POSITIVA …………………..sentimientos amorosos conscientes
                                            ………………….sentimientos amorosos inconscientes (eróticos)
Y/o Transferencia NEGATIVA

Trabajamos sobre los contenidos de impulsos eróticos reprimidos.
Reconocemos los efectos de la SUGESTIÓN: la influencia ejercida sobre el sujeto por medio de los fenómenos transferenciales. Estos hacen ACTUALES y MANIFIESTOS los impulsos eróticos ocultos y olvidados. Los impulsos inconscientes (Mociones pulsionales) no quieren ser regulados, como la cura desea, sino que tienden a reproducir (Repiten) conforme a las características de lo inconsciente: atemporalidad y su capacidad alucinatoria.
Freud nos dirá respecto de la primera ligazón madre-hijo/a que esta “perdura sin expresión”  y queda “despiadadamente reprimida” Ese “enlace”, esa sustancia imprime su impronta. Su marca singular. Su enlace al Deseo del Otro (DM).
Vemos cómo este primer enlace al Otro está “coloreado” por el GOCE del Otro. Goce que se sostiene en el cuerpo. Se ejerce “en” y “sobre” el cuerpo del infante. Puntos de encuentro en el cuerpo de un infante y una madre.
En este aspecto, como hijos: somos el lugar de soporte de la causa de un deseo. Del deseo de un hombre, del deseo de los padres. ¡Deseo que tiene un estatuto bien real! Puesto que el deseo de la madre es real. No está todavía tramitado por la palabra, por el pasaje de “lalengua” al lenguaje. Pasaje que permitiría a un infante tramitar lo que escucha como un deseo entramado en el orden simbólico.   Habitado por “lalengua”, el goce, la pulsión. En ese territorio se produce el máximo acercamiento a la experiencia de la pulsión, la “más cercana a la experiencia de lo inconsciente” (Freud) la pulsión invocante: la voz (sobre el soporte de la emisión de sonido, ondas sonoras).
Goce primero. Goce cautivo de lalengua. Al final de la experiencia del análisis, se trataré de “conmemorar” la ligazón al OTRO PRIMORDIAL y algo hacer letra allí : SINTHOME. Una ligazón diferente. Una creación. Arte. Un saber hacer algo con “eso”.


RECUERDO REPETICIÓN Y ELABORACIÓN (1914) S. Freud
Al renunciar a la hipnosis (sugestión) buscamos deducir (conjeturar) de las ocurrencias espontaneas del analizado (de los dichos) aquello que no conseguía recordar. Burlar la resistencia por medio de la interpretación y promover en “consonancia” los decires del analizante.
Nos guiamos hacia un tema o factor. Tomamos lo que dice y nos valemos de interpretar buscando vencer resistencias y comunicarlas al analizado. Efecto de SORPRESA ante lo que des-conoce, promueve el relato, lo relanza a situaciones y relaciones olvidadas. Buscamos suprimir las “lagunas del recuerdo”, dinámicamente el vencimiento de las resistencias de la represión.
Encontramos así, un grupo de impresiones, escenas, sucesos olvidados RETENIDOS (latentes) pasibles de acceder a la conciencia. Conforman RECUERDOS ENCUBRIDORES, una “manera” desfigurada, disfrazada de conservar lo más importante y esencial de nuestra vida para nuestro Yo.
Otro grupo, interno lo llama Freud, lo constituyen LAS FANTASÍAS, LAS ASOCIACIONES, LOS SENTIMIENTOS. Aquí vemos que se recuerda algo que no pudo nunca ser olvidado pues nunca fue “retenido” ni llegó a ser consciente. Hay CONVICCIÓN en el material traído. Es un indicador la convicción que escuchamos en lo recordado (más allá de la calidad de lo recordado). Lo vemos en la Neurosis Obsesiva, donde el olvido destruye conexiones entre situaciones y emociones, suprime relaciones causales y aisla recuerdos enlazados entre sí.
Resulta imposible “despertar” el recuerdo de sucesos tempranos de la infancia VIVIDOS SIN COMPRENDERLOS, pero perfectamente interpretados y comprendidos por el sujeto luego. Los sueños son una forma de abordar este material.
Repetición: El analizado no recuerda nada de lo olvidado o reprimido sino que LO VIVE DE NUEVO. Lo reproduce como ACTO; lo repite sin saber que lo repite. EJ: no recuerda la rebeldía infantil a la autoridad paterna, pero se conduce así con aquello que encarne la autoridad: con las pautas del dispositivo de tratamiento propuesto, en el trato con jefes o superiores, etc. No dejará de iniciar la cura entonces con tal repetición. Calla y afirma que “no se le ocurre nada” (otro índice en el tratamiento). Mientras el sujeto permanece en tratamiento no se libera de ESTA COMPULSIÓN DE REPETIR: diremos que es su manera de recordar. La transferencia promueve la repetición (actual).
Cuanto más activa es la resistencia más se sustituirá el recuerdo por la acción (repetición). Cuando se hace intensa u hostil la transferencia (negativa) el recuerdo queda sustituido por la repetición. Las resistencias marcan la sucesión de las repeticiones.
Repite todo lo incorporado partiendo de las fuentes de lo reprimido: inhibiciones, tendencias inutilizadas y rasgos de carácter COMO ACTUALES. Va trayendo los diferentes aconteceres como actuales: la labor será darles (enlazar) la referencia al pasado (transformarlos en recuerdo) LA REPETICIÓN EVOCA UN TROZO DE VIDA REAL (ello lleva al agravamiento durante la cura de los síntomas). Repetición de lo vivido en la infancia con su entorno familiar: tiempo en que sus PADRES eran REALES. Tiempos de LO REAL para el infante en su encuentro y desencuentro con el OTRO.
Deberá el paciente en su labor, atender a sus rasgos, su propia manera. Re-conocer su modalidad de goce. Reconciliar(se) con lo reprimido que se manifiesta en sus síntomas. Ocurrirá también que ACTUE impulsos (pulsionales) ACTOS por fuera del campo de la transferencia.
En el tratamiento con niños vemos cómo estos ponen en ACTO en el dispositivo sus impulsos no enlazados, sus mociones pulsionales “no domesticadas”, “civilizadas”, con sus choques y disrupciones con el entorno familiar y/o social (escuela generalmente). Los “padres reales” están allí expresados. Niño que a sus 3, 4, o 5 años no cuenta con un campo simbólico lo suficientemente extendido como para organizar un relato. Por ello es que el dispositivo promueve el juego: permitiendo que LO QUE SE ACTUA SE JUEGUE. El juego arma “un relato” y una escena (promueve el FANTASMA). Pasaje de una posición pasiva a posición de actividad y elaboración. Para los niños el deseo del Otro, el deseo de la madre, en los orígenes ES REAL.  Tiempo en que las cosas “vistas y oídas” dirá Freud, no son del orden del discurso, del lenguaje, sino de LALENGUA. Tiempo donde se viven situaciones familiares que no pueden enlazarse en el aparato psíquico del niño. Por ello lo vivido, lo visto y oído es del orden del exabrupto, es traumático en términos freudianos, por cuanto NO PUEDE ORGANIZARSE LA ESCENA, puesto que NO SE ENTIENDE lo que se dice o ve. ¡¿Cómo recordar entonces?!
Se buscará mantener en el terreno de lo psíquico los impulsos que quisieran derivar hacia la motilidad. Derivar por medio del recuerdo algo que el sujeto tendía a actuar. Así puede que el paciente irrumpa en un acto de repetición (interrumpa) el lazo al tratamiento (acting) y salga del mismo.

La mejor manera de refrenar LA COMPULSIÓN repetidora del enfermo y convertirla en motivo de recordar es en el manejo de la transferencia. La transferencia crea una zona intermedia entre la enfermedad y la  vida, que permite el pasaje una a otra. Constituye una enfermedad artificial asequible a nuestra intervención. Al mismo tiempo, es también un trozo de la vida real, pero provisorio y hecho posible por circunstancias especialmente favorables. De las reacciones de la repetición que surgen en la transferencia parten luego los caminos ya conocidos para la evocación de los recuerdos, vencidas las resistencias. La revelación de la resistencia no tiene como consecuencia inmediata su desaparición. Dejar tiempo al paciente para ahondar en la resistencia, desconocida para él, elaborarla y dominarla, continuando el tratamiento conforme a la regla analítica fundamental. Ubicar los impulsos (pulsión) que alimentan la resistencia (modos de goce en relación a los objetos a) Ubicar cómo el inconsciente se satisface en sus modos de enlace al objeto.     

PSICOPATOLOGÍA DE LA VIDA COTIDIANA (1900-1901) S. FREUD

a.- IX “Actos sintomáticos y casuales”

Existen “actos casuales” de los cuales no sospechamos finalidad ni intencionalidad alguna. Actos porque sí, por entretener las manos, al descuido, etc. Pasan inadvertidos y no despiertan extrañeza (salvo en su reiteración e insistencia, entonces sí, se nos formula una pregunta)
No duda Freud en calificar a estos actos casuales de “actos sintomáticos”, pues expresan algo que ni el mismo actor sospecha que exista en ellos, que no comunicaría a los demás (se censura) y que reservaría para sí. Desempeñan el papel de síntomas. Debemos entenderlos entonces como metáforas de pensamientos inconscientes. Es en el tratamiento con pacientes neuróticos donde se pueden observar en mayor número (allí son significativos en su insignificancia). Debemos entender que se halla instalada la transferencia, entonces. Y como tal, actos que se prestan a su lectura e interpretación, ¡llaman a su lectura!
Recuerdos sorprendentes por su insignificancia, olvidos, menciones al pasar, tropiezos en entradas y salidas, actos y torpezas minúsculas, “casuales” contratiempos con los horarios, el dinero, malentendidos, etc. Durante el curso del tratamiento, son moneda corriente. Moneda a la que habrá que interrogar. Buscar que cambie de mano.
Aparecen en muchos de estos actos, la mano comprometida en la acción.
Puede intentarse agrupar los actos atendiendo a su manera de manifestarse: como habituales, regulares en determinadas circunstancias; o aislados. Los primeros (como el juguetear con el cabello, enrularse, mesarse la barba, etc.) que pueden considerarse como una característica de las personas que lo llevan a cabo, está próximos a los movimientos llamados “tics”, y deben ser tratados en unión con ellos. Otros: juguetear con un lápiz, garabatear en un papel, resonar las monedas en los bolsillos, fabricar bolitas de miga de pan, o los mil arreglos del vestido, ocultan por lo general, cuando se dan durante el tratamiento, un sentido y una significación, a los que otro modo de expresión le está negado. Exige una lectura, un de-cifrado.
En general, la persona que ejecuta tales actos, no se da cuenta de ellos. Ni de cuándo desaparecen o varían en su rutina de ejecución. Tampoco ve ni oye sus efectos, y se asombra cuando se le pregunta por los mismos. Se “muestra” al Otro. El Otro es quien los interpreta, al señalar su carácter de sintomáticos. Al preguntar por su sentido.
Cambios en la vestimenta, desnudeces, quieren expresar algo que desconoce el portador y de lo que no sabría decir nada. Las circunstancias que rodean la aparición de tales actos, los temas recientes que se tratan en su sesión, las ideas que emergen en el curso de la sesión cuando se dirige la atención sobre estos actos, proporcionan siempre indicios tanto para interpretarlos, como para comprobar si la interpretación fue la correcta.
Entendemos el acto como una formación transaccional: expresión de un conflicto de intereses, un deseo reprimido, del que no quiere saberse y busca este su expresión mediante otro recurso. Nos permite percatarnos de cuan temprano se desarrolla en el aparato psíquico la tendencia a la simbolización.   

Una joven de 12 años retoma un tratamiento que había finalizado a sus 7 años de edad. Los genitores tramitaban entonces, una separación altamente conflictiva entre ellos, plagada de juicios económicos, y con intervención del juez de menores en la regulación de la visita a la pequeña, quien no quería ver a su  padre (no lo llamaba papá sino que se refería a él por su nombre) por lo que resultaba imposible el contacto con ella: gritaba y huía refugiándose en casa de vecinos que participaban de estos actos. 
Al momento de la segunda consulta, la joven presenta un cuadro que tanto su madre como su abuela materna –con quienes vive-  no dudan de calificar como de anorexia: dejó de comer, siente asco y falta de apetito, se niega a ingerir alimentos y baja 4 kilos (es una chica alta de contextura flaca, pasa de 40 kg a 36 kg rápidamente) Realizan a través de su prepaga distintas consultas: pediatra, nutricionista, psicóloga. Ante la persistencia de la sintomatología y su negativa a continuar con el tratamiento psicológico (entrevistas) mantenido hasta entonces, es que vuelven a contactarme por cuanto expresa a gritos: “quiero volver con Rubén”.
Mantengo así entrevistas con M. en las que manifiesta curiosidad por saber: “¿qué hacía yo acá cuando tenía 6 o 7 años? No hablaba como ahora…” Y comienza a desplegar un relato de sus actividades y vínculos escolares, su rutina diaria en la casa y breves referencias respecto de Z su genitor. Dirá en un momento, respecto de él: “heredé todo lo malo, lástima que no tengo sus ojos celestes”. Sostiene así: “creo que es… (y quiebra sus manos, mientras sonríe)”.
Sospecha que Z “es amanerado”. “Medio histérico”. Relata escenas de discusiones de él, con su madre y con ella. Recuerda en este marco, por vía asociativa, cuando sus padres aún no se habían separado, una escena un tanto incomprensible para ella, dentro del auto, donde discutían a los gritos, paran el auto y bajan a la calle para continuar su discusión. “Él le retorcía la mano así” (realiza el gesto) “Yo gritaba como loca, dentro del auto, mientras estaban fuera. Ella me dijo que es imposible que yo haya visto eso, pero yo lo ví…”
Dirá que está preocupada por lo que su abuela “dice que son tics”. “Cosas que dice que hago”. Cuando sale su madre de la casa no puede dejar de sentirse inquieta y preocupada: “tengo que saber dónde está”. “Siempre la estoy llamando”. Me pongo como loca y me retuerzo las manos”. “Estaba una vez con unas compañeras, mi mamá se fue sin decirme y yo me retorcía las manos así (reitera el gesto). Mis amigas me miraban como a una loca. No entendían qué hacía y por qué me ponía así”.
Rompo mi silencio para preguntar por lo que dijo: “usaste la misma expresión que cuando te referiste a la pelea entre Z y tu mamá: “le retorcía las manos así” dijiste entonces y ahora decís “me retorcía las manos así”. ¡Qué tendrá que ver!... ¿no?”. Se sorprende y dice: “no me di cuenta… nunca lo había pensado” (me autoriza  así como Otro que sanciona un acto sintomático).
En la próxima entrevista retoma el tema. Su sorpresa, y lo que asume que “algo tiene que ver”. Relata que cuando venía a la entrevista en el viaje en colectivo, ve algo: “un señor levantaba el hombro así… Yo me pregunté: ¿a quién le dice qué me importa?”. Nótese que comienza a atribuir un sentido oculto al sujeto en su acto, y una intención. Ya no solo ve, sino que mira de otra manera. Ver no es, para los analistas, lo mismo que mirar. Señala esto, la posibilidad de una lectura: ella lo lee; conforme una lógica que podemos suponer dice: “los tics son dichos para alguien” (y permitámonos jugar con la literalidad del pensamiento –frase- conjeturado)
Mi intervención en su relato del tics, se centra en interrogar por una expresión semejante para dos hechos distantes en el tiempo (actuales, podemos conjeturar ahora) Valora expresiones idiomáticas propias de ella (singulares) recortándolas de un contexto discursivo, para interrogarlas, sugiriendo otro lazo, otro vínculo, “otra escena”.
Me autorizo en una serie de preguntas que la joven viene sosteniendo respecto de los diferentes pacientes que atiendo, tanto niños como adultos. Qué hacen, cómo hablan, si se recuestan, qué hacía ella (colocándose de esta manera, en la serie de los pacientes, podemos conjeturar). Busca ubicar qué hacía ella antes, para qué venía. Distingue así que “antes me traía mi mamá, ahora quise venir yo. Me gustó que vos eras un tipo serio. La psicóloga con la que estaba yendo me trataba como una idiota”. Y relata una intervención que realiza la misma, a propósito de una expresión suya ante el temor que la invade cuando su madre no está: “sentía que el corazón me latía como a mil por hora”. “No será para tanto… el corazón siempre late”, le acota, corriendo su dicho de lo singular a lo general: lo corre de discurso; saca el dicho del discurso histérico para colocarlo en el discurso del sentido común. Rompe la lógica del dispositivo.
“Me pareció una estupidez”, dirá. “Ya sé que el corazón late. Me refería a otra cosa”. Luego de esta intervención desafortunada, expresará que no quiere concurrir más. Gritará y asustará a sus familiares directos, poniendo como condición retomar “con Rubén”.
Notemos que la acotación hecha no puede ser tomada por la chica y produce la desestimación del lugar de supuesto saber para la profesional anterior (acting destituyente) Mi intervención, constituye el lugar.
Mi intervención se autoriza en tomarle la palabra en que ahora viene por ella y no traída. O si se quiere: no viene por ella –no sabe qué hacía acá, para qué venía- viene porque es traída por sus síntomas y su querer saber.
La intervención hace enigma. Me constituye como Otro, que señala , interroga una expresión, armando un lazo, una vía. Ella confirma la intervención. Indica el carácter sintomático de su tic: metáfora de otra cosa.

Señala que el dispositivo transferencial se instala.                   

CLASE Nº 12


CHICOS EN ANÁLISIS
Cuando Freud trata en 1920 un caso de homosexualidad femenina, expresa en su escrito la profunda duda sobre tomar en tratamiento a pacientes que no llegan hasta el mismo por decisión propia, sino que son traídos o enviados por otro. Máxime cuando la joven no pone en cuestión su modo de gozar, siendo que este es el motivo manifiesto por el que su padre lleva a su hija con Freud: le pide a este que devuelva a su hija a la norma heterosexual[1].
Escribe allí entonces que: (los padres nos) demandan que se cure a su hijo, que es neurótico e indócil. Por hijo sane entienden ellos uno que no ocasione dificultades a sus padres y no les provoque sino contento. El médico puede lograr, sí, el restablecimiento del hijo, pero tras la curación él emprende su propio camino más decididamente, y los padres quedan más insatisfechos que antes. En suma, no es indiferente que un individuo llegue al análisis por anhelo propio o lo haga porque otros lo llevaron; que él mismo desee cambiar o solo quieran ese cambio sus allegados, las personas que lo aman o de quienes debiera esperarse ese amor.[2] 
Vemos aquí cómo Freud introduce una distinción entre lo que podemos llamar “el niño/joven del Otro” y  la posibilidad que un sujeto advenga y sea escuchado en su singularidad.
Hay una brecha allí que deberá permitirse instalar, entre “el niño del Otro” y aquel que podrá desplegar “su neurosis infantil”. Trabajo a hacer que compromete una acción (intervenciones) a realizar con los padres y con el niño en cuestión.

Entonces, hay un lugar para el niño en análisis y un lugar para los padres en el análisis de un niño.
      
Una forma de entrar a interrogarnos respecto a la cuestión del tratamiento con niños y los modos de intervención, es abordar la cuestión de la transferencia.
En Nuevas conferencias de introducción al psicoanálisis (1933) Freud sostiene la diferencia entre el análisis de niños y el de los adultos.  
No sostiene allí una cuestión de técnica diferente. No es cosa de si se juega o no con niños y cómo, si se es activo o no, si se educa o interpreta…
La cuestión es que se trata de la transferencia. En el trabajo con niños otro es el papel que esta juega, por cuanto “los padres reales siguen presentes”. 
Si en el análisis de adultos constatamos la presencia fantasmática de los padres (presente en la novela familiar del neurótico), en el caso de los niños su presencia es real. Estructuralmente están y continúan allí.
¿Cómo intervenir lógicamente para que se opere un pasaje, una operación de sustitución[3] de lo real a lo fantasmático?

Tratemos de seguir lo Tiempos de la Transferencia.
La transferencia depende de una serie de tiempos y operaciones sin las cuales esta no se logrará establecer. Tiempo que va de lo actual de infancia a lo infantil fantasmático del adulto.
Decimos que la transferencia se conforma en los tiempos de la infancia. 
Será efecto de la experiencia histórico vivida en la familia. Lo transcurrido allí.
Qué lugar al deseo: de hijo, en cada uno de los padres, al atravesamiento de la castración y la respuesta dada para cada uno. Modos de entramar saber y goce para cada uno y cual.

Los padres llegan a la consulta 
Un chico no llega solo: en la medida que estructuralmente depende de sus padres, es traído por ellos. Padres reales de la infancia actual consultan.

Puede ocurrir que los traiga un “no saber qué hacer” con alguna manifestación del chico o en relación a él. Traen una pregunta que inquieta o angustia. Un enigma.
Esta es la vertiente más apta para intervenir. La cara simbólica de la transferencia.
Nos Suponen un saber (SsS) respecto el goce del síntoma en el niño. Son “permeables” al influjo analítico que Freud indica sostener con ellos en el tratamiento llevado adelante con un chico[4]. “Influjo” (transferencial) NO es tratamiento psicoanalítico. El padre de Juanito es un padre que consulta. Freud encarna el lugar del sujeto supuesto saber (recordar que los padres estudian con Freud). A Freud le dirige(n) preguntas, quiere saber.
Podemos decir entonces que el síntoma del niño es síntoma de la pareja. “El niño se presenta como respuesta a lo que hay de sintomático en la pareja parental, y bajo esta forma, representa lo que no funciona en la relación de los padres”.[5]
Pueden llegar sin consultar, demandando.  Padres dolidos, heridos en su ideal narcisista, por cuanto su hijo no responde a lo esperado/anhelado. Esperan “que se cure a su hijo, que es neurótico e indócil”.[6] La transferencia en estos casos se sostiene en el plano imaginario, reclamando lo padres respuesta en sintonía a sus demandas. No hay una pregunta que permita interpelarlos, interrogando su función. No buscan saber. Es el padre de Dora que demanda a Freud. Pidiendo la ponga en la buena senda, sosteniendo el “pacto familiar” que la joven denuncia.
También aquí se presentará el síntoma como respuesta sintomática a la forma de “armar pareja” los padres, a los malentendidos y vicisitudes propios de la relación entre sexos.
También puede que los padres lleguen porque son enviados: por la escuela, el hospital o la medicina, por intervención de la justicia. Molestos y contrariados por su concurrir, que pone en cuestión su modalidad de goce. Hijo como objeto de goce, abroquelado en un goce que lo parasita y fija. Padres que no demandan: solo concurren. Es la vertiente real de la transferencia.  El hijo realiza el fantasma materno. Objeto condensador de goce materno taponando su falta: vertiente perversa de la relación. Sutura el lugar del deseo en la madre.[7] El padre de la joven homosexual concurre a la entrevista con Freud así: irritado y expuesto por la escena montada por su hija. A la vista.
Tres presentaciones de padre. Tres presentaciones de hijo del Otro. Posibilidades o fracasos en la construcción del síntoma propio.
“Es que la relación del sujeto al saber y a la falta de saber, que causa interés por su búsqueda, se va engendrando en la infancia entre el niño y sus padres, entre las preguntas y las respuestas que invitan a nuevas preguntas. Por eso son tan valiosas las preguntas de los niños: ellas atesoran en germen las futuras gemas transferenciales dependientes de las vicisitudes del saber en los tiempos de la infancia”.[8]  

El niño quiere saber

¿Qué hace que los niños se interroguen por el origen? Que quieran saber, pregunten, busquen…

Freud señalo que los motiva un interés egoísta. El niño que se creía centro, rey de la casa, ha sido conmovido en su certeza. La mirada de su madre se ha corrido; y él lo percibe. Algo/alguien resta a la presencia de la mirada materna y a su lugar de brillo fálico. Inquieto quiere saber el origen de esto. La causa de ese deseo que desvió la mirada materna hacia un hermanito, por ejemplo.
Percibe la presencia de un deseo en los padres que lo corre de la ilusión de ser uno, único. Una percepción lo pone a la búsqueda de respuesta.
Gracias a esa pérdida y a ver restada la asistencia que se prestaba, se aguza su pensamiento y se aguijonea su deseo de investigar.”[9]
Si no está amedrentado –dirá Fred- se dirigirá a sus padres para saber (SsS). Son ellos la primera creencia de suposición de saber. Con ello se anuda la transferencia y orientará el deseo de búsqueda de saber. La respuesta paterna orientará cómo.
Descubrió que no era el falo (imaginario). Buscará un saber que reubique su lugar.
La respuesta siempre está en falta. El niño descree, viéndose impelido a investigar por su cuenta. A darse una teoría sexual.
Se trata de no inhibir.
De no aplastar o congelar.
Que la pregunta sea el fruto de una respuesta que relanza la búsqueda, confiada. “Lo que estimula la pregunta es más bien la respuesta, la respuesta que la sustenta y la estimula a repetirse” Lacan (L’etourdit).




[1] “(…) los padres se dirigieron al médico y le confiaron la tarea de devolver a su hija a la norma” (S. Freud Sobre la psicogénesis de un caso de homosexualidad femenina” -1920-  en Obras Completas.
[2] Ibíd.
[3] Dará cuenta de la intervención del campo de lo simbólico.
[4][4] “(…) aunar al análisis del niño un influjo sobre los progenitores”. Nuevas conferencias de introducción al psicoanálisis (1933)
[5] Las modalidades del síntoma en el niño: la acción de los padres. Silvia Salman, del libro: Psicoanálisis con niños: Los fundamentos de la práctica. Grama 2005.
[6] Nuevas conferencias … S. Freud (1933)
[7] Las modalidades del síntoma en el niño… Ibíd.
[8][8] Los padres y la transferencia. Alba Flesler, del libro El niño en análisis y el lugar de los padres. Editorial Paidós.
[9] Ibíd.

El tratamiento con niños.

Lugar de la Transferencia, del juego, y de los padres.


                                                                     “El futuro del psicoanálisis reside en el análisis del juego”
                                                                                                                              Karl Abraham

                                                                           “Juego: una posibilidad de corregir la realidad no satisfactoria”
                                                                                                                                                     Sigmund Freud                   

 

La intención de la clase presente, es trabajar y contrastar las nociones y posiciones en el tratamiento con chicos, a partir de la lectura de algunos textos breves de diferentes autores psicoanalíticos. Anhela mi intención, el que se acerquen a los autores citados, en la búsqueda de construcción y apropiación de un marco teórico necesario para dar cuenta de nuestra práctica clínica con niños.


Fundamentos Psicológicos del análisis del niño Melanie Klein. Obras Completas


Como M. Klein nos aclara en la Introducción, al libro “El Psicoanálisis de niños”, el análisis con niños se “funda” a partir del tratamiento de Juanito; el que mostró que el psicoanálisis puede ser aplicado a niños pequeños (tenía 5 años) y comprobar la existencia de tendencias pulsionales ya descritas por Freud en los adultos.
Polemiza luego con la concepción del método de análisis sostenido por Ana Freud, marcando claramente el punto de diferencia: “En su opinión los niños no desarrollan una neurosis de transferencia[1], faltando así una condición fundamental del tratamiento analítico. Además piensa que no se aplica el análisis por cuanto poseen un superyo débil[2].  Ya en el recorte de la cita  –para su crítica- que hace a pié de página veremos la distancia teórico-clínica de una y otra, y la consecuente diferencia en cuanto al tratamiento a sostener.
Afirma fuertemente que la transferencia se instala en los análisis con niños igual que en el caso de los adultos, desde los inicios, a condición “que evitemos toda medida educacional y que analicemos los impulsos negativos dirigidos hacia el analista”. Señalando el papel que ocupa el superyo en la conflictiva del niño, al sostener la dificultad de mitigar la severidad del superyo aun en los tratamientos más profundos realizados.

Nos recuerda en el Capítulo I: Fundamentos Psicológicos del análisis del niño, que “aun en los primeros años, no solo experimentan impulsos sexuales y ansiedad, sino que sufren también grandes desilusiones”. Mostrará cómo el Edipo Temprano (podemos pensarlo Estructural) está presente en la sintomatología traída por el niño.
Hablará de chicos “casi imposibles de manejar” según el decir de los padres[3]. Al modo de la presentación paterna sostenida aun en nuestros días. Mostrando la íntima relación sintomática, con la patología presentada por alguno de los padres e inclusive, yendo más lejos en la lectura, -si bien ella no lo explicita, y puede resultar un forzamiento de mi parte- podemos decir: señalando el lugar que ocupa en el deseo de los padres este hijo. Dirá así de una pequeña por ella tratada: “Todo su carácter y naturaleza demostraba sin lugar a dudas rasgos de una disposición obsesiva. Debe notarse sin embargo que la madre sufría de una neurosis obsesiva grave y que había tenido una relación ambivalente hacia la niña desde el principio”.
No queda claro a partir de sus textos, que incluya M. Klein en el tratamiento analítico sostenido con los niños, algún tipo de maniobra o se interrogue respecto de la posición transferencial con los padres; más allá del mantener entrevistas con los mismos no queda explicitado el lugar que ocupan estos en el tratamiento de sus hijos, sobre todo tratándose de chicos tan pequeños como los que M. Klein toma en análisis (si bien se desprende que recoge información como para hacer una afirmación semejante a la mencionada respecto de la “neurosis obsesiva grave” que padece la madre de su paciente). Pareciera que los padres quedasen por fuera del tratamiento en cuanto a su implicación respecto de la conflictiva o la sintomatología traída por el pequeño. El lugar del discurso familiar no queda reflejado en su concepción teórica. No obstante leemos afirmaciones respecto de cómo afecta la presencia paterna la tarea sostenida con el chico: “la relación de los padres con el analista del niño implica dificultades particulares, ya que toca muy de cerca sus propios complejos”[4].
Se trata entonces para M. K. del análisis del niño.
Nos hablará de síntomas clásicos en el tratamiento con chicos: “el pavor nocturno (18 meses) es una elaboración neurótica del Complejo de Edipo”; “el mojarse y el ensuciarse eran agresiones contra sus padres en coito”, situando que “los impulsos de odio y agresión son la causa más profunda y el fundamento del sentimiento de culpa”; “inhibición de juego”; ansiedad; “hablar como niños más pequeños”, “tendencia a caerse y lastimarse” en los niños pequeños.
El lugar del Complejo de Edipo Temprano, leído desde la 2ª Tópica, es central para entender la variada sintomatología de los pequeños y el lugar asignado al sentimiento de culpa en estas[5]. Nos mostrará así que “la temprana ansiedad y los sentimientos de culpa de un niño se originan en los impulsos agresivos relacionados con el complejo edípico”[6].
“Padres reales” y “otros introyectados”mucho más severos “que corresponde a lo que llamamos superyo en los adultos” (no lo dice el texto elegido, pero podemos interrogarnos por el lugar del Ideal del Yo[7]) “Esta prohibición, sin embargo, no se originaba en la madre real, sino en otra introyectada por ella y que la trataba con una severidad y crueldad que la verdadera madre nunca había usado”.

Respecto del tratamiento nos muestra el valor central del juego en su clínica. Así dirá que “el niño expresa sus fantasías, sus deseos y sus experiencias de un modo simbólico por medio de juguetes y juegos. Al hacerlo utiliza los mismos medios de expresión arcaicos, filogenéticos, el mismo lenguaje que nos es familiar en los sueños y solo comprenderemos totalmente este lenguaje si nos acercamos a él como Freud nos ha enseñado a acercarnos al lenguaje de los sueños. El simbolismo es solo una parte de dicho lenguaje”. “Desentrañaremos en forma separada cada uno de los símbolos –tal como en el sueño- teniendo en cuenta todos los mecanismos y formas de representación usados en el trabajo onírico, sin perder de vista la relación de cada factor con la situación global”. “(...) los diferentes significados que puede tener un juguete o un fragmento de juego (solo serán comprendidos) si conocemos su conexión adicional y la situación analítica global en la que se produjo”.
“El contenido de sus juegos, el modo como juega, los medios que utiliza (los diferentes papeles que le asigna a sus juguetes) los motivos que se ocultan en el cambio de juego, todos estos hechos siguen un plan cuyo significado captaremos si los interpretamos como se interpretan los sueños”. “El niño proporciona tantas asociaciones a los elementos separados de su juego como los adultos a los elementos separados de sus sueños”. Jugando habla y asocia, siendo las interpretaciones a partir del juego, aceptadas con placer. Los efectos de estas serán rápidos, de forma que reanuda el juego detenido y lo cambia o amplia (confirmación de lo acertado de la interpretación). Cede la ansiedad y el placer de jugar se recupera, haciendo innecesario el gasto de energía en la represión, afianzándose la relación analítica.
Señalo entonces el lugar central dado a la interpretación a partir del material presentado por el chico: su juego. El pequeño “toma” la interpretación manifestándose sus efectos en la modificación de su juego o las asociaciones correspondientes.
“El juego es el mejor medio de expresión del niño”, en él “actúa en lugar de hablar”.
“En un análisis de niños difícilmente sobreestimaremos la importancia de las fantasías y acciones como producto de la compulsión de repetición”.
“A medida que prosigue el trabajo analítico, vemos que la relación del niño con la realidad, débil al principio, gana gradualmente en plenitud y en fuerza”.
Dirá que los niños no pueden aceptar la realidad, buscando protegerse mediante la negación (en este sentido es claramente freudiana en su concepción [8]).
“Interpretación acertada, constante resolución de las resistencias, permanente referencia de la transferencia a las situaciones primeras, ya sea esta positiva o negativa, todo esto crea y mantiene una correcta situación analítica en el niño no menos que en el adulto”.
Los cambios como efecto del tratamiento producirán alivio en el niño, mejorando su relación con los padres y con la realidad. Se moderan las exigencias sádicas del superyo disminuyendo el sentimiento de culpa (dirá que un indicador es el sentido del humor) Su interés se amplía.
Concluirá afirmando que “ningún análisis de niño, cualquiera sea su edad, puede darse por realmente terminado hasta que el niño no haya empleado en el análisis su más amplia capacidad de hablar. Pues el lenguaje constituye uno de los puntos de contacto entre el individuo y el mundo exterior”.

El trabajo Psicoterapéutico, Francoise Dolto

Impresiona como un texto aparentemente llano, en sintonía con el interés que manifiesta Doltó en transmitir y difundir la práctica psicoanalítica. Tanto a practicantes y analistas como a los legos y público común. En este caso refiere a la práctica llevada adelante en un Dispensario.
Para Doltó la función paterna y el lugar que ocupan los padres en el tratamiento con un niño es importante. Entiende el lugar de los hijos como íntimamente relacionado a la fantasmática familiar (posición de objeto). En función de las pulsiones tempranas que lo animan, se apartará o no de los deseos y aspiraciones inconscientes paternas, pero, no deja de señalar que el lugar de los hijos está en íntima relación al lugar que ocupa en el deseo de los demás. “Los seres tutelares y nutridores son, para los pequeños nacidos de la pareja humana (y como tal hablante-ser, también para Dolto) imágenes anticipadas (femenina o masculina, diferencia que llega tardíamente a su conciencia) de la intuición de lo que será su futuro ser cuando su organismo haya concluido el crecimiento. Esta imagen de si  dada por los seres tutelares, modela el deseo de la criatura”. Nótese el lugar central del deseo: “en esta triangulación existencial, el juego del deseo es el factor dinamógeno y estimulante de todos los progresos. El niño sensible a las diferencias, toma poco a poco conciencia de la realidad imperfecta de sus actividades, en comparación con las que observa en los otros y que aspira a igualar”. “Ante todas las pruebas con que se enfrenta el sujeto deseoso, sólo por el lenguaje, la complicidad amorosa y la auto confianza, su evolución libidinal puede continuar”. “En el lactante, desde su primera edad, existe ya un sujeto sensible a la presencia, a la palabra y a la voz”. “Las pruebas atravesadas en los estadios iniciales dejan sus marcas”.
“Su apellido, su nombre y todas las otras características individualizadoras se enraízan en él por el lenguaje. Las experiencias agradables y desagradables, los comportamientos se enraízan en su carne, que es por entero lenguaje de lo vivido, para él y para los otros.
De tal modo, todo niño, maduro en su deseo de comunicación psíquica, puede acceder, antes del complejo de Edipo, a la justeza del habla en la lengua materna y a una hábil adecuación de los actos. Se halla feliz de hablar de sus fantasías, sus pensamientos, voliciones y actos, cuando tiene la certeza de ser tan necesario para los demás como estos son para él”.
“Pero el niño nunca es la posesión de los padres, aun cuando sean como progenitores, responsables”. Por ello señala el lugar fundamental que ocupa como modelo para el pequeño humano.
Ya en los inicios se ve cómo la consulta se realiza cuando agotadas otras instancias, poblados de fantasmas y preguntas, llegan al consultorio. La función de Saber Hacer paterno, llega conmovida: no saben qué hacer, no tiene respuestas, no saben cómo resolver. Buscarán alguien que sepa o consultarán porque algún otro al que le supone saber los envía (muchas veces un pediatra de cabecera, una escuela, etc.).
Despeja entonces en las primeras entrevistas sostenidas, no solo aspectos vitales en la relación del niño y con su entorno familiar (al modo de una extensa y detallada anamnesis), sino también: qué dijeron a su hijo respecto de los motivos que los hicieron concurrir a una consulta. “Temas que al principio parecerían carecer de importancia” podrán cobrar un sentido en la historia familiar y del niño luego. No teme preguntar sobre todo lo que estime importante tener información sobre la vida del niño y su entorno familiar y de sostén. Podrá citar a abuelos, tíos u otros adultos encargados del pequeño.
Busca despejar los motivos parentales, de los motivos por los cuales concurriría el niño (de estar dispuesto este a hacerlo) Diferenciar el Pedido de los padres de la Demanda del niño (articulada transferencialmente a los síntomas o motivos por que concurre el chico) Podemos decir que el niño habilita al terapeuta con su consentimiento. “Se dice de modo explícito que el niño solo será tratado si él personalmente lo desea”. Apuesta a “aclarar muy bien las cosas con el niño” de entrada. Busca que este sepa qué preocupa a los padres, para luego contrastar con sus preocupaciones –si las tiene- sus motivos, o ansiedades, síntomas, etc. “Así se entabla un diálogo franco” desde los inicios –esta es la apuesta Doltiana- que no es ajeno al marco transferencial[9]. Explicita las condiciones de trabajo (imparte la regla) “Te voy a escuchar y voy a intentar comprender contigo qué es lo que te impide... Me hablarás con palabras, dibujos, modelados, contándome tus sueños”. Se le pondrá al tanto del secreto profesional a él y los padres, señalándole la necesidad de contar con el consentimiento y el deseo paterno para el inicio del tratamiento y aclarar el pago a que está sujeto el tratamiento. Busca tomar su tiempo para explicitar a padres y niño las condiciones y características del trabajo a realizar. Apuesta a establecer una comunicación fructífera y sincera con el niño. Respecto de los padres los impulsará a que no cedan su función y mantengan su autoridad: “(...) los padres que siempre se sienten culpables por haber fallado en su educación y que quisieran consejos. ¿Qué tenemos que hacer ahora? ¿No hay que retarlo más? La única respuesta que se les tiene que dar es la siguiente: “sigan siendo padres, no renuncien por el hecho de que su hijo vaya a hacer una psicoterapia. Muy por el contrario, es ahora cuando deben mantener su autoridad, aun cuando a veces pueda parecer equivocado o provocado por el niño. Si éste último provoca, es porque la necesita. No cambien nada. Y díganle lo mismo al maestro o la maestra”. (...) “los padres y los educadores (...) constituyen la realidad social del niño y se la imponen. Los niños diferencian muy bien (al igual que los adultos en tratamiento psicoanalítico) el trabajo psicoterapéutico de la realidad de las relaciones humanas en la vida social”.
“Los padres hacen lo que pueden, como todos los padres”.  
El niño, para Dolto, está en intima relación con la fantasmática de los padres. Como dirá en La dificultad de vivir, “El niño aclara lo que sucede en el inconsciente de sus padres; lo que ellos no saben, lo que no conocen de si mismos”. “Nuestros niños son portadores de nuestro pasivo; pasivo en el sentido de dinámica no resuelta, de aquello que hemos vivido mal y que rechazamos. (...) Porque en realidad el niño no está “enfermo”; simplemente, trata de decirnos, de hablarnos con su cuerpo. El cuerpo es lenguaje; las funciones del cuerpo son lenguaje y el niño es el primer psicoterapeuta de sus padres, porque es fusional. (...) El niño expresa por medio de disfunciones o trastornos de salud su parte en la armonía del padre y de la madre, en la medida en que éstos se proyectan en él. (...) El niño expresa lo que los padres llevan en sí y no pueden expresar”.
“La originalidad del sujeto humano proviene del lugar que ocupa en el deseo de los demás, deseos que interpreta a través de las fantasías de satisfacción que conoce. Los inter-comportamientos del niño y de su entorno familiar provienen de lo que se cree que el niño quiere decir o pedir y de lo que él percibe que los otros quieren decirle y provocar en él. Cada persona de su entorno actúa según su deseo inconsciente y consciente, pero reacciona a las expresiones espontáneas que le ve manifestar. El niño, en sus actos, concuerda o se aparta del deseo de los otros, en función de las pulsiones orales o anales que lo animan y tratan de calmarse. El niño es como el objeto de los deseos de sus padres y sus mayores, así como de su angustia y su amor. Esto es así porque están diferentemente preocupados por su ser en devenir. Igualmente, no es nunca condicionable en su totalidad; está dotado de la función simbólica y es también el sujeto inconsciente de su deseo”.
El Tratamiento para Dolto debe iniciarse sobre bases claras. Sostendrá que “sean cuales sean los problemas del niño, la hipótesis general es que padece una angustia de culpabilidad inconsciente, cuyos síntomas son a un tiempo la prueba y el medio para canalizar esa angustia e impedir que destruya su salud”. La gravedad depende de la antigüedad de los trastornos, a mayor tiempo peor pronóstico.
“El material utilizado es al solo fin de permitir liberar la verbalización de los afectos, y posibilitar la expresión de los conflictos y las tensiones del niño. El terapeuta interviene lo mínimo indispensable, y solo para posibilitar la expresión más acabada, más emocional de las dificultades y los conflictos del niño consigo mismo y con su medio”. “En psicoanálisis la forma de comprender el sufrimiento del otro está determinada por la transferencia”.
“Así de sesión en sesión, el niño por medio de un material fantasmático, aborda sus angustias, sus miedos, sus deseos y de a poco los va dominando gracias a la responsabilidad que deposita en la terapeuta y libera todo ese arsenal explosivo de pulsiones ambivalentes que datan de la primera infancia, para llegar a asumir el crecimiento y los duelos de la infancia mágica, a ubicarse bajo la égida del padre, es relación con el cual los conflictos de rivalidad fueron reemplazados por la confianza”.
Hablará de “engramas de las palabras pronunciadas, palabras que para el niño no tendrán otro sentido más que el goce paterno”. Y a propósito de un caso mencionado: “Estas palabras mortíferas inscritas en el esquema corporal sólo podían ser desalojadas en las condiciones de la transferencia, es decir, a través de las palabras por él pronunciadas y de la emoción por mí experimentada”. “Un acontecimiento primero sólo puede revelarse en el marco del análisis (...) gracias a las condiciones de la transferencia”.
El caso presentado por Dolto en el libro citado, muestra “el mundo representativo del niño, los rodeos en que parece perderse cuando en realidad está avanzando, cuando expresa su mecanismos de defensa, la culpabilidad que deposita en otros, luego las pulsiones, la angustia de castración corporal... Mediante este juego de escondites intenta una reconciliación con la realidad, por medio de una castración intelectual.
(...) El proceso es el mismo sea cual fuere el terapeuta. Este ultimo habla poco, a veces en absoluto o justo lo imprescindible para relanzar el discurso y posibilitar al niño superar una “resistencia”.
Hay tratamiento largos y otros más cortos. Otros exigen sesiones más o menos espaciadas; incluso tratamientos que provocan angustia en uno de los padres (inclusive verdaderas descompensaciones o depresiones) A veces el niño se las arregla para lograr interrumpir el tratamiento.
“Un tratamiento no finaliza porque los síntomas hayan desaparecido. Termina cuando la relación emocional paciente-terapeuta (la transferencia) hizo revivir la situación emocional del sujeto con su medio en el momento en que tuvieron lugar las experiencias traumáticas más arcaicas. Una experiencia traumática es aquella que produce síntomas de “descompensación” psicosensoriales o caracteriales duraderos, en lugar de producir la evolución sana de una personalidad cuya estructura se abre cada vez más a los intercambios benéficos y fructíferos con el medio”.

A propósito de aperturas, es preciso comenzar a andar… Alicia Hartmann

Uno de los motivos –entre otros- por los cuales elegir este texto[10], es el desarrollo que realiza la autora del lugar señalado por Freud como de  “la apertura” a todo tratamiento. Ubica –a partir del texto freudiano: Iniciación del Tratamiento- la diferencia entre Pedido de Demanda. Busca aplicar este despeje de la cuestión, a distinguir en los inicios del tratamiento con un chico, Pedido de los padres, de la constitución de una Demanda, desplegada en transferencia, con un pequeño en cuestión.
Si un chico no llega por si mismo, si decimos que este es traído, porque algo en él o atribuido a él, produce malestar en los padres o adultos subrogados de los mismos (maestros, parientes, etc.) será cuestión de escuchar allí cuánto de lo descrito como síntomas fenoménicos (y como tal enlazado al Pedido de “curación” por parte de los padres) es vivenciado, padecido por el pequeño. Más aun: cómo se enlaza esto “sintomático” que los padres traen a propósito de su hijo, con la lógica familiar y con la “conciencia de enfermedad”  o padecimiento que este pequeño traiga. Y si habilitado el espacio analítico, constituido el dispositivo transferencial que permite el despliegue del juego, un síntoma se articula allí, síntoma en transferencia.  
También ubica Hartmann como un trabajo a realizar con los padres y el pequeño en tratamiento, el de lograr habilitar un Demanda propia, la que será fruto de una lectura (en transferencia) del lugar que ocupa el niño en los fantasmas paternos y en el deseo de los mismos. En este sentido, coincide con la propuesta y concepción del dispositivo transferencial que postula Dolto. También ella busca leer el lugar ocupado por el niño en el deseo inconsciente de los padres y en la fantasmática materna y paterna.
Ubica siguiendo a Freud en el apartado Las servidumbres del yo[11],  (o el vasallaje, en otra traducción) qué lugar ocupa el sentimiento de culpa como hipertenso, injustificado ante el yo del pequeño. Dirá que se trata de una pregunta dirigida al Otro Primordial sobre qué lugar tiene en su deseo. Tomando el apartado mencionado dirá que “Freud allí define la demanda como vinculada al sentimiento inconsciente de culpabilidad que deviene necesidad de castigo, dando a la presión del Superyo a nivel inconsciente valor fundamental; por lo tanto, dicha demanda del paciente aparece vinculada al goce mortífero del superyo, es decir, la pulsión”.
Recordemos que tanto M. Klein como Dolto sostendrán que “la hipótesis general será que padece una angustia de culpabilidad inconsciente, cuyos síntomas son a un tiempo la prueba y el medio para canalizar esa angustia e impedir que destruya su salud” (Dolto) o “la temprana ansiedad y los sentimientos de culpa de un niño se originan en los impulsos agresivos relacionados con el complejo edípico” (M. Klein) en concordancia con lo que ubica Hartmann a partir del texto freudiano. No reenvía al lugar central que ocupan las primeras marcas en el aparato, marcas identificatorias primordiales que conformarán el rasgo que adquiere el superyó del infante.
Volvamos al texto de Freud El Yo y el Ello. Allí leemos que si bien el yo (génesis) se encuentra constituido en gran parte por identificaciones sustitutivas de enlaces abandonados del Ello, las primeras identificaciones se conducen como una instancia especial a la que llamará superyo. Dirá respecto de esta primera identificación, que fue llevada a cabo siendo aun débil el yo y que se conformará como el heredero del complejo de Edipo, introduciendo así en el yo los objetos más importantes. Afirma que conserva durante toda la vida el carácter que le imprimió su génesis del complejo paterno (…) Es el monumento conmemorativo de la primitiva debilidad y dependencia del yo y continúa dominando al yo en su época de madurez. Se somete al imperativo categórico de su superyo.
Por la cercanía del superyo al ello extrae de él las marcas primordiales que constituyeron el primer enlace, “la primera y más importante identificación del individuo”, la “identificación con el padre” (padres fálicos) “de la protohistoria”, la que no resulta de una carga de objeto, sino que es directa, inmediata, masiva, anteriores a ulteriores cargas amorosas que consolidarán la Identificación Primaria.
Identificación Primaria entendida como un modo de constitución subjetiva sobre el modelo del Otro Primordial, al que Freud llama en tanto Ideal del Yo: “identificación al padre” “de la prehistoria personal”. Identificación Primordial al modo de la Incorporación oral. Otras identificaciones, según esta lógica, serán identificaciones secundarias entonces[12].
Toda una cuestión –que meramente anotaremos aquí- por cuanto podemos entender la identificación como una inmovilización del sujeto, una constante simbólica que va contra la circulación significante. Donde contrariamente al deslizamiento de la cadena S1-S2, debemos aislar S1 de sus conexiones con S2. Lacan la llama significante Amo (significante primordial). Es el Uno sin Otro. No se puede considerar propiamente, como una representación del sujeto. Lacan inventa nombres para denominarlo: Rasgo Unario, después, significante Amo. Define así una inmovilización simbólica del sujeto, la constante del Uno. Significantes inerciales. Lo que Freud reconoce como superyo, significantes (“restos mnémicos de la palabra oída”) que no se mueve, no circulan, no hacen cadena, que parecen estar al nivel de la ley y no al nivel de la circulación. Imperativo categórico que llama a gozar.
Algo de la Letra allí[13]
“Qué ocurre con aquellos que no hablan o que lo único que emiten es la gramática de la pulsión en un movimiento constante?: “Te cago, te rompo, te destruyo. Te clavo un cuchillo en el corazón”. Aquellos para los cuales crear el espacio transicional winnicottiano es, tal vez, el fin de la cura.
Hablaremos brevemente de estos casos graves donde más que nunca la oferta del analista tiene que plasmarse en un deseo de separarlo de este goce que, en todo caso, es la única forma de demanda que tiene, es lo único que dirigen al Otro. Muchos están posicionados en un lugar de privilegio en relación al goce parental: “Cómo lo voy a sacar de mi cama si es mi gato”. “Le encanta que la bese en la boca, ¿tiene algo de malo?” “Antes de dormir siempre le hago pitín, pitín”, jugando con su pito, agrega.
El niño es el objeto a, dirá Lacan, pero no se ubica precisamente en los casos citados, como causa de deseo, sino como aquel que condensa goce” (ese oscuro objeto de goce).

A Propósito del texto “NOTA SOBRE EL NIÑO” de J. Lacan


Una breve referencia que me permito a propósito de este texto.
Encontramos cierta modalidad sintomática en el encuentro clínico con los chicos que llegan a consulta. Esto es: diferentes modos de respuesta del niño en su encuentro con lo real: lo real del sexo. Y tratemos de no abrumarnos con esta afirmación. Lo real del sexo en cuanto modalidad sintomática de respuesta –atravesamiento- a los modos de respuesta de sus progenitores y al ensamble que conforman como pareja y como familia.
Ubicamos una modalidad cuando el chico se presenta: a) como síntoma de la pareja parental. Vale decir como lo que hay de sintomático en la pareja, lo que no funciona, no anda en la relación de los padres como pareja. Bajo esta posición el niño es síntoma de la pareja: “sintomática” familiar. Habrá que ubicar el lugar que ocupa en la trama familiar y buscar la posibilidad de intervenir sobre ella, conmoviéndola. Todo un desafío: por cuanto interroga sobre la dirección de la cura, con quién y cómo se sostiene el tratamiento, diferencias en el trabajo con los padres y el tratamiento a realizar con el chico, “modos” de intervención (puesto que son múltiples: no hay uno solo), etc.
O bien: b) como síntoma de la fantasmática de la madre. Compete el síntoma que porta el chico a la subjetividad materna; está su síntoma por lo tanto en íntima relación a esta. Se encuentra involucrado en el objeto del fantasma materno y revela la verdad de este. Él mismo se convierte en el objeto de la madre, haciendo existir el objeto del fantasma materno: lo condensa. El chico se encuentra así fijado, abrochado a ese objeto.
Pone en cuestión la función de la Metáfora paterna. La función mediadora del padre que permite la separación de la díada: puesto que si no es así, el niño “colmata” a la madre (a su propio costo, puesto que “mata” su propio deseo: es objeto de su madre).
La tarea es tratar de buscar poner en función la metáfora paterna, lo que no es sin poner en causa para el padre, el deseo por una mujer. Que se entienda: lo que está interrogado allí es la modalidad del deseo de ese hombre particular (padre de ese hijo) la constitución y forma que adoptó para el ejercicio de su sexualidad. Y en ese sentido cómo atravesó él la castración dándose una forma defensiva de elección de objeto. Qué lugar para la mujer y qué lugar para la madre. ¿Qué versión de padre porta? ¿Qué versión lleva adelante, sostiene, con ese hijo en particular?
Respecto de la madre, nos interroga sobre el atravesamiento de la castración que realizó y la constitución también de su sexualidad. ¿Qué lugar habilita para el hombre en la díada que conforma con su hijo? ¿En qué medida habilitó una versión de padre para este hombre singular con el que lleva adelante su embarazo? Y en tanto versión de padre: ¿qué lugar tiene  con este hijo particular?
Se tratará el trabajo psicoanalítico de propiciar un desplazamiento que va de la madre a la mujer.
De interrogar entonces cómo desea la madre como mujer y cómo desea el padre como hombre.
Y la posición del chico dependerá de la respuesta que él pueda construir como síntoma, a esta coyuntura. Construcción que deberá llevarse a cabo en el espacio transferencial de su tratamiento individual: allí deberá “armar” su síntoma, en el sentido de apropiarse de su padecimiento sintomático: el modo de defensa que se dará –construirá- su aparato psíquico en el trayecto de la cura. Invención y despliegue de una ficción que se aloja en el lugar de lo no-sabido de la relación entre el hombre y la mujer. O en otra versión: atravesamiento por la castración.
Allí el juego será una herramienta al servicio de esto.

                                                                                                                      Lic. Rubén Flores



[1] Dirá Ana Freud en Psicoanálisis del niño, Horme, 1964, que: a diferencia del adulto, el niño no está preparado para producir una nueva edición de sus objetos de amor, por cuanto sus padres (“sus objetos primeros”, los llama) “son todavía sus objetos de amor en al vida real  y no meramente en la imaginación, como en los pacientes neuróticos”. Y además, “un niño no necesita cambiarlo (al analista) “por sus padres, porque el analista no le ofrece todas las ventajas (en comparación con sus objetos originales) que recibe el paciente adulto, que cambia objetos de sus fantasía por una persona real”.
[2] Las razones que aduce son: “la debilidad del superyo del niño, dependencia para sus necesidades y por consiguiente para sus neurosis del mundo externo, su incapacidad para controlar los instintos que han sido liberados dentro de él y, en consecuencia, la necesidad de que el analista lo tenga bajo su guía educativa”. Además: “ En los niños, las tendencias negativas dirigidas contra el analista, reveladoras como son a menudo en muchos sentidos, son esencialmente inconvenientes y debemos reducirlas y debilitarlas tan pronto como sea posible. Es en su relación positiva con el analista que se realizará siempre la labor realmente valiosa”.
[3] Como escribe Freud en el Historial de la joven homosexual: “Padres preocupados –no necesariamente divididos o con pregunta propia- demandan que se cure a su hijo, que es neurótico e indócil. Por hijo sano entienden ellos uno que no origine dificultades a sus padres, sino contento (...) El médico puede propiciar el restablecimiento del hijo y los padres quedar más insatisfechos que antes”.
[4] No en vano señalará Freud que se hace a veces necesario enlazar al análisis del niño cierta influencia analítica de los padres. S. Freud, Nuevas lecciones introductorias al psicoanálisis (1932)
[5] S. Freud: (...) gran parte del sentimiento de culpabilidad tiene que ser normalmente inconsciente, por hallarse la génesis de la conciencia moral íntimamente ligada al complejo de Edipo, integrado en lo inconsciente. (El Yo y el Ello)
[6] Al respecto Freud es claro en señalar cómo la tramitación del Complejo de Edipo Completo deja como saldo identificaciones y sentimientos hostiles y ambivalentes hacia ambos progenitores.
[7] Propongo distinguir Súper-Yo: en tanto heredero del Complejo de Edipo y lo que Freud entiende por el Ideal del Yo como la primera y más importante identificación del individuo, identificación con el padre (padres fálicos) (...) directa e inmediata y anterior a toda carga de objeto. (El Yo y el Ello) Hay que interrogarse desde dónde lo piensa M. K.
Veamos otra traducción: “...La identificación primera, y de mayor valencia, del individuo: la identificación con el padre de la prehistoria personal. A primera vista, no parece ser el resultado ni el desenlace de una investidura de objeto: es una identificación directa e inmediata (no mediada), y más temprana que cualquier investidura de objeto...” (Freud, “El yo y el ello”, 1923, p. 33). Al decir que la primera identificación lo es con el padre de la prehistoria personal aclara, en una llamada a pie de página, que “Quizá sería más prudente decir “con los progenitores”, pues padre y madre no se valoran como diferentes...”.
            ¿Qué alcance tiene la expresión padre de la prehistoria personal? ¿Qué padre es éste? Merece trabajarse este concepto con mayor detenimiento.
[8] Citemos por ejemplo: “las impresiones propias de la niñez recaen sobre un Yo inmaduro y débil, de forma que actúan sobre él con carácter traumático”. (...) “el Yo no puede defenderse más que con la represión de manera que adquiere así en la edad infantil todas las disposiciones a enfermedades y trastornos funcionales posteriores”. Nuevas lecciones introductorias al psicoanálisis (1932).

[9] Dirá en El niño del espejo: “no se puede hacer un tratamiento infantil sin hablar la verdad de lo que uno siente y piensa cuando está con el niño. La palabra verdadera significa considerar al que está frente a uno como un hombre o una mujer en devenir, que es enteramente lenguaje en su ser, que tiene un cuerpo de niño pero que comprende todo lo que le decimos”.
[10] Texto del libro: Aun los niños. Psicoanálisis y subjetividad del niño en nuestra época. Alicia Hartmann. Letra Viva
[11] El Yo y el Ello, S. Freud.
[12] El concepto de identificación merece un despliegue mayor. El propio Freud se declara insatisfecho de sus formulaciones. La exposición más desarrollada la realiza en el capítulo VII de Psicología de las masas  y análisis del yo.
[13] Un primer desarrollo para los interesados en el tema puede ser el capítuloV titulado Insignia, del libro Introducción al método psicoanalítico de Jacques- Alain Miller. Paidos

CLASE N° 11
Breve comentario a propósito de "Las estructuras clínicas freudianas".

"... la estructura aparece en lo que se puede llamar en sentido propio, el fenómeno"  J. Lacan Seminario 3 "Las psicosis"

"La cuestión comienza en el hecho de que hay tipos de síntomas -es decir de nudos-" J. Lacan . Autocomentario

La primera cuestión es que Freud no presta mayor atención a la cuestión nosológica. Al punto que afirma: "En general, no es muy importante cómo se nombre a los cuadros clínicos". Señalando el carácter contingente. Freud hablará si de Tipos clínicos. Pero no con afan clasificatorio al modo psiquiátrico, ¡Ni qué decir al modo clasificatorio que nos propone el DSM!!!.

Lacan inaugura la expresión "estructuras freudianas" en el Seminario 3. "Abordamos el problema de las psicosis a través de la cuestión de las estructuras freudianas". Y más adelante en el mismo seminario: "... el análisis del texto schreberiano nos condujo a enfatizar la importancia de los fenómenos de lenguaje en la economía de la psicosis". 
Notemos: estructura lingüistica de los fenómenos psicóticos. Las que reconocemos en sus variantes clínicas.
Entonces, cuando nos referimos a las estructuras, cuando analizamos una estructura, siempre abordamos la cuestión del significante.
Así las cosas, la estructura está en el fenómeno mismo. Los síntomas entonces no están por fuera del sistema de relación dentro de la estructura, la que se establece y "lee" en el dispositivo. El analista recibe y soporta el estatuto del síntoma.
Para Lacan la estructura subjetiva NO es una modalidad de la enfermedad mental sino una posición de sujeto y la posición subjetiva es el modo en que se responde a la condición del Otro. Lo que hace Lacan al enfatizar la función del significante y sus efectos: "por donde él determina singularmente, al sujeto por arrojarle a cada instante los efectos mismos del discurso".
Sujeto ($) determinado por la estructura del lenguaje.
Entonces, respecto de las categorías clínicas en tanto fenómenos de la estructuración significante y del discurso, aborda, trata a los pacientes como tipos clínicos, tipos de síntoma.
Así dice: "el sujeto es nadie". No es la persona, el individuo que asiste al consultorio. 
Sí habla de "el sujeto de la psicosis". 
Entonces no identificaremos al analizante con el sujeto; el sujeto que está representado en esa cadena de significantes es el sujeto del inconsciente y el analizante no se identifica con el sujeto del inconsciente sino como posición.
   
Ubicamos siguiendo a Freud entonces, tres (3) estructuras: Neurosis, Perversión y Psicosis; estableciendo una tajante división entre las dos primeras y Psicosis.
Diremos así que Neurosis y Perversión se encuentran "regulados" por el Edipo. No así la Psicosis.    

Clase Nº 10


UN PROYECTO METAPSICOLÓGICO FRUTO DE NUESTRA PRAXIS

Quisiera remarcar una vez más, mi interés en señalar la dificultad que plantea el síntoma llamado “somático”, un problema metapsicológico para Freud, sobre el que no cesa de interrogarse.
Vuelvo a citar lo ya expresado en otro de los escritos compartidos con Uds.: en psicoanálisis un síntoma es una formación inconsciente, descifrable al modo de un sueño o un acto fallido. La pregunta es si podemos descifrar un síntoma somático según la sintaxis común de las formaciones inconscientes.
Lo que marca el momento corporal del síntoma es el hecho de señalar la derrota de una estrategia significante para tramitar el conflicto, la inscripción como un real, una especie de falla de la simbolización así como de las formaciones inconscientes clásicas.
El síntoma somático es una “figura” original (con toda la connotación plástica del término figura) de la formación de síntomas. Obliga a repensar el fantasma, en su relación con el acto y lo real. Interrogarnos por su íntima relación. Más aún, cómo una enfermedad orgánica, puede ser un medio de recuperar la salud “mental”.
Respecto de las enfermedades orgánicas, Freud es taxativo: “el inconsciente no necesita ninguna extensión más grande para abarcar (las) experiencias referidas a las enfermedades orgánicas”. El inconsciente influye sobre los procesos somáticos.
En una carta escrita a Groddeck, dirá Freud a propósito de las características de Lo inconsciente que “otra prerrogativa importante de lo inconsciente” (es la) “afirmación de que el acto inconsciente ejerce sobre los procesos somáticos una acción plástica intensa que el acto consciente nunca alcanza”.
Vale decir: ¿el acto inconsciente, descifrable como “acción plástica” de los procesos somáticos? 
La plasticidad es la aptitud para la puesta en forma (Formbarkeit) y es la prerrogativa “estética” de la Leistung o acción inconsciente. Es en el punto de encuentro, coincidencia del acto (inconsciente) y la acción (plástica-corporal) donde situaremos el efecto físico.
Entonces, además de la ausencia de contradicción, el proceso primario (movilidad de las cargas o investiduras), la atemporalidad y la sustitución de la “realidad exterior” por la realidad psíquica, agregamos el efecto plástico activo del acto inconsciente sobre los procesos somáticos.  
Nos interroga fuertemente, bajo la lógica freudiana, respecto de la cuestión de lo sexual para Freud. Esa especie de acción interna de lo sexual en toda manifestación corporal (como veremos en el texto de Introducción al Narcisismo) lo que viene a traducir los bordes pulsionales y la investidura narcisística.
Por lo sexual freudiano, se separan los dos destinos de lo somático: orgánico y físico.
Se tratará de interrogar y captar lo que se pone en juego de la pulsión, del narcisismo, del yo corporal y del goce mortífero, en la clínica de la corporeidad. Apelar a los textos metapsicológicos freudianos. Construir metapsicología. Mostrar el encuentro de la metapsicología del cuerpo y la clínica de la corporeidad.
La clínica, según esta formulación, será la metapsicología tomada al pie de la letra, como real.

SIGAMOS UN POQUITO A CHARCOT

Charcot “muestra” en su clínica (clínica de la mirada) la diferencia, la distinción entre la paciente histérica y la paciente epiléptica. Interroga las manifestaciones corporales, las pone a los ojos, para comparar e interrogar. Hacer ver una diferencia. Dirá al respecto:
“En un caso, hay puntos histerógenos de los que uno puede valerse aunque sólo sea con una meta experimental y, de todos modos, detener el ataque, mientras que cuando se trata de accesos de epilepsia la comprensión de los puntos histerógenos no sirve absolutamente para nada”.
¡Muestra Charcot puntos corporales, generadores de efecto histérico!
Signos que ubica sobre el cuerpo de la histérica. ¿Signos de qué?
¿Qué tienen que ver con el cuerpo orgánico de la paciente?
El síntoma (no se trata de otra cosa el punto) ¿a qué Otro cuerpo está conectado?
Los lugares del cuerpo que se muestran (y se repiten en su “toqueteo”, insisten en mostrarse, complacientes) señalan la insistencia de remitir a “otra escena” que se muestra, -actual-, en el cuerpo histérico. Pasa ahí, ahora, en el cuerpo, lo que reenvía a otro escenario.
Podemos decir, que el propósito de la histeria de Charcot, es hacer del cuerpo real (el que alberga el síntoma y al que manipula otro de la ciencia –médica- o el seductor) el lugar físico de activación del síntoma. Pasa por ese punto del cuerpo histérico, no del cuerpo orgánico médico. Surge lo físico por sobre lo orgánico, como pudimos leerlo en el texto freudiano de la Comparación de las parálisis orgánicas e histéricas. Entramos, fundamos la clínica del psicoanálisis.
Me interesa remarcar hoy, que el síntoma histérico “mostrado”, apunta en primer lugar a mostrar la separación entre físico y orgánico... Carga las tintas en un sitio sobredeterminado con ese fin. Un “mapa” privilegiado –singular- de lugares intensificados, fundamentalmente órganos. Una complacencia somática.
Escribirá Freud: “En la histeria se trata de una excitación psíquica que toma un mal camino conducente a reacciones somáticas. En la neurosis de angustia, al contrario, hay una tensión física que no logra descargarse psíquicamente y por consiguiente sigue morando en el dominio físico” “los dos dominios se combinan con mucha frecuencia”.
Vale decir, entiende que la neurosis de angustia “no permite ninguna derivación psíquica”, de modo que produce una desviación o tergiversación de la excitación sexual somática de lo psíquico que culmina en una utilización anormal de esa excitación.
¿Cómo? Si la histeria alude a lo sexual (simbólicamente), la neurosis de angustia testimonia la excitación sexual en el cuerpo, encarna directamente en el cuerpo. La conversión es el resultado de la transformación de una cantidad de energía utilizada de otra manera.
El cuerpo puesto en escena “en defensa”.
Al trabajar la noción de psiconeurosis, Freud la enraíza en un proceso somático antecedente. En cierta forma, no hay proceso propiamente histérico, sin fenómenos de excitación somática anteriores, (órganos que hablan), sobre los que se montará, se armará el entramado neurótico. Un “cambio de vestimenta” de la excitación real primitiva, pero el basamento real de los fantasmas debe encontrarse allí, eso empezó por gozar en el cuerpo para que el fantasma extrajera de ahí su fermento primitivo. Algo de los elementos del goce fantasmatizados de la actividad sexual del Otro parental que pasan –restos, refuse- al cuerpo infantil (protofantasía del coito paterno). Lo que se agita pulsionalmente en su organismo infantil remite a la relación sexual, algo se capta y con ello “se construye” la experiencia de complacencia somática. “Generan complacencia somática para las psiconeurosis”, “presentan el material de excitación que a continuación se selecciona y disfraza psíquicamente”.
Un síntoma histérico, concentra, como formación significante inconsciente, “una serie de fantasmas y recuerdos libidinales”. Expresión corporal de una excitación sexual fantasmatizada. Dicho de otra manera: el trabajo del fantasma encuentra su soporte material en un proceso de excitación somática erógena preexistente. Sobre este manto se simboliza. Todo empieza con algo en el cuerpo. El grano de arena somático es el arranque de la máquina neurótica.
Tenemos entonces, sujetos virtualmente neuróticos que no han pasado al acto y no presentan síntomas evidentes. Pero algo corporal orgánico, irrumpe en la vida del sujeto, y la neurosis en potencia se desata: neurosis en acto. La enfermedad despierta el trabajo (arbeit) de formación de síntoma. En cierta forma el síntoma orgánico atrae el síntoma neurótico. Allí cristalizan los fantasmas inconscientes. Los fantasmas inactivos se apoderan de ese “representante” que es el síntoma orgánico proporcionado por la realidad. El fantasma se satisface contando con el beneficio del síntoma montado sobre la lesión orgánica (la castración se juega allí). Pero toma otro estatuto. Lesión como afección orgánica y goce fantasmático, expresado sintomáticamente.
Notemos la ganancia: en la medida que “el trauma” se detiene en el órgano y no induce la pérdida del mundo, contiene la regresión, limita los gastos a la patología somática, encarna en el órgano (borde psicótico).
“Las personas que tienen un diente cariado o que les duele no sólo son capaces de apartar todo su interés del mundo exterior para volcarlo en el punto doloroso (…) sino que utilizan al mismo tiempo ese punto para procurarse satisfacciones particulares que no pueden sino calificarse de libidinales”. “Chupan, tiran, aspiran con ayuda de la lengua el diente enfermo, excavan en él con diversos instrumentos y reconocen que esas manipulaciones están acompañadas por sensaciones manifiestas de placer”. El diente enfermo es modelo del órgano genitalizado que sirve de arranque de una actividad fantasmática, una corporización del fantasma. “Esas parestesias dentarias pueden desencadenar en el psiquismo unos fantasmas eróticos, orales y caníbales”. Una verdadera transformación corporal. Hay una acción interna que se ejerce sobre la materia corporal; el síntoma actúa sobre el cuerpo, aunque sea a sus expensas. Hace, no sufre pasivamente. Es como si regresivamente, el paciente somático, apelara a la vivencia del cuerpo: “ofrece a la pulsión sexual sus primeros objetos de satisfacción” autoerótica
Bajo esta lógica, el síntoma somático, tal vez no sea otra cosa que un pensamiento del cuerpo, pensamiento que surge en éste y que se denomina “fantasma”. O más exactamente: “pensamiento” sugerido al cuerpo por el fantasma.
Quiero decir: se abandona el camino de simbolizar el fantasma mediante las formaciones inconscientes por la puesta en acto del fantasma en y por el cuerpo. A la letra.

PLACERES DE ORGANO

Hay satisfacción en el órgano enfermo. Interroga sobre el lugar de la pulsión. Recordemos que la pulsión “nace de las fuentes de excitaciones en el interior corporal” que constituyen la fuente pulsional. El órgano proporciona la fuente somática de la pulsión. Donde ese placer de excitación no tiene “meta” en ningún objeto fuera de sí mismo. Goza loco, solo. Un acontecimiento eminentemente desorganizador (anterior a la unidad narcisista) que repulsa la unidad yoica. Conflicto entre pulsiones del yo y pulsiones sexuales que se juegan en y por el órgano. Todo órgano es pasible de esto. Dirá Freud: “Hemos llegado de manera totalmente general a la idea de que la función de yo del órgano se deteriora cuando aumenta su erogeneidad, su importancia sexual” Diremos: un exceso de goce parcial (sexual) puede tener como efecto un disgoce orgánico funcional.
Fuente de placer, el órgano es también soporte de la ansiedad (angustia de castración). “La percepción de la impotencia propia para amar como consecuencia de perturbaciones psíquicas o corporales actúa de manera muy humillante sobre el sentimiento de sí  mismo”.
La invalidez, la defectuosidad corporal, proporcionan el material perceptivo de la elaboración fantasmática, cuya trama secreta es la castración.
El órgano vulnerable sería el que sostiene en el sujeto esa relación subjetiva con la falta de gozar. El órgano enfermo se convierte entonces en el órgano de la castración. Puesta en acto y ala vez, paradojalmente, alivio al localizarla en el órgano enfermo. Vemos cómo la castración trabaja al sujeto en el cuerpo: esto es lo que testimonia el síntoma somático, efecto físico de aquella.

INTRODUCCIÓN AL NARCISISMO (Resumen de parte del texto)

Una vez más Freud se ve llevado a  la formalización conceptual urgido por la práctica clínica. “La idea de un narcisismo primario normal acabó de imponérsenos en la tentativa de aplicar las hipótesis de la teoría de la libido a la explicación de la esquizofrenia”.
En la neurosis de transferencia (histeria, de angustia, obsesiva) encontramos que el enfermo si bien pierde la relación con la realidad, no rompe su relación libidinal con las personas y las cosas. La conserva en su fantasía, fantasea (sustitución de los objetos reales por el producto de sus fantasía) y paralelamente a renunciado a realizar los actos motores necesarios (las acciones necesarias) para la consecución de sus fines; podemos decir, que su deseo se refugia en la “realización” sintomática de su fantasía.
El esquizofrénico, ha retirado su libido de las personas y las cosas del mundo exterior, sin sustituirlas por otras en su fantasía, (no fantasea).
Surge la pregunta: ¿cuál es el destino de la libido retraída de los objetos? Ha sido aportada al yo, arrastrando catexias objetales, como narcisismo secundario; superimpuestas a un narcisismo primario encubierto.
Nos hacemos así, una idea de una carga libidinosa `primitiva del yo, parte de la cual se destina a cargar los objetos; pero que continúa subsistente (al modo del cuerpo de la ameba) emitiendo seudópodos libidinizantes (cargas objetales).
Plantea esto una oposición entre la libido objetal y la libido del yo. Cuanto mayor es la libido del yo, tanto más pobre es la objetal.
La libido objetal, parece alcanzar su máximo desarrollo en el amor, (el yo se vuelca, “se entrega”, en la carga de objeto) y tiene su antítesis en la fantasía paranoica (o autopercepción) del “fin del mundo”. Por último dirá que la energía psíquica se encuentra en un principio estrechamente unida, sin poder diferenciarla, solo la carga de objetos hace posible distinguir una energía sexual, la libido, de una energía pulsional del yo.
En el individuo, no existe desde un principio, una unidad comparable al yo. El yo tiene que ser desarrollado. Las pulsiones autoeróticas, en cambio, son primordiales. Para constituir el narcisismo ha de venir a agregarse al autoerotismo, un nuevo acto psíquico.

La división de la libido en una libido del yo y otra que inviste los objetos, es la prolongación inevitable de una primera hipótesis que dividió la pulsión en pulsión del yo y pulsión sexual. Esta primera división le fue impuesta por el análisis de las neurosis puras de transferencia. Cuestionará entonces esta primera clasificación:
“Precisamente porque siempre procuro mantener apartado del Psicoanálisis todo pensamiento de otro orden, incluso el biológico, he de confesar que la hipótesis de separar los instintos del yo de los instintos sexuales, no tiene una base psicológica y se apoya en un fundamento biológico (hambre y amor).” Notar como rectifica una concepción metapsicológica apoyado en la observación clínica.

Si las neurosis de transferencia nos han facilitado la observación de las tendencias instintivas libidinosas, la demencia precoz y la paranoia habrán de procurarnos una retrospección de la psicología del yo. Aun se nos abren otros caminos para saber sobre el narcisismo: la observación de la enfermedad orgánica, de la hipocondría y de la vida erótica de los sexos. 
Sabemos que el individuo aquejado de un dolor o malestar orgánico cesa de interesarse por el mundo externo, en tanto no guarda relación con su dolencia. Retira también, de sus objetos eróticos el interés libidinoso, cesando así de amar mientras sufre. Decimos que el enfermo retrae a su yo sus cargas de libido para destacarlas de nuevo hacia la curación.
Puede verse que la enfermedad orgánica es el ejemplo privilegiado para hacer sensible el trastorno económico por el cual se da a conocer el narcisismo. En la enfermedad orgánica real se produce efectivamente la retracción narcisista a la que se da libre curso en la enfermedad hipocondríaca, pues en ésta se suscitan las mismas sensaciones corporales atormentadoras y doloras que en la verdadera enfermedad y la operación de retracción de los intereses, como de la libido, cobra en ella un relieve decisivo.
Notemos el efecto que se produce, de “llamada” narcisística, característico de la enfermedad orgánica en sus inicios. Una retirada (sobreinvestidura autoerótica) especie de exceso de presencia en sí mismo que marca la entrada en acción y en juego de la defensa narcisista. El narcisismo actúa como una lupa. “Este aumento de tamaño es de naturaleza hipocondríaca, y su presupuesto es que toda  investidura psíquica del mundo exterior se ha retirado hacia el yo propio y aquel resulta posible, por lo tanto, merced al reconocimiento precoz de transformaciones corporales que, en la vida vigil, todavía habrían permanecido inadvertidas durante algún tiempo”.
También el sueño significa una retracción narcisista de las posiciones de la libido a la propia persona, sobre su deseo de dormir. Vemos en ambos casos, ejemplos de modificaciones de la distribución de la libido consecutivas a una modificación del yo.
La hipocondría  se manifiesta como la enfermedad orgánica, en sensaciones somáticas penosas o dolorosas, y coincide con ella en cuanto a la distribución de la libido. Se retrae su interés y libido de los objetos del mundo exterior y los concentran ambos sobre el órgano que le preocupa. No observamos en la hipocondría alteraciones orgánicas comprobables. ¿O si? Nos lleva a interrogarnos por el carácter de las mal llamadas enfermedades psicosomáticas, las cuales presentan un compromiso orgánico observable. ¿Cómo entender la afección de órgano, la lesión presente?
Tampoco en las demás neurosis faltan sensaciones somáticas desplacientes comparables a las hipocondríacas. En toda neurosis se mezcla algo de hipocondría.
Conforme el modelo de excitabilidad del órgano sexual, el cual sufre alteración sin por ello estar enfermo (hinchado, congestionado, húmedo y constituye la sede de múltiples sensaciones)  llamaremos “erogeneidad” a la facultad de una parte del cuerpo de enviar a la vida anímica estímulos sexualmente excitantes (zonas erógenas) donde ciertas partes del cuerpo representan a los genitales y se comportan como ellos. Consideramos la erogeneidad como una cualidad general de todos los órganos. Paralelamente a cada una de estas alteraciones de la erogeneidad en los órganos podría tener efecto una alteración de la carga de libido en el yo. 
Postula luego que las personas encargadas del cuidado, alimentación y protección del niño son sus primeros objetos sexuales (los llama elección de objeto anaclítico); comprobando un segundo modo de elección objetal conforme la propia persona, a la que llamará elección narcisista. Dos caminos distintos para la elección de objeto, pudiendo preferir uno de los dos.
Dirá entonces que el individuo tiene dos objetos sexuales primitivos: él mismo y la mujer nutriz, y presuponemos así el narcisismo primario de todo ser humano, que luego se manifestará de manera destacada en su elección de objeto.

Desarrolla luego, algo que mencionamos en la clase anterior detenidamente: un modo particular de vínculo entre el infante y sus padres al que llamamos con Freud: Narcisismo Primario
Entendiéndolo como una estructura de relaciones (momento estructural y estructurante, entonces) y articulaciones.
Sostuvimos que el narcisismo primario (matriz infantil) debe ser entendido como una prolongación del narcisismo de los padres; una forma, un modo de amor[1]. Reviviscencia entonces del narcisismo de los padres que buscan recuperar el amor a sí mismos a través del hijo/a; y surge por la sobre valoración y sobre estimación que sienten por su hijo, expresión del anhelo de su propia perfección perdida. Marcas inscritas en el cuerpo entonces; cuerpo, por cuanto deja atrás su anatomía para constituirse en sede de la carga libidinal, amorosa, deseante, constitutiva del infante. Un cuerpo entonces, se con-forma, fijándose en él significantes primordiales, los que instituyen la Identificación Primaria.
Sostuvimos que nos señala el lugar constituido y constituyente del infante. Su lugar como sujeto. Inscrito en su filiación simbólica, su Mito familiar, en su Novela Familiar.
Un lugar pre-diseñado, anterior al sujeto.
“Se puede decir que la constelación original de la cual emergió el desarrollo de la personalidad… de lo cual dependió su nacimiento y su destino, su prehistoria incluso a saber, las relaciones fundamentales que presidieron la unión de los padres, lo que los condujo a esa unión, es algo que refiere a una relación a la que se puede tal vez definir con la fórmula de una cierta transformación mítica… el escenario al que llega.” J. Lacan: El mito individual del neurótico.
En el Narcisismo Primario se trata de lo imaginario proveniente de las ilusiones narcisistas paternas; en tanto que la Identificación Primaria proviene de lo simbólico que se materializa en significantes con los que se marca originariamente al infante[2]. Tiempo fundante entonces. Matriz en la que se con-forma el sujeto, conforme el narcisismo del Otro. Proyecto y discurso del Otro. Es la causa del sujeto.
“Freud… al hablarnos de Narcisismo Primario; Narcisismo (a secas); Narcisismo del Yo, y Narcisismo secundario, da constantes pruebas de que no se trata de una sola y única cosa… (sino) que se trata de diferentes modos de subjetividad obligándonos a distinguirlos”[3].
Diremos que el primario define un modo de catexia en la que el Otro ocupa y señala el lugar del sujeto; también podemos definirlo como un discurso que tendría por finalidad la de indicar un cierto proyecto que el infans debe encarnar: En la  antípoda de este proceso situaremos al Narcisismo del Yo que definiremos como el proceso por el cual el Yo se ofrece como objeto al Ello (conforme la definición freudiana de “El Yo y el Ello”)  y por el cual el sujeto asume ese proyecto, lo encarna y lo materializa de hecho”[4].
Por lo pronto en este texto veremos que lo menciona como formación de un yo ideal (narcisismo del Yo) al que se consagra el amor ególatra de que en la niñez era objeto el yo verdadero. El narcisismo aparece desplazado sobre este nuevo yo ideal, adornado, como el infantil, con todas las perfecciones.





[1] “Considerando la actitud de los padres cariñosos con respecto a sus hijos, hemos de ver en ellas una reviviscencia y una reproducción del propio narcisismo… La hiperestimación que ya hemos estudiado como estigma narcisista en la elección de objeto, domina esta relación afectiva. Se atribuyen al niño todas las perfecciones… y se niegan o se olvidan todos sus defectos… Pero existe también la tendencia a suspender para el niño todas las conquistas… cuyo reconocimiento hemos tenido que imponer a nuestro narcisismo… La vida ha de ser más fácil para el niño que para sus padres”.  S. FREUD: Sobre una introducción al Narcisismo (1914).  
[2] “…La identificación primera, y de mayor valencia, del individuo: la identificación con el padre de la prehistoria personal.  A primera vista, no parece ser el resultado ni el desenlace de una investidura de objeto: es una identificación directa e inmediata (no mediada) y más temprana que cualquier investidura de objeto…Quizá sería más prudente decir “con los progenitores”, pues padre y madre no se valoran como diferentes ” S. FREUD El yo y el ello (1923)
[3] Antonio Rodino Cabas: “El narcisismo y sus destinos.” Colección “Lo inconsciente” Editorial Trieb
[4] Idem


Clase Nº 9.-

REPRESIÓN (Verdrägung)

En sentido propio, la entendemos como una operación mediante la cual el sujeto intenta rechazar o mantener en el inconsciente representaciones (pensamientos, imágenes, recuerdos) ligados a una pulsión. Se produce en aquellos casos en que la satisfacción de una pulsión (susceptible de provocar por sí misma placer) ofrecería el peligro (para el yo) de provocar displacer, en virtud de otras exigencias
Es particularmente manifiesta en la histeria, desempeñando un importante papel en las demás afecciones o nuestra vida normal.  Se la puede considerar un proceso universal, por cuanto se halla en el origen de la constitución del inconsciente.

En un sentido más genérico, es utilizado en ocasiones por Freud, como una forma de “defensa”, por cuanto entiende la represión como el prototipo de otras operaciones defensivas. No obstante, no es esta la concepción otorgada por él al concepto. Específicamente, en 1926 escribirá: “Pienso ahora que hay cierta ventaja en volver al viejo concepto de defensa, aunque estableciendo que debe designarse de un modo general todas las técnicas de las que se sirve el yo en sus conflictos, y que pueden eventualmente conducir a la neurosis, mientras que reservamos el término represión para designar uno de estos métodos de defensa en particular, que debido a la orientación de nuestras investigaciones, pudimos al principio conocer mejor que los otros”.

REPRESIÓN PRIMARIA (Urverdrägung)

Primer tiempo de la operación de la represión. Tiene por efecto la formación de cierto número de representaciones inconscientes o reprimido primario. Los núcleos inconscientes así constituidos contribuyen seguidamente a la represión propiamente dicha, por la atracción que ejercen sobre los contenidos a reprimir, junto con la repulsión proveniente de las instancias superiores.
“Por consiguiente, tenemos razones para admitir una represión primaria, una primera fase de la represión, consistente en que el representante psíquico (representante ideativo) de la pulsión ve negada su entrada en la conciencia. Con ello se produce una fijación; el representante correspondiente subsiste a partir de aquel momento en forma inalterable, la pulsión permanece ligada a aquel”.
Aunque la represión primaria se encuentra en el origen de las primeras formaciones inconscientes, su mecanismo no puede explicarse por una catexis por parte del sistema preconciente-conciente, sino únicamente de una contracatexis. “Esta (la contracatexis) representa el gasto permanente en una represión primaria, pero al mismo tiempo garantiza su permanencia. La contracatexis es el único mecanismo de la represión primaria; en la represión propiamente dicha se añade el retiro de la catexis preconciente”.
“Es del todo admisible que factores cuantitativos, como una gran fuerza de la excitación y la efracción de paraexcitaciones constituyan las primeras ocasiones en que se producen las represiones primarias”

 

“DIE VERDRÄNGUNG”   La Represión - S. Freud (1915)


Como Freud señala: “es el pilar fundamental sobre el que descansa el edificio del psicoanálisis”.
Los fenómenos de resistencia, propios de los contratiempos observados en la dirección  clínica del tratamiento, sugieren a Freud, lo llevan a formular, el concepto de Represión.
Inicialmente, empleaba Freud el término represión o defensa indistintamente.
A medida que avanza en el tratamiento con diferentes pacientes, distingue el mecanismo de la represión en las Neurosis Obsesivas de la represión jugada en la Histeria: “o sea, el desplazamiento de la investidura afectiva de la representación chocante (N.O.), a diferencia de su destierro total de la conciencia en la última (H.)”.
En el artículo estudiado, plantea el concepto desde una visión general, vinculada a la que se presenta en la histeria.
En 1926 en Inhibición, síntoma y angustia, propone restringir el concepto de represión, distinguiendo el de defensa como: “designación general para todas las técnicas de que se sirve el yo en los conflictos que eventualmente llevan a la neurosis”.
Respecto de la angustia, sostiene en este trabajo, algo que luego rectificará, la entiende aquí como una consecuencia de la represión (despejará luego, que en verdad conforma una de sus principales fuerzas impulsoras, más bien.)

Dirá que las mociones pulsionales chocan con resistencias (yoicas) que buscan hacerlas inoperantes, entrando entonces en estado de represión.
Pero de hecho las mociones pulsionales en su satisfacción, son siempre placenteras. Debe ocurrir alguna situación por la cual el proceso de satisfacción cambiará en displacer.
La condición para la represión es que el motivo de displacer cobre un poder mayor que el placer de la satisfacción. Debe ser inconciliable con otras exigencias y designios.
La represión no puede engendrarse antes de que se instaure la separación nítida entre inconsciente y conciente. Su esencia es rechazar algo de la conciencia y mantenerlo alejado de esta.
Encontramos motivos entonces, para suponer una represión primordial, una primera fase de la represión, en la que a la agencia representante (Representanz: representante, agente apoderado) psíquica (agencia representante-representación) de la pulsión se le deniega la admisión en lo conciente. Se establece una fijación, a partir de la cual la agencia representante persiste inmutable y la pulsión sigue ligada a ella.
La segunda instancia, o represión propiamente dicha, recae sobre los retoños psíquicos de la agencia representante reprimida o sobre unos itinerarios de pensamiento que han entrado en vínculo asociativo con ella. Y por ello, tales representaciones son reprimidas.
La represión no impide a la agencia representante de pulsión seguir existiendo en lo inconsciente, continuar organizándose, formar retoños y anudar conexiones. La represión sólo perturba el vínculo con el sistema consciente. Impide que una representación representante de la pulsión devenga consciente.
La agencia representante de pulsión sustraída de la conciencia, prolifera y encuentra formas extremas de expresión; resultado del despliegue desinhibido en la fantasía y del estancamiento producto de la frustración de la satisfacción (satisfacción denegada).

La represión no impide el acceso a la conciencia de todos los retoños de lo reprimido primordial. Si se distancian lo suficiente del representante reprimido, sea por las desfiguraciones o por el número de eslabones intermedios que se intercalaron, tienen expedito el acceso a la conciencia. Como si la resistencia guardara relación respecto del distanciamiento con lo originariamente reprimido. Cuando analizamos, invitamos al paciente a producir esos retoños de lo reprimido, que a consecuencia de su distanciamiento o desfiguración, pueden salvar la censura de lo conciente. Al pedirle ocurrencias restablecemos una traducción conciente de la agencia representante reprimida. El paciente asocia hasta que choca con una formación de pensamiento en que el vínculo con lo reprimido se le hace sentir intensamente, de forma que se ve forzado a repetir su intento de represión.
Los síntomas neuróticos también son retoños de lo reprimido.
La represión, vemos entonces, trabaja de forma individual; cada uno de los retoños de lo reprimido puede tener su destino particular; un poco más o menos de desfiguración cambia radicalmente el resultado.
Podemos pensar que nuestras predilecciones objetales y aún nuestros ideales guardan relación con estos retoños, distinguiéndose solo por pequeñas modificaciones (desfiguraciones). Tal vez la génesis del fetiche responda a una descomposición de la agencia originaria representante de pulsión: donde una representación fue reprimida y otra sufrió la idealización, a causa del íntimo enlace (desplazamiento).

Otras formas de sortear la represión serán por su transformación en lo contrario al modo de la técnica verbal del chiste (lo que no puede expresarse: se dice). Allí la cancelación de la representación es transitoria, solo para la ocasión.
Vemos cómo la represión, entonces, es individual y móvil. Exige por ello un gasto de fuerza constante. Donde lo reprimido ejerce una presión continua en dirección a lo conciente, manteniéndose el equilibrio mediante una contrapresión. Su cancelación implica un ahorro psíquico (ejemplo de la ganancia del witz –chiste-). 
En materia de represión, un aumento de la investidura energética funciona como el acercamiento a lo inconsciente, y una disminución, de forma de un distanciamiento o desfiguración. Así, las tendencias represoras pueden encontrar en el debilitamiento de lo desagradable un sustituto de la represión.

Junto a la representación (Vorstellung) encontramos un monto de afecto (Affekbetrag) que representa (räpresentieren) a la pulsión, y puede encontrar un destino diferente al de la representación.
Al hablar de represión deberemos tomar en cuenta el destino de la representación por un lado y el de la energía pulsional que adhiere a esta por otro.

Un destino del monto de energía será entonces,  el de trasponerse en afecto. Ahora bien: si una represión no consigue evitar las sensaciones de displacer fracasó, más allá del destino de la representación. Nos interesa esta última en nuestra labor clínica, de la otra no tendremos noticias.   

La represión crea por regla general, una formación sustitutiva. La represión, también, deja síntomas como secuela. Veremos que no es la represión misma la que crea formaciones sustitutivas y síntomas, sino que estos últimos son indicios de un retorno de lo reprimido debido a mecanismos distintos.
Diremos que: 1) El mecanismo de la represión no coincide con el o los mecanismos de formación de sustitutivos; 2) Existen diferentes mecanismos de formación sustitutiva; 3) Los mecanismos de represión tiene algo en común: la sustracción de la investidura (carga) energética (o libido, si tratamos de pulsiones sexuales).

Se interroga si existe un mecanismo único de represión o cada cuadro (psiconeurosis) posee un mecanismo propio. Distingue diferencias  propias a  cada cuadro.
Analiza dentro de una Histeria de angustia una fobia a animales. Se reprime una moción libidinal amorosa hacia el padre (generadora de angustia). Desaparece de la Cc sustituyéndose en su lugar un animal apropiado para constituirse en objeto de angustia. La sustitución (formación sustitutiva) de la representación (representante de la pulsión) es fruto del desplazamiento por la cadena facilitada de conexiones (sobredeterminada). El monto de afecto se transformó en angustia frente al lobo (en rigor es temor).
Esta represión la consideramos fracasada. Solo se eliminó y sustituyó la representación, pero no se ahorró el displacer. Por ello el trabajo neurótico del aparato no descansa y en un segundo tiempo forma un intento de huida: la fobia: una cantidad de evitaciones destinadas a prevenir el desarrollo de angustia.
En la Histeria de conversión, lo sobresaliente es que consigue hacer desaparecer por completo el monto de afecto (bella indiferencia de la histérica). Otras veces no es logrado y persiste anudándose a los síntomas y merced al desprendimiento de angustia se pone en acción el mecanismo de formación de una fobia. La representación de la agencia representante de pulsión es sustraído a la Cc; como formación sustitutiva –y síntoma- encontramos un inervación hiperintensa –somática en general- a veces sensorial u otras motriz, ya sea excitación o inhibición. El lugar hiperinervado expresa una parte de la misma representación reprimida de la pulsión, que atrajo hacia sí, por condensación, la investidura completa.
La represión de la histeria (de conversión) puede considerarse por completo fracasada ya que solo es alcanzada mediante extensas formaciones sustitutivas; pero en cuanto a suprimir el monto de afecto, es lograda. El proceso represivo culmina con la formación de síntomas y no necesita un segundo tiempo – proseguir indefinidamente-.
Distinta también es la represión en la Neurosis Obsesiva. Descansa en una regresión que sustituye la tendencia erótica por una sádica. Este impulso hostil contra una persona amada  es el que sucumbe a la represión. Primero alcanza el éxito: la representación es rechazada y el afecto obligado a desaparecer. Como formación sustitutiva hallamos una modificación del Yo, incrementándose la conciencia moral, sin considerarlo sintomático. Se ha sustraído libido pero gracias a una formación reactiva por medio de la intensificación de lo opuesto. La formación de sustitutivos tiene aquí el mismo mecanismo que la represión y coincide con ella, pero cronológicamente y conceptualmente se aparta de la formación de síntomas.

La situación de ambivalencia a reprimir facilita luego el retorno de lo reprimido. El afecto desaparecido retorna transformado en angustia social, moral, escrúpulos y reproches sin fin y la representación rechazada se remplaza mediante un sustituto por desplazamiento, a menudo por desplazamiento a lo indiferente. No se reconstruye la representación reprimida. El fracaso en la represión del cuantum de afecto pone en juego mecanismos de huida por medio de evitación y prohibiciones. La representación continúa viéndose negada de acceder a la conciencia, pues se evita así la acción, paralizando el impulso. Por lo que la represión en la neurosis obsesiva termina en una lucha vana e interminable.


RESISTENCIA Y REPRESIÓN

Leemos en Lacan Seminario I “Los escritos técnicos de Freud”:

“¿Cuál es el valor de lo reconstruido acerca del pasado del sujeto? (…)
Que el sujeto reviva, rememore, en el sentido intuitivo de la palabra, los acontecimientos formadores de su existencia, no es en sí importante. Lo que cuenta es lo que reconstruye de ellos.
(…) El acento cae cada vez más sobre la faceta de reconstrucción que sobre la faceta de reviviscencia en el sentido que suele llamarse afectivo. (…)
Lo esencial es la reconstrucción (…) se trata menos de recordar que de rescribir la historia” (en el curso del tratamiento).
Ciertamente, el análisis es siempre una ciencia de lo particular. (…) Con Freud la experiencia analítica representa la singularidad llevada a su límite, puesto que él estaba construyendo y verificando el análisis mismo. (…) El análisis es una experiencia de lo particular. (…)

En La interpretación de los sueños capítulo VII, (encontramos la) primera definición, en función del análisis (en el curso del tratamiento analítico), de la noción de resistencia.
Todo lo que destruye/suspende/ altera/la continuación del trabajo; no se trata allí de síntomas sino del trabajo analítico, del tratamiento. (…) Todo lo que destruye el progreso de la labor analítica es una resistencia.   
Se trata de la prosecución del tratamiento, del trabajo, que por su forma, puede definirse como la asociación verbal determinada por la regla fundamental de la asociación libre.
(…) Múltiples formulaciones de Freud parecen mostrar que la resistencia emana de lo que ha de ser revelado, es decir de lo reprimido, de la verdrängt, o incluso de lo unterdrückt (suprimido).

Durante el curso de la sesión solemos llegar a un punto en el decir del paciente en que el discurso vacila, se detiene, algo allí se hace notar como resistencia. Esta resistencia emana del proceso mismo del discurso, de su aproximación a una cuestión de la que nada se sabe, ni quiere saberse. La experiencia muestra que es allí donde surge la transferencia. La transferencia se produce porque satisface a la resistencia, está en relación a lo reprimido que se resiste de comunicar. Un hecho de este tipo, se reproduce un número incalculable de veces en el transcurso de un tratamiento psicoanalítico. Esa forma, esa “parte del complejo”, esa trama del discurso en relación al fantasma inconsciente, que se manifestó en forma de transferencia resulta impulsada hacia lo consciente en ese momento. Y el paciente se empecina en defenderla con la mayor tenacidad.
En ciertos casos, en el momento en que el paciente parece dispuesto a formular algo más auténtico, más candente que lo que ha conseguido hasta entonces alcanzar, el sujeto se interrumpe y emite un enunciado del tipo: Súbitamente me doy cuenta de su presencia (y callo). El sujeto mismo lo siente como un viraje brusco, un giro súbito que lo saca, lo hace pasar de una vertiente a otra del discurso, de un acento a otro de la función de la palabra.
La resistencia es un fenómeno que Freud localiza en al experiencia analítica. Experiencia en relación al discurso sostenido en su curso.
Cuando esta resistencia se vuelve demasiado fuerte, surge la transferencia.
Reconozcamos que nada es más difícil en análisis que el forzamiento de los fenómenos de la transferencia. Notemos que la transferencia desempeña allí una función particular. Se actualiza allí la persona del analista. La presencia. Transferencia como resistencia a la labor analítica.
En la medida que el paciente no pronuncia una palabra que calla en su decir sostenido, algo allí es silenciado, al precio de quedar enganchado al otro a través de los desprendimientos de la palabra callada. Quedan desechos de esa palabra callada. Notemos entonces, que no es ajeno a la esencia de la palabra engancharse al otro. En el momento que la palabra no encuentra salida, se engancha al otro (transferencia)
El momento en que el sujeto se interrumpe es, comúnmente, el momento más significativo de su aproximación a la verdad. Captamos aquí la resistencia en estado puro, la que culmina en el sentimiento, frecuentemente teñido de angustia, de la presencia del analista.
El yo del paciente, se manifiesta allí como defensa, negativa a proseguir asociando. El yo no quiere saber de eso. El yo reniega.”
(Extractado y armado sobre texto de Seminario I J. Lacan)

S. Freud Lección XIX Resistencia y Represión

Durante el tratamiento los pacientes oponen una enérgica resistencia. Resistencia que el propio paciente desconoce como tal. Esta adopta las más diversas y sutiles formas; cambiando constantemente de apariencia. Notaremos claramente su instalación, al momento de comunicar la regla de asociación.
Contra ella –no obstante  manifestar su deseo de curación- se opondrá la mayor y más tenaz resistencia. Difícilmente encontraremos un paciente que no intente silenciar algún sector de su vida psíquica, con el fin de hacerlo inaccesible al análisis.
En los N. Obsesivos, la resistencia se sirve de una táctica especial. El enfermo no opone obstáculo a la tarea analítica: asocia, rememora, presenta lapsus, haciéndonos creer que obtenemos un rápido esclarecimiento del caso, hasta descubrir que la resistencia se ha refugiado en el estado de duda característico de la N. O y burla desde allí el tratamiento.
En lugar de recordar, repite aquellos sentimientos y actitudes de su vida pasada, que por medio de la transferencia pueden ser utilizados como procedimientos de resistencia contra el profesional y su tratamiento.
Los varones reproducen en su analista sentimientos que abrigaron hacia su padre, convirtiendo así en resistencia  determinados caracteres de la relación filial.
Las mujeres utilizan como procedimiento de resistencia la transferencia sobre el analista de sentimientos amorosos de carácter erótico, hasta perder todo interés por el tratamiento. Los celos y la decepción por la cortés frialdad del psicoanalista, perturban la transferencia positiva.
Estos sentimientos exteriorizan una fachada hostil al tratamiento. Se trata de caracteres o cualidades peculiares al yo del paciente, que han sido movilizados para combatir las modificaciones que el tratamiento busca conseguir. No se hubieran presentado con la misma intensidad fuera de la neurosis.
No sorprenden al analista. La supresión de estas resistencias constituye una de las funciones del análisis.
El paciente aprovecha cualquier ocasión para abandonar su esfuerzo, inclusive su propia mejoría.
Sucede además que la resistencia cambia constantemente de intensidad. Los pacientes abandonan y vuelven a adoptar su actitud crítica un número incalculable de veces durante el curso del tratamiento. Cuando atraemos hacia la conciencia un nuevo fragmento penoso del material inconsciente, su crítica será más alta. Comprendemos así que es un arma de su situación afectiva manejada por la resistencia. Contra aquello que resiste, se defiende con agudo ingenio y gran espíritu crítico. 
Nos decimos que estas fuerzas que se oponen a modificar la enfermedad deben ser las mismas que anteriormente hubieron de provocarla.
La existencia del síntoma tiene por condición el que un proceso psíquico no haya podido llegar a su fin normal de manera de poder hacerse consciente. El síntoma viene entonces a sustituir aquella parte del proceso obstruida.  Contra la penetración del proceso psíquico hasta la conciencia ha debido de elevarse una violenta oposición, que le ha forzado a permanecer inconsciente, adquiriendo como tal la capacidad de engendrar síntomas. Idéntica oposición se manifiesta en el curso del tratamiento (resistencia). Llamamos represión, al proceso que se manifiesta por intermedio de la resistencia.
Este proceso de represión, constituye la condición preliminar de la formación de síntomas. Donde, sabemos que el síntoma es un sustitutivo de algo (otro significante) que la represión impide manifestarse.
La resistencia es un producto de las fuerzas del yo. Son pues, estas mismas fuerzas y cualidades las que deben de haber determinado la represión, o por lo menos, haber contribuido a producirla.
Todos los síntomas del neurótico obedecen a idéntica tendencia: satisfacción de los deseos sexuales y constituyen  una sustitución de la misma cuando el paciente carece de ella en la vida normal.
Las formaciones de los síntomas no se aplican en principio más que a las neurosis de transferencias (histeria de angustia, histeria de conversión, neurosis obsesiva), circunscriben igualmente el dominio en que puede ejercerse la terapia psicoanalítica. (Freud no considera efectivo el tratamiento en otro tipo de estructuras patológicas, en ese momento)  Los enfermos atacados por ellas sufren de una frustración, por rehusarles la realidad de la satisfacción de sus deseos sexuales.
(Extractado y armado sobre texto de S. Freud –citado-)





Clase Nº 8

Pulsiones y destinos de pulsión (1915) Sigmund Freud


Podemos decir parafraseando  a Oscar Masotta en su libro “El modelo Pulsional”, que la pulsión (trieb) en Freud, remite a dos grandes campos teóricos: la historia o desarrollo teórico del Gran Modelo Pulsional  y a la doctrina de las Pulsiones Parciales. Es necesario señalar no obstante que confluyen ambas en que la pulsión es siempre parcial.
Freud, desde sus primeros textos, vinculaba la sexualidad con el malestar psíquico. Tomando al pie de la letra los relatos de sus histéricas, concebía el trauma como el efecto del encuentro del niño con la sexualidad por la mediación de un adulto: el adulto seductor introducía en la vida del niño inocente el factor sexual.
Pese a que ya en 1897, le comunica a Fliess que su "neurótica" hace aguas, no será hasta 1905 que dé con la clave para resolver el problema permitiendo su articulación teórica. Su texto "Tres ensayos para una teoría sexual" causa entonces conmoción en la sociedad vienesa precisamente por plantear la existencia de la sexualidad infantil.
En él, afirma que no se puede limitar la sexualidad a la genitalidad, ya que puede observarse, cotidianamente, como los niños buscan satisfacciones en determinadas zonas de su cuerpo que nada tienen que ver con las necesidades de supervivencia, por ejemplo, el chupeteo.
Para la misma época apuntalaba el modelo pulsional con  el primer modelo de la defensa: el Yo ejerciendo la represión contra la sexualidad, para ligar los conceptos más abstractos al conflicto observable en la clínica. Según el modelo más simple de la defensa, el Yo no es sino un conjunto de representaciones que mantienen entre sí una relación de coherencia. Cuando esta es perturbada por representaciones que no pueden ser incorporadas por el vínculo que liga al conjunto, el Yo ejerce su acción represora y el resultado es la escisión psíquica. Se rechazan las representaciones por el contenido: pertenecientes al orden de la sexualidad.
El primer modelo pulsional resulta útil para imaginar una cierta génesis de la sexualidad  permitiendo rastrear la erogenización del cuerpo del infante a partir del Otro primordial (Madre). Gesta la noción de apoyo.
Los primeros objetos protectores del niño indefenso biológicamente, se tornan modelos para la capacidad de amar del sujeto; es el amor anaclítico de los ingleses. La determinación de las zonas erógenas depende de la noción de apoyo, se erogenizan partes del cuerpo que cumplen una función biológica. La sexualidad nace apoyada en los bordes exteriores del cuerpo que cumplen una función biológica (alimentación, excreción) Si la sexualidad nace así apoyada, es por que se sostiene mal.
En l9ll en Trastornos psicógenos de la visión,  refiere a la doble utilización del ojo: también apresan y se satisfacen con propiedades de los objetos sexuales. La patología psíquica de la visión (ceguera histérica) resulta de la lucha antitética de las pulsiones sexuales y las pulsiones de conservación del yo.
Por tanto, la sexualidad como búsqueda de satisfacción "inútil", habita en el infans independientemente de la intervención más o menos perversa de un adulto. “La boca sirve para besar tanto como para comer o para la expresión verbal y los ojos no perciben tan solo las modificaciones de la vida, sino aquellas cualidades de los objetos que elevan a la categoría de objetos de la elección erótica o sea a sus encantos. Doble función del órgano, sirve a dos señores. Conflicto. La sexualidad está de entrada. Freud introduce entonces el término pulsión en su teoría y, en 1915 dedica íntegramente "Pulsiones y destinos de pulsión", a desarrollar la definición y el modus operandi de la misma.
En la primera página, Freud dice de la pulsión que es "un concepto básico" del que no se puede prescindir. Lacan, 50 años más tarde, lo convertirá en uno de sus "cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis".
La primera cuestión a resaltar es que Freud utilizó, en alemán, el término Trieb, evitando el uso de "instinkt" que reservaba para calificar los comportamientos animales fijados por la herencia genética, preformados en su desarrollo y adaptados a su objeto. El término Trieb - según el diccionario de Laplanche y Pontalis- "sigue conservando el matiz de empuje, el acento recae menos en una finalidad precisa que en una orientación general y, subraya el carácter irrepresible del empuje más que la fijeza del fin y del objeto." (La traducción de Freud de Amorrortu editores respeta esta diferencia al traducir Trieb por pulsión, mientras que la traducción de Ballesteros utiliza el término instinto).
Freud dice que la pulsión es "un estímulo para lo psíquico", un estímulo que tiene algunas particularidades:
1.      No viene del exterior del cuerpo -como la luz, los sonidos, etc- sino del interior del propio organismo.
2.      No aparece como una fuerza momentánea sino como una fuerza constante.
3.      La huida no tiene ninguna utilidad para cancelar su efecto: no hay posibilidad de sustraerse al mismo.
4.      La única posibilidad es "tramitarla", esto es, proveerle la satisfacción que busca.
Dicho esto da, Freud, su definición del término pulsión: "la 'pulsión' es un concepto fronterizo entre lo anímico y lo somático, como un representante psíquico de los estímulos que provienen del interior del cuerpo y alcanzan el alma, como una medida de la exigencia de trabajo que es impuesta a lo anímico debido a su trabazón con lo corporal"
Plantea entonces los dos tipos, distintos, de pulsiones que ya había enunciado en los "tres ensayos": las pulsiones del yo o de auto conservación - que nosotros llamamos necesidades: hambre, sed, etc - y las pulsiones sexuales- para las que nosotros -siguiendo a Lacan- reservamos, exclusivamente, el término pulsión.[1]
Ambas, necesidades y pulsiones, comparten algunas características: tienen su fuente en una parte concreta de la carne del viviente y se representan (es representado por un representante) en la psiquis, empujándola al esfuerzo de alcanzar la meta -esto es, la satisfacción, como único fin posible- mediante el objeto  que nunca resultará adecuado: por origen se encuentra perdido (es un tema que merecerá desplegarse mejor).
Pero también presentan grandes diferencias:
1.      Respecto a la atribución de un sujeto: Las necesidades son atribuidas a una entidad psíquica, el yo. El yo, es el responsable de su gestión. Las pulsiones, por el contrario, además de ser numerosas y brotar de múltiples fuentes orgánicas, tienen sobre todo una característica, no aparecen vinculadas a ninguna entidad responsable. Simplemente, existen. Es lo que Lacan formula diciendo: "No hay sujeto de la pulsión","la pulsión es acéfala".
2.      Respecto a la relación entre el objeto y la fuente: Las necesidades tienen un objeto preciso de satisfacción que les es propio mientras que las pulsiones deben apoyarse en las primeras, tanto para hacer su primera aparición como para localizar el objeto que podría satisfacerlas.
3.      Respecto de su fin: existen pulsiones coartadas en su fin; inhibidas o desviadas (ternura) Se enlazan a una satisfacción parcial, haciendo una duradera investidura de objeto y una aspiración continua
La cuestión del objeto no es sencilla en el planteamiento de Freud y, sin embargo, es fundamental. Dice, textualmente, "en general (las pulsiones sexuales) actúan de modo autoerótico, es decir, su objeto se eclipsa tras el órgano que es su fuente -y añade- por lo común, coincide con este último". O sea, fuente y objeto se confunden hasta la coincidencia en las pulsiones sexuales. Pensemos un ejemplo con la boca, al mismo tiempo fuente de la pulsión sexual oral y de la necesidad del hambre. En el caso de la necesidad es clara la distancia entre la fuente - la boca- y el objeto -la comida. Para nada fuente y objeto se confunden. Sin embargo, para la pulsión sexual oral, la boca como zona erógena, como fuente de la pulsión -si seguimos a Freud- se confunde hasta tal punto con el objeto que éste queda eclipsado, entonces ¿el objeto es el chupete, el dedo, o es la propia boca que se siente a si misma, que se satisface en sí misma? Esta pregunta sólo con la aportación de Lacan podrá ser respondida.
4.      Respecto al desarrollo: Para las necesidades, Freud no plantea evolución alguna. Son las que son, son para siempre, no hay un destino diferente para el hambre más que seguir siendo hambre. Sin embargo, para las pulsiones, Freud sí formula su sueño, el destino no problemático que las agruparía en una pulsión genital -desapareciendo entonces el rasgo de ser parciales - y las sometería a una función común: "tras haber alcanzado una síntesis cumplida -dice Freud- entran al servicio de la función de reproducción".
La relación entre ambas pulsiones sigue siendo para Freud -en este momento- la causa de las psiconeurosis. Si antes era la confrontación del sujeto a la sexualidad que venía de fuera, ahora es la confrontación entre el yo, amo de las necesidades, y las pulsiones sexuales que - por el hecho de originarse en el interior del propio organismo y no conocer otra meta que el placer de órgano, la satisfacción en la propia zona erógena- constituyen un peligro ineludible para el yo. Por tanto, la confrontación con la peligrosa sexualidad se generaliza, todos y cada uno de los sujetos deberán enfrentar el "trauma" del conflicto pulsional.
Precisamente, por su característica de "peligrosas" para el yo, los distintos destinos que las pulsiones sexuales pueden experimentar en el curso de su desarrollo no son más que modalidades de defensa frente a la pulsión.
Y la lista de destinos posibles es breve: transformación en lo contrario, vuelta hacia la propia persona, represión y sublimación. Pese a que Freud se centra sólo en los dos primeros durante este artículo, podemos inferir una característica común a los cuatro: ninguno de ellos implica desaparición, anulación o renuncia a la satisfacción. En la sublimación, hay una satisfacción, desviada, nueva, distinta, pero satisfacción al fin: la sublimación es un proceso psíquico que consiste en la modificación de la meta o fin y el cambio de vía del objeto por intervención de nuestra valoración social; en la represión y su correlato inevitable -los síntomas como evidencia de su fracaso- también hay satisfacción; en los otros dos casos, transformación en lo contrario y vuelta sobre la propia persona, tampoco hay duda, la satisfacción está presente. Por tanto, "la pulsión se satisface siempre" o, como decía Lacan "el sujeto siempre es feliz".
Siguiendo con el texto, Freud se centra entonces en los dos primeros destinos:
El primero, que denomina "transformación en lo contrario" lo refiere a dos procesos: cambio en la modalidad de satisfacción pulsional: activa o pasiva y la inversión de contenido. La Transformación alcanza solo a los fines, del fin activo: atormentar – ver; se sustituye por el pasivo: ser atormentado – ser visto. Y la inversión de contenido se muestra en la transformación del amor en odio.
El segundo, "vuelta hacia la propia persona" referido al objeto de la pulsión, al lugar que el organismo del que parte la pulsión ocupa respecto a la satisfacción de la misma: sujeto u objeto. El masoquismo no es sino un sadismo dirigido contra el propio yo. Existe un goce activo de la agresión a la propia persona o la contemplación del propio cuerpo. Lo esencial es el cambio de objeto permaneciendo el mismo fin.
De la argumentación que utiliza para explicar estos destinos, dos cosas llaman la atención:
1.      Que no recurre a la pulsión oral ni a la pulsión anal que habían sido, precisamente, sus ejemplos princeps en los "Tres ensayos...". Quizás, por la importancia que tenía para él particularizar bien el montaje de la pulsión sexual, decidió no utilizar lo oral y lo anal porque en ellos la presencia de la necesidad es mucho más fuerte y difícil de delimitar. Las pulsiones sobre las que trabaja el texto son otras dos: la escópica y la manipulativa.
2.      Si bien enuncia los dos destinos como procesos distintos, recurre en ambos casos a las mismas dos pulsiones mencionadas para ejemplificar el proceso de transformación.
Para el par voyeurismo-exhibicionismo, el trastorno de actividad en pasividad lo enuncia como el paso del placer de mirar- voyeurista- al placer de ser mirado -exhibicionista; de la voz activa del verbo a la voz pasiva. Y la vuelta hacia la propia persona, la enuncia como el paso del placer de mirar a un objeto al placer que el exhibicionista tiene -como objeto de la mirada del otro- de la desnudez de su propio cuerpo, esto es, el paso del lugar de sujeto al lugar de objeto.
Para el par sadismo-masoquismo utiliza igual argumentación: respecto al cambio de actividad a pasividad: del placer de pegar al de ser pegado. Nuevamente, voz activa primero -sadismo- y pasiva después -masoquismo. Y la vuelta hacia la propia persona: del goce que el sádico, como sujeto obtiene de su acto al placer que el masoquista obtiene ubicado como objeto.
Sin embargo, es el primer par -mirar, ser mirado- el que le resulta un apoyo más importante, porque en él puede localizar, claramente, una etapa previa autoerótica -rasgo que había destacado como característico de las pulsiones sexuales- durante la cual, la satisfacción de la pulsión escópica se lleva a cabo con un objeto ubicado en el propio cuerpo -uno mismo mirando su miembro sexual- antes de que se ponga en juego un objeto distinto- uno mismo mirar objeto ajeno. Por otra parte, debemos señalar que, algunos años más tarde, en 1924, con su texto "El problema económico del masoquismo", Freud reformulará toda su concepción del par sadismo-masoquismo.
¿Cuáles son las dificultades que surgen en esta formulación? Freud mismo lo enuncia: "todas las etapas de desarrollo de la pulsión (tanto la previa autoerótica cuanto las conformaciones finales activa y pasiva) subsisten unas junto a las otras".
¿Cómo pensar entonces está convivencia entre lo activo y lo pasivo y también entre el lugar de sujeto u objeto de la pulsión, todo al mismo tiempo? Lacan resolverá esta cuestión apoyándose en el propio Freud cuando en 1964 aborde los "cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis".
1.      Si la pulsión es un empuje imparable, no es posible, pues, pensar una forma "pasiva" sino una forma reflexiva. No se trata tanto de pegar-ser pegado, o de mirar-ser mirado, como de pegar-hacerse pegar y mirar-hacerse mirar. Con esta estructura verbal se evidencia que masoquismo y exhibicionismo no sólo conllevan una clara actividad, sino que hay "una 'instrumentalización' del partenaire, un uso del mismo para servir a las finalidades de la pulsión;- como explica Miller- un hacer que el otro se mueva en beneficio del propio goce". Y, por esta misma razón, se evidencia que el masoquista no está frente al sádico en tanto objeto, como no lo está el exhibicionista frente a su partenaire.
2.      Pero, además, si la satisfacción es autoerótica, -la zona erógena es origen de la pulsión y, también, lugar de satisfacción- y el objeto se eclipsa tras la fuente, sólo se puede pensar la función del objeto como la de ser aquel que permite el recorrido. La pulsión surge de la fuente, de la zona erógena, bordea el objeto y regresa a la misma zona erógena, lugar de satisfacción. Lo activo y lo pasivo de Freud, el sujeto y el objeto no son más que el "trayecto de la pulsión", su recorrido, su trazado para la satisfacción. Lo prototípico de la pulsión tiene que ver con un trazado. Es la forma de ese recorrido de ida y vuelta.
Respecto de la satisfacción: estrictamente no es que llegue a su fin (y en él se satisfaga) ¿Cómo se explica sino la sublimación que es una satisfacción pulsional inhibida en su fin? Esto es: que si bien no alcanza su fin encuentra la forma de satisfacción. La sublimación no deja de ser satisfacción de la pulsión y ello sin represión. Hablar y hablar de coger puede tener la misma satisfacción que hacerlo. Más aún: tal vez la satisfacción no esté en el acto realizado (mucho bla-bla y pocas nueces) pero, quizá así satisface “a” algo. “No se contentan con su estado, pero a pesar de todo, estando en ese estado tan poco contentador, se contentan. Toda la cuestión radica justamente en saber qué es ese se que ahí es contentado.
Tanto esfuerzo, tanto trabajo, justifica nuestra intervención: “¡Hay otras vías más cortas!” Asombra el exceso de trabajo para alcanzar el fin de satisfacer a “algo” (eso) por la vía del displacer.

Diremos que la pulsión es un montaje que se satisface en su vuelta (traza, recorrido) Desde el principio Freud nos presenta como evidente el que ninguna parte de este recorrido puede ser separada de su ir y volver, de su reversión fundamental, del carácter circular del recorrido de la pulsión. Si la pulsión puede satisfacerse sin haber alcanzado lo que, con respecto a un fin biológico, sería la satisfacción es su finalidad de reproducción, se debe a que es pulsión parcial y que su fin no es otro que ese retorno en circuito.

Resumiendo: las pulsiones, como una estructura ligada a las tensiones que generan, le plantean al aparato psíquico una exigencia de trabajo. Son fuerzas constantes de las que el organismo no puede huir, no puede protegerse y poseen un carácter irrepresible.  ¿Cómo concibe Freud en este nivel al aparato psíquico? No debe ser entendido como algo que se ejerce en el organismo como totalidad.

Las mociones pulsionales alcanzan al sistema nervioso. De acuerdo al postulado freudiano el sistema nervioso debe ser considerado como un sistema de control de estímulos, que está destinado a asegurar cierta homeostasis en las tensiones internas. El principio que lo rige es el principio del placer. Las pulsiones, dice Freud, fuerzan al sistema nervioso a renunciar a su propósito ideal de mantenerse alejado de los estímulos y en parte son el motor del progreso del sistema.

La sexualidad en los desfiladeros del significante. J. Lacan Seminario 11 Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis (Extractado del mismo)  

“La libido es la presencia efectiva, como tal, del deseo. Está ahí al nivel del proceso primario y gobierna el modo mismo de nuestro acceso.
Sostengo que es al nivel del análisis, que debe revelarse lo que pasa con ese punto nodal por el que la pulsación del inconsciente está ligada a la realidad sexual. Este punto nodal se llama el deseo.
Sólo la presencia del sujeto que desea y que desea sexualmente, nos proporciona esta dimensión de metáfora natural, de donde se decide la pretendida identidad de percepción.
Freud mantiene la libido como el elemento esencial del proceso primario. Lo cual quiere decir que en la alucinación, la alucinación más simple de las necesidades: la alimenticia, no hay pura y simple presentificación de los objeto de una necesidad. Solo a causa de la sexuación de esos objetos es posible la alucinación del sueño, pues pueden observarlo en el sueño de la hija de Freud, la pequeña Ana solo alucina objetos prohibidos. Desde el punto en que el sujeto desease da la connotación de realidad en la alucinación. Y si Freud opone el principio de realidad al principio de placer es, precisamente, en la medida que la realidad allí se define como desexualizada. El acceso de la realidad implica una desexualización.

Desmontaje de la pulsión

La experiencia clínica nos muestra la pulsión con su carácter de irreprimible.
La pulsión no es la presión. El Trieb no es el Drang.
Freud dice que hay que distinguir cuatro elementos en la pulsión: El Drang, la presión, el Quelle, la fuente, el objekt, el objeto, el Ziel, el fin. La pulsión es un Grundbegriff, un concepto fundamental.
Estos cuatro términos sólo pueden aparecer disjuntos.
La presión es una tendencia a la descarga. Que se produce a causa de un estímulo: Reitz, la excitación. No es del mundo exterior sino que es interna.
El Trieb no es la presión de una necesidad al modo del hambre o la sed. ¿Irrumpe aquí lo real? No. El Real Ich se concibe como sostenido, no por el organismo entero, sino por el sistema nervioso. Subrayo los caracteres de superficie de este campo al tratarlos topológicamente. Es por el Triebreiz que ciertos elementos de este campo son triebbesetz, catectizados pulsionalmente. Esta catexis nos sitúa en el terreno de una energía potencial, pues la característica de la pulsión es la de ser una fuerza constante. No se trata de energía cinética. No se trata de función biológica, la cual tiene siempre un ritmo. Es una fuerza constante.
La Befriedigung, la satisfacción de la pulsión. Eso a lo que satisfacen por la vía del displacer, es asimismo –además es comúnmente aprobado- la ley del placer. Satisfacción paradójica. En Freud es bajo esta forma que aparece lo real, a saber, el obstáculo al principio del placer. Lo real se distingue por su separación del campo del principio del placer, por su desexualización. La pulsión al apresar su objeto aprende en cierta manera que no es justamente por ahí que se satisface. Pues si distinguimos, la necesidad de la exigencia pulsional, es precisamente porque ningún objeto de ninguna necesidad puede satisfacer la pulsión.
Al seno (pecho) en su función de objeto, de objeto a causa del deseo, debemos dar una función tal que podamos señalar su sitio en la satisfacción de la pulsión.
La pulsión hace su vuelta por sobre este. Trazado del acto.





[1] Merece destacarse el carácter de “construcción auxiliar”  -como Freud nombra a las especulaciones teóricas desarrolladas en relación a un momento de interrogación en relación a la clínica-. “Solo después de una más profunda investigación del campo de fenómenos de que trate resulta posible precisar más sus conceptos fundamentales científicos y modificarlos progresivamente, de manera a extender en gran medida su esfera de aplicación, haciéndolos así irrebatibles. Este será el momento de concretarlos en definiciones.”

CLASE Nº 7


Clase N° 7 Texto: LO INCONSCIENTE - S. Freud – (1915)

Antes de comentar el texto freudiano Lo inconsciente, tengamos en cuenta que:
El inconsciente es un discurso que fue pronunciado “en persona” en la primera sobre todo. Es muy probable que haya sufrido modificaciones debidas a la represión, otras las sufre con ocasión del retorno a la conciencia por la labor de la censura. Así pues, resulta difícil conocer su naturaleza propia a través de las solas categorías conceptuales que poseemos. El inconsciente se halla, sin embargo, integrado en la totalidad de la persona y contiene los actos y pensamientos del YO en su historia”.
“El inconsciente se compondría más bien de fonemas o grupos de de fonemas, que entrarían en la constitución de palabras, y luego de fantasmas inconscientes donde estarían vinculados a representantes de cosa o imágenes.
Este inconsciente elemental sería radicalmente inaccesible e intraducible como tal en el lenguaje consciente.
El problema del retorno de significantes reprimidos se relacionaría con una capa menos “profunda” del inconsciente y las palabras-encrucijada (puente) constituirían la línea de separación entre el inconsciente inaccesible y el preconsciente.
Son desde luego fonemas los que fijan las conmociones pulsionales (goce) y se convierten, entre otros, en los primeros representantes de la pulsión. Entre otros, en efecto, los elementos de lenguaje son redoblados por impresiones visuales (imágenes) cenestésicas, táctiles, olfativas, bajo la forma de experiencias sensoriales de diferencia. El inconsciente, se halla constituido, entre otras cosas, por elementos del lenguaje, por imágenes acústicas.”

LO INCONSCIENTE  


La esencia del proceso de represión es la de impedir que devenga conciente una representación representante de la pulsión.
Todo lo reprimido tiene que permanecer inconsciente, pero lo reprimido no es todo lo inconsciente. Lo reprimido es una parte de lo inconsciente.
Conocemos lo inconsciente solo como consciente, una vez que experimentó una trasposición o traducción a lo consciente.
La traducción es posible siempre que el analizado venza ciertas resistencias (las mismas que convirtieron a eso en reprimido por rechazarlo la conciencia).
Reformulemos la primera afirmación: La esencia de la represión es impedir que una representación devenga conciente, vale decir: que se lea la trasposición, la traducción.
II.- Multivocidad de lo inconsciente y punto de vista tópico:
Establece una diferencia: Lo inconsciente abarca, por un lado, actos que son apenas latentes, inconscientes por un tiempo, pero en lo demás no se diferencian en nada de los conscientes; y por otro lado, procesos como los reprimidos, que si devinieran conscientes, contrastarían notoriamente con los otros procesos conscientes.
Propone luego una forma de escritura para distinguir cuándo utilizamos el término consciente o inconsciente en el sentido descriptivo o sistemático, dirá entonces de escribir Cc para la instancia Conciencia, e Icc para el sistema inconsciente.
Entre el sistema inconsciente y el consciente estable una “frontera” llamada censura, la que deniega (reprime) el paso de los contenidos inconscientes a la conciencia. Si “pasa” al segundo sistema, no es aun consciente sino susceptible de conciencia. Dirá que permanece en el Prec, el cual participa de las propiedades del sistema Cc.
Encontramos entonces una censura rigurosa en el pasaje del Icc al Prec.
¿Existen dos inscripciones? Dirá que consideraremos que la fase Cc de la representación significa una nueva trascripción de ella situada en otro lugar. Posibilita que una representación esté presente al mismo tiempo en dos lugares del aparato y aun de que no pierda su primer emplazamiento en caso de paso de sistema.
La cancelación de la representación sobrevendrá cuando la representación consciente, tras vencer las resistencias, entre en conexión con la huella mnémica inconsciente.
Superficialmente podríamos suponer que representaciones concientes e inconscientes son trascripciones diversa, y separadas tópicamente, de un mismo contenido. Esto es aparente. El tener oído y el tener vivenciado son por su naturaleza psicológica, dos cosas diferentes, aunque posean un mismo contenido.
III.- Sentimientos inconscientes:
Una pulsión nunca puede ser objeto de la conciencia; solo puede serlo la representación que es su representante.
Tampoco en lo inconsciente puede estar representada si no es por la representación. Si la pulsión no se adhiere a una representación, ni nos percatáramos de ella como un estado afectivo, nada sabríamos de ella.
Puede ocurrir que una representación pulsional sea reprimida, quedando su moción de afecto enlazada (desplazada) a otra representación; y así anoticiarse la conciencia al exteriorizarse (mal apreciada por la conciencia en su acceso a esta).
El afecto nunca es reprimido (y por ende inconsciente). Si lo es la representación.
Tres son los destinos: el afecto persiste –en un todo aparte- investido a otras representaciones; o es mudado en otro cualitativamente diverso (principalmente angustia) debido que los afectos vagan “desamarrados” sin armar lazo con representantes. La angustia constituiría el conjunto de las cargas afectivas sin objeto que hace irrupción o irrumpen en la conciencia; o es sofocado: se estorba su desarrollo; siendo ilocalizable por ello. La sofocación del desarrollo del afecto es la meta genuina de la represión y su trabajo queda inconcluso cuando no se logra.
No obstante dentro del sistema Icc puede haber formaciones de afecto que al igual que las representaciones devengan concientes. La diferencia está en que las representaciones son investiduras –en el fondo de huellas mnémicas- mientras que los afectos y sentimientos corresponden a procesos de descarga cuyas exteriorizaciones últimas se perciben como sensaciones.
La represión puede inhibir la trasposición de la moción pulsional en una exteriorización de afecto. La represión entonces, coarta no solo la conciencia, sino el desarrollo del afecto y la puesta en marcha de la actividad muscular.
Una nota al pie aclara que la afectividad se exterioriza esencialmente en una descarga motriz (secretoria, vaso motriz) que provoca una alteración (interna) del cuerpo propio sin relación con el mundo exterior; la motilidad, en acciones destinadas a la alteración del mundo exterior.
Es posible que el desprendimiento de afecto parta directamente de lo Icc, en cuyo caso tiene siempre el carácter de angustia. Pero con frecuencia la moción pulsional aguarda hasta encontrar una representación sustitutiva en el interior del sistema Cc.  Un afecto no hace aparición hasta que no ha consumado la irrupción en un subrogado del sistema Cc.
IV.- Tópica y dinámica de la represión:
La represión es un proceso que se cumple sobre representaciones en la frontera de los sistemas Icc y Prec (Cc). Se trata de una sustracción de investidura.
La representación reprimida sigue teniendo capacidad de acción dentro del Icc; puesto que se sustrajo la investidura pre(conciente) que pertenece al sistema Prec.
Hay sustracción de la investidura preconciente, conservación de la investidura inconsciente o sustitución de la investidura preconciente por una inconsciente.
La mencionada sustracción no funcionaría cuando estuviera en juego la figuración de la represión primordial (primaria), ya que en este caso la represión inconsciente no ha recibido aun investidura alguna del Prec. Conjeturamos una contrainvestidura, mediante la cual el sistema Prec se protege contra el asedio de la representación inconsciente. Contrainvestidura que opera en el interior del sistema Prec. Es el único mecanismo de la represión primaria; en la represión propiamente dicha (esfuerzo de dar caza) se suma la sustracción de la investidura prec. Y posiblemente la investidura sustraída se aplique a la contrainvestidura. Podemos sustituir investidura por libido, pues se trata de las pulsiones sexuales.
El papel de la contrainvestidura es nítido en la histeria de conversión, sale a la luz en la formación de síntomas. La contrainvestidura selecciona un fragmento de la agencia representante de pulsión sobra la cual concentra toda la investidura de seta última. Este fragmento escogido como síntoma expresa tanto los deseos de la moción pulsional como los afanes defensivos o punitorios de la Cc.
V.- Propiedades del sistema Icc:
El núcleo del Icc consiste en agencias representantes de pulsión que quieren descargar su investidura; por tanto, en mociones de deseo. Estas están coordinadas entre sí, subsisten unas junto a otras sin influirse y no se contradicen entre ellas. Dos mociones inconciliables conforman una meta de compromiso.
No existe negación, duda ni certeza. Esto lo introduce el trabajo de la censura entre Icc y Prec. No hay contenidos investidos con mayor intensidad.
Por el proceso de desplazamiento una representación puede entregar a otra todo el monto de su investidura; y por el de condensación, puede tomar sobre sí la investidura íntegra de muchas otras. Estas transformaciones (trabajo) constituyen el Proceso Primario. Dentro del sistema Prec rige el Proceso Secundario.
Los procesos Icc son atemporales, inmodificables. No reconocen miramiento por la realidad. Solo sometidos al principio de placer.
Una acotación a pie de página dirá que el acto inconsciente tiene sobre los procesos somáticos una intensa influencia plástica que nunca posee el acto conciente.
VI.- Comercio entre los dos sistemas:
El Icc es algo vivo, susceptible de desarrollo que mantiene relaciones con el Prec.
El Icc se continúa en sus retoños, influye de continuo sobre el Prec y a su vez está sometido a influencia por parte de este. Esto habilita la posibilidad de tratamiento psicoanalítico.
Los retoños presentan una alta organización, exentas de contradicción, aprovechan las adquisiciones del sistema Cc. Por otro lado son inconscientes e imposibles de advenir conscientes.  Mestizos, de esta clase son las formaciones de la fantasía propias de las etapas previas en la formación del sueño y la del síntoma, permaneciendo como tales reprimidas e inconscientes. Se aproximan a la conciencia pero son nuevamente rechazadas.
Otros retoños del Icc de alta organización son las formaciones sustitutivas, las que sí irrumpen en la conciencia.
Situamos una nueva censura entre Prec y Cc.
Los retoños del Icc devienen concientes como formaciones sustitutivas y como síntomas, por lo regular tras grandes desfiguraciones respecto de lo inconsciente, aunque conservando caracteres que pueden invitar a la represión.
La primera censura funciona contra el Icc mismo, en la frontera del Prec; la segunda contra los retoños prec de él.
VII.- El discernimiento de lo inconsciente:
La investidura de objeto persiste en el interior del sistema Icc a pesar de la represión –m{as bien a causa de ella- Y sin duda la capacidad para la transferencia que en estas afecciones aprovechamos terapéuticamente, presupone una imperturbada investidura de objeto.
En el caso de la esquizofrenia, en cambio, se nos impuso el supuesto de que tras la represión la libido quitada no busca un nuevo objeto sino que se recoge en el yo; se resigna las investiduras de objeto y se reproduce un estado de narcisismo primitivo, carente de objeto. Vemos la dificultad para la transferencia en estos pacientes, su retraimiento del mundo exterior, los signos de una sobre investidura del yo propio, la apatía en que desemboca el proceso, todos estos caracteres parecen armonizar perfectamente con el supuesto de una resignación de las investiduras de objeto.
En la esquizofrenia se exterioriza como consciente mucho de lo que en la neurosis de transferencia solo puede pesquisarse del Icc por medio del psicoanálisis.
En la esquizofrenia se observa –en estadios iniciales- una serie de alteraciones del lenguaje. El modo de expresarse es a menudo cuidadoso, rebuscado, amanerado. Las frases sufren una particular desorganización sintáctica que las vuelve incomprensibles. Pasa al primer plano una referencia a órganos o inervaciones del cuerpo.
Menciona luego a una joven atendida por el Dr. Tausk quien se queja luego de discutir con su amado: Los ojos no están derechos, están torcidos (verdrehen). Aclara la frase poniendo en relación una serie de reproches hacia este: “Ella no puede entender que a él se lo vea distinto cada vez; es un hipócrita, un torcedor de ojos (Augenverdreher, simulador), él le ha torcido los ojos, ahora ella tiene los ojos torcidos, esos ya no son más sus ojos, ella ve el mundo ahora con otros ojos”.
Estas aclaraciones respecto del dicho inicial, incomprensible, tienen el valor de una interpretación analítica, pues contienen el equivalente de ese dicho en giros expresivos ahora si comprensibles; aclarando además sobre la génesis de la formación léxica esquizofrénica. La relación con el órgano (ojos) se ha constituido en el subrogado de todo el contenido (de sus pensamientos). El dicho esquizofrénico tiene un sesgo hipocondríaco, ha devenido lenguaje de órgano.
Notamos que en la esquizofrenia, las palabras son sometidas al mismo proceso que desde los pensamientos oníricos latentes crea las imágenes del sueño, (proceso primario). Son condensadas y por desplazamiento se transfieren unas a otras sus investiduras completamente. Al punto que una sola palabra, que resulta la apropiada por distintas razones, toma sobre sí el subrogado de una cadena de pensamientos.
El sustituto guarda relación homofónica o puede tomarse al pie de la letra (“colgate”), no por el parecido de la cosa designada.
La investidura de las representaciones-palabra de los objetos se mantiene. La representación objeto consciente se descompone en la representación-palabra y en la representación cosa, que consiste en la investidura, si no de la imagen mnémica directa de la cosa, al menos de huellas mnémicas más distanciadas, derivadas de ella.
La diferencia entre una representación consciente y otra inconsciente entonces, consiste en que la representación consciente abarca la representación-cosa más la correspondiente representación palabra, y la inconsciente es la representación-cosa sin enlace a la representación palabra. El sistema Icc contiene las investiduras de cosa de los objetos, que son investiduras de objeto primeras; el sistema Prec nace cuando esa representación-cosa es sobreinvestida por el enlace con las representaciones palabra que le corresponden. Estas sobre-investiduras producen una organización psíquica más elaborada, relevando al proceso primario por el secundario que gobierna en el Prec.
Se entiende que el enlace con representaciones –palabra no coincide todavía con el devenir consciente, sino que se encuentra “en posibilidad” de esto, como corresponde a los contenidos del Prec.

Algunas consideraciones desde la conceptualización lacaniana[1]
“En “La instancia de la letra…” Lacan nos está diciendo que si el analista puede alcanzar, porque aprende a leer, lo que primero dice su paciente, puede contribuir a que algo del dolor disminuya, puede contribuir a un efecto de libertad. El texto comienza planteando que hay una diferencia entre el escrito y el habla. Y dice: este texto estará a medio camino. Lo escrito se distingue en efecto por una preeminencia del texto (…) factor del discurso.
El texto, el escrito, es segundo respecto de la palabra. Si el analista lee algo, es porque el inconsciente que habla lo produce como letra.
La letra implica una temporalidad de paréntesis, un momento en el que es necesario detenerse para escribir. La letra tiene su cualidad específica: se presenta como algo que reenvía al registro de lo mismo; se distingue así del tiempo del significante, que en su repetición introduce la diferencia.
“Designamos como letra ese soporte material que el discurso concreto toma del lenguaje”. De modo que el discurso aporta el soporte material y de allí resulta lo que llamamos “letra”.
Señala Lacan: esta estructura del lenguaje que hace posible la operación de la lectura, está en el principio de la significancia del sueño, de la Traumdeutung.
Hablar de significancia es recordar que se trata del texto, no solo del significante, sino también de la letra.
Hablar de letra no es solo hablar del significante, sino del significante en relación con el goce. Los analistas nos dedicamos a la letra por cuanto no nos dedicamos al significante sino en tanto aparato de goce. Nuestro aparato de goce es el saber significante.
Queda por saber cómo el inconsciente, que yo digo es efecto de lenguaje por el hecho de que supone su estructura como necesaria y suficiente, comanda esta función de la letra (Lacan, 1971)
El inconsciente estructurado como un lenguaje comanda la función de la letra; queda por saber cómo. Leemos a la letra, pero sabiendo que esa letra es un efecto del inconsciente que la comanda. Señala Lacan cuando se ocupa del esquema del peine, que la huella mnémica no es inconsciente. Subraya entonces que “la escritura no es la impresión”. La letra se instituye cuando la imagen, a título de huella, se borra.
La escritura, la letra es en lo real, y el significante en lo simbólico.
Cuando la letra retorna como trazo, además de inscribir al sujeto, conmemora el goce perdido. Dirá: “El escrito (…) es el retorno de lo reprimido”. Es decir, si el inconsciente comanda la letra, el escrito es el retorno de lo reprimido.  “Es en tanto que letra que lo más a menudo al significante reprimido lo veo retorna (…) La letra retorna (…) para marcar un lugar, el lugar de un significante”.
 La letra retorna, está comandada por el inconsciente, es la huella mnémica de un goce perdido y da lugar a un significante.




[1] El presente armado es un extracto del libro Las letras del análisis ¿Qué lee un psicoanalista? De Isidoro Vega; Editorial Paidós.

CLASE Nº 6

La presente es la reproducción de la Publicación en Revista Docta, Año 2, Nº 1, Asociación Psicoanalítica de Córdoba 2004 "Cultura, identidad y pertenencia".


Docta - Revista de Psicoanalisís - Editada por la Asoc. Psicoanalítica de Córdoba
Año 2/ Otoño-Invierno 2004
De intérpretes, oráculos y traductores: La interpretación en psicoanálisis

Simbolizaciones de transición: Una clínica abierta a lo real
Silvia Bleichmar

Las oscilaciones entre un endogenismo para el cual el psiquismo humano forma parte de una suerte de preformado provisto de sistemas representacionales existentes desde el nacimiento - o incluso anteriores a él, sea biológico o estructural - y el sociologismo historicista que propician algunas corrientes actuales del psicoanálisis para las cuales los nuevos modos de la realidad destituyen gran parte de los enunciados vigentes desde los comienzos mismos de las formulaciones freudianas, nos obligan a reubicar las impasses y dificultades que arrastramos en nuestra teoría y sus consecuencias para una práctica clínica que no ceda a la presión de la época pero que al mismo tiempo no se aferre obstinadamente a sus propias dificultades internas.

Mi propia perspectiva de trabajo se ha desplegado, desde hace años, en la búsqueda de una racionalidad mayor para la práctica clínica, en principio a partir del psicoanálisis con niños, pero luego en razón de que - como ha ocurrido históricamente - los descubrimientos que los campos "de frontera" ofrecen y las nuevas preguntas que plantean hacen entrar en crisis las afirmaciones vigentes en el corazón mismo de la teoría, en el corpus más general de la teoría y la práctica psicoanalíticas.

En función de ello, la idea de un aparato psíquico abierto a lo real, constituido a partir de inscripciones provenientes del exterior y sometidas constantemente a su embate ha sido una preocupación central en mi tarea y en la generación de nuevas herramientas para su abordaje. Ello a partir de los comienzos mismos de mi trabajo, sobre la base del descubrimiento de las limitaciones del concepto de "interpretación" en razón de que las representaciones que producen el sufrimiento psíquico no son todas - ni en ciertos casos la mayoría - del orden de lo secundariamente reprimido, vale decir constituidas a partir de la descualificación del código de la lengua en la cual estaban insertas y recuperables así mediante la libre asociación.

Esta diferenciación fue plasmada en la conceptualización ofrecida en La fundación de lo inconciente , en particular cap.2 y 3 - donde lo "arcaico" y lo "originario" responden a dos modos del procesamiento psíquico y definen dos formas de intervención en función de que lo arcaico es lo nunca tramitado en lenguaje en sentido estricto, en el interior del código, ensamblado al doble eje de la lengua, expulsado del preconciente, fijado al inconciente, sino que opera como fragmento de realidad psíquico en el sentido más estricto, adherido a lo vivencial, inscripto pero no articulado en alguno de los dos sistemas que se rigen por legalidades y contenidos diferenciados.

Apelé en su momento, entonces, a la carta 52 de Freud - hoy 112 en la nueva edición - para dar cuenta de la posibilidad de rastrear un modo de inscripción no transcribible, llamado en los comienzos de la obra "signos de percepción", y dar cuenta de que estos signos de percepción no son necesariamente los más antiguos que conserva el aparato psíquico sino que pueden producirse a lo largo de la vida como materialidad irreductible a todo ensamblaje a partir de ser producto de experiencias traumáticas inmetabolizables.

Busqué definir, desde la semiótica, y siguiente la obra de Pearce, el carácter de "indicio" de estos signos de percepción, partiendo de la idea de que la lingüística es insuficiente para abarcar el conjunto heterogéneo de representaciones que constituyen el psiquismo, sabiendo que este no se reduce a lo visual, ni mucho menos a lo vivido, y que es un concepto que sólo es aplicable en el interior de la práctica del develamiento del sentido, o de la construcción del sentido - en nuestro caso la práctica clínica - y no un concepto metapsicológico.

Dicho de otro modo: el concepto de "signo de percepción" es un concepto psicoanalítico, metapsicológico, que da cuenta de los elementos psíquicos que no se ordenan bajo la legalidad del inconciente ni del preconciente, que pueden ser manifiestos sin por ello ser concientes, que aparecen en las modalidades compulsivas de la vida psíquica, en los referentes traumáticos no sepultables por la memoria y el olvido, desprendidos de la vivencia misma, no articulables. Gran parte de los objetos de la pulsión - en su contingencia -, de los modos fijados de las compulsiones, de los elementos discretos - en el sentido matemático, desprovistos de contigüidad - que aparecen como representaciones sobre las cuales no son posibles las asociaciones, son de este orden. Es una ilusión del psicoanalista creer que todo aquello sobre lo cual la asociación se imposibilita es efecto de la resistencia: se trata, en la mayor parte de los casos, de elementos sobre los cuales la asociación es imposible porque se ven desligados, en cuyo caso el modo de operar debe ser diferente, y a ello me referiré más adelante.

Pero el indicio, en términos de Peirce, no es equivalente al signo de percepción. Alude a un método de lectura de la realidad, no a su inscripción [1]. Siguiendo el modelo popularizado con el cual el texto de Carlo Guinsburg trabajó la relación existente entre el método de Freud y el de Conan Doyle, creador de Sherlock Holmes, y sus orígenes en Giovanni Morelli, investigador acerca de la autenticidad de las obras de arte, se trata de la elaboración de hipótesis a través de elementos que intentan dar cuenta de una conexión que los hace probables como explicación de la génesis de un hecho. Si Sherlock Holmes puede saber que la huella de los pies en la tierra da cuenta del paso de un rengo, por la diferencia de impresión entre uno y otro pie, y articular una hipótesis a partir de ello, y Giovanni Morelli podía detectar la falsedad de una obra de arte no por su aspecto general sino porque era en las orejas o en las manos de los personajes representados donde buscaba el detalle que permitía rubricar realmente que había sido pintada por quien firmaba, es porque, en ambos casos, cada uno de ellos sabía lo que buscaba. Del mismo modo Freud puede encontrar el sentido del sueño buscando a través de las asociaciones y reconstruir el deseo inconciente, o articular en el caso Hans que el caballo temido corresponde a aquel del carruaje que lo llevó a Gmunden cuando la madre estaba embarazada, y que el freno que lo angustia es un desplazamiento del bigote del padre amado y odiado simultáneamente.

A diferencia del símbolo, siguiendo la clasificación de Peirce, lo que caracteriza al indicio es que no hay, a su respecto, regla de interpretación, no hay "interpretante", no es triádico. En el caso del símbolo existe el elemento presente, aquel al cual remite, y un tercero que permite su interpretación. Hay allí convención posibilitadora del sentido, por eso el signo lingüístico es el prototipo del símbolo - sabemos que esto no es así en Saussure ni en Piaget, para quienes la diferencia entre signo y símbolo pasa por la arbitrariedad de la relación establecida. El índice - o indicio - está en contigüidad con el objeto, es, podríamos decir hoy, metonímico, pero a diferencia del ícono, no representa al objeto, sino que da cuenta de su presencia (en el caso de los íconos, pensemos en el sistema de señalización de rutas, con sus dibujitos que dan cuenta de las curvas, la presencia de animales, o el riesgo de deslave, y que está a mitad de camino entre algo que conserva siempre un atributo del objeto en su grafía pero que puede ser leído dentro de un universo compartido y tomar carácter simbólico.

El indicio, por su parte, no puede ser más que entendido término a término, dentro de una cadena singular de elementos. Si las huellas del caballo en la nieve señalan, como lo refiere Umberto Eco en El nombre de la rosa, que por allí pasó recientemente un jinete, esto alude a ese jinete en particular, a esa circunstancia, y sirve como hipótesis sobre lo ocurrido en esta circunstancia. Del mismo modo operan los objetos autoeróticos: desprendidos del objeto de placer, restos de la presencia del agente sexualizante, no lo representan, y por eso no son símbolos que puedan ser interpretados como búsqueda de aquél. El niño que se chupa el dedo no quiere el pecho de la madre, quiere los restos del cuerpo primordial que reencuentra en ese dedo; el objeto no es metafórico, sino metonímico.

Por ello el método de "interpretación" - y va entre comillas luego veremos por qué - no puede ser ni inductivo ni deductivo, sino la abducción, que consiste en el establecimiento de la relación término a término, y que tiene carácter hipotético: Es probable que, si estas huellas existen, por acá haya pasado un caballo. La construcción freudiana, en última instancia, tiene algún tipo de relación con este método abductivo: "Posiblemente cuando su hermana nació Ud. sintió que..." "Probablemente cuando Ud. pasó ese verano en Gmunden - Freud le podría interpretar a un hipotético Han adulto - Ud. haya visto a sus padre tener relaciones sexuales, sus piernas agitándose como las del caballo del carruaje que lo llevó el año siguiente con su madre embarazada..."

Para Aristóteles, la abducción consistía en un silogismo cuya premisa mayor era verdadera pero la segunda probable, definida como verosímil, no verdadera. Para Peirce, la abducción es la hipótesis que implica mayor racionalidad posible: descartado lo imposible, lo verosímil puede ser verdadero. Dicho en sencillo: "Si el dinero no vuela solo, y acá sólo estuvo mi primo Pancho, por muy horrible que sea, debo pensar que él se lo llevó" - lo cual no es necesariamente verdadero, hasta que se demuestre.

Pero dije antes que es necesario separar el modelo indiciario en su conjunto, que bien puede aplicarse a organizaciones de símbolos, para buscar la función que puede ocupar en psicoanálisis cuando se trata de concebir al signo de percepción como un índice o indicio. Tal como lo ha señalado Ginsburg, tanto Morelli como Conan Doyle y Freud tienen formación médica. En los tres casos el modelo médico, el modelo de la sintomatología médica, implica, como método, la utilización de aquello que permite diagnosticar algo inaccesible a la observación directa, sobre la base de síntomas superficiales, signos y señales a veces irrelevantes a los ojos del profano. El cazador prehistórico se basaba en indicios para detectar la presencia de su presa. A partir de indicios, señales, huellas, rastros, olores, plumas, pelos, podía conjeturar qué pasó por allí y, sumando los datos que iba obteniendo, determinar quién pasó por allí y los peligros o riesgos que implicaba para él, el acceso a esa presa. Se trata de un registro, interpretación y clasificación de datos, pero de datos que son escogidos desde algún lugar, desde una óptica particular que permite acceder al objetivo, que es el armado de hipótesis.

El modelo indiciario no es, necesariamente, el que permite la interpretación del indicio cuando estamos ante elementos que no han sido leídos previamente ni tipificados en un código. Supongamos un cazador que encuentra huellas de un animal que nunca conoció: puede tener el método, pero no puede, en modo alguno, acceder al conocimiento del animal. Más aún, puede suponer que por el tamaño de la huella está ante un pequeño ejemplar, o por el contrario ante uno grande, lo cual no es necesariamente así si se tratara de una especie absolutamente desconocida, incluso no definida por las legalidades conocidas hasta el momento. Las huellas, por otra parte, no le permiten conocer ni el color ni el tipo de membrana envolvente, ni tampoco la velocidad o ritmo de su marcha. En fin, el cazador, lo único que sabrá, es que por allí pasó un animal, e incluso no sabe todavía si es su presa o su cazador.

El ejemplo sirve para marcar la cuestión relativa a los signos de percepción, cuya proveniencia es metonímica y no metafórico de lo real. Me veo obligada, en este punto, de introducir algunas consideraciones sobre la cuestión de la realidad en psicoanálisis para que se entienda el tipo de materialidad que pretendo abordar. Pero para no dispersar al interlocutor pido que sólo se siga el razonamiento y se piense en la validez de un modo de abordaje necesario sobre el cual me extenderé en las próximas líneas.

Dije anteriormente que no siempre las representaciones que emergen, aquellas que se producen particularmente con carácter compulsivo o que llevan a fijaciones en el sentido de operar como atractores libidinales son del orden de lo reprimido sino que pueden tener un estatuto que he denominado de carácter "arcaico". Se trata de modos de representación que no están fijadas a ningún sistema psíquico, que transitan por el aparato sin ser concientes y al mismo tiempo no tienen estatuto de reprimidas, tal como las "reminiscencias", que eran recuerdos, decía Freud, cortadas de su enlace, y provenientes de situaciones traumáticas. Es necesario tener estos dos rasgos en cuenta para entender el carácter que asumen este tipo de formación representacional: no están fijadas por la memoria, sino que el sujeto se ve "fijado" a ellas, y no son ublicables en sus nexos de origen. Esta es la razón porque no son, en sentido estricto, recuerdos, sino "huellas mnémicas", ya que no hay sujeto que recuerda sino presencia de lo acaecido procesado por el psiquismo. En este caso la represión no ha podido sepultar al inconciente los restos de lo traumático, que continúan investidos y operando, y que llevan a Freud a reconceptualizarlos en 1920 bajo uno de los modos de concebir la operancia de la pulsión de muerte como desligazón - desde una perspectiva mucho más fecunda y racional que la del retorno a lo inorgánico en contigüidad con la metabiología ferencziana - y se hace más que evidente, en el trabajo clínico, la necesidad de retomar la premisa formulada en La interpretación de los sueños al referirse a algo de este orden, cuando se afirma que en algunos casos el sentido de la terapia analítica es lograr el olvido - agregaríamos, por nuestra parte, no bajo el ejercicio de la represión, sino de la ligazón, del ensamblaje, que posibilita su desinvestimiento.

Las asociaciones se ven imposibilitadas, como sabemos por nuestra práctica, para dar cuenta de estos fragmentos representacionales o de estos modos de compulsión repetitiva que se manifiestan de diversos modos. Y sólo la ilusión de que todo lo que aparece en el psiquismo tiene un sentido inconciente, vale decir puede ser ligado a otro elemento que lo signifique, ha propiciado el método simbólico de interpretación que cae cuando ya no se sostiene el universalismo biologista que se manifiesta como paralelismo psicofísico representacional - teoría de la delegación - o el ahistoricismo estructuralista. Pero es indudable que desde los comienzos del psicoanálisis la teoría simbólica de la interpretación, que se sostuvo ante la carencia de asociaciones llegando incluso a reemplazarlas, vino a llenar una necesidad de sentido cuando este no puede ser construido en el proceso asociativo a partir de la interrupción de toda conexión del material lenguajero.

Es que estos elementos, si bien pueden ser puestos en lenguaje, están desconectados de su producción misma, dado que, a diferencia del síntoma o del fantasma, de las llamadas formaciones del inconciente que se caracterizan por ser transaccionales y estar habitadas por el lenguaje, sólo son de lenguaje como forma de captura y no como forma de producción. Dicho de otro modo: que alguien sepa que no deja de tener una atracción irresistible por un determinado rasgo que puede ser del orden de la condición fetichista no quiere decir que el fantasma que lo produce esté inscripto lenguajeramente y reprimido a posteriori. Incluso en ciertos trastornos de género que aparecen antes del establecimiento de la diferencia sexual anatómica, y que no pueden ser considerados del orden del trasvestismo clásico sino como intento de restitución en la superficie del cuerpo de la membrana faltante que posibilita la identificación primaria, no pudiendo ser interpretados, en sentido clásico, como renegatorios de la castración.

Pero aún ante situaciones cotidianas, habituales en nuestra práctica, los modos de interpretación simbólica obturan la posibilidad de establecer un nexo más profundo, más articulado con lo vivenciado, cuando se parte de generalizaciones en lugar de buscar, de modo abductivo, la forma de establecer un tejido simbólico capaz de entramar lo desgarrado. Es en este punto quisiera introducir el concepto de simbolizaciones de transición, cuyo sentido es posibilitar un nexo para la captura de los restos de lo real, y que tiene por sentido permitir la apropiación de un fragmento representacional que no puede ser aprehendido por medio de la libre asociación, cuya significación escapa e insiste en muchos casos de modo compulsivo, y que a diferencia de la construcción - aún cuando en el límite mismo opere la teoría - se caracterizan por el empleo de auto-transplantes psíquicos, vale decir de la implantación de contextos que han sido relatados o conocidos en el interior del proceso de la cura pero que no han sido aún relacionados con el elemento emergente.

Un ejemplo de la clínica para permitir asir estos elementos teórico-prácticos, para ver la función de lo indiciario en el interior de un proceso clínico. Se trata de un caso supervisado en el exterior hace algunos años, de una una niña con algunos trastornos generales en su funcionamiento psíquico: es una niña que tiene una carita adultificada, presenta ciertos trastornos escolares y con una historia de vida muy difícil, con separaciones y pérdidas no porque la vida las haya impuesto sino por cierta dificultad llamémosla empática de los padres: fue dejada al año y medio con una abuela deprimida durante un período de tiempo, no por necesidad sino porque los padres viajaron, sin que hubiera para ello razones de fuerza mayor - lo cual habla de una mirada ausente de los padres frente a esta abuela deprimida con la cual dejan a la niña que la deja librada al abandono de esta abuela durante algún tiempo. La madre dice que una de las cosas que ella quiere consultar - lo dice en medio de la entrevista y sin que tenga que ver específicamente con los síntomas - acerca de lo cual quiere conocer la opinión de la analista, es si está bien que la niña, cuando el papá se está bañando, entre al baño y se siente en el inodoro donde hace caca mientras charlan. "Bueno, pero la pasamos muy bien mientras charlamos, es un momento muy agradable" dice el papá. A lo cual, la mamá dice: "Será, pero a mí me parece que no está bien".

Cuando esto me es contado por el analista le digo que, más allá del conflicto entre los padres, o del carácter que tenga para los padres esto, la pregunta que cabe es cómo se inscribe en la niña, pensando en que esta escena puede dar lugar a una impregnación anal de lo genital, o una impregnación genital de lo anal, no importa qué empezó antes y qué después, lo que importa es que la escena fija algo del orden del placer anal en la relación con la visión del padre desnudo, y algo se coagula. Pero al mismo tiempo le señalo a la analista que me sorprende la ausencia de asco en el padre (la niña tiene cinco años, no tiene un año y medio). Con lo cual, una persona defecando en el baño que no produce rechazo, indica en el padre una ausencia de asco, no sólo de pudor, porque lo del pudor puede discutirse en relación a la ideología, mientras que la analidad no tiene discusión posible. No hay ideología que justifique que se defeque en público, porque es del orden del asco primario, constitutivo del psiquismo - al punto que forma parte de las pautaciones del Deuteronomio.

Y esta escena, que me cuenta la analista, señala algo no constituido de la represión originaria en el padre, que aparece bajo este modo. Y del lado de la niña, fijación muy importante a una escena en la cual el placer anal se significa fálicamente, o en la visión excitante, pero al mismo tiempo, tal vez hay algo de lo excitante en la relación con el padre que hace que esta niña defeque en el momento en que este acto constituye el único modo de aliviar la excitación sobrante. Señalo al pasar esta idea de excitación sobrante , y su modo de organizarse a través de una forma de ejercicio libidinal concomitante.

Cuando le digo esto, el analista se impacta mucho, y me cuenta que hace muy pocas sesiones, esta niña apareció en el consultorio con un papel higiénico, trayendo papel higiénico a la sesión, lo cual me interesa subrayar en el doble engarce que marca la fijación a lo traumático como presencia de lo inligable, inmetabolizable, ejercido como compulsión y el carácter de este "fragmento" que emerge en la sesión y que debe ser resituado respecto a su función en la escena de origen. Cuando la niña llega con el papel higiénico, una interpretación simbólica podrían llegar a proponer, desde distintos esquemas referenciales, desde la intención agresiva de convertir a la sesión en un baño y al analista en un inodoro hasta la función continente, limpiadora, del analista como quien ejerce las funciones de protección y limpieza. No importa, todas igualmente válidas, todas igualmente insuficientes, e incluso fallidas, en mi opinión, por su carácter obturante del real vivido - más allá de que en algún momento pudiera el mismo acto tomar este carácter.

Lo que me importa de la escena, lo que quiero poner de relieve cuando la niña no puede dar cuenta de por qué trajo eso, sino "para mostrarlo", es que la restitución del elemento papel higiénico en la escena originaria es del orden del indicio. Pero acá viene lo interesante: es del orden del indicio para el lector, pero no para el sujeto, porque no hay indicio en el sujeto, lo que hay es algo manifiesto que pone el signo de percepción al alcance del indicio, en tanto se trata de algo de lo real "que hace signo" para alguien. Se trata de transformar el acto en indicio, retomando la idea de Peirce del indicio como un representamen que hace signo, vale decir, algo del orden de lo real que se impone al sujeto y obliga una interpretación. Y el problema de convertirlo precozmente en símbolo consiste en rehusarle su carácter de fragmento de un real vivido, restituyéndolo al modo del detalle de una escena que puede ser articulada en el orden del goce compulsivo que impone al sujeto.

Es precisamente el carácter metonímico del papel higiénico el que, retranscripto en el análisis, toma un carácter metafórico, pero insuficiente aún, aún cuando al ser trasladado de un espacio a otro propicia un modo diferente del intercambio simbólico. Pero hay que tener en cuenta que lo principal del elemento traumático es precisamente el elemento metonímico, no metafórico; justamente, que el traumatismo se caracteriza por arrastrar restos de lo vivenciado, y la metáfora es la forma de simbolización de aquello que ha quedado ahí, sin anclaje, pero requiere el reconocimiento de su especificidad, porque es allí donde encontró los elementos investidos, excitantes, que lo encarnan.

Antes que darle entonces una interpretación hay que reconocerlo como resto del real vivido, significarlo en ese orden, y ensamblarlo respecto al objeto originario en el marco de la relación de transferencia. De no hacerlo de este modo, la interpretación no tiene el menor valor para el sujeto. En esto consiste la operatoria que yo llamo "simbolizaciones de transición", puentes, auto-transplantes, en los cuales inevitablemente el analista incluye la perspectiva teórica pero la entreteje con los restos vivenciales y excitantes de las representaciones de quien las padece.

Hice referencia hace algunos instantes a los conceptos de "fragmento" y "detalle" sobre los cuales quisiera volver para retomar la cuestión de lo indiciario desde un autor que es Omar Calabrese, un semiólogo de Bologna, semiólogo y filósofo, quien en un libro que se llama La era neobarroca, prologado por Umberto Eco trabaja algunas cuestiones que pueden ampliar la perspectiva que estoy en vías de exponer. Se trata de concebir la relación entre la parte y el todo, ya que el detalle remite al todo, mientras que el fragmento está carente de ensamblaje, no se conoce el todo de partida. Respecto al detalle, se puede afirmar: "El detalle viene de 'cortar de'..." y es"... perceptible a partir del entero y de la operación de corte". Con lo cual nunca existe el detalle sin el todo, pero el todo en presencia, articulable, mientras que en el caso del fragmento, este deriva, etimológicamente, de "romper", por lo cual "El fragmento, aún perteneciendo a un entero precedente, no contempla su presencia para ser definido. Más bien, el entero está en ausencia." Lo cual es fundamental para el tema que estamos tratando, ya que el fragmento no sólo se ha desprendido, sino que puede no remitir necesariamente al todo, no hay a qué remitirlo.

Y he aquí lo fundamental, para el tema que nos interesa, y que espero se resignifique más adelante, cuando exponga las tesis sobre la función de lo real: El fragmento está en lo real, antecede al indicio: "La geometría del fragmento es una ruptura en la que las líneas de frontera deben considerarse como motivadas por fuerzas que han producido el accidente, que ha aislado al fragmento de su todo de pertenencia." Ya que para estos modos de inscripción, para esta materialidad representacional, el todo de pertenencia puede no haber existido nunca como tal, siendo el fragmento lo único que queda inscripto en tanto materialidad psíquica.

"El análisis de la línea irregular de frontera permitirá, entonces, no una obra de reconstitución, como se decía a propósito del detalle, sino de reconstrucción por medio de hipótesis del sistema de pertenencia." Y esto es lo más interesante. No se puede volver a armar el objeto, se lo puede lo puede reconstruir discursivamente por líneas en las que se articulan hipótesis, lo cual nos conduce directamente al signo de percepción freudiano. Es decir que el signo de percepción es un fragmento del objeto real, metonímico del objeto real, inscripto por desprendimiento, provisto de fuerza de investimiento a partir de su carácter excitatorio, pero que ha perdido toda referencia al real externo, que existe sólo como realidad psíquica en razón de que ha sido incluido en una realidad otra que la realidad exterior de proveniencia. Es este elemento investido, circulante, el que puede devenir indicio cuando cobra para el sujeto el carácter de un signo, cuando "hace signo", porque él mismo se ve fijado a éste o porque alguien lo subraya - en este caso el analista - y mediante su ligazón cede en su carácter de precipitante de la compulsión de repetición.

Algunas reflexiones sobre el ingreso de la realidad al aparato psíquico

Considero necesario, a esta altura de la exposición, ubicar el tema que venimos desarrollando en el contexto de las ideas que considero enmarcan lo fundamental de mi pensamiento, o incluso algo que podría ser considerado como un momento de organización de algunos enclaves respecto a la cuestión del inconsciente y a la heterogeneidad de las representaciones psíquicas, para posicionar respecto a esto los diversos estatutos de ese exterior que llamamos en general realidad.

Se trata de exponer aquellos elementos que podrían ser considerados como las tesis actuales que enmarcan el realismo del inconciente y su materialidad, partiendo de la dirección asumida a lo largo de mi trabajo que concibe, siguiendo a Laplanche, a la tópica psíquica como de origen exógeno, traumático, y en décalage respecto a sus modos de organización. Expuestas al modo de tesis, se sostienen sobre tres paradojas que permiten reubicar los conceptos de antes expuestos y su fecundidad clínica.

La primera de ellas plantea que la realidad psíquica es del orden de un pensamiento sin sujeto, un pensamiento no pensado por nadie, y que antecede a la instalación del sujeto en los términos que la filosofía ha propuesto: como sujeto reflexivo por oposición a su objeto. Es esta realidad psíquica pre-subjetiva la que deviene luego para-subjetiva, si diferenciamos psiquismo de subjetividad, de modo tal que el inconciente no será nunca atravesado por los modos de funcionamiento de la lógica y la intencionalidad del preconciente, lo cual lo sitúa en términos de res-extensa, de realidad psíquica en sentido estricto, de materialidad no reductible a la conciencia.

Las consecuencias de esta tesis para la práctica clínica son importantes, en la medida en que libran de la re-subjetivación del inconciente, que se manifiesta en particular por tomar los resultados de la acción como su motivación. Ej: que la pulsión oral, acéfala por definición - como le gustaba decir a Lacan -, regida por el atrapamiento del objeto parcial mediante el cual intenta su consumación - siguiendo a Klein - vaya ciegamente hacia una meta que pone en riesgo la vida del sujeto no quiere decir que en su inconciente haya alguien que quiere suicidarse, sino simplemente que quiere comer muchas milanesas sin detenerse en las razones del yo, al servicio de la autoconservación de la vida y de la autopreservación narcisística, que le indicarían que ese acto es mortífero para su corazón. No es el deseo de muerte del sujeto lo que guía su acción compulsiva - comer, fumar, conducir a velocidades de riesgo - sino la ausencia de fuerza ligadora en el que lo deja librado a riesgo de muerte la que opera. No es el deseo de muerte por SIDA sino la ausencia de recaudos que la pasión pone en marcha, la que pone en riesgo a alguien que no establece las acciones mínimas que lo preservarían del riesgo. En el inconciente para-subjetivo, no hay "otro yo" que quiere lo que no quiero, o lo que no reconozco que quiero, sino deseos que atentan constantemente contra la autopreservación y autoconservación que el yo toma a cargo.

La segunda tesis es que esta realidad psíquica es efecto de un objeto exterior, que proviene de un tipo de realidad que es del orden de la sexualidad humana, pero que en su implantación pierde toda referencia a este exterior. Esto es fundamental para discutir la categoría de las representaciones efecto de traumatismos severos (su carácter simbólico o no, tal como lo hemos señalado en párrafos anteriores). El conglomerado de signos de percepción residuales a la vivencia de satisfacción son reinvestidos en la alucinación primitiva, y constituye el embrión de toda simbolización posible. Pero estas inscripciones no son en sí mismas simbólicas, porque aún cuando fundan la realidad psíquica, son el origen de lo que Castoriadis hubiera llamado "imaginación radical" - crean objetos no existentes en el mundo exterior, producen una realidad que no las antecede - son el embrión de toda simbolización posible, pero no son sin embargo simbólicas porque no remiten a nada más que a sí mismas. Recordando la definición de símbolo antes expuesta, es inevitable que para que haya símbolo tiene que haber por lo menos dos elementos, en realidad tres porque tiene que haber dos elementos y una regla de interpretación, lo cual no existe desde los comienzos de la vida. No es por otra parte el pecho como tal el que se inscribe, sino la vivencia en la cual se amalgaman aspectos del objeto y del incipiente aparato psíquico al cual denominamos sujeto más allá del reconocimiento de la imprecisión que esto tiene. Es en ese sentido que afirmamos que la alucinación primitiva es un embrión de simbolización pero no es todavía simbólica de nada. Constituye el embrión de toda simbolización posible, pero no es simbólica porque no remite a nada más que a sí misma. Siendo en ese sentido realidad psíquica, porque es la fundación de una realidad otra, de una realidad de carácter material que no corresponde ni a la subjetividad, ni tiene existencia en el mundo exterior.

La tercera de estas tesis es que estas representaciones, siendo el efecto de inscripciones que se producen en el tiempo, no son históricas, porque no están atravesadas por la categoría de tiempo. En ese sentido, son historizables a posteriori del lado del sujeto cuando puedan ser situadas como recuerdos, ligándose al preconsciente, o, en el caso del sujeto en sentido estricto, del lado del yo. Siguiendo el modelo del capítulo VII de La Interpretación de los Sueños , se puede decir que en el inconsciente el tiempo deviene espacio, sistema de recorridos. Es del lado del sujeto que espacio y tiempo toman el carácter de a prioris de la experiencia. Pero también podríamos pensar que en tanto el yo está fundado por el narcisismo del otro, el a priori está en el otro; tiempo y espacio son categorías que enmarcan los cuidados que el adulto da al niño si tiene preconsciente que pueda establecer la regulación de estas acciones. Esta idea de que no basta con que haya un adulto, sino que tiene que haber un adulto con una tópica funcionando, es una idea central de lo que yo planteo; y que el problema no es que el adulto tenga el lenguaje en el sentido de habla (o de hablar), sino que tenga el preconsciente funcionando y capacidad de emitir enunciados respecto a la cría. Y estos enunciados organizan estos cuidados, no hay una transmisión directa del enunciado. El problema del niño no es el ser hablado, sino que es constituido en el marco de organizaciones témporo-espaciales que lo preceden y de deseos que se inscriben en el lenguaje que lo captura.

La cuarta tesis que quiero proponer es que el psiquismo humano, producido por el esfuerzo de procesar elementos para los cuales no está genéticamente preparado, elementos que exceden la información biológicamente transmitida, obligado a articularse, procesar, metabolizar, elementos provenientes de esta realidad-exceso que el otro humano ofrece con la sexualidad que infiltra en sus cuidados precoces, no se activa por la ausencia de un objeto de autoconservación - el pecho nutricio, o la leche que brinda - sino por los excesos, por el plus circulante que de este objeto emana. En este sentido es que consideramos que es el exceso que genera ese plus que no se reduce a la autoconservación, y que da origen a la libido no por efecto de la contingencia del objeto sino porque este objeto mismo da cuenta de la contingencia de la pulsión misma, el que da origen a la representación. Que esta representación se active con la falta del objeto, no quiere decir que cese ante su presencia. Son dos órdenes diversos que encuentran su ensamblaje y que hacen insoslayable el recubrimiento de lo real por parte del orden humano. El descubrimiento kleiniano sobre la función de la proyección como constitutiva debe ser rescatado de su destino de defensa a ser destituída en razón de que el psicoanálisis ha conservado la ilusión de un sujeto enfrentado a un objeto cognoscible tal cual como efecto de la impronta positivista del comienzo de las ciencias del siglo XX. El carácter terciario que Lacan otorga a la construcción de la realidad va en esta dirección, al proponerla articulada entre el lenguaje y lo real, atravesada por lo imaginario e imposibilitada de ser aprehendida en sí misma. Es precisamente en el signo de percepción, en lo indiciario recuperado como modo de ensamblaje, que proponemos una clínica que aproxime más a lo real de la vivencia y que cuestione tanto la suficiencia del significante como la hermenéutica trans-individual.

La realidad psíquica, entonces, siendo del orden de lo que no surge de la autonomía del sujeto, pero tampoco de la trascendencia subjetivizante del otro grande, del inconsciente concebido como un otro, incluso si es el efecto de un proceso que proviene del otro. Pero de un otro que no sabe lo que está implantando, lo que permite la metábola del lado del niño, y constituye la singularidad de esta realidad nueva. De ahí que entre la realidad exterior, que ingresa, y el psiquismo que metaboliza, un proceso de descualificación y auto-engendramiento sea plausible de producirse - para emplear esta expresión que Piera Aulagnier posibilitó con su obra, y arrancó del solipsismo para restituir en el eje mismo que la constituye: el hecho de que el psiquismo humano proceso lo que le llega, lo articula de modo diverso a la materialidad de partida, y genera con ello un orden nuevo, una neo-creación que pone al servicio de la producción de cultura y de su atravesamiento deseante.

No puedo terminar estas líneas sin dedicar algunos párrafos a la función de la realidad exterior al aparato psíquico, para lo cual comenzaré por señalar los modos de inclusión-exclusión que considero necesario categorizar respecto a lo interno y externo que le compete. Constituida la tópica por partes-extra partes, el inconciente debe ser considerado como del orden del interno-externo: externo al yo - interno al aparato psíquico - externo al sujeto que pretende emplazarse en su centro -. El cuerpo, del cual no hay fuga posible, es exterior al aparato pero intrínsecamente soldado a éste, de modo que lo caracterizamos como del orden del externo-interno. La realidad exterior, es del orden del externo-exterior, y como tal lo que nos compete es ver los modos con los cuales su impacto se hace presente en el psiquismo y cuáles son los modos con los cuales opera.

Primera cuestión respecto ahora a la realidad exterior - se trata de tomar partido y de ejercer un movimiento superador de las opciones establecidas hasta la actualidad, superación que lamentablemente no implica síntesis, sino pérdida y neocreación. Para ello, ubicar la realidad exterior no como campo homogéneo, sino en toda su complejidad y diversidad. Realidad exterior, en primer lugar, tal como fuera definida de modo casi rudimentario por el Freud del Proyecto, cuando alude a procesos continuos que ejercen constantes estímulos discontinuos para el aparato anímico. Pero realidad exterior que no sólo incide sino que constituye, en razón de que introduce de modo permanente desequilibrios que obligan a un trabajo de ligazón y evacuación, complejizando las funciones y constituyéndose en motor del crecimiento psíquico. De esta realidad exterior, dos son los órdenes privilegiados: el cuerpo y el otro humano, ambos generando las condiciones que propician la emergencia de toda representación, de todo pensamiento [2]. Realidad exterior, por otra parte, que no es constituida como campo representacional de homogénea ajenidad en razón de que no existe aún un sujeto posicionado en el adentro.

Realidad exterior que opera desdoblada bajo dos modos una vez constituido el sujeto psíquico: por un lado como realidad significada o significable - en términos de Castoriadis: instituible -, capturada por el lenguaje y - esto lo consideramos fundamental: - no sólo por el lenguaje como código organizador sino por los discursos significantes que le dan forma y la transforman en instituyente, y por otro la realidad no significada, no capturable, exterior no sólo a la subjetividad sino a los modos con los cuales el discurso socialmente producido [3] permite su captura, pero que ejerce, sin embargo, impacto traumático en el borde mismo de lo significado. En este sentido, el intento triádico de Lacan, que permite salir de la bipartición sujeto-objeto y redefinir el campo de la realidad en la franja que articula el lenguaje y la mirada, o la intersección entre el registro de lo simbólico y el de lo imaginario, abre una vía importante pero no resuelve la cuestión. A la oposición lengua-habla con la cual Saussure categoriza la relación código/ejercicio del lenguaje, le introduce el concepto "discurso" que implica la presencia de los modos coagulados significados al sujeto de la presencia lenguajera del otro humano. Es en este lugar que debemos introducir, por nuestra parte, el discurso instituido socialmente como instituyente de las formas de representación de la relación al mundo por parte del sujeto psíquico: en esta mediación que ejerce el otro humano, atravesado por sus deseos y prohibiciones, se define la transmisión de representaciones que constituye, en un todo, al yo como masa ideativa en la cual se define la representación que tiene el sujeto de sí mismo - ideológicamente instituida: ser lindo, feo, rico, pobre, blanco, negro... no regido esto por cualidades morales que remiten al superyo sino por formas de clasificación valorativa de lo dado, no como emblemas-meta, ni en el registro de la culpabilidad, sino de la propia autoestima y del registro del otro.

Más allá de ello, la realidad material del mundo cuyos efectos sufre el sujeto psíquico sin cobrar aún conciencia de la existencia de su especificidad - la radiación, por ejemplo, antes de su descubrimiento, o el inconciente, produciendo síntomas antes de que Freud le diera categoría de objeto no sólo teórico sino del mundo exterior al campo del pensamiento. Realidad cuya materialidad no radica en su sustancia sino en su existencia independiente del conocimiento, conciencia y voluntad de los hombres. Y es en este sentido que el inconciente es del orden de una materialidad no reductible al cerebro, constituyendo un objeto perteneciente al campo de lo real antes de que el sujeto pueda aprehender con el lenguaje tanto sus efectos como su sentido, y perteneciendo en este campo de lo real ya que su conocimiento no agota su existencia.

Definir entonces la relación del aparato psíquico con la realidad, o el impacto de la realidad en la subjetividad, obliga a reconocer diversos tipos de realidad y a ubicar su incidencia, su impacto, en los diversos tiempos y modos de funcionar del sujeto psíquico. [4]

1)
Relación del inconciente con la realidad. En los orígenes, como productiva, a partir de ese modo tan particular de ensamblaje entre la realidad exterior del cuerpo y la del otro humano, que con su operatoria en la resolución de la necesidad genera las condiciones del plus de placer que da origen al campo representacional. En el sujeto constituido, se trata de un real no constituido, del impacto de lo real que ingresa de manera descompuesta, desarticulada, tal como lo muestra el modelo del capítulo VII de "La interpretación de los sueños", en el cual el polo perceptivo no alude a la percepción organizada sino al ingreso de lo real metabólicamente inscripto y rearticulado en sistemas que se caracterizan por oponer huella mnémica y significación discursiva - de representaciones-palabra. El inconciente sufre, entonces, embate de la realidad exterior, pero no como realidad significada sino como realidad constituyente de los sistemas de representaciones y de la invasión y destino de cantidades - vale decir de mociones de afecto, con incidencia en las series placer-displacer. El inconciente está abierto a lo real, pero no a la realidad significada, en virtud de lo cual todo lo que es del orden externo al aparato ingreso por dos polos al mismo tiempo: desarticulado del lado del inconciente, pero produciendo movimientos de investimiento que generan cambios en la cualidad afectiva de lo inscripto, de modo tal que le da "sentido" a lo que ingresa sin que ello implique "significarlo", y del lado del llamado polo perceptivo, que en realidad podríamos considerar como organización discursivo-significante, interpretante del mundo exterior.



2)
Relación del yo con la realidad: he aquí uno de los puntos más débiles de los enunciados freudianos, que quedan circunscriptos a un dualismo en el cual sujeto-objeto se enfrentan bajo modos de la teoría clásica del conocimiento. El psicoanálisis, por otra parte, no pretende desde sus comienzos construir una teoría de las relaciones del sujeto "con la realidad" sino con esa realidad particular que constituyen los objetos libidinales - sexuales y de amor, de las pulsiones y del yo. Sin embargo, aparece constantemente, y no sólo por afán de dominio sobre todos los campos de incidencia de la subjetividad sino por desprendimiento necesario de sus propias formulaciones, el avance sobre una teoría de la relación del sujeto con el mundo en general, teoría articulada - y esto constituye su novedad - por líneas que no son del orden de la autoconservación biológica sino por líneas libidinales, representacionales de algo que viene, precisamente, a enfrentar, en principio, la autoconservación y luego a vicariarla.
Por nuestra parte, y este es el aspecto central que creemos necesario desarrollar, es acá donde se define lo fundamental de la relación del sujeto a la llamada realidad-social, siempre y cuando podamos abandonar todo lastre teórico que considere al yo como el lugar de conocimiento de la realidad y al inconciente como infiltrando de fantasía a un yo percepción-conciencia que supuestamente se relacionaría de modo directo con el objeto si no mediara la presencia contaminante de la misma.
Respecto al yo, dos necesarias diferenciaciones para abordar la relación con la realidad - o la constitución de la realidad. En primer lugar, la categoría yo no recubre al preconciente freudiano: ambos se superponen sin recubrirse, y entran en relaciones complejas. El preconciente se define por la presencia de la lógica - negación, temporalidad, tercero excluido - y del lenguaje en tanto articulado por el código; el yo constituye, por su parte, una masa libidinal en la cual se juegan posiciones libidinales y modos de articulación de la identidad y la defensa. [5]. Si el preconciente provee las herramientas de conocimiento del mundo el yo inviste ese mundo para que surja el deseo de su conocimiento - así como puede operar como forma misma defensiva del desconocimiento respecto al inconciente, u obstaculizar la relación con el conocimiento a partir de sus propios enclaves narcisistas o de la generación de angustia que le produce ese conocimiento.
En segundo lugar, al haber establecido en el interior del yo una diferenciación que implica que este toma a cargo tanto la autopreservación como la autoconservación del sujeto, estos dos aspectos conllevan una relación con la realidad que articula toda la relación social al mundo en sentido estricto: amorosa y política - entendiendo por político, en este caso, los modos pautados con las cuales las relaciones sociales ejercitan la pautación del deseo y el acceso a los bienes que permiten si no su realización al menos la resolución de sus derivados.
Estos dos ejes: autopreservación y autoconservación constituyen el punto nodal con el cual se articulan los procesos mediante los cuales la realidad instituye o destituye formas de la subjetividad. Es sobre este punto que volveremos luego para marcar las formas con las cuales se juegan hoy los procesos de des-subjetivización y re-subjetivización en la Sociedad Argentina.



3)
Respecto al superyo: La realidad que lo instituye es indudablemente exterior al sujeto, discursiva e inscripta bajo modos coagulados. Como dice Laplanche, sus enunciados estando constituidos por imperativos de proveniencia exógena - heterónoma - que el sujeto considera autónoma - provenientes de sí mismo. Son estos rasgos lo que le dan el carácter de atemporal e impersonal: "No se hace, no se piensa" porque decirlo o pensarlo puede acarrear daños terribles para sí mismo o para el objeto amado, lo cual merece el castigo más terrible. La dureza del castigo generada a dos vías: por el desconocimiento del sujeto respecto a su propio deseo - en razón de que eso no se piensa - y por el carácter no hipotético sino categórico del castigo.
En este sentido el superyo sufre los efectos de una realidad exterior a él que lo constituye, se articula con la realidad psíquica del inconciente, pero no tiene relación con la realidad exterior al aparato, y en virtud de ello es posiblemente la instancia más ajena al embate de la realidad - en virtud de lo cual transmite una legalidad que se anacroniza permanentemente a través de las generaciones operando al modo de un enclave desadaptado pero paradójicamente regulador. Gran parte del debate respecto a las transformaciones posibles en el campo ideológico circulan alrededor del derecho o no del sujeto a transgredir mandatos de base del superyo y reformular el contrato social acorde a sus tiempos.[6]



[1] Se puede consultar Ginzburg, Carlo: en Crisis de la razón , Siglo XXI Ed., México, y también Umberto Eco y Thomas A. Sebeok: El Signo de los tres: Dupin, Holmes, Peirce, Ed. Lumen, Barcelona, 1989

[2] Acá, como en otros puntos de este trabajo, quedarán para otros desarrollos las cuestiones que aparentemente cerradas guardan, sin embargo, sus propias aperturas y complejidades. En este caso, y a modo de ejemplo, el desdoblamiento del cuerpo en las categorías de erógeno y autoconservativo, y también la función reequilibrante de lo biológico y desequilibrante de lo libidinal, que constituye el otro humano.

[3] Considerando discurso socialmente producido a aquel que en sus diversas formas es producto del trabajo social de los seres humanos, incluido en ello el discurso científico.

[4] Estamos empleando la expresión "sujeto psíquico" de manera amplia, para aludir a la totalidad del aparato psíquico, y no en sentido estricto: como lugar de enunciado o como categoría gnoseológica, opuesto a objeto, entre otras opciones.

[5] Identidad y defensa están más estrechamente unidos de lo que se supone: ser una mujer honesta, en tiempos de Freud, implica defenderse de la sexualidad. Ser un hombre potente, en todos los tiempos, implica defenderse de la angustia de castración, o de feminización, y su representación de adultez, la impotencia.


[6] ¿Cuál es el límite de "respetar padre y madre", cuando esto se extiende a toda autoridad? ¿Cuál es el límite del "No matarás" cuando el otro ha devenido cruel y atacante para la propia vida y la de los seres amados?¿Cuál es el límite de "No robarás", cuando los modos con los cuales se instituye la regulación de la riqueza se basan en el robo legalizado por lo cual el robo mismo deviene una forma de restitución de la propiedad y no de expropiación de la misma? En el imaginario del sujeto la tensión entre ley y derecho no es tan lineal, y mucho menos en sociedades deterioradas y basadas en la injusticia


CLASE Nº 5 

Preguntas orientadoras para Parcial domiciliario.

Consultar en Bibliografía para acceder al enlace con el tomo xix de las Obras Completas de S. Freud. 

Leer allí: "El sepultamiento del Complejo de Edipo".   


EL EDIPO El concepto crucial del psicoanálisis. J. D. Nasio

Ver algunas preguntas más abajo, que se pueden rastrear en el texto para armar el trabajo.

“Querría que se comprendiera sencillamente lo siguiente: que, si quitamos el Edipo, el psicoanálisis (…) podría juzgarse por entero como un delirio”. Lacan. Proposición de octubre del 67.

“En la raíz de todo síntoma, encontramos impresiones traumáticas nacidas de la vida sexual infantil.” S. Freud

“He aquí por qué la sexualidad infantil, que está sometida a la represión, es la fuerza motriz principal de la formación del síntoma y por qué el elemento esencial de su contenido, el complejo de Edipo, es el complejo nuclear de la neurosis.” S. Freud    

Quien se anime, puede buscar articular con el caso Iniciación de tratamiento con un niño, entregado para su lectura. Quien no se anime, de motivos de por qué no.

1.- ¿Qué entiende el psicoanálisis por Edipo?
2.- ¿Por qué es un concepto crucial para este y su práctica?
3.- ¿Cuáles son los elementos fundamentales que intervienen en este?
4.- ¿Qué lugar al cuerpo y a su representación sexual? Sensación y placer.
5.-  Deseo y goce se proyectan en la fantasía. ¿Qué lugar para estos conceptos?

¿Todo gira en torno al Falo entonces?

6.-  ¿Se trata de penes o falos? ¿Qué se entiende? ¿Cuál su diferencia? ¿Organizador? Castración y angustia. Causas ¿Cuál es su valor en la estructura? Indicadores en los niños de esta.
7.- Resolución del Complejo. ¿El mismo para ambos sexos? ¿A qué problema da solución el Edipo?

“La clave del Edipo reside en el deseo incestuoso del niño o la niña de ser poseído por el padre”. J. D. Nasio

8.- Consecuencias del atravesamiento del Edipo. Incorporación de los padres como objetos de identificación. Super Yo.
9.- Edipo para el varón. Su lógica. Su resolución. Reactivación y conflictos.
10.- Edipo en la mujer. Tiempos lógicos. ¿Qué lugar para el padre y su identificación a este?
11.- ¿Cómo juega el falo su lugar en la mujer? ¿A qué llama Nasio complejo de privación?

Cada recién llegado al mundo de los seres humanos debe atravesar el Complejo de Edipo; quien no lo haga está condenado a la neurosis. S. Freud (¡Y quien no esté regulado por este, “condenado” a la psicosis!) 

12.-  ¿Cómo se explica la neurosis del adulto?



PSICOPATOLOGÍA I -  Clase Nº 4: APARATO PSÍQUICO FREUDIANO

A partir de su investigación sobre los sueños, Freud llega a decir que los sueños son una función del aparato psíquico.
Parte de una frase de Fechner “El escenario de los sueños es otro que el de la vida de representaciones de vigilia” y llega a la concepción que entre percepción y conciencia, existe otro escenario (“otra escena”) que aloja un inconsciente que deja de ser meramente descriptivo para ser una localización tópica. Esto quiere decir que concibe el concepto de localidad psíquica, sin que sea un lugar anatómico.
El término dentro de la teoría da cuenta de cierta característica que atribuimos al psiquismo: su capacidad de desplazar, investir y transformar una energía determinada, además de su diferenciación en sistemas o instancias psíquicas.
Hablaremos entonces de un aparato recorrido por una energía de catexis (libido): esto es el substrato energético postulado como factor cuantitativo de las operaciones del aparato psíquico.
Y al hacerlo de Tópicas, supondremos una diferenciación del aparato en cierto número de sistemas dotados de características o funciones diferentes y dispuestos en un determinado orden entre si, lo que permite considerarlos metafóricamente como lugares psíquicos de los que es posible dar una representación espacial figurada.
Comúnmente hablamos de dos tópicas freudianas, la primera en la que se establece una distinción fundamental entre inconsciente, preconciente y consciente y la segunda que distingue tres instancias: el ello, el yo y el superyó.
Toma el concepto de tópica (como otros de los que se vale) del contexto científico de la época: neurología, psicofisiología, psicopatología, inclusive la física, adaptándolo, tergiversándolo para formular su propia teoría.
Si bien sobre este terreno surge el descubrimiento freudiano del inconsciente, este no se limita a reconocer la existencia de lugares psíquicos diferentes, sino que asigna a cada uno de ellos una naturaleza y un modo de funcionamiento distintos. El propio inconsciente supone una organización en estratos. La organización de los recuerdos, dispuestos en forma de verdaderos archivos en torno a un “núcleo patógeno”, no es sólo cronológica; tiene también un sentido lógico, efectuándose de diversos modos las asociaciones entre las diversas representaciones.
Una hipótesis que Freud atribuye a Breuer dice que: en la medida en que el aparato psíquico está formado por sistemas diferentes, esta diferenciación debe poseer una significación funcional. Especialmente es por esta razón que una misma parte del aparato no puede desempeñar las dos funciones contradictorias que son la recepción de las excitaciones y la conservación de sus huellas.

A lo largo de la construcción teórica del cuerpo del psicoanálisis, expondrá distintos modelos, conservando y complejizando desarrollos expresados en los mismos. 
En La interpretación de los sueños (1900) Freud define el aparato apelando a un modelo que lo compara con un sistema de lentes ópticas (al modo de un microscopio complejo) buscando hacer entendible lo complicado del funcionamiento psíquico; dirá entonces: “(…) hacer inteligible la complicación del funcionamiento psíquico, dividiendo este funcionamiento y atribuyendo cada función particular a una parte constitutiva del aparato”. Distingue tres sistemas, inconsciente, preconciente y conciente, cada uno de los cuales posee su función, su tipo de proceso, su energía de catexis, especificándose por contenidos representativos.
Entre estos sistemas sitúa las censuras que inhiben y controlan el paso de uno a otro. El término censura, al igual que otras imágenes empleadas (antesala, frontera entre sistemas) indica el aspecto espacial de la teoría del aparato psíquico.
Al hablar de aparato, entonces, sugiere la idea de cierta disposición u organización (ni interna ni externa) donde además de atribuir diferentes funciones a Instancias o “lugares psíquicos”, le asigna a estos un orden prefijado que implica una sucesión lógica de los mismos. Las excitaciones del aparato deben seguir un orden y dirección conforme el lugar o instancia que ocupen.
Entonces, postula Freud la existencia de una sucesión de sistemas mnémicos constituidos por grupos de representaciones caracterizados por leyes de asociación distintas. Por otra parte, la diferencia entre los sistemas corre pareja de una cierta ordenación, de tal forma que el paso de la energía de uno a otro punto debe seguir un orden sucesorio determinado: los sistemas pueden ser recorridos en una dirección “progresiva” o en un sentido “regresivo” (regresión tópica); al modo del sueño, en el que los pensamientos pueden adquirir un carácter visual que llegue hasta la alucinación, regresando así a los tipos de imágenes más próximos a la percepción, situada en el origen del recorrido de la excitación. 
Hablar de aparato remite a la noción de trabajo. Y en este momento claramente trabajo del sueño. Entendiendo por este el conjunto de las operaciones que transforman los materiales del sueño (estímulos corporales, restos diurnos, pensamiento –inconscientes- del sueño) en un producto: el sueño manifiesto. El efecto de este trabajo es la deformación.
El esquema que aquí prevalece fue tomado de una concepción del arco reflejo, según la cual este transmitiría íntegramente la energía recibida: “El aparato psíquico debe concebirse como un aparato reflejo. El proceso reflejo sigue siendo el modelo (Vorbild) de todo funcionamiento psíquico”.

Es preciso subrayar además que este pretendido esquema del arco reflejo, que devuelve en forma motriz la misma energía que ha recibido en la extremidad sensitiva, no tiene en cuenta algunos datos establecidos ya en aquella época por la fisiología nerviosa, y que Freud, neurólogo consumado, conocía perfectamente. Tal aparente negligencia, quizá proceda del hecho de que Freud intenta explicar, por medio de un esquema único, la circulación de la energía pulsional, calificada de “excitación interna”, y la de las “excitaciones externas”. Desde este punto de vista, el modelo propuesto debería entenderse fundamentalmente como un modelo global del sistema psicofisiológico, pretendiendo que en el sistema circularía la energía misma de las excitaciones externas. Pero probablemente existe una verdad más profunda en esta seudo-fisiología y en las metáforas que llevan consigo, en la medida en que conducen a representarnos entonces, el deseo, como “un cuerpo extraño” que, desde dentro, “toma” al sujeto, lo “ataca”.

En última instancia la función del aparato consiste en mantener a un nivel lo más bajo posible la energía interna de un organismo: Principio de constancia. Donde esta constancia se obtiene por una parte mediante la descarga de la energía ya existente; y por otra, mediante la evitación de lo que pudiere aumentar la cantidad de excitación, y la defensa contra ese aumento.
Su diferenciación en distintos sistemas o instancias permite concebir las transformaciones de la energía necesarias: del estado libre de energía a energía ligada (Elaboración psíquica) y el juego de los investimentos: catexis, contracatexis y sobrecatexis.
El aparato lo concibe como modelo o ficción (y en este sentido metafórico por sobre todo conjetural) buscado organizar y dar cuenta, a vez que desplegar, de interrogantes propios de la práctica clínica.
Apela aquí a un modelo físico y también lo hace en el primer capítulo de Compendio del Psicoanálisis; pudiendo ser un modelo biológico (vesícula protoplasmática) en el capítulo IV de Más allá del principio del placer.

Consideraciones sobre el Principio de constancia:
Básicamente el aparato busca mantenerse en el nivel mínimo de carga de excitación (tanto interna como externa). Guarda estrecha relación con Principio de Placer, en la medida que el displacer puede considerarse como la percepción subjetiva de un aumento de tensión y el placer como la disminución de la misma. Sin embargo tal relación se complejiza en el desarrollo teórico freudiano. Así un aumento de tensión puede acompañar una sensación de placer. No podemos establecer entonces una equivalencia entre estos Principios.
El Principio de constancia forma parte de los desarrollos teóricos en común, realizados por Freud y Breuer entre 1892 y 1895 para dar cuenta de los fenómenos observados en la histeria: los síntomas se atribuyen a un defecto de abreacción  y la cura se busca mediante la descarga. No obstante sus modelos son diferentes. El aparato conceptual de Breuer es biológico. No así el de Freud.
En su Proyecto de psicología científica (1895) no plantea un principio de constancia como mantenimiento de cierto nivel energético, sino un principio de inercia neuronal, en virtud del cual las neuronas tienden a vaciarse de la cantidad de excitación por completo. Admite la existencia de una tendencia  la constancia pero ve en ella una “función secundaria impuesta por la necesidad de la vida”, una modificación al principio de inercia: “(…) el sistema neuronal se ve forzado a abandonar la tendencia originaria a la inercia, es decir al nivel = 0. Debe decidirse a mantener una provisión cuantitativa, para satisfacer las exigencias de la acción específica. Sin embargo, la forma en que lo hace pone de manifiesto la continuación de la misma tendencia, transformada en un esfuerzo por mantener lo más posible dicha cantidad y por defender contra sus aumentos, es decir, por mantenerla constante”.

El principio de inercia regula el tipo de funcionamiento primario del aparato, la circulación de energía libre. La ley de la constancia, corresponde al proceso secundario, en el cual la energía está ligada, mantenida a un determinado nivel.

Freud se ve obligado a regular el proceso primario por el principio de inercia. Fundamentalmente una circulación sin trabas, un “desplazamiento fácil”.
En el plano del análisis se observa que una representación puede llegar a remplazar completamente a otra, substrayéndole todas sus propiedades y eficacias: “(…) la histérica que llora por A ignora que lo hace a causa de de la asociación A-B, y el propio B no desempeña ningún papel en su vida psíquica. El símbolo ha sustituido aquí por completo a la cosa”.
El fenómeno de un desplazamiento total de la significación de una representación a otra, la comprobación clínica de la intensidad y eficacia que presentan las representaciones sustitutivas, tienen lógicamente su expresión en la formulación económica del principio de inercia. La circulación libre del sentido y el flujo total de la energía psíquica hasta su completa evacuación son, para Freud, sinónimos. Como puede verse, tal proceso es el opuesto al mantenimiento de la constancia.
Freud reconoce dos principios de funcionamiento mental y el capítulo VII de La interpretación de los sueños, se basa en la existencia de tal oposición. Conjetura “un aparato psíquico primitivo, cuyo funcionamiento viene regulado por la tendencia  evitar la acumulación de excitación y a mantenerse, en lo posible, sin excitación”. Lo llama Principio de displacer, preside el funcionamiento del sistema inconsciente. El sistema preconciente-conciente tiene otro modo de funcionamiento: “(…) produce, en virtud de las catexias que de él emanan una inhibición de este (libre) flujo, una transformación en catexis quiescente, sin duda con elevación del nivel”. La oposición entre los modos de funcionamiento de ambos sistemas será asimilada casi siempre a la oposición entre principio de placer y principio de realidad.
El principio de placer correspondería a la primera instancia y el mantenimiento de la constancia correspondería al principio de realidad.

Una vez más entonces; leemos en el Capítulo VII de La interpretación de los sueños (1900) como continúa Freud desarrollando aspectos teóricos vinculados con la formación (elaboración) del sueño.
Da en este apartado, así, una definición de sueño que podemos conservar (ya volveremos a ella): “El sueño es un ACTO psíquico importante y completo. Su fuerza impulsora es siempre un deseo por realizar (Wunsch) Su aspecto, en el que nos es imposible reconocer tal deseo, y sus muchas singularidades y absurdidades proceden de la influencia de la censura psíquica que ha actuado sobre él durante su formación. A más de la necesidad de escapar a esta censura, han colaborado en su formación una necesidad de condensar el material psíquico, un cuidado de que fuera posible su representación por medio de imágenes sensoriales y, además – aunque no regularmente- el cuidado de que el producto onírico total presentase un aspecto racional e inteligente. De cada uno de estos principios parte un camino que conduce  postulados e hipótesis de orden psicológico”.
Tenemos entonces la satisfacción de deseos.  Plural por que Freud va despejando la satisfacción de deseos diferentes.
Así respecto de un sueño ya expuesto, escribe que en primera instancia soñar en lugar de despertar produce el beneficio de satisfacer el deseo de que el hijo no esté muerto: este hijo habla al padre, vive en la alucinación que produce el aparato.
La idea latente sería: “Veo un resplandor que viene de la habitación en la que está el cadáver. Quizá haya caído una vela sobre el ataúd y se esté quemando el niño”. El sueño es en presente percibiéndolo como vivido.
Este es uno de los caracteres generales del sueño: la idea que entraña el deseo queda objetivizada en el sueño y representada en forma de escena vivida.
El contenido manifiesto nos muestra la representación de la situación en presente, omitiendo el quizá; el sueño reprime el optativo sustituyéndolo por el presente. El presente es el tiempo en que el deseo es representado como realizado (tanto para el sueño como para la ensoñación diurna).
El otro es la transformación de la idea en imágenes visuales y en palabras. El contenido de representaciones no es pensado, sino que queda transformado en imágenes sensoriales a las que prestamos fe y que creemos vivir. Así mismo hay en todo sueño algo externo, elementos que no han quedado transformados en imágenes sensoriales y que son pensados o sabidos como en la vigilia. Tal transformación de representaciones en imágenes sensoriales aparece también en las alucinaciones.

La localidad psíquica corresponde a un lugar virtual situado dentro del aparato: “puntos ideales en los que no se halla situado ningún elemento concreto del aparato”. Apela a un modelo óptico. Y califica las hipótesis como “representaciones auxiliares que nos ayuden a conseguir una aproximación a algo desconocido”.
Un instrumento compuesto a cuyos elementos llamamos instancias o sistemas. Postula que existe un orden fijo de sucesión en los que en ciertos procesos psíquicos la excitación recorre los sistemas de acuerdo a una sucesión temporal determinada. Este orden puede quedar modificado en otros procesos.
Los sistemas poseen una dirección. Toda nuestra actividad psíquica parte de estímulos (internos o externos) y termina en inervaciones. Encontramos entonces un extremo sensible donde el sistema recibe las percepciones y un extremo motor que ejecuta la motilidad.
Aclara luego que las percepciones que llegan al extremo sensible, dejan en el aparato una huella mnémica (Erinnerungsspur) cuya función es la de memoria. Sin embargo la huella se inscribe siempre en sistemas, en relación con otras huellas, por lo que se ve obligado a establecer una diferenciación de sistema.
Supone un sistema anterior al aparato que recibe los estímulos perceptivos de los que no se conserva nada, esto es, carecen de memoria. De otro que transforma la momentánea excitación del primero en huellas duraderas. (Ver FIG: 2) La excitación exógena actúa como golpe único y la endógena como una fuerza constante. Así sobre la relación fija exterior-interior, Freud introduce con anticipación una diferencia que 20 años después, será una fuerza constante llamada pulsión (Pulsiones y destinos de pulsión (1915)
Mientras la excitación es momentánea, en cambio, la huella es permanente, así como la pulsión es una fuerza constante.
Estas huellas constituyen una modificación permanente del segundo sistema. Cada vez que ingresa una percepción se produce una alteración que se conserva. Los sistemas mnémicos constituyen la base de la asociación. Consistiendo en que siguiendo la menor resistencia, se propagará preferentemente de un primer elemento Hm a un segundo elemento, en lugar de saltar a un tercero. Existen más de uno de estos sistemas Hm, en cada uno de los cuales es objeto de una distinta fijación la excitación propagada por los elementos P.
O sea entonces que memoria y percepción se excluyen tomando como eje la variable temporal. Los procesos anímicos inconscientes son en sí atemporales, no se ordenan temporalmente, el tiempo no altera nada en ellos y no puede aportárseles la representación consciente del tiempo. (Más allá del principio del placer).
En principio postula entonces que la fijación de la excitación privilegia la alteración que se produce en el segundo sistema, como huella, traza o marca que se conserva (letra). Es decir, la excitación se fija como huella. La ligazón entre las representaciones ocurre por simultaneidad, por analogía o por cualquier analogía, pero no por contenido.
El sistema P –que no tiene capacidad de memoria- brinda a la conciencia toda la variedad de cualidades sensoriales. A la inversa, los recuerdos son en si inconscientes. Es posible hacerlos conscientes, pero no cabe duda que es en el estado de inconscientes, que despliegan todos sus efectos. Pero cuando se hacen conscientes, no muestran cualidad sensorial alguna en comparación con las percepciones. De esta forma, también memoria y cualidad para la conciencia se excluyen entre sí.
Lo esencialmente nuevo en su teoría –además de la noción de tiempo- es que la memoria no preexiste de manera simple, sino múltiple.  (Ver FIG: 3)
P son neuronas donde se crean las percepciones que se anudan a la conciencia pero que no conservan huella alguna de lo acontecido. Conciencia y memoria se excluyen entre sí.
Ps (signos de percepción) es la primera transcripción de las percepciones, por completo insusceptible de conciencia y articulada según una asociación por simultaneidad.
Inc (Inconsciente) es segunda transcripción, ordenada según otros nexos, tal vez causales. Son inasequibles de conciencia.
Prc (Preconciente) es la tercera retranscripción, ligada a representaciones-palabra, correspondiente al yo. Desde allí, las investiduras devienen conscientes de acuerdo con ciertas reglas, y para Freud esta conciencia –pensar secundaria- es efecto posterior en el orden del tiempo.
Las transcripciones que se siguen unas a otras constituyen la operación psíquica de épocas sucesivas de la vida. En la frontera entre dos de estas épocas tiene que producirse la traducción del material psíquico. Así, las peculiaridades de las neurosis se explican por el hecho de no producirse la traducción para ciertos materiales, lo cual no es sin consecuencias. La denegación de la traducción es aquello que Freud llama represión.
Retomando la exclusión memoria-conciencia, Freud dirá más tarde, que la conciencia surge en lugar de la huella mnémica (ver artículos: Más allá del principio del placer y Notas sobre la pizarra mágica) Así, en el sistema C, el proceso de excitación no dejará tras sí una alteración permanente de sus elementos, sino que desaparecerá en el fenómeno del devenir conciente.

Para avanzar con otra pieza del aparato, el sueño le sirve como prueba. No le era posible explicar la formación del sueño sin otra instancia psíquica, que sometiera a la otra a una crítica con la exclusión de sus devenir conciente. El sistema criticador, la censura (que guía nuestra vida de vigilia y decide sobre nuestro obrar conciente voluntario), se situará en el extremo motor. Al que está después, el criticador, lo llamará inconsciente.
Al último de los sistemas en el extremo motor lo llama preconciente pues los procesos de excitación que ocurren en él puedan alcanzar sin más demora la conciencia. Dicho sistema posee las llaves de la motilidad voluntaria. Al sistema que está detrás lo llama inconsciente, pues no tiene acceso alguno a la conciencia, salvo por el preconciente, pero al pasar por él su proceso de excitación tiene que sufrir modificaciones.
Anticipando lo reprimido inconsciente, introduce una diferencia: Icc, Prec y Cc. La corriente de excitación que parte de la percepción y atraviesa el aparato no tiene posibilidad de acceso a la motilidad si no es pasando por el Prec.
Es necesario remarcar que el estímulo externo con el cual Freud construye el aparato anímico, una vez que el instrumento está instituido, se pierde, es un estímulo perdido. Todo camino que recorramos, cuando pensamos, cuando hay una regresión alucinatoria, ocurre en un instrumento ya instituido dentro del sistema de las huellas. Tanto la animación alucinatoria de las imágenes perceptivas como cuando es investido el sistema de las P con plena vivacidad sensorial, es segundo a esa excitación externa caída.
La variable en este aparato es el tiempo. Para Freud “Lo más antiguo en el tiempo es a la vez lo primitivo en sentido formal y lo más próximo al extremo perceptivo dentro de la tópica psíquica” ( La interpretación de los sueños).

Conviene diferenciar dos períodos:
1-     Con la constitución del aparato, la primera percepción está perdida. Conviene postularla como estando fuera del aparato, pues no deja marca. De allí que no es posible regresar a esa previa percepción. Sólo opera, después, el desplazamiento o la combinación en el sistema de las huellas mnémicas.
2-     Cuando el aparato ya está constituido, en el proceso del soñar, la excitación sigue un camino regrediente. Hay lugar para la temporalidad retroactiva propia del inconsciente y tiene su antecedente en los tiempos del trauma.
3-     En el momento de montar el instrumento, vale decir de la primera percepción, no hay conciencia (percepción sin conciencia). Tanto es así, que “el otro escenario del sueño” se instituye entre percepción y conciencia (primer esquema lineal). En el último esquema del aparato que Freud presentó en el capítulo II de “ El yo y el ello” y repitió con algunas modificaciones en la Conferencia 31 de las “Nuevas conferencias de introducción al psicoanálisis”, percepción y conciencia coinciden, pero habrá que leerlo a partir de la escisión del yo (ello, superyó) de la segunda tópica.
Para ampliar la concepción freudiana del tiempo, dirá que dentro del Icc no se encuentra nada que corresponda a la representación del tiempo, ningún reconocimiento de un decurso temporal y ninguna alteración o modificación del proceso anímico por el transcurso del tiempo. Se trata de mociones de deseo y de impresiones psíquicas ubicada en el ello, cuando Freud establece la diferencia entre lo reprimido Icc y el Ello “virtualmente inmortales, que se comportan durante décadas como si fueran acontecimientos nuevos” (La descomposición de la personalidad psíquica). Sólo será posible quitarles su investidura energética, en el momento en que se acentúe el factor económico o cuantitativo, “cuando hayan devenido concientes por medio del trabajo analítico, y en eso estribará, no en escasa medida, el efecto terapéutico del tratamiento analítico” (La descomposición de la personalidad psíquica).

Para re-trabajar los conceptos nos valimos de los textos freudianos, diccionario de Psicoanálisis de Pontalis y Libro: Construcción de los conceptos freudianos de Juan Carlos Cosentino Tomo I, Capítulo La estructura del aparato psíquico: el tiempo de la excitación. Editorial Manantial Estudios de psicoanálisis. Año 1999.



CLASE Nº 3  Psicopatología I

Texto del libro Los gritos del cuerpo de Juan D. Nasio
Ideas principales:

Diferencia cuerpo-organismo. Cuerpo (representación) imaginario
Concepción de salud-enfermedad conforme discurso de la época y avance tecnológico
Realidad psíquica y realidad material para Freud
Determinaciones de la realidad: lo simbólico, lo imaginario

INTRODUCCIÓN

“Permítanme delimitar más bien como falla epistemo-somática, el efecto que tendrá el progreso de la ciencia sobre la relación de la medicina con el cuerpo” J. Lacan 1966.-

Comienza el artículo con una afirmación fuerte: hay una dolencia propia de cada época de la ciencia. Lesiones propias de cada época y conforme el discurso imperante y los instrumentos y avances tecnológicos propios del momento histórico-social.
Las enfermedades del cuerpo se modifican según la teoría con la que se avanza para conocerlo y curarlo. La teoría sostenida (y los instrumentos que la reflejan) modifica la realidad de ese cuerpo.
El cambio de las visiones del cuerpo ha modificado su realidad concreta, carnal, material. Conocer el cuerpo, nombrarlo, teorizarlo, produce una teoría interior al sujeto. Subjetiviza la noción del cuerpo.
Lo nombrado (re-conocido) no solo hace existir la realidad, sino que la cambia. El símbolo es más potente que lo real porque es capaz de modificar lo real.
Existen dos anatomías: una real y una psíquica. De la primera da cuenta el discurso de la ciencia de la época y la otra es la que se va formando en la percepción interna del sujeto. Del objeto carnal a la ficción, la caricatura imaginaria, el fantasma de ese objeto real.
Cada individuo construye su teoría psíquica del objeto-cuerpo, su imagen psíquica conforme sus propias experiencias subjetivas.
La imagen psíquica no solo no es fiel al objeto sino que es parcial: solo toma un detalle del objeto real. Nos formamos una representación (imagen) del cuerpo.
El sufrimiento del cuerpo existe a condición de que el cuerpo sea representado.
Todo acto humano no intencional tiene un sentido sexual. No todo lo que decimos es lo que realmente decimos y pensamos.
El fantasma cambia con el discurso de la época. La histeria no es la misma, si bien se mantiene la estructura. La vida sexual del discurso histérico no es la misma. Los síntomas entonces, cambian con el nuevo discurso de la época (soporte del fantasma).
Los síntomas son “hystóricos” (histérico-históricos). Históricos en sus manifestaciones porque son función de la lengua y del discurso de la época, pero transhistóricos en su estructura. La cuestión reside en saber, cada vez, cuál es la estructura o a qué causa se refiere el cuadro tratado.
Tres variedades de la histeria: conversiva (ligada al cuerpo), erótica (sufrimiento ligado a lo sexual) y depresiva o melancólica (sufrimiento ligado al existir). Donde veremos el cuerpo representado subjetivamente, comprometido en un sufrimiento.
Toma Nasio un término para aplicar al cuerpo -formulado por Lacan: epistemopsíquico. Para sostener que el psicoanálisis (así como la ciencia médica y su alianza con los laboratorios medicinales) “no solo ha creado un contexto o elementos psíquicos nuevos, sino que ha creado enfermedades psíquicas nuevas.” “Estructuralmente distintas”. “El fantasma ha cambiado”. El cuerpo responde al discurso entonces. Y la histeria es una entidad clínica “camaleónica”. Se mimetiza al discurso del dispositivo. A la opinión, los colores y formas (imaginario) los decires y saberes (campo simbólico).

Capítulo I

Freud conserva una realidad empírica de la realidad. Una realidad exterior a la del aparato psíquico, anterior a este.
Encontramos tres acepciones freudianas de la palabra realidad:
Un objeto mítico, originario, que produce satisfacción real (realidad mítica); luego la búsqueda infructuosa de esa experiencia de satisfacción (segunda realidad, como medio al servicio de la obtención del placer mítico); más tarde, apelación a medios intermedios para obtener la satisfacción imposible, integrando el concepto de realidad al sistema percepción-conciencia del yo. Y donde la realidad está sometida al principio de placer, puesto que el yo, como representante de la realidad, será a su vez investido por la libido.

“Debo confesarlo –y me incomoda hacerlo- aconsejo a los analistas despreciar la realidad; no se pregunten si un acontecimiento infantil, traumático, que el paciente cuente es verdadero o falso”.
Freud formula un principio de realidad psíquica.
“Nunca se dejen llevar a introducir el patrón de la realidad en las formaciones psíquicas reprimidas. Así se arriesgaría a subestimar el valor de las fantasías en la formación de los síntomas (…)”.
Sostiene entonces una realidad material y una realidad psíquica.
Las proto-fantasías constituyen la realidad psíquica.
La realidad psíquica está tramada con deseo insatisfecho. Capaz de producir efectos.

Lacan distingue la realidad como el lugar donde lo que acontece cambia. Respecto de lo real como lo que no cambia.
Hay dos órdenes de determinaciones fundamentales de la realidad: lo simbólico y lo imaginario.
Dos tipos de causas que producen efectos: palabras e imágenes. Significante o imagen. Suficientes para cambiar un cuerpo, intervenir sobre él, afectarlo.
La realidad efectiva entonces, es como un montaje de la dimensión imaginaria y la  simbólica.
Pero –y esto es fundamental- es necesario algo más. Para que haya realidad es preciso que los significantes y las imágenes hayan hecho daño en el sujeto.

LOS DOS PRINCIPIOS DEL FUNCIONAMIENTO MENTAL (S. Freud)

Vemos a Freud tratando de dar cuenta cómo el neurótico se aparta de la realidad – o de un fragmento de la misma- porque ésta se le hace intolerable.
Los procesos primarios (procesos inconscientes) responden al principio del placer.
Merced al principio de placer, la actividad psíquica se retrae de aquello que le produce displacer.
Inicialmente, por decepción ante lo no obtenido, alucinamos para volver a obtener nuestra experiencia de satisfacción (perdida, mítica). Ante lo insatisfactorio del recurso, el aparato psíquico tuvo que decidirse a representar el las circunstancias reales del mundo exterior y buscar modificarlo para obtener su satisfacción. Introduce el principio de realidad. No se representaba ya lo agradable, sino lo real, aunque fuese desagradable.

La realidad externa entonces, cobra mayor valor conforme la conciencia –enlazada a los órganos sensoriales vueltos hacia el mundo exterior- comienza a distinguir las cualidades y diferencias sensoriales, y no solo regularse por el principio de placer-displacer. Se agudiza, especializa, complejiza, el aparato psíquico. Se constituye la función de la atención. Atención vuelta al mundo, a la captura del mismo mediante las impresiones sensoriales. Y se conforma un sistema encargado de registrar y anotar las impresiones de la conciencia: la memoria.
En lugar de la represión surge el discernimiento. La adecuación a la realidad exterior, comparando con las huellas mnémicas de la realidad.
La descarga motora inicial (descarga del incremento de estímulos) busca ahora la modificación de la realidad transformándose en acción.
El aplazamiento de la descarga motora (ahora acción) se encomienda al pensamiento, surgido a partir de la representación. El aparato soporta el incremento de tensión de los estímulos durante el aplazamiento de la descarga. Las cargas libres en su  desplazamiento, se fijan, se ligan, ahora. Una forma de elevación del proceso de carga.
El pensamiento inconsciente estaba dirigido a las relaciones entre impresiones de objetos y se enlaza a los restos verbales.

Con la instauración del principio de realidad quedó disociada una cierta actividad mental que permanecía libre de toda confrontación con la realidad y sometida exclusivamente al principio del placer: el fantasear.

Mientras las pulsiones del yo evolucionan se separan de ellas las pulsiones sexuales.
Inicialmente autoeróticas encuentran su satisfacción en el cuerpo no primando sobre ellas el principio de realidad. Iniciado más tarde el proceso de elección de objeto que culminará en la pubertad, se instalada un tiempo de detención (latencia). Reina allí el dominio del principio de placer.
Se establece una estrecha relación entre la fantasía y el impulso sexual por un lado y las pulsiones del yo y la conciencia por otro.
La fantasía se satisface libidinalmente. La represión busca inhibir las fantasías que provocan displacer al yo.
La instalación del principio de realidad en el yo no excluye el principio del placer. Se renuncia a un placer inmediato para procurarlo mediante un nuevo camino más seguro.
La educación trabaja a favor del principio de realidad. Busca poner dique a las pulsiones y fortalecer el yo.



CLASE Nº 2.-

Algunas consideraciones con miras a un estudio comparativo de las parálisis motrices orgánicas e histéricas. (1888-93).


El estudio fue realizado por las observaciones efectuadas en la Salpétriere y con el objetivo de aprehender algunos caracteres generales de la neurosis y comprender su naturaleza.

I-Parálisis motrices orgánicas: se reconocen dos clases:
a-      Periférico espinal o bulbar, parálisis “détaillée”
b-      Cerebral, parálisis “en masse”

Periférico-espinal                                  Cerebral

Ej. parálisis facial                                   Ptosis palpebral[1]
Poliomielitis

Cada músculo afectado de                     Afecta una amplia zona de la periferia.
manera individual y aislada                   Músculos que por si solos cumplen
Depende del sitio y extensión                función
de la lesión nerviosa

Parálisis de proyección                          Parálisis de representación


Parálisis histérica

Se ocupará de la parálisis fláccida. Comparten los caracteres de las parálisis orgánicas de representación. Nunca afectan a un solo músculo, salvo el caso en que ese músculo sea el instrumento único de una función, son siempre en masse. Se acerca a la parálisis cortical por su aspecto disociativo, pero se distingue porque no sigue la regla constante en las parálisis cerebral orgánica que el segmento periférico es siempre más afectado que el segmento central.
Siguiendo esta observación es intermedia entre las parálisis de proyección y las de representación.
Es por lo tanto, una parálisis de representación, pero de una representación especial cuya característica deber ser descubierta.

II-                                                                      
    Parálisis cortical                                     Parálisis histérica

  Hemiplejia[2] común orgánica                      Más sistematizada y disociada
  Cuando hay debilitamiento desigual         Síntomas como fragmentados
  de varias funciones, la más                      (monoplejías, afasia motriz o mixta
  afectada es la más compleja.                    de una sola lengua, abolición completa
                                                                    de una función con integridad de otra
                                                                    función efectuada por los mismos órganos)

 No puede volverse absoluta y                      Tienen delimitación exacta y mantienen
permanecer delimitada a la vez                     una intensidad excesiva
Poca perturbación de la sensibilidad             Gran perturbación de la sensibilidad


La histeria es una enfermedad de manifestaciones excesivas que tiende a producir sus síntomas con la mayor intensidad posible.
¿A qué carácter general de la representación especial será preciso referirlas?


III-

No existe una gran facilidad para la disociación en la parálisis cerebral común, debido a que la sintomatología de las mismas es el resultado de la afección anatómica. Por lo tanto las fibras motrices están demasiado próximas entre sí como para que puedan se lesionadas aisladamente.
Constituyen la expresión clínica de un hecho anatómico.
La naturaleza de la lesión desempeña un papel secundario; más bien son su extensión y su localización las que en las condiciones estructurales dadas del sistema nervioso, producen los caracteres de la parálisis orgánica que hemos registrado.
¿Cuál podría ser la naturaleza de la lesión en la parálisis histérica, que por si sola domina la situación, con independencia de la localización, de la extensión de la lesión y de la anatomía del sistema nervioso ¿
Charcot explica que se trata de una lesión puramente dinámica o funcional, o sea que no se encuentran cambios titulares apreciables.
Freud afirma que la lesión de la parálisis histérica debe ser por completo independiente de la anatomía del sistema nervioso, puesto que la histeria se comporta en sus parálisis  y otras manifestaciones como si la anatomía no existiera o como si no tuviera noticia alguna de ella.
Es ignorante de la distribución de los nervios, y por ello no simula las parálisis periférico-espinales, no tiene noticia del quiasma de los nervios ópticos y en consecuencia, no produce la hemianopsia[3]. Toma los órganos en el sentido vulgar del nombre que llevan.

IV-

¿Cómo es la lesión que es causa en la parálisis histérica?
Es una alteración de la concepción (representación) de la idea de brazo, por ejemplo, la cual no entra en asociación con las otras ideas que constituyen al yo del cual el cuerpo del individuo forma una parte importante. La lesión sería entonces la abolición de la accesibilidad asociativa de la concepción del brazo. Este se comporta como si no existiera para el juego de las asociaciones. La idea puede ser inasequible sin estar destruida y sin que esté dañado su sustrato material.
Explica esto en que el valor afectivo que atribuimos a la primera asociación de un objeto “repugna” (al YO) hacerlo entrar en asociación nueva con otro objeto, y a consecuencia de ello, vuelve inaccesible a la asociación la idea de ese (primer) objeto.
Si la concepción del brazo está envuelta en una asociación de gran valor afectivo, es inaccesible al libre juego de las otras asociaciones. El brazo estará paralizado en proporción a la persistencia de este valor afectivo o a su disminución por medios psíquicos apropiados. En todos los casos, se halla que el órgano paralizado o la función abolida están envueltos en una asociación subconsciente[4] provista de un gran valor afectivo y se puede mostrar que el brazo se libera tan pronto como ese valor afectivo se borra.
La concepción del brazo existe en el sustrato material, pero no es accesible para las asociaciones e impulsiones conscientes porque toda su afinidad asociativa, por así decir, está saturada en una asociación subconsciente con el recuerdo del suceso, del trauma, productor de esa parálisis.
Cada suceso, cada impresión psíquica están provistos de cierto valor afectivo, del que el yo se libra por la vía de una reacción motriz o por un trabajo psíquico asociativo. Si el individuo no puede o no quiere tramitar el excedente, el recuerdo de esta impresión adquiere la importancia de un trauma y deviene la causa de síntomas permanentes de histeria. La imposibilidad de la eliminación es notoria cuando la impresión permanece  en el subconsciente ( abreacción[5] de los aumentos de estímulo ).
Por lo tanto, la lesión en las parálisis histéricas no consiste en otra cosa que en la inaccesibilidad de la concepción del órgano o de la función para las asociaciones del yo conciente, que esta alteración puramente funcional (con integridad de la concepción misma)  esté causada por la fijación de dicha concepción en una asociación subconsciente con el recuerdo del trauma, y que esta concepción no devenga libre y accesible hasta que el valor afectivo del trauma psíquico no haya sido eliminado por la reacción motriz adecuada o por el trabajo psíquico consciente. Pero aún si no opera ese mecanismo, aun si para la parálisis histérica hace falta siempre una idea auto sugestivo directo, como en los casos traumáticos de Charcot, habremos logrado demostrar de qué naturaleza debería ser la lesión, o más bien la alteración, en la parálisis histérica, para explicar sus diferencias con la parálisis orgánica cerebral

Hasta aquí, el texto de Freud.
Puntualizaciones importantes:
-          Freud se aparta del campo médico neurológico y comienza a conceptualizar un campo nuevo con sus fundamentaciones.
-          Esto implica el comienzo de una nueva nosografía.
-          El término lesión pasa a ser patrimonio exclusivo de la anatomía y toma otro sentido: alteración
-          Asimismo representación deja de ser exclusivamente la referida al campo anatómico cerebral, para constituirse en la representación subjetiva que se tiene de determinada zona del cuerpo.
-          Ya no habla de zona anatómica intacta, sino de integridad de concepción (en el sentido de lo ideico).
-          El cuerpo pasa a ser parte de la conformación del yo.
-          Introduce términos tales como subconsciente y la posibilidad de devenir conciente.
-          El trauma se convierte en causa de determinado fenómeno (psíquico).
-          La carga afectiva determina el exceso de carga y la fijación concomitante.



Leyendo en los Estudios sobre la Histeria (1985) de J. Breuer y S. Freud nos percatamos cómo se juega un deseo en Freud: deseo de saber; a partir de su demanda a la paciente para que hable, para que recuerde. Y cómo ésta responde a la solicitud, de manera que en extremo podemos decir: responde armando el relato histérico. Discurso histérico entonces.
Relato que hace corte con el discurso médico, donde el saber se encuentra en el médico y en el paciente la ignorancia. Relato en donde el paciente se encuentra en posición de enseñante y el terapeuta deseoso de aprender.
Vemos así como rompe Freud con el dispositivo de Charcot, puesto que supone que el otro tiene el saber y la posibilidad de acceso a su verdad. Un saber que no se sabe a sí mismo y del que el paciente –en su reconstrucción- dispone para la resolución de su conflicto.
El artificio de la presión de la mano sobre la frente del paciente (que sostenía en los inicios Freud), es el equivalente, para la histérica, al apoyo amoroso del que ha sido privada imaginariamente y que, en lo real de la cura, es el signo del deseo de Freud, signo de que él ama ese saber que ella posee.
Leemos en “Psicoterapia de la histeria”: Por tanto, el no saber de los histéricos era en verdad... un no querer saber, mas o menos conciente, y la tarea del terapeuta consistía en superar mediante un trabajo psíquico esa resistencia  la asociación”. Por ello el médico “desconocedor de la cosa misma” se ve llevado a emplear “un pequeño artificio técnico” que consiste en anular la presión que ejerce la voluntad (consciente) sobre la idea patógena: “Con este propósito yo me sirvo en primer término de un pequeño artificio técnico. Anticipo al enfermo que le aplicaré enseguida una presión sobre su frente; le aseguro que, mientras dure esa presión sobre su frente y al cabo de ella, verá ante sí un recuerdo en forma de imagen, o lo tendrá en el pensamiento como ocurrencia, y lo comprometo a comunicarme esa imagen o esa ocurrencia, cualquiera que ella fuere. Le digo que no tiene permitido reservárselo para opinar, acaso, que no es lo buscado, lo pertinente, o porque le resulta desagradable decirlo. Nada de crítica, ni de reserva, ya provengan del afecto o del menosprecio. Le afirmo que sólo así podremos hallar lo buscado, que así lo hallaremos infaliblemente. Luego presiono durante algunos segundos la frente del enfermo situado ante mí, lo libro de la presión y le pregunto con tono calmo, como si estuviera descartada cualquier decepción: ¿Qué ha visto usted? O ¿Qué se le ha ocurrido?”.
Finalmente se llega a la representación patógena.
Pero Freud señala que a la representación va “adherido algo para cuya comunicación se elevaba una tenaz resistencia. El análisis se interrumpió antes de esclarecerlo”. Desde temprano se advierte del movimiento transferencial que implica necesariamente al terapeuta: Transferencia Negativa, por el cual ante la proximidad de su deseo la paciente retrocede saliendo de escena (acting out). Freud fuerza “la confesión” y no es fruto del propio trabajo del paciente. Freud, desconociendo que solo provoca el amor de su paciente mediante una técnica de seducción que solo puede asegurar ese efecto, consigue como única respuesta posible el fracaso de la cura o al menos la detención de las asociaciones. Su intervención “en lo real, en particular su procedimiento por presión, simboliza una suerte de dominio sobre lo inconsciente –en el que su deseo de poder se revela- que provoca el amor recíproco de la paciente. Desde el momento en que las asociaciones se detienen hay transferencia. Freud todavía lo ignora y opera como sugestión con su acto invitando a la resistencia.
Vemos el esfuerzo por impedir que se detenga el discurso del paciente: “Cuando había llegado con ellos a un punto en que aseveraban no saber nada más, les aseguraba que empero lo sabían, que sólo debían decirlo, y me atrevía a sostenerles que el recuerdo justo sería el que acudiese en el momento en que yo les pusiese mi mano sobre su frente. De esta manera conseguía, sin emplear la hipnosis, averiguar de los enfermos todo lo requerido para restablecer el nexo entre las escenas patógenas olvidadas y los síntomas que éstas habían dejado como secuela”.
Esta identificación del inconsciente con un saber que no se sabe a sí mismo, induce una práctica de la cura que dirige al paciente hacia la revelación de un secreto. “El psicoanalista quiere llevar al reconocimiento consciente lo reprimido en la vida anímica”.
Lo que dicen las pacientes de Freud, no es objeto de una interpretación, la cura catártica no tiene todavía como objetivo revelar un sentido sexual latente, sino liberar un saber que sólo la histérica tiene.
La curiosidad de Freud, la avidez de su demanda (su propio deseo) le son reubicados por una paciente, Emma von N quien agobiada por los reclamos y pedidos exigirá silencio: “Le doy plazo hasta mañana para recordarlo. Y hete aquí que me dice, con expresión de descontento, que no debo estarle preguntando siempre de dónde viene esto y estotro, sino dejarla contar lo que tiene para decirme. Yo convengo en ello...”
Al poner a Freud en su lugar le enseña a callarse y escuchar. Nace el dispositivo psicoanalítico tal cual lo conocemos.       

En el texto ¿Qué es la realidad para Freud? de Juan Nasio leemos –según este autor- que Freud sostiene inicialmente una realidad de raigambre empírica por cuanto tiende a pensarla como lo exterior al sujeto, lo circundante al mismo. Dirá que en el Proyecto comienza ya a someter a la misma al placer. Distingue dos realidades. Una como medio de acceso a la obtención de placer (y en este sentido retorno a la ausencia de tensión sómato-psíquica) y por otro lado una realidad mítica –perdida- donde el cachorro humano se satisfacía plenamente (satisfacción real)  con un objeto (pecho).
Nos recuerda entonces, siguiendo este recorrido, que el niño intenta reencontrar esta primera experiencia de satisfacción con un objeto real y fracasa, recurriendo entonces a medios indirectos, intermediarios para obtener la misma en un segundo momento.
El objeto entonces está perdido, tanto como la satisfacción real.
La realidad entonces, es un medio del que sirve el sujeto par la obtención de placer según el modelo neuronal.
Cuando formula el primer modelo de aparato psíquico (la Primera Tópica) integra a la misma, al Sistema Percepción Conciencia del yo. Sometiendo todavía la misma al Principio de Placer, por cuanto el yo, como representante de la realidad, será a su vez investido por la libido.
Distingue así tres acepciones de realidad freudianas.
Cita luego a Freud: “debo confesarlo –y me incomoda hacerlo- aconsejo a los analistas despreciar la realidad; no se pregunten si un acontecimiento infantil, traumático, que el paciente cuente, es verdadero o falso”.
¿Por qué esto? Pues porque inicialmente Freud busca al modo detectivesco, lo que supone es una verdad (en el sentido de los hechos ocurridos y por algún motivo olvidado); para luego decir que eran falsos, sosteniendo en un tercer momento que eran una mezcla de falso y verdadero.
Finalmente crea el concepto de Realidad Psíquica, distinguiéndola de la Realidad Material que continúa existiendo.
Y aquí una pequeña digresión, cuando Freud habla de Realidad Psíquica, designa aquello que en el psiquismo del sujeto presenta una coherencia y una consistencia comparable a la de la Realidad Material; donde fundamentalmente se trata del deseo inconsciente y de los fantasmas con él relacionados.
Cuando abandona la Teoría de la seducción y del papel patógeno de los traumas infantiles reales, cobra principal importancia la noción de fantasía y fantasma. Teniendo los mismos la misma efectividad patogénica que atribuyó en los inicios a las “reminiscencias”. “Los fantasmas poseen una realidad psíquica opuesta a la realidad material (...) en el mundo de las neurosis, el principal papel corresponde a la realidad psíquica”.
Dirá también que: “(...) todavía no hemos podido constatar una diferencia, en cuanto a los efectos, según que los acontecimientos de la vida infantil sean un producto del fantasma o de la realidad”. Los síntomas neuróticos entonces, son entendidos como efectivamente basados en al realidad psíquica y en este sentido “el neurótico debe tener razón” (los motivos se hallan justificados).
Tanto la neurosis como la psicosis se caracterizan por el predominio de la realidad psíquica en la vida del sujeto. “(...) cuando nos hallamos en presencia de los deseos inconscientes llevados a su expresión última y más verdadera, nos vemos obligados a decir que la realidad psíquica constituye una forma particular de existencia que no se debe confundir con la realidad material”.
Cuando habla de fantasías refiere fundamentalmente a tres Fantasías Fundamentales (Originarias) la de la escena primordial, la de seducción por un adulto, y la de castración (visión del sexo femenino).
Pero surge la pregunta respecto ¿de qué naturaleza está hecha esa realidad psíquica? ¿Cuál es la materia que teje su trama? Está hecha de sexo. El material que encontramos en la trama de la realidad psíquica es sexual; se trata del deseo. Y no solo de él sino de la insatisfacción. Deseo insatisfecho. Una realidad capaz de producir efectos a pesar de no ser tangible, no ser material.

Vemos entonces cómo una “realidad efectiva” es la que acontece, cambia. El lugar donde eso se modifica, se afecta. Respecto de esto Lacan planteará la diferencia con lo Real como lo que no cambia. Pero “efectividad” no quiere decir materialidad.
Para el psicoanálisis hay dos órdenes de determinaciones fundamentales de la realidad: lo simbólico y lo imaginario. Dos tipos de causas que producen efectos: palabras e imágenes. O un significante o una imagen. Capaz de transformar un cuerpo, de afectarlo, de “hacer nacer otro cuerpo” (como el cuerpo histérico afectado). Donde entonces también, la reproducción sexual, el nacimiento de un ser, comienza con una imagen. Se está en lo imaginario y se termina teniendo un hijo.
Estas dos determinaciones: simbólico e imaginario, construirán un montaje que define la realidad del sujeto.  Donde paradojalmente, es necesario para que haya realidad que los significantes hayan hecho daño en el sujeto, hecho marca, impactado en el entonces sujeto parlante.



[1] Caída del párpado superior.
[2] Trastorno del cuerpo en el que la mitad contralateral del mismo está paralizado.
[3] Falta de visión que afecta únicamente la mitad del campo visual. Lesión del tracto óptico.
[4] No desarrolla todavía la noción de inconsciente. Postula un término que NO es psicoanalítico.
[5] “Descarga” de emociones y afectos ligados a recuerdos de experiencias penosas y/o dolorosas infantiles reprimidas.



CLASE Nº 1.  EL DISCURSO PRODUCE UN EFECTO

Hablaremos de discurso como aquello que produce un efecto, un efecto que estructura.
Podemos preguntarnos: ¿Que estructura qué cosa? Estructura aquello que llamamos realidad.
No en vano solemos hablar de “discurso religioso”, como una forma propia de hablar, de  pensar, de sentir; un “discurso de la fe” se suele decir, que tiene una lógica de ritos, ceremonias propias de lo religioso, que marca pautas de comportamiento y de relación, de vestimenta, fórmulas para dirigirse unos a otros en su trato, que mide el tiempo en función de acontecimientos significativos para esa fe en particular (días de encuentro de los fieles, celebraciones especiales, etc.), que propicia y regula una enseñanza moral, una educación, una forma de “ver y participar del mundo”. Una realidad en la que el creyente se sumerge, durante el oficio o la práctica religiosa (dispositivo religioso), y lo acompaña luego en su vida cotidiana; realidad entonces que la vive; vive la realidad propia de ese discurso religioso. A tal punto que hasta puede dar su propia vida por ese discurso, ofrendar su vida al discurso.

Entonces, recordemos esta afirmación: se requiere un discurso para sostener una práctica. Cualquier práctica está sostenida discursivamente. Un discurso la estructura, la regula. En el marco de un dispositivo.

El discurso tendría entonces un efecto “disciplinador”, daría lugar a lo que solemos llamar disciplinas. Una vez más: habría efectos particulares de diferentes discursos estructurando disciplinas diversas.
Sin el marco referente de un discurso que estructura una práctica, es poco serio considerar que una disciplina se ejerza. Notemos la importancia de poder formular, dar marco a un discurso que regule la práctica psicomotriz, entonces.

Hablamos de discurso, como lazo social. Las sociedades sostienen diversas prácticas mediante discursos regulatorios de las mismas. En estas prácticas se encuentran muchos componentes de esa sociedad en el ejercicio de tal práctica. Hacen lazo. Se unen en una práctica regulada discursivamente. El discurso hace lazo social.

Aplicado a nuestro campo, diremos que hay varios discursos acerca de “la salud”. No encontramos un concepto, una definición, una idea única, acerca de la salud. La salud no es Uno (en el sentido de un universal propio, claro y distinguible para todos). Diremos: no existe LA SALUD. Habría varios discursos acerca de ella y en consecuencia habría varias disciplinas de la salud, que se encargarían de distinto modo de ese “objeto” que cada disciplina toma en consideración de forma diversa. Una disciplina sería así una praxis de un saber enunciado por un discurso. Una vez más entonces, si pensamos la práctica de la psicomotricidad como una disciplina de la salud, deberemos interrogarnos por su objeto (buscar de cernirlo, ubicarlo) y por el enunciado discursivo soporte de esta práctica. No es lo mismo cualquier enunciado teórico: genera prácticas diferentes, efectos discursivos diferentes, consecuencias diferentes.

Pensemos un instante en las consecuencias de esta afirmación: si un discurso es lo que estructura una realidad, habría para los sujetos tantas “realidades” como discursos se enuncian acerca de lo que ocurre en la realidad.  No obstante, nos encontramos con que existen discursos que confluyen, se superponen y complementan en las prácticas que  regulan y “disciplinan”; que organizan y normatizan la forma de vivir en esa sociedad particular. En este sentido podemos pensar en un Discurso Amo para cada sistema social. Así, todo discurso trata de dar cuenta de lo Real[1], llamándolo en muchas ocasiones realidad y confundiéndolo con ella.
Y es esa disimetría entre lo real y la realidad la que encontramos, por ejemplo, entre la diferenciación entre cuerpo y organismo, entre sujeto e individuo, entre signo y gesto (para el campo psicomotriz), entre saber y verdad.

Lo que se enuncia, nuestro decir cotidiano, al tiempo que trata de dar cuenta y explicar una realidad, de hecho está produciendo un efecto fundante. Inaugura un campo al que podemos llamar  realidad subjetiva. Por otro lado, el discurso está ya de antemano, preexiste al sujeto. El discurso está instaurado en el mundo al que llegamos y a su vez lo sostiene. Sostiene y regula diferentes prácticas sociales. Ordena, disciplina, el lazo social.
Toda realidad será entonces discursiva. Será el discurso el que siendo estructura, estructuraría a su vez al sujeto y al mundo a partir del lenguaje preexistente y del uso de ese lenguaje. Se produciría así una permanente reestructuración, a la que llamaremos: los cambios en lo real.

Entonces no sería un desatino afirmar que lo real se modifica a partir de los efectos del propio decir.

Esta afirmación tan simple, encierra no obstante lo más radical de toda práctica del psicoanálisis y de toda función llamada terapéutica del mismo. Pensemos esto para el campo de la psicomotricidad también. Se tratará de una puesta en palabras; de los dichos, o si se quiere: de la enunciación de quien se postula “paciente”. Se tratará de palabras que afectarán el cuerpo, lo real del cuerpo.

Si el discurso en lo que enuncia, estructurando, produce un saber, habrá ya un goce en ese saber: “el saber es el goce del Otro” (J. Lacan. El Seminario, libro 20. Aún. Ed. Paidós. Barcelona 1981. P 76) Y habrá también un goce en enunciar un saber acerca de la realidad y en ese saber se incluirá, entre otras cosas determinadas, un saber sobre el goce.
Las disciplinas podrían ser consideradas como aplicaciones de un saber acerca del goce. Y si hablamos de disciplinas de la salud, serían aplicaciones de los goces que se producen al considerar, pensar, estudiar, tratar, ocuparse, etc de la salud… Incluyendo en ello el propio deseo del practicante: deseo analista.

La verdad y el discurso del analista

A partir de que se introduce el concepto de sujeto, desde el psicoanálisis se puede “oír” esa verdad que el ser hablante enuncia sin saberlo, más allá de la coherencia formal del decir o de la intención de todo decir. Siendo más estrictos (y es un tema que desarrollaremos a partir de la noción de letra para Lacan) diremos que se puede leer. Lo que Freud llamó “otra escena”, o si se quiere, lo que con Lacan entendemos como “el inconsciente como descifrable”. Hacia el final de su enseñanza, poco antes de morir en 1981, Lacan plantea en la sesión del 10/1/78 de “Momento de concluir”:
 
Hay seguramente escritura en el inconsciente, aunque no fuese más que en el sueño, principio del inconsciente –eso es lo que dice Freud-, el lapsus e incluso el chiste se define por lo lisible. Se hace un sueño, no se sabe por qué, y luego se lee; un lapsus lo mismo, y todo esto que dice Freud del chiste es bien notorio cómo está ligado a esta economía que es la escritura, economía en relación con la palabra. El saber consiste en lo lisible. Y en suma, es poco. Esto que yo digo de la transferencia es lo que tímidamente avancé como siendo el sujeto –un sujeto siempre supuesto, pues no hay sujeto, más que el supuesto- el supuesto saber. ¿Qué puede querer decir? El supuesto-saber-leer-de-otro-modo.

Es el analista el que instaura al sujeto como aquel que tiene, no solo un saber que se ejerce en el decir, sino también una versión que escaparía a la formalización del saber. Es entonces la lógica de la interpretación la que reditúa la operación de disimetría entre saber y verdad.
Estrictamente: si el inconsciente está estructurado como un lenguaje y además en medio de su decir produce su propio escrito, nosotros los analistas, tenemos una tarea extra: antes de interpretar debemos descifrar.
Con el saber se puede producir un sentido, una significación, pero será un sentido a descifrar. Y ese desciframiento será el que pueda permitir la emergencia de lo que llamamos verdad.

El paso discursivo del psicoanálisis (otro lazo social)

Freud pasó del discurso de la medicina (discurso de los órganos) del discurso de los signos fijos que hablan “al que sabe” leerlos e interpretarlos, al psicoanálisis, donde hay un sujeto que habla sobre su padecer, y un saber sobre lo no sabido.
El síntoma es reconvertido como algo a interpretar, como un mensaje cifrado (escritura) que tiene estructura de lenguaje. No son “órganos dolientes” sino una subjetividad afectada. Los malestares corporales adquirían así una nueva dimensión: la que se obtiene de escuchar la afectación discursiva implicada en los dichos del paciente.
El sujeto afecta su cuerpo simbólicamente: el discurso lo habita. El sujeto en tanto ser habitado por el lenguaje, tiene en la pulsión el lenguaje de sus órganos. Y es la escucha de las palabras de ese lenguaje lo que privilegia el discurso analítico.
Para ocuparse de la salud, Freud inventa un nuevo discurso: el analítico, que no es el del amo ni el de la ciencia. Y tiene como fundamento las consecuencias de la estructura lingüística de la pulsión.
Trata el cuerpo mediante la pulsión, vínculo y condición para el deseo y el goce. Considerados estos dos últimos como efecto de la relación entre el sujeto del inconsciente y el cuerpo: cuerpo afectado por el Otro, “otrificado”.
No nos ocupamos del organismo sino del cuerpo. Cuerpo capturado por la estructura, afectado por el discurso; por lo que el objeto del psicoanálisis remite a lo que del cuerpo, afectado, queda como resto de lo real. Y siempre es un discurso, u otro, el que de hecho efectúa permanentemente una reestructuración del sujeto en su relación con su real corporal.



[1] Ya desplegaremos mejor este concepto, pero una primera aproximación será el pensarlo como aquello que está fuera de sentido. Una cita: Lo real uno puede concebirlo como lo que es expulsado del sentido, es lo imposible, es la aversión al sentido. (J. Lacan Sem. IX Clase del 10/1/62)


Clase 1 “El médico, el paciente y la enfermedad”

Salud-Enfermedad. Recorrido histórico. Vinculación con lo social-cultural, histórico-político. Modalidades discursivas, prácticas diversas, Dispositivos para su ejercicio.

Quisiera contrastar una afirmación Hipocrática: “Hay tres cosas a considerar: el médico, la enfermedad y el hombre”[1] y lo que la “Ciencia Médica” hará con este tríptico del cual se parte.
Buscaremos seguir el razonamiento Hipocrático para la constitución de su campo epistemológico y su objeto: la enfermedad, encarnado en un cuerpo padeciente: el HOMBRE enfermo, el paciente.
Nótese ya, la distancia entre el paciente, el enfermo y el hombre. En el desarrollo argumentativo, perdimos al hombre, para encontrarnos con una nueva entidad: el hombre enfermo. Un enfermo, es algo distinto de un hombre (sano), ante él, el profesional, se comportará de una manera especial, puesto que el paciente, también es alguien distinto de los hombres: está enfermo, escapa a la norma de lo común: la salud.
A la salud, propio de todos los hombres, se opone la enfermedad, propio de los enfermos.
La Ciencia, sabrá qué hacer con aquello que escapa a la norma.
Veamos cómo se funda un discurso y se sostiene una práctica dentro de un dispositivo.

Tratemos de seguir el razonamiento en el texto.
Veamos primero la argumentación para la constitución de la Ciencia Médica:
“Dirá ahora mi oponente que también muchos enfermos se han curado sin acudir a un médico, y yo no voy a desconfiar de su palabra. Pero me parece que es posible servirse de la medicina sin acudir a un médico, no en el sentido de saber lo que es correcto o lo no correcto en ella, sino en lo de conseguir éxito tratándose a sí mismos del mismo modo como los hubieran tratado de haber acudido a médicos. Precisamente eso es un gran testimonio a favor de la realidad de la ciencia, de que existe y es grande, que se vea que incluso los que no creen en ella se salvan gracias a ella.”
La posibilidad de cura es tratarse como lo trataría un médico: con su saber (hacer) médico
El resultado obtenido (cura) da prueba de la existencia de la ciencia médica, como tal.
Buscará argumentar para constituir un campo científico de saber. La apropiación del saber (la posibilidad de transmitirlo por la escritura) y su posibilidad de enseñanza a todos y no solo a algunos especiales, permite el apartamiento del campo mágico-religioso, como así mismo, la “democratización” del conocimiento, conforme los ideales de la época histórico-social de Grecia.
Entonces: veremos la conformación, -la fundación mejor-, de un discurso nuevo. Discurso que hará lazo social entre aquellos que sostienen una práctica científica: la medicina. Y que como todo discurso genera sus efectos sobre lo social.  
“Pues es muy necesario que incluso los que no acudieron a médicos, que estaban enfermos y se curaron, sepan lo que hicieron o no hicieron para curarse. (…) Y al haber experimentado mejoría les es muy necesario haber conocido qué fue lo que les benefició, y cuando sufrieron daño qué fue lo que les dañó (…) Que no todo el mundo es capaz de conocer lo que se distingue por ser beneficioso y lo que le es dañino. Si, por lo tanto, el que pasó por una enfermedad sabe elogiar y censurar algo de los tratamientos (…) con el que recobró la salud, todo eso hallará que es propio de la medicina.”
El arte médico consiste en el conocimiento (Saber hacer) de los tratamientos.
“Y no menos los errores que los aciertos son pruebas de la existencia de tal ciencia. Pues lo que le ha beneficiado le benefició al serle administrado correctamente y lo que le causó daño le dañó por no serle administrado correctamente. Ahora bien, donde tanto lo correcto como lo incorrecto tiene uno y otro su definido límite ¿cómo no ha de haber una ciencia? Pues yo afirmo que esto es lo propio de la ausencia de ciencia: que no hay nada correcto ni incorrecto. Pero donde existen lo uno y lo otro, eso no puede ser ya obra del azar, sino de la ciencia.”[2]
La eficacia del propio saber (tratamiento) y su transmisibilidad, fundan el campo epistemológico: ciencia médica.

Notemos ahora el lugar dado al enfermo, ignorante del saber médico (esto es: no razona ni procede conforme la ciencia médica). Se duda de  él, se sospecha que no hará lo necesario, lo que se le indica o prescribe, poniendo en riesgo su propia vida (fruto de su ignorancia).
De modo que el enfermo se encuentra  en una relación  asimétrica ante el médico, quien solo tiene que rendir cuenta a sus pares. En este sentido, la ciencia no solo funda un campo epistémico, sino un discurso  propio y un poder correspondiente, emanado del saber.
“Ahora bien, es mucho más lógico que los enfermos sean incapaces de cumplir lo que se les ha prescrito que el que los médicos prescriban lo que no debieren (…) los que no saben lo que padecen ni por qué lo padecen, ni lo que suele pasar en casos semejantes (…) ansiosos de recibir algo contra la enfermedad, más que lo conveniente a su salud; sin deseos de morir, pero incapaces de soportarlo con firmaza. En tal situación ¿qué es lo probable: que ellos hagan lo que les prescribieron los médicos, o que hagan otras cosas que las prescritas? (…) ¿Es que no es mucho más verosímil que los médicos den las prescripciones  convenientes, y que los otros (enfermos) sean incapaces de obedecerle, y (…) se precipiten en la muerte, cuya causa los que no razonan rectamente la atribuyan a los no responsables en nada, liberando a los culpables?” .

Respecto de las enfermedades las clasificará (Semiótica médica) según rasgos observables o conjeturados. Inaugurando una clínica diagnóstica de la mirada, certera en su prescripción  y otra “analógico-especulativa”, de la conjetura.
“Desde el punto de vista de quienes tienen bastantes conocimientos en esta ciencia existen dos clases de enfermedades: unas que se presentan en lugar bien visible, y otras que están en lo no aparente y que son numerosas.”
Respecto de las primeras, conocidas, descritas por la ciencia, prescribe “remedios infalibles”, por conocidos sus signos y síntomas: “En todos estos casos los remedios deben ser infalibles, no porque sean fáciles, sino porque están descubiertos (…) y están al alcance no de los que quieran, sino de quienes están capacitados para ellos. Y tienen tal capacidad quienes no carecen de formación y no andan escasos de habilidad natural.”
Respecto de las segundas (internas) “nada de lo dicho le es posible saberlo a nadie por verlo con sus ojos. Por ello he denominado “oscuras” a estas cosas (…) El caso es que las enfermedades que escapan al examen de los ojos quedan sometidas al examen de la inteligencia”. Aquello que no puede ser observado y diagnosticado por su sintomatología conocida (semiótica médica) deberá ser conjeturado. “El médico lo aborda con su razonamiento”; por ello es que “el poder de la ciencia es más digno de admirar cuando produce el restablecimiento de alguno de los enfermos de dolencias internas (…)”.
Todo el capítulo es muy interesante desde el punto de vista de la concepción del método de la medicina, basado en la conjetura (tekmairesthai) y en la interpretación (hermeneia) de los signos y síntomas que se ofrecen a su comprensión terapéutica. A partir de los indicios externos, se diagnostica sobre las causas no visibles de la enfermedad y se les busca remedio.
“Por lo tanto, que la  medicina posee en si misma eficaces razonamientos para sus curas, y que con justicia puede negarse a atender las enfermedades que no tienen clara solución, y que puede tratar enfermedades sin cometer errores, lo demuestran las palabras ahora dichas y las actuaciones públicas de los entendidos en la ciencia, que lo evidencian en sus obras, despreocupándose de los discursos, porque consideran que la gente tiene una confianza más natural por los hechos que ven que por lo que puedan oír”.

Convencer al enfermo de la superioridad del saber médico no es tarea sencilla. El médico afirma su prestigio con el pronóstico: “Creo que lo mejor para el médico es que sea hábil en su previsión, penetrante, y que exponga de antemano el presente, el pasado y el futuro de sus enfermedades. Al explicar lo que omiten, ganará  su confianza y, convencidos de la superioridad de sus luces, no vacilarán en someterse a sus cuidados. Así el médico será justamente admirado, y ejercerá su arte con habilidad”. La autoridad, funda también el campo de la enfermedad, al nominarla, da un sentido a toda una sintomatología difusa para el neófito. Detengámonos unos instantes en estos efectos y sus consecuencias: el nombre funda una entidad nueva, la que se ajusta una sintomatología descrita. Pensemos en la proliferación (a partir de su nominación propia de la época) de Trastornos al modo de: anorexia, ataque de pánico, ADD, TGD, TOC, etc.

Discurso magistral, discurso Amo, el Discurso Médico lo es menos por las tomas de posición personales y colectivas dirigidas a asegurar el prestigio necesario ante el público y los enfermos, por su rechazo de todo orden que no sea específicamente médico, que por el acto médico propiamente dicho, el que produce junto al lecho de los enfermos: la clínica.
El acto médico: la clínica, sostiene y se sostiene en el Discurso Médico. En su pretensión (la de La Ciencia) de dar cuenta de lo Real, explicitarlo.
El diagnóstico confirma una enfermedad. Cuerpo habitado por una enfermedad, que lo aparta de los hombres (sanos) para constituirlo enfermo.
El enfermo es así invitado mediante el acto médico (diagnóstico), a desprenderse de toda interpretación subjetiva de lo que le sucede. Saberse ignorante respecto de su padecer, para depositar todo el poder y su confianza (en recuperar su salud Normal) en quien detenta el saber sobre su enfermedad: el médico. Efecto de discurso que inaugura una relación asimétrica: Discurso Médico, Discurso Amo.

Esta también es la lógica del Dispositivo (médico en este caso).  Me “entrego” al saber de la ciencia sobre mi padecer. Y espero de esta la respuesta sobre qué hacer para borrar mi padecimiento. Concurro para encontrar “remedio” a mi sufrir, mediante “una prescripción”, una receta. Respuesta que No es subjetiva. Es la misma para todos los poseedores de los mismos signos, los mismos indicadores… Borramiento de la singularidad subjetiva. 

Al cuerpo del enfermo que ya no garantiza su propia coherencia, (su integridad de dominio yoica) su normatividad, se le puede oponer un cuerpo de saber cuya coherencia es proporcionada por la cientificidad, y ese cuerpo de saber es, por su parte, propiedad de un cuerpo médico, no disociable en sus distintos elementos.
Todo su padecer, sus sensaciones penosas, dolorosas, angustiantes, se reorganizan adquiriendo un sentido (para la medicina)  en lo que hasta entonces era puro sin-sentido para el sujeto. Nos llega un sentido desde el Otro del discurso de la Ciencia.

Queda abierta la puerta para el estudio del padecer, el escrutamiento clínico para un mejor diagnóstico, y por ello, pronóstico. Será el tiempo de los distintos estudios confirmatorios del diagnóstico presuntivo. Salvando las distancias técnicas y temporales, ya Hipócrates decía: “Cuando los signos son muchos y la naturaleza no los proporciona de buen grado, la medicina encontrado los medios de coacción a través de los cuales la naturaleza violentada se abre sin prejuicios; así relajada, ella revela a quienes conocen el oficio lo que es preciso hacer”.
Subjetividad del sufriente  enajenada, a favor de la dimensión objetiva del saber, instituye una sacralización a la cual consagrarnos. Ya no se ofrecen los sufrimientos a los dioses, sino a la ciencia. El cuerpo (lugar de goce para si o para otro) sobrevive enajenado en el lenguaje médico, en su terminología descriptiva.
No hay ninguna posibilidad que el Discurso Médico se interrogue sobre el deseo y el goce. No son términos de su dominio, no entran en su campo, nada puede decirse en términos de un discurso médico sobre la subjetividad gozante. De modo que la medicina se mantiene radicalmente ignorante no solo de la sexualidad (y sus vicisitudes deseantes), sino también de la muerte en tanto tal (se limita a conocer los caminos de acceso a ella), y de las funciones vitales esenciales (nutrición, respiración, motricidad…) en la medida que son fuentes de goce y de sufrimiento, y constituyentes de una singular subjetividad; significativas entonces, como tal.
Así es como el saber médico es notable tanto por lo que reniega como por lo que instaura.
El enfermo desconoce su padecer, supone que el médico sabe más que él, el médico supone que el especialista sabe más, y este atribuye a la ciencia médica el saber totalizante (como promesa futura: es el anhelo del saber sobre Lo Real). El elemento constitutivo de esta cadena, es el no-saber del organismo sobre su enfermedad; y por esta jerarquía transitiva, propia del discurso, el médico se ve promovido a la función de “Sujeto-supuesto-saber”.
Dos conceptos que ya buscaremos desplegar mejor: Verleugnung y SsS.


La eficacia simbólica (texto de Antropología Estructural de Claude Lévi-Strauss)

Nos introduce Lévi-Strauss en un viejo texto mágico-religioso de la etnia Cuna (Panamá).
Su interés radica en ser el relato (un largo canto mágico) de una cura shamanística.
Nos enfrentamos a la expresión de los efectos (praxis) de un discurso religioso. Una práctica, regulada por un discurso, dentro de un dispositivo.
Las fórmulas y ritos mágico-religiosos regulan la práctica conformando la realidad del “paciente”.

Una joven parturienta describirá con lujo de detalles la visita del chamán a su choza y las distintas acciones religiosas (verdaderas “manipulaciones simbólicas”) que llevará a cabo a fin de permitir “acomodar” al niño correctamente, favoreciendo el nacimiento.
Interesa ver, cómo el médico brujo interviene sobre el cuerpo de la mujer, sin tocar este. Dentro de un dispositivo, operando conforme la lógica discursiva, afecta el cuerpo: imaginario-simbólico-real. 
Mediante diversos cantos y oficios  irá “explicando” a la parturienta lo que ocurre y las distintas acciones mágicas que irá llevando a cabo junto con sus asistentes  , klm (espíritus protectores) para que su hijo encaje bien y pueda salir.
Explicación que entenderemos, se encuentra sostenida por el andamiaje discursivo mítico, y en este sentido es “eficaz simbólicamente” (tanto, como para afectar el cuerpo físico),  al  reordenar lo que no tiene sentido para “la paciente” (reordena la contingencia que pasivamente padece, dándole un sentido subjetivo al colocar el padecimiento dentro del campo “explicativo” del mito colectivo –allí tiene su lógica-).

“Para llegar hasta el Muu, el shamán y sus asistentes debe seguir cierta ruta, (…) el oscuro “camino de Muu”, ensangrentado por el parto difícil y que los nuchu deben reconocer al resplandor de sus vestimentas y sombreros mágicos, (…) la vagina de la enferma. Y la “morada de Muu” corresponde al útero.

Lo realizado por el brujo, constituye una “medicación” psicológica, puesto que el shamán no toca, el cuerpo de la enferma y no le administra remedio; (…) el canto constituye una “manipulación psicológica” del órgano enfermo, y de esta manipulación se espera la cura”.
“La cura comienza por una historia de los acontecimientos que la han precedido”, tratados los distintos aspectos “con gran lujo de detalles” (…) “Es como si el oficiante tratara de conseguir de una enferma cuya atención a la realidad se encuentra sin duda disminuida –y exacerbada su sensibilidad- debido al sufrimiento, reviva de una manera muy precisa y muy intensa una situación inicial y perciba mentalmente los menores detalles”.
“Esta situación introduce una serie de acontecimientos, cuyo teatro supuesto está constituido por el cuerpo y los órganos internos de la enferma. Se va a pasar, de la realidad   más trivial al mito, del universo físico al universo fisiológico, del mundo exterior al cuerpo interior. Y el mito que se desarrolle en el cuerpo interior deberá conservar la misma vivacidad, el mismo carácter de experiencia  vivida, cuyas condiciones habrá impuesto el shamán con ayuda del estado patológico y  mediante una técnica obsesionante apropiada”.  
La cura consistiría, pues, en volver pensable una situación dada al comienzo en términos afectivos, y hacer aceptables para el espíritu los dolores que el cuerpo se rehúsa tolerar. Que la mitología del shamán no corresponde a una realidad objetiva carece de importancia: la enferma cree en esa realidad, y es miembro de una sociedad que también cree en ella. (…) Lo que no acepta son dolores incoherentes y arbitrarios que constituyen un elemento extraño a su sistema, pero que gracias al mito el shamán va a reubicar en un conjunto donde todo tiene sustentación.
Pero la enferma, al comprender, hace algo más que resignarse: se cura.
(…) El shamán proporciona a la enferma un “lenguaje” en el cual se pueden expresar inmediatamente estados informulados e informulables por otro camino. Y es el pasaje a esta expresión verbal (…) lo que provoca el desbloqueo del proceso fisiológico, es decir la reorganización, en un sentido  favorable, de la secuencia cuyo desenvolvimiento sufre la enferma.”

Cabe contrastar –extrapolando- con lo sostenido por Lacan respecto del método psicoanalítico, en “Función y campo de la palabra”: “sus medios son los de la palabra en cuanto confiere a las funciones del individuo un sentido; su dominio es el del discurso concreto, en cuanto campo de la realidad trans-individual del sujeto; sus operaciones son las de la historia en cuanto que constituye la emergencia de la verdad en lo real “. Donde, “es el efecto de una palabra plena reordenar las contingencias pasadas dándoles el sentido de las necesidades por venir”.

Y en el Seminario I “Los escritos técnicos de Freud”, leemos: “El camino de la restitución de la historia del sujeto adquiere la forma de una búsqueda de restitución del pasado. Esta restitución debe considerarse como el blanco hacia el que apuntan las vías de la técnica.”
“(…) ¿Cuál es el valor de lo reconstituido acerca del pasado del sujeto? (…) que el sujeto reviva, rememore, en el sentido intuitivo de la palabra, los acontecimientos formadores de su existencia, no es en sí tan importante. Lo que cuenta es lo que reconstruye de ellos. (…) el acento cae cada vez más sobre la faceta de reconstrucción que sobre la faceta de reviviscencia en el sentido que suele llamarse afectivo. (…) se trata menos de recordar que  de rescribir la historia.”

También Lévi-Strauss se permite comparar la cura shamanística y al psicoanálisis, afirmando: “en ambos casos, los conflictos y resistencias se disuelven, no debido al conocimiento, real o supuesto, que la enferma adquiere progresivamente, sino porque este conocimiento hace posible una experiencia específica en cuyo transcurso los conflictos se reactualizan en un orden y en un plano que permiten su libre desenvolvimiento y conducen a su desenlace.
(…) El shamán tiene el mismo doble papel que desempeña el psicoanalista: un primer papel –de oyente para el psicoanalista, de orador para el shamán- establece una relación inmediata con la conciencia (y mediata con el inconsciente) del enfermo. Es el papel del encantamiento propiamente dicho. Pero el shamán no se limita a proferir el encantamiento: es su héroe, porque es él mismo quien penetra en los órganos amenazados a la cabeza del batallón sobrenatural de los espíritus y quien libera el alma creativa. Se encarna, como el psicoanalista objeto de la transferencia, para convertirse gracias a las representaciones inducidas en el espíritu del enfermo, en el protagonista real del conflicto que este último experimenta (…) El enfermo neurótico acaba con un mito individual al oponerse a un psicoanalista real; la parturienta indígena vence un desorden orgánico verdadero, identificándose con un shamán míticamente transpuesto.
(...) se trataría en cada caso de inducir una transformación orgánica, consistente, en esencia, en una reorganización estructural, haciendo que el enfermo viva intensamente un mito –ya recibido, ya producido- y cuya estructura sería en el plano del psiquismo inconsciente, análoga a aquella cuya formación quiere obtener en el nivel del cuerpo. La eficacia simbólica consistiría en esta “propiedad inductora” que poseerían, unas con respecto a otras, ciertas estructuras formalmente homólogas capaces de constituirse, con materiales diferentes en diferentes niveles del ser vivo: procesos orgánicos, psiquismo inconsciente, pensamiento reflexivo.”      
   



[1] Hipócrates “Tratados médicos” Las epidemias
[2] Hipócrates “Tratados médicos” Sobre la ciencia médica



RESISTENCIA Y REPRESIÓN

Leemos en Lacan Seminario I “Los escritos técnicos de Freud”:

“¿Cuál es el valor de lo reconstruido acerca del pasado del sujeto? (…)
Que el sujeto reviva, rememore, en el sentido intuitivo de la palabra, los acontecimientos formadores de su existencia, no es en sí importante. Lo que cuenta es lo que reconstruye de ellos.
(…) El acento cae cada vez más sobre la faceta de reconstrucción que sobre la faceta de reviviscencia en el sentido que suele llamarse afectivo. (…)
Lo esencial es la reconstrucción (…) se trata menos de recordar que de rescribir la historia” (en el curso del tratamiento).
Ciertamente, el análisis es siempre una ciencia de lo particular. (…) Con Freud la experiencia analítica representa la singularidad llevada a su límite, puesto que él estaba construyendo y verificando el análisis mismo. (…) El análisis es una experiencia de lo particular. (…)

En La interpretación de los sueños capítulo VII, (encontramos la) primera definición, en función del análisis (en el curso del tratamiento analítico), de la noción de resistencia.
Todo lo que destruye/suspende/ altera/la continuación del trabajo; no se trata allí de síntomas sino del trabajo analítico, del tratamiento. (…) Todo lo que destruye el progreso de la labor analítica es una resistencia.   
Se trata de la prosecución del tratamiento, del trabajo, que por su forma, puede definirse como la asociación verbal determinada por la regla fundamental de la asociación libre.
(…) Múltiples formulaciones de Freud parecen mostrar que la resistencia emana de lo que ha de ser revelado, es decir de lo reprimido, de la verdrängt, o incluso de lo unterdrückt (suprimido).

Durante el curso de la sesión solemos llegar a un punto en el decir del paciente en que el discurso vacila, se detiene, algo allí se hace notar como resistencia. Esta resistencia emana del proceso mismo del discurso, de su aproximación a una cuestión de la que nada se sabe, ni quiere saberse. La experiencia muestra que es allí donde surge la transferencia. La transferencia se produce porque satisface a la resistencia, está en relación a lo reprimido que se resiste de comunicar. Un hecho de este tipo, se reproduce un número incalculable de veces en el transcurso de un tratamiento psicoanalítico. Esa forma, esa “parte del complejo”, esa trama del discurso en relación al fantasma inconsciente, que se manifestó en forma de transferencia resulta impulsada hacia lo consciente en ese momento. Y el paciente se empecina en defenderla con la mayor tenacidad.
En ciertos casos, en el momento en que el paciente parece dispuesto a formular algo más auténtico, más candente que lo que ha conseguido hasta entonces alcanzar, el sujeto se interrumpe y emite un enunciado del tipo: Súbitamente me doy cuenta de su presencia (y callo). El sujeto mismo lo siente como un viraje brusco, un giro súbito que lo saca, lo hace pasar de una vertiente a otra del discurso, de un acento a otro de la función de la palabra.
La resistencia es un fenómeno que Freud localiza en al experiencia analítica. Experiencia en relación al discurso sostenido en su curso.
Cuando esta resistencia se vuelve demasiado fuerte, surge la transferencia.
Reconozcamos que nada es más difícil en análisis que el forzamiento de los fenómenos de la transferencia. Notemos que la transferencia desempeña allí una función particular. Se actualiza allí la persona del analista. La presencia. Transferencia como resistencia a la labor analítica.
En la medida que el paciente no pronuncia una palabra que calla en su decir sostenido, algo allí es silenciado, al precio de quedar enganchado al otro a través de los desprendimientos de la palabra callada. Quedan desechos de esa palabra callada. Notemos entonces, que no es ajeno a la esencia de la palabra engancharse al otro. En el momento que la palabra no encuentra salida, se engancha al otro (transferencia)
El momento en que el sujeto se interrumpe es, comúnmente, el momento más significativo de su aproximación a la verdad. Captamos aquí la resistencia en estado puro, la que culmina en el sentimiento, frecuentemente teñido de angustia, de la presencia del analista.
El yo del paciente, se manifiesta allí como defensa, negativa a proseguir asociando. El yo no quiere saber de eso. El yo reniega.”
(Extractado y armado sobre texto de Seminario I J. Lacan)

S. Freud Lección XIX Resistencia y Represión

Durante el tratamiento los pacientes oponen una enérgica resistencia. Resistencia que el propio paciente desconoce como tal. Esta adopta las más diversas y sutiles formas; cambiando constantemente de apariencia. Notaremos claramente su instalación, al momento de comunicar la regla de asociación.
Contra ella –no obstante  manifestar su deseo de curación- se opondrá la mayor y más tenaz resistencia. Difícilmente encontraremos un paciente que no intente silenciar algún sector de su vida psíquica, con el fin de hacerlo inaccesible al análisis.
En los N. Obsesivos, la resistencia se sirve de una táctica especial. El enfermo no opone obstáculo a la tarea analítica: asocia, rememora, presenta lapsus, haciéndonos creer que obtenemos un rápido esclarecimiento del caso, hasta descubrir que la resistencia se ha refugiado en el estado de duda característico de la N. O y burla desde allí el tratamiento.
En lugar de recordar, repite aquellos sentimientos y actitudes de su vida pasada, que por medio de la transferencia pueden ser utilizados como procedimientos de resistencia contra el profesional y su tratamiento.
Los varones reproducen en su analista sentimientos que abrigaron hacia su padre, convirtiendo así en resistencia  determinados caracteres de la relación filial.
Las mujeres utilizan como procedimiento de resistencia la transferencia sobre el analista de sentimientos amorosos de carácter erótico, hasta perder todo interés por el tratamiento. Los celos y la decepción por la cortés frialdad del psicoanalista, perturban la transferencia positiva.
Estos sentimientos exteriorizan una fachada hostil al tratamiento. Se trata de caracteres o cualidades peculiares al yo del paciente, que han sido movilizados para combatir las modificaciones que el tratamiento busca conseguir. No se hubieran presentado con la misma intensidad fuera de la neurosis.
No sorprenden al analista. La supresión de estas resistencias constituye una de las funciones del análisis.
El paciente aprovecha cualquier ocasión para abandonar su esfuerzo, inclusive su propia mejoría.
Sucede además que la resistencia cambia constantemente de intensidad. Los pacientes abandonan y vuelven a adoptar su actitud crítica un número incalculable de veces durante el curso del tratamiento. Cuando atraemos hacia la conciencia un nuevo fragmento penoso del material inconsciente, su crítica será más alta. Comprendemos así que es un arma de su situación afectiva manejada por la resistencia. Contra aquello que resiste, se defiende con agudo ingenio y gran espíritu crítico. 
Nos decimos que estas fuerzas que se oponen a modificar la enfermedad deben ser las mismas que anteriormente hubieron de provocarla.
La existencia del síntoma tiene por condición el que un proceso psíquico no haya podido llegar a su fin normal de manera de poder hacerse consciente. El síntoma viene entonces a sustituir aquella parte del proceso obstruida.  Contra la penetración del proceso psíquico hasta la conciencia ha debido de elevarse una violenta oposición, que le ha forzado a permanecer inconsciente, adquiriendo como tal la capacidad de engendrar síntomas. Idéntica oposición se manifiesta en el curso del tratamiento (resistencia). Llamamos represión, al proceso que se manifiesta por intermedio de la resistencia.
Este proceso de represión, constituye la condición preliminar de la formación de síntomas. Donde, sabemos que el síntoma es un sustitutivo de algo (otro significante) que la represión impide manifestarse.
La resistencia es un producto de las fuerzas del yo. Son pues, estas mismas fuerzas y cualidades las que deben de haber determinado la represión, o por lo menos, haber contribuido a producirla.
Todos los síntomas del neurótico obedecen a idéntica tendencia: satisfacción de los deseos sexuales y constituyen  una sustitución de la misma cuando el paciente carece de ella en la vida normal.
Las formaciones de los síntomas no se aplican en principio más que a las neurosis de transferencias (histeria de angustia, histeria de conversión, neurosis obsesiva), circunscriben igualmente el dominio en que puede ejercerse la terapia psicoanalítica. (Freud no considera efectivo el tratamiento en otro tipo de estructuras patológicas, en ese momento)  Los enfermos atacados por ellas sufren de una frustración, por rehusarles la realidad de la satisfacción de sus deseos sexuales.
(Extractado y armado sobre texto de S. Freud –citado-)


FORMACIONES DEL INCONSCIENTE

Las fantasías forman parte de las producciones del inconsciente.
Son formaciones (Bildungen)
Las F. I. son fenómenos psíquicos en los cuales se manifiesta de una manera velada, la intervención del inconsciente. Sueño, chiste, lapsus, olvidos, agudezas, recuerdos encubridores, síntomas, fantasías (Phantasiebildungen) o formaciones fantasmáticas.

“El discurso tiene lagunas”
Encontramos “puntos privilegiados”, donde el discurso se rompe, en los que lapsus, chistes, o agudezas, “estallan”, irrumpen bajo el sesgo de la sorpresa, la extrañeza y –paradojalmente- de lo logrado. Algo de otro orden se manifiesta. De una forma incomprensible para la conciencia.
Con otro registro de verdad.
El discurso inconsciente tiene algún parecido a la escritura que se realizaba en los pergaminos, donde se solía borrar un primer texto para escribir (recubrir) luego otro. Escritura entonces.
Donde el primer texto se deja percibir en las fallas, en los quiebres del segundo.
Por la F. I. entramos, descubrimos, teorizamos lo inconsciente.
Nos encontramos con términos, expresiones, palabras, que no conducen a su significado aparente, sino a “otro lugar”, a otro sistema.
Señala esto, la capacidad de la palabra de no nombrar a sus referentes, de referirse a otra cosa.
Los olvidos, lapsus, actos fallidos, no obedecen sino a la búsqueda de ocultar un deseo. Y será por ese desvío del deseo –en la búsqueda de su expresión- que la palabra se relaciona con la sexualidad.
Sirven las F. I. para decir lo que no se quería decir en lo absoluto.
El chiste (Witz) es el modelo. Es necesario estudiarlo, despejar su mecanismo como lo realizó Freud. 
La operación (técnica de producción) significante que subyace a ese efecto de la palabra, a ese armado significante, es lo que nos hace reír y es la misma operación que subyace a toda formación (Bildung), vale decir, a toda manifestación producida por el inconsciente.
El chiste es el modelo para Freud, por cuanto está hecho de palabras y su efecto depende de palabras (donde lo que se extravía es su sentido).
Freud ve, en el desplazamiento del significado, el modelo de toda F. I.
Cuando nos ocurre (nótese el tiempo verbal empleado: denota afectación, más allá de nosotros mismos) un lapsus, un fallido, no sabemos qué estamos diciendo. Desconocemos que a través del equívoco, decimos algo que está en relación a una verdad.
Freud comienza a probar la existencia del inconsciente a partir de estos ejemplos.
Las formaciones del inconsciente, son propias de todos los parlantes. Los humanos, por cuanto hablamos, producimos formaciones.
Mediante estas formaciones (Bildungen) el sujeto puede expresar aquello que desconoce que sabe.
Hay cuatro aspectos a considerar:
1.- Tienen un sentido.
2.- Tienen que ver con un deseo.
3.- Hay un movimiento de ocultación (disfraz).
4.- Tiene que ver con la manera de aparición del deseo en la palabra.
La palabra entonces:
-          Puede remitir a más de un significado (múltiples)
-          Importa su aspecto sonoro
-          Hay una relación arbitraria entre palabra y cosa, entre palabra y significado.
Si tomamos como modelo el chiste que es para Otro (aquel que ríe), diremos: La bildung es para Otro.
El deseo se juega, se realiza a través de la F. I.
El deseo es la insatisfacción como resto después del colmamiento de la necesidad (Ejemplo: chupeteo). Vive de su insatisfacción (deseo de unión) y por otro lado imposibilita esa satisfacción (regreso al uno).
Ningún objeto coincide con el objeto buscado. El objeto está perdido por definición.
En la fantasía el deseo se articula, se constituye en secuencia de representaciones.
La fantasía, como el sueño, la ensoñación diurna, contiene un conjunto de representaciones, de recuerdos de vivencias relacionadas entre si.
Estas son el resultado de un trabajo (arbeit) del inconsciente.
Sometidas a la condensación y el desplazamiento.
Vale decir que el deseo se elabora.

No obstante, existen diferencias entre el sueño y la fantasía.
El sueño no es una metáfora o una trama escenificada. Es un jeroglífico. Una escritura.
Los síntomas son metáforas. Símbolos.
Simbolizan a nivel de un órgano, un significante inconsciente.
Las relaciones que los síntomas sostienen con los pensamientos reprimidos son siempre de orden verbal (un significante se coloca en lugar de otro).
El recuerdo encubridor extrae su posibilidad de rememoración, no de su propio contenido, sino de su relación con otro término reprimido.
La fantasía tiene un carácter mixto. Participa a la vez de del sistema conciente-preconciente y del sistema inconsciente y en cuanto que permite el surgir del deseo es una formación del inconsciente.
Todas ellas (las hay muy distintas) remiten a una unidad de contenido: el deseo inconsciente (aunque bajo formas variadas).
En su ensoñación diurna el sujeto vive lo fantaseado en primera persona. En el inconsciente en cambio, no hay subjetivación, el sujeto forma parte de la escena (se pega  a un niño).
La forma inconsciente de la fantasía es lugar de permutaciones y sustituciones.
En la ensoñación diurna, conciente o preconciente, la fantasía se analiza como un sueño, una formación de compromiso.
Puede estar ligada a fantasías inconsciente que son ellas mismas refundiciones de escenas infantiles.
Los diferentes niveles de la fantasía remiten todos ellos a un mismo contenido, el deseo inconsciente y son simbolizaciones de este último en diferente grado.
Sin embargo las Fantasías Originarias (Protofantasías) se encuentran en todo humano, cualquiera sean sus experiencias personales.
Todas ellas tienen que ver con la seducción, la castración, la escena primaria o con la vida intrauterina. Un patrimonio filogenético (Freud) y no un bagaje personal de la experiencia.

PSICOPATOLOGIA DE LA VIDA COTIDIANA
a.- IX “Actos sintomáticos y casuales”

Existen “actos casuales” de los cuales no sospechamos finalidad ni intencionalidad alguna. Actos porque sí, por entretener las manos, al descuido, etc. Pasan inadvertidos y no despiertan extrañeza (salvo en su reiteración e insistencia, entonces si, una pregunta se nos formula).
No duda Freud en calificar a estos actos casuales de “actos sintomáticos”, pues expresan algo que ni el mismo actor sospecha que exista en ellos, que no comunicaría a los demás (se censura) y que reservaría para sí. Desempeñan el papel de síntomas.
Debemos entenderlos entonces como metáforas de pensamientos inconscientes.
Es en el tratamiento con pacientes neuróticos donde se pueden observar en mayor número (allí son significativos en su insignificancia). Debemos entender que se halla instalada la transferencia, entonces. Y como tal, actos que se prestan a su interpretación, que llaman a su lectura.
Recuerdos sorprendentes por su insignificancia, olvidos, menciones al pasar, tropiezos en entradas y salidas, actos y torpezas minúsculas, “casuales” contratiempos con los horarios, el dinero, malentendidos, etc. durante el curso del tratamiento, son moneda corriente. Moneda a la que habrá que interrogar. Buscar que cambie de mano.
Aparece en muchos de estos actos, la mano comprometida en la acción.
Puede intentarse agrupar los actos atendiendo a su manera de manifestarse como habituales, regulares en determinadas circunstancias, o aislados. Los primeros (como el juguetear con el cabello, enrularse, mesarse la barba, etc.) que pueden considerarse como una características de las personas que lo llevan a cabo, están próximos a los movimientos llamados “tics”, y deben ser tratados en unión de ellos. Otros: juguetear con un lápiz, garabatear en un papel, resonar las monedas en los bolsillos, fabricar bolitas de miga de pan, o los mil arreglos del vestido, ocultan por lo general, cuando se dan durante el tratamiento, un sentido y una significación, a los que otro modo de expresión le está negado. Exige una lectura, un de-cifrado.
En general, la persona que ejecuta tales actos, no se da cuenta de ellos. Ni de cuándo desaparecen o varían en su rutina de ejecución. Tampoco ve ni oye sus efectos, y se asombra cuando se le pregunta por los mismos. Se “muestra” al Otro. El Otro es quien los interpreta, al señalar su carácter de sintomático. Al preguntar por su sentido.
Cambios en la vestimenta, desnudeces, quieren expresar algo que desconoce el portador y de lo que no sabría decir nada. Las circunstancias que rodean la aparición de tales actos, los temas recientes que se tratan en su sesión, las ideas que emergen en el curso de la sesión cuando se dirige la atención sobre estos actos, proporcionan siempre indicios tanto para interpretarlos, como para comprobar si la interpretación fue la correcta.
Entendemos el acto como una formación transaccional: expresión de un conflicto de intereses, un deseo reprimido, del que no quiere saberse y busca este su expresión mediante otro recurso. Nos permite percatarnos de cuan temprano se desarrolla en el aparato psíquico la tendencia a la simbolización.

Una niña de 12 años retoma un tratamiento que consistió en 30 entrevistas a los 7 años de edad. Los genitores tramitaban entonces, una separación altamente conflictiva, con intervención del juez en la regulación de la visita a la pequeña, quién no quería ver a su padre (no lo llamaba papá, se refería a él por su nombre) y éste peleaba por su “derecho a verla”. Discusiones, gritos y ocultamientos en casa de vecinos.
Actualmente, ante un episodio en que su madre y su abuela no dudan de calificar como de anorexia: deja de comer, baja 4 kilos (es una chica alta de contextura flaca, pasa de 40 kg a 36 kg) realizan distintas consultas: pediatra, nutricionista, una psicóloga. Persiste la falta de apetito y expresa M. que desea “volver con Rubén”.
Mantengo entrevistas con M. en las que manifiesta curiosidad por saber ¿qué hacía yo acá cuando tenía 7 años? No hablaba como ahora… Y comenzar a desplegar un relato de sus actividades escolares, su rutina diaria en la casa y breves referencias respecto de Z su genitor. “Heredé todo lo malo, lástima que no tengo sus ojos celestes”, dirá de él en un momento.
“Creo que es… (quiebra sus manos, mientras sonríe)”
Sospecha que Z “es amanerado”. “Medio histérico”. Relata escenas de discusiones de él, con su madre y con ella.
Recuerda una vez dentro del auto en que ellos discutían a los gritos, paran el auto y bajan a la calle para continuar gritándose. “El le retorcía las manos así” (realiza el gesto). Yo gritaba como loca, dentro del auto. Ella me dijo que es imposible que yo haya visto eso, pero yo lo ví…”.
Está preocupada por: “mi abuela dice que son tícs”. Cuando sale su madre ella no puede dejar de preocuparse. “Tengo que saber dónde está”. “Siempre la estoy llamando”. “Me pongo como loca y me retuerzo las manos”. “Estaba una vez con unas compañeras y me retorcía las manos así (reitera el gesto). Mis amigas me miraban como a una loca. No entendían qué hacía y por qué me ponía así”.
Rompo mi silencio para preguntar por lo que dijo: “usaste la misma expresión que cuando te referiste a la pelea entre Z y tu mamá: “le retorcía las manos así-me retorcía las manos así” ¡Qué tendrá que ver!... ¿no?
Se sorprende y dice: “no me di cuenta… nunca lo había pensado”. (Me autoriza como Otro que sanciona un acto sintomático).
En la próxima entrevista retoma el tema. Su sorpresa, y asume que “algo tiene que ver”.
Relata que cuando venía a la entrevista en el viaje en colectivo, ve algo: “un señor levantaba el hombro así… Yo me pregunté: ¿a quién le dice qué me importa?” Nótese que comienza a atribuir un sentido oculto al sujeto en su acto, y una intención. Ya no solo ve, sino que mira de otra manera. Ver no es, para los analistas, lo mismo que mirar. Señala la posibilidad de una lectura: ella lo lee; conforme una lógica que podemos suponer dice: “los tics son dichos para alguien” (y permitámonos jugar con la literalidad del pensamiento (frase) conjeturado).

Mi intervención en su relato del tícs, se centra en interrogar por una expresión semejante para dos hechos distantes en el tiempo (actuales, podemos conjeturar ahora). Valora expresiones idiomáticas propias de ella (singulares), recortándolas de un contexto discursivo, para interrogarlas, sugiriendo otro lazo, otro vínculo, “otra escena”.
Me autorizo en una serie de preguntas que viene sosteniendo respecto de los diferentes pacientes que atiendo, tanto niños como adultos. Qué hacen, cómo hablan, si se recuestan, que hacía ella (colocándose en la serie de los pacientes, podemos conjeturar). Busca ubicar qué hacía ella antes, para qué venía. Distingue que “antes me traía mi mamá, ahora quise venir yo. Me gustó que vos eras un tipo serio. La psicóloga con la que estaba yendo me trataba como una idiota” Y relata una intervención que realiza la misma, a propósito de una expresión suya ante el temor que la invade cuando su madre no está: “sentía que el corazón me latía como a mil por hora”. “No será para tanto…el corazón siempre late”, le acota, corriendo su dicho de lo singular a lo general: lo corre de discurso; saca el dicho del discurso histérico para colocarlo en el discurso del sentido común. Rompe el hechizo.
“Me pareció una estupidez, dirá. Ya sé que el corazón late. Me refería a otra cosa”.
Luego de esta intervención desafortunada, expresará que no quiere concurrir más. Gritará y asustará a sus familiares directos, poniendo como condición retomar “con Rubén”.
La acotación no es tomada por la chica, y produce la desestimación del lugar de sujeto supuesto saber para la profesional anterior. Mi intervención, constituye el lugar.
Mi intervención se autoriza en tomarle la palabra en que ahora viene por ella y no traída. O si se quiere: no viene por ella –no sabe qué hacía acá, para qué venía- viene por que es traída por sus síntomas y su querer saber
La intervención hace enigma. Me constituye como Otro, que señala, interroga una expresión, armando un lazo, una vía. Ella confirma la intervención. Indica el carácter sintomático de su tics: metáfora de otra cosa.
Señala que el dispositivo transferencial se instala.

b.- XII “Determinismo, creencia en la casualidad y en la superstición. Consideraciones”

Dirá que los rendimientos fallidos tienen una motivación oculta a la conciencia siendo el psicoanálisis una forma de acceder a ellas.
Detallará luego una serie de formaciones del inconsciente:
En las equivocaciones orales, dirá, es necesario ir más allá del contenido manifiesto del discurso que se expresa, encontrándonos con “algo” (una verdad) que no buscaba decirse, fuera de la intención conciente, si bien era conocida por la conciencia del orador.
En otros equívocos, si bien fue apartado de la conciencia, no desaparece completamente, retornando en el lapsus.
En otro grupo de equívocos orales encontramos que el pensamiento perturbador es inconsciente, y se encuentra ligado al perturbado por algún lazo asociativo o alguna asociación externa.
El examen de equívocos orales o de lectura nos indica que estos tienen otra intención que escapa a la conciencia. Presentando mayor facilidad las equivocaciones orales.
Encontramos olvidos, donde lo que se olvida es lo indiferente. Se percibe que siempre el motivo del olvido es evitar recordar lo que puede despertar en nosotros sensaciones penosas.
En el caso de las torpezas, vemos que el impulso que se manifiesta en la perturbación del acto es muchas veces contrario a éste; pero mayormente es totalmente ajeno, aprovechando para manifestarse de la ejecución del acto.
Estas manifestaciones motoras poco estimadas o a las que no se presta atención, sirven de expresión a numerosos y diversos sentimientos inconsciente o apartados. En su mayor parte representan simbólicamente fantasías o deseos.
Sentimientos e impulsos egoístas, celosos y hostiles, sobre los que pesa el juicio moral, utilizan en las personas sanas el camino de los fallidos para manifestarse sin afectar a las instancias de la conciencia. Una forma de permitirnos lo inmoral. De manifestación de contenidos de carácter sexual.
El mecanismo de los actos fallidos y casuales, muestra una gran coincidencia con el mecanismo de la formación de los sueños. Encontramos que en las condensaciones y las formaciones transaccionales (contaminaciones), pensamientos inconscientes llegan a manifestarse por caminos asociativos y facilitados, perturbando acciones o pensamientos. Expresan en este sentido un conflicto de intereses contrapuestos.
Observamos que los síntomas neuróticos repiten en su mecanismo todos los rasgos esenciales de este trabajo del inconsciente. El límite entre lo normal y lo patológico es indistinto.  
La solución de estos actos fallidos y actos casuales no se encuentra siempre –si bien es más común de lo supuesto- puesto que “la magnitud de las resistencias que se oponen a la solución debe considerarse como un factor decisivo. (…) Más para confirmar la validez general de la teoría es suficiente que se nos permita penetrar algo en las asociaciones ocultas” del paciente.


La perspectiva freudiana del fenómeno psicosomático

Tomamos como base para el presente el libro de Zulma López Arranz con el mismo título, de editorial Letra Viva.

Vemos que rastrea todos los textos freudianos: seguimos en los inicios el modelo de aparato psíquico propuesto por Freud en la carta 52 (con las adaptaciones y agregados por nosotros aportados). Los desarrollos de lo que conocemos como la primera Tópica. (Proponemos tener presente la lectura de la carta). También los textos Más allá del principio del placer (1920); Pulsiones y destinos de pulsión (1915); El yo y el ello; Notas sobre la pizarra mágica (1924-25); Construcciones en el análisis (1937); El problema económico del masoquismo.  

Sostiene el libro, la hipótesis de considerar el fenómeno psicosomático en términos de lesión-inscripción sobre un órgano o una función (marca sobre el organismo viviente), debido a la fijación de pulsiones autoeróticas que quedan detenidas en Ps (signos de percepción) que es la primera trascripción de las percepciones; insusceptible esta -recordemos- de conciencia y las que se  articulan entre sí, según una asociación por simultaneidad.
Sostenemos que la lesión sobre el organismo viviente, no puede tramitarse por medio de la vía simbólica.
Nos interesa la lectura del libro, para conjeturar sobre fenómenos que no son propios de estructura, como en el caso que nos convoca, pero que a la par nos permiten pensar una vez más, sobre el “armado” del aparato. La constitución de la subjetividad deseante, siguiendo el modelo conjetural freudiano. Tratando de pensar el desarrollo, mentalizarnos, con los paradigmas freudianos.

Supondremos un signo o marca en los tiempos iniciales de constitución del aparato psíquico. El infante “no es entendido” por el adulto auxiliador. Aquél que debe llevar adelante la acción específica buscando que cese el estímulo interno, para el que no está preparado a dar respuesta por si solo, el cachorro humano. Vemos entonces cómo la lesión, que se conformará en este tiempo inicial,  se montará sobre una necesidad “no auxiliada”.
Tiempo de inicios de la función: “la fuente primordial de todos los motivos morales”.[1]
Propondremos entonces (ahora al modo conjetural winicottiano) una vacilación de la función primaria de sostén; un adulto auxiliador (madre) no suficientemente bueno, en interpretar y sostener emocionalmente, a la par que frustrar y favorecer el desprendimiento e independencia del pequeño infante.
Diremos esto, de aquel adulto incapaz de darle sentido al grito expresión de indefensión y desamparo del cachorro humano. Poner en palabras el remolino pulsional. “Saber” en acción. Propiciar y fundar diálogo tónico, tal vez. No puede entonces, dejar huella mnémica, marca en el sistema, permitiendo dónde guardar lo que del objeto es atributo o cualidad.

En este sentido, desde un desarrollo más lacaniano, si se me permite la metáfora: “testimonio del goce”, de la experiencia de goce local, parcial. Representante en el inconsciente del goce parcial: objeto a. “El objeto a es el condensador de goce”[2]
Residuo también. Resto. Lo que cae luego de los intercambios sostenidos con el otro auxiliador.
“No hay goce sino después que todo acabó, que todo se perdió. Y el goce se refiere a pedazos de cosas locales y, por lo tanto, el objeto a tiene que ver con lo local”[3].
Y otra cita de Nasio que tal vez ayude: “(…) quiero observar que si el objeto a es todo lo que acabamos de decir, lo que resulta después de un corte normal, nos preguntaríamos sobre el estatuto del objeto a en el caso de una lesión llamada psicosomática. En otras palabras, un eccema, un episodio asmático, jaquecas reiteradas, allí donde hay sufrimiento local, una perforación local, hay también separaciones locales que suponemos tienen que ver con el objeto a.”

Falta la huella como representación del objeto perdido. Representación (Vorstellung) que marca la pérdida del das-Ding (La Cosa). Si se me permite: la marca de la madre… que como tal, “no es” la madre y por ello perdida.
Algo allí se presenta disrupto entonces. Roto, no pasa en el sistema. Se fija, se ancla. Se lastra o congela.
El fenómeno psicosomático, tendrá estatuto de trauma, intramitable por la vía de la inscripción inconsciente. ¿Por qué intramitable? Precisamente por no tener inscripción en el inconsciente. Retraducción. La falta de huella como representación del objeto perdido, deja por fuera del Inconsciente Reprimido al fenómeno psicosomático.
Y traumático por cuanto el monto de excitación inicial propio de la necesidad, el incremento tensional consecuente, no fue “interpretado”. No dejó huella de experiencia de placer, quebrándose el principio de constancia al que tiende el aparato. Ocurre que el principio de placer rige el aparato, pero no lo gobierna.
“…en el alma existe una fuerte tendencia al principio de placer, pero ciertas fuerzas o constelaciones la contrarían, de suerte que el resultado final no siempre puede corresponder a la tendencia al placer.”[4]
Y si no se tramita por vía psíquica; esto es, si no nos encontramos con formaciones propias del inconsciente  ¿cuál es la vía de descarga?
Postula siguiendo a Freud que: “casi toda la energía que llena el aparato proviene de las mociones pulsionales congénitas, pero no se las admite a todas en una misma fase de desarrollo”[5]. Dirá entonces que podemos pensar que esas mociones pulsionales congénitas van recorriendo un camino en el transcurso del desarrollo psíquico. Esas mociones pulsionales no pasaron la represión. El fenómeno psicosomático es consecuencia de una falla en la segunda retrascripción, hecho que lo ubica por fuera del inconsciente y que se trata de pulsiones primordiales que quedaron retenidas en la etapa del autoerotismo. 
La reiteración de los “brotes”, el recrudecimiento o periodicidad del fenómeno psicosomático apunta a la compulsión a la repetición, la que prima sobre el principio de placer.
Comprenderemos la relación entre el fenómeno psicosomático y el más allá del principio de placer, en la condición de trauma del fenómeno psicosomático, que al no poder inscribirse en lo simbólico lleva a la destructividad de un órgano o de una función.
Marca la autora, siguiendo a Freud, una relación común entre las neurosis traumáticas y el fenómeno psicosomático.
En el caso del enfermo de neurosis traumática la falta de expectativa, de “apronte angustiado”, hace que desborde el aparato al no poder prepararse.
En el fenómeno psicosomático, el estado de indefensión y desamparo frente al peligro requiere la asistencia del adulto auxiliador. Los estímulos internos requieren la función del “entendimiento” para llevar a cabo la acción específica. Si ella no llega el aparato psíquico se desborda.
En ambos casos el enfermo se fija al trauma.
“Tendríamos que pensar en las enigmáticas tendencias masoquistas del Yo”[6].
Freud nos muestra que existen tendencias que están más allá del principio de placer y que son más originarias e independientes  de él.
La hipótesis es que la condición traumática del fenómeno psicosomático resulta de pulsiones primordiales autoeróticas que quedaron fijadas en un estadío anterior a la represión (fuera del inconsciente estructurado por las leyes del proceso primario). Como la descarga no puede tramitarse es cursada por la vía refleja, sobre el soporte material del organismo.
Una operación fallida en la separación nos permite inferir que no hay caída del objeto. No hay separación entre objeto y sujeto. Implica una gran dificultad en relación a la pregunta por el deseo.
Solo la pérdida del objeto posibilita el deseo.
El fenómeno psicosomático constituye un modo particular de entramado de la pulsión de muerte y de la pulsión de vida. Un nombre para la pulsión de muerte inscrita de modo directo sobre el soporte material del cuerpo. Un modo de acortar el camino de regreso a lo inorgánico, lesionando órgano o función. Pero a la vez “algo” se inscribe, allí vemos a la pulsión de vida retardando el camino a la muerte. Se trata de un particularísimo modo de entramado pulsional.
El trabajo analítico tendría como objetivo durante una parte del tratamiento, apuntar a la mezcla pulsional y a una manera diferente de inscripción que funcionara como una sutura en lo simbólico.

Una hipótesis sostenida por la autora que la emparenta a lo sostenido por Nasio, es que el fenómeno psicosomático es una formación del inconsciente no reprimido. Nasio dirá que es una formación de objeto a.



[1] Proyecto de Psicología. S. Freud
[2] J. Lacan
[3] Los gritos del cuerpo. Psicosomática. Juan David Nasio. Paidós.
[4] Más allá del principio del placer. S. Freud Obras completas
[5] Idem.
[6] Más allá del principio del placer. S. Freud



El Cuerpo para el psicoanálisis


Una puerta de entrada al tema del cuerpo para el psicoanálisis es hacerlo por el síntoma somático. Y en este sentido, el compromiso corporal que nos presenta la histeria, es el mejor ejemplo. Lugares del cuerpo -afectados- en los que se presenta y se repite un acontecimiento que, no obstante remite a otra escena, se muestra sin embargo aquí y ahora en cuerpo presente.
Lugares afectados del cuerpo erotizados[1]. Lugares del cuerpo real –soporte- en los que se activa el síntoma físico. Un cuerpo oculta otro. Una parálisis que copia a su homóloga orgánica, pero “en exceso”, con una localización puntual, imposible de sostener orgánicamente, con “manifestaciones excesivas” y que tienden a “producir sus síntomas –parálisis, contracturas, anestesias- con la mayor intensidad posible”. Más real que la realidad de la propia parálisis orgánica: la histérica se consagra de cuerpo y alma a su parálisis, estando más paralizada que un paralítico.
“En sus parálisis y otras manifestaciones, la histeria se comporta como si la anatomía no existiera o como si no tuviera ningún conocimiento de ella”. Reinventa un cuerpo en el cuerpo. “Falsa anatomía”, dirá, “anatomía imaginaria”. El síntoma somático nos muestra en sus rodeos, la correspondencia con un amor secreto, un escrito de amor, una letra en el cuerpo.
“En la histeria se trata de una excitación psíquica que toma un mal camino conducente a reacciones somáticas. En la neurosis de angustia, al contrario, hay una tensión física que no logra descargarse psíquicamente y por consiguiente sigue morando en el dominio físico”. “Los dos procesos se combinan con mucha frecuencia”.
En la histeria encontramos alusiones, a través de símbolos mnémicos, del coito[2], “medios accesorios de descarga”. Una manera de participar, una “salida de la excitación”. Por otro lado, la neurosis de angustia, “testimonia” la excitación sexual en el cuerpo: lo trastornos de la respiración y el ritmo cardíaco traducen la imposibilidad de derivar la excitación, que entonces, fermenta directamente en el cuerpo. La conversión es “el resultado de la transformación de una cantidad de energía utilizada de otra manera”. El cuerpo ofrece una salida –el modelo es la hemorragia menstrual- a esa energía.
Freud piensa la psiconeurosis, como un proceso histérico –defensivo- donde encontramos trazas de excitaciones anteriores sobre las que se entrama la neurosis. Alusiones archivadas –infantiles- que Freud menciona como: “una pequeña parte de excitación coital sin abreacción” o “los signos pasajeros de la excitación sexual que acompañan el acto genital”; “esas impresiones” se anclan en el cuerpo en y por la actividad masturbatoria (autoerotismo). Esto se hace por selección y “cambio de vestimenta” de la excitación real primitiva, pero el basamento real de los fantasmas debe encontrarse sin duda allí: eso empezó por gozar en el cuerpo para que el fantasma extrajera de ahí su fermento primitivo.
El cuerpo pulsional infantil presta un soporte entonces donde se monta el fantasma. Fantasmas Originarios, Teorías infantiles que serán su desarrollo luego, atestiguan “lo que hay de exacto y valedero en esas teorías se explica por su origen a partir de componentes de la pulsión sexual, que ya se agitan en el organismo infantil”.
“El núcleo del síntoma psiconeurótico –el grano de arena en medio de la perla- se forma mediante una expresión sexual somática”. Para Freud, esto es lo que constituye el fondo neurasténico, ansioso e hipocondríaco de la histeria o la neurosis obsesiva.
Así un síntoma histérico que afecte al cuerpo –una migraña, ataque de pánico, una dolencia renal- concentra como formación significante inconsciente, “una serie de fantasmas y recuerdos libidinales”, pero no por ello deja de ser, como dolor, “menos real”. La realidad proviene de la “expresión corporal de una excitación libidinal”.
La pregunta a formularnos es si podemos “descifrar” un síntoma somático tal cual lo hacemos con otras Formaciones de lo Inconsciente. Puesto que el momento corporal del síntoma marca la derrota de las estrategias significantes en su intento de respuesta a lo traumático de la sexualidad (falla de la símbolización) y la inscripción como real sintomática.
Es una formación de lo inconsciente distinta.
Punto de cruce del síntoma y el fantasma.
Freud aclara en una carta a Groddeck[3], respecto del artículo Lo inconsciente (1915) una nota allí indicada: “otra prerrogativa importante de lo inconsciente” (es) “la afirmación de que el acto inconsciente ejerce sobre los procesos somáticos una acción plástica intensa que el acto conciente nunca alcanza”. Señala entonces este efecto plástico activo del acto inconsciente sobre los procesos somáticos.
Vemos entonces la idea fuerte que se desprende: el fenómeno mórbido somático se instala cuando un fantasma halla complacencia en el cuerpo, cuando encuentra un cuerpo “complaciente”, tanto como para “halagarlo” y ofrecerle con que “alimentarse”: “libra de carne viva pagada al fantasma, dada en usufructo al Wunsch (deseo)”.
El paciente somático paga con su persona para librarse de esa deuda que no pudo simbolizar de otra manera: paga masoquísticamente. Puesta en acto del fantasma en y por  el cuerpo.
Por otro lado, Freud señala el lugar dado a la realidad: “Debo confesarlo –y me incomoda hacerlo: aconsejo a los analistas despreciar la realidad; no se pregunten si un acontecimiento infantil, traumático, que el paciente cuente, es verdadero o falso”. Se trata de Realidad Psíquica. Y como tal diferente de la realidad material.
“Nunca se dejen llevar a introducir el patrón de la realidad en las formaciones psíquicas reprimidas. Así se arriesgaría a subestimar el valor de las fantasías en la formación de los síntomas, al invocar, justamente, que no son realidades, o a hacer derivar de otro origen un sentimiento de culpabilidad neurótica; porque no se puede probar la existencia de un crimen realmente cometido. En otras palabras, no usen el patrón de la realidad para medir las fantasías psíquicas”[4].
Para Freud, la realidad psíquica provoca efectos a pesar de no ser tangible materialmente. Sus efectos psi y la clínica atestigua de estos. ¿De qué naturaleza está hecha esa realidad psíquica? ¿Tramada con qué materia? Freud dirá que de sexo, y en este sentido hablaremos de “exceso”, de imposible, de intramitable: formulaciones para situar el Goce. El material de la realidad psíquica es sexual, se trata del deseo. Del deseo y la insatisfacción. Un tejido tramado o mejor: un entramado tejido de deseo insatisfecho capaz de producir efectos somáticos in corpore

El “Placer de órgano” es el modo de satisfacción de las pulsiones parciales, que emanan de “diferentes lugares y regiones del cuerpo”. Es, dirá Freud, “aquello en lo cual esas pulsiones parciales encuentran una satisfacción que podemos llamar placer de órgano”.
Órganos que comparten la prerrogativa de “obtención de un placer al modo de los genitales. El órgano, así entendido, es literalmente la pulsión en la fuente. Ese placer de excitación no tiene “meta en ningún objeto fuera de si mismo. Es un acontecimiento eminentemente desorganizador (una vez instalado).
Cualquier órgano –se trate de la boca o el ojo o la mano o el órgano motor- está ajustado a “una relación” con una función doble. Una función propia, orgánica en sentido estricto, orientada hacia la autoconservación –la boca que come (y habla), el ojo que percibe los cambios del mundo exterior, la mano que ejerce la pronación- más una función en cierto modo parasitante, propiamente libidinal: la boca que besa, el ojo que “detalla las propiedades” de “encanto” del objeto, la mano que urde el placer autoerótico. No se trata de un órgano distinto, el mismo órgano en servicio asegura la dualidad de funciones pulsionales. Todo órgano o sistema de órganos, tiene la tarea de manejar la doble reivindicación del yo conciente y la sexualidad reprimida. Ese conflicto de hegemonía o de dominación entre pulsiones del yo y pulsiones sexuales se produce directamente en el órgano (¿sobreinvestido libidinalmente?).
“Hemos llegado de manera totalmente general a la idea de que la función de yo del órgano se deteriora cuando aumenta su erogeneidad, su importancia sexual”. “Erotización poderosa” de los dedos del pie, “el brillo de la nariz”.

La angustia de castración se procura, mediante el órgano defectuoso “tomado” del organismo, un órgano –un instrumento- de expresión. El órgano vulnerable sería el que sostiene en el sujeto esa relación –personal- con la falta de gozar. El órgano enfermo (orgánicamente) se convierte en el órgano (simbólico) de la castración.
Estar enfermo puede revelarse como el medio de practicar materialmente la angustia de castración, de ponerla en acto, pero simultáneamente de aliviarse de ella “localizándola” en el órgano tomado como blanco. La castración trabaja al sujeto en el cuerpo: esto es lo que atestigua el síntoma somático, efecto físico de aquella.

El cuerpo hipocondríaco:
La hipocondría se caracteriza por el “temor a la enfermedad” y por lo tanto por la sospecha de estar enfermo o en medio de un proceso mórbido. Supone esto, una atención permanente al cuerpo propio: el hipocondríaco está al acecho de la enfermedad, buscando signos de ella en su cuerpo.
Freud clasifica la hipocondría entre las “neurosis actuales”: la menciona en la conclusión de la discusión sobre el onanismo como la tercera forma presunta de estas, al lado de la neurastenia y la neurosis de angustia. El estudio sobre Schreber toma nota de esta convergencia con el onanismo, al señalar que algunas de las numerosas “ideas delirantes hipocondríacas” que entraña la paranoia “encubren literalmente las aprensiones hipocondríacas de los onanistas”. La culpa onanista nos pone sobre la pista de la significación autoerótica del miedo hipocondríaco. Temor al daño físico, preocupación por el cuerpo.
La hipocondría se menciona en el ensayo sobre el narcisismo, justo después de “la consideración de la enfermedad orgánica” –y justo antes del amor- como el fenómeno psicopatológico que permite “encarar” el narcisismo. Su punto común con la patología orgánica es expresarse en “sensaciones corporales penosas y dolorosas” y requerir una retracción narcisística[5]: “El hipocondríaco aparta tanto sus intereses como su libido del mundo exterior y concentra unos y otra en el órgano que lo preocupa”. Empero, contrariamente a la enfermedad orgánica, las “sensaciones penosas” no se fundan en “cambios demostrables”, la medicina no encuentra motivos.
La sensación de estar enfermo vale aquí como índice subjetivo de un cierto tipo de modificación orgánica, no susceptible de descubrirse mediante signos demostrables. Lo piensa Freud, como un modelo de estado de un órgano modificado de alguna manera, dolorosamente sensible, pero no enfermo en el sentido propio del término. Lo que surge entonces es un órgano “hinchado de sangre, inflado, irrigado y sede de múltiples sensaciones”: lo que se describe aquí es la erogeneidad de órgano, la “falicidad”, propiedad general de  los órganos, su modificación primaria.
Pero lo que está en juego es la distribución de libido entre yo y objeto. Así pues, la reacción hipocondríaca tiene un fondo “egoísta”: es una defensa contra las reivindicaciones del objeto. Donde el paso a la enfermedad somática es una estrategia de supervivencia, pero si la solución no está allí es porque el objeto desinvertido falta e insiste en faltar.
Por eso escribe Freud: “un fuerte egoísmo protege de la enfermedad, pero finalmente hay que empezar a amar paro no enfermarse y hay que enfermarse si, como consecuencia de la frustración, no se puede amar”. 
De alguna forma el dolor del hipocondríaco atestigua del “dolor de existir”

El Dolor, para Freud, nace de una “penetración” traumática: “cuando una excitación surgida en al periferia quiebra los dispositivos de paraexitación y actúa desde ese momento como una excitación pulsional continua, contra la cual son impotente las acciones musculares activas (eficaces) que en otras circunstancias sustraen a ella el sitio excitado”.
La línea de protección cede en un punto que a partir de ese momento se va a erigir en “punto de atracción”.
Ya se produzca la efracción del tejido corporal desde el interior o el Otro lleve a cabo la efracción del tejido psíquico, eso tiene el mismo efecto: “eso duele”. Mas en la separación el Otro es lo real que falta: “me faltas: eso duele!!”.






[1] Freud dirá que esos lugares singulares del cuerpo constituían un lugar de bombardeo de investiduras; un lugar que es objeto de un “no pensamiento” o un “pensamiento ciego”. Físicamente sobreinvestido, por estar asociativamente disociado. Sobredeterminado con ese fin. Allí será donde se alojará el síntoma conversivo.
[2] Respiración entrecortada, ahogos, palpitaciones, sudoración… Alusiones.
[3] Recordar que Freud re-formula la 2da Tópica del aparato a partir de la noción de Ello “inventada” y descrita por Groddeck a Freud en su intercambio epistolar. Freud toma de este la noción, adaptándola a su formulación teórica.
[4] Formulaciones sobre los dos principios del funcionamiento mental”. S. Freud
[5] Volverá el investimento libidinal a los puntos de fijación narcisista. El “cuerpo narcisista” se armó con los atractores libidinales (autoerotismo) sobreinvistiendo, zonas, “agujeros negros” donde se pierde la función de la palabra.




Freud entre nosotros


Nos interesa el artículo de J. D. Nasio en cuanto nos permitirá re-trabajar conceptos, nociones propias del psicoanálisis, una vez más.
Trataremos de seguir el desarrollo del artículo.
Se interroga por el descubrimiento freudiano: ¿cuál es este? “Se trata de una serie de invenciones”, dirá.
¿Cuál nos interesa abordar?
“El síntoma no es el simple indicio nosológico de una enfermedad, sino el significante con el cual el sujeto goza o sufre para no gozar o sufrir de una pena mayor”; (goce imposible).
En primera instancia, podemos definir el goce como la satisfacción de la pulsión, en su carácter de real (lo que insiste, una y otra vez), diferenciándola así de la dimensión imaginaria en que se vio inicialmente delimitada la pulsión y de la dimensión simbólica.
Recordemos que desde Freud, la pulsión introduce en la esfera de la necesidad una cualificación erótica. La pulsión en tanto tal no tiene no tiene puesto en la vida psíquica, no se incorpora a ella sino por mediación de los Vorstellung-Repräsentanz o representantes-representativos. A este representante se refiere la represión originaria constitutiva de lo inconsciente[1].
Podemos pensarlos como fonemas donde se fijan conmociones pulsionales y se convierten entre otros, en los primeros representantes de la pulsión. Entre otros, en efecto, los elementos de lenguaje son redoblados por impresiones visuales (imágenes), cenestésicas, táctiles, olfativas, bajo la forma de experiencias sensoriales de diferencia.
Hablar de goce, nos remite necesariamente a la satisfacción de una pulsión que en cuanto tal, entonces, involucra necesariamente al cuerpo.
El cuerpo para el psicoanálisis, no es el de la medicina, ni el del deporte o la estética, es el cuerpo atravesado por el significante, es el cuerpo “hablado”, lo que se dice del cuerpo.
¿Qué ocurre con el cuerpo en el síntoma?
Lacan dirá en “Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis”: “El síntoma es en primer lugar el mutismo en el sujeto que se supone hablante.” Síntoma entonces, como mutismo, enigma por descifrar.
“Es en el movimiento mismo de su habla que la histérica constituye su deseo. De tal modo que no debe sorprendernos que sea por esa puerta que Freud haya entrado en lo que era, en realidad, las relaciones del deseo con el lenguaje, y haya descubierto los mecanismos del inconsciente”.
Pero interrogué por el cuerpo y el síntoma…
Para el psicoanálisis, estrictamente hablando, un síntoma es una “formación del inconsciente”, descifrable por la misma razón que un sueño o un acto fallido, un chiste o un lapsus; por la misma razón que un fantasma. ¿Es legítimo descifrar un síntoma somático según la sintaxis común de las formaciones del inconsciente?
Lo que marca el momento corporal del síntoma es el hecho de que viene a mostrar el fracaso de la estrategia significante y a inscribirse como real, especie de falla de la simbolización, así como de las formaciones inconscientes más comunes. El síntoma llamado somático señala una figura particular de la formación de síntomas.
El síntoma somático, revela el momento “físico” del anudamiento inconsciente. Ese punto de incrustación físico del síntoma.
Es la “parálisis histérica del brazo”, por ejemplo, que Freud describe en su artículo ya visto por nosotros. Donde no se trata del “cuerpo orgánico”, o como dice Freud: “La lesión de las parálisis histéricas debe ser por completo independiente de la anatomía del sistema nervioso, puesto que la histeria se comporta en sus parálisis y otras manifestaciones como si la anatomía no existiera, o como si no tuviera ningún conocimiento de ella.” Dirá que “toma los órganos en el sentido vulgar”, en el sentido de “lo que se dice vulgarmente de ellos”.
En este sentido, la histeria, re-inventa un cuerpo en el cuerpo. Una “falsa anatomía”, vale decir: Una anatomía imaginaria. Donde un conflicto se encarna.
Incidencia física de lo inconsciente, que llega a expresarse en las manifestaciones somáticas del síntoma. Algo “anda mal” en el cuerpo.
Algo de la demanda y el deseo del sujeto “se deja veren y por el cuerpo.
Pero, continuando con lo escrito por J. D. Nasio. “el síntoma es también el significante con el cual el sujeto dice un saber sin saber que lo dice”.
Podemos decir entonces, que el sentido del síntoma, no está dado, no es accesible por medio de una lectura (científica) en relación a algún libro que recoja o tipifique síntomas y conforme estos, indique tratamiento o señale las vías de la constitución y esclarecimiento de los mismos. No. El sentido –que lo tiene- es singular. Se podrá acceder a él, poniéndose a éste (el síntoma) en relación discursiva, es decir, ocupando un sitio en la cadena de significantes a través de la cual el sujeto se representa (en su castración a través de los signos de su deficiencia orgánica, por ejemplo). 
Distinguirá entonces Nasio, “dos caras solidarias y opuestas: una la del síntoma como signo, cara vuelta hacia el sujeto; otra, la del síntoma como significante (esta es la que interesa al psicoanálisis). El síntoma en tanto significante es una representación que no se dirige a nadie aun cuando el sujeto la porte.”
(...) “He aquí la locura de Freud: haber inventado la noción de representación inconsciente, no solamente inscripta a espaldas del sujeto (percepción sin conciencia), sino repetida después bajo la forma de un síntoma que, sin tener destinatario preciso, dice algo.”
Representación inconsciente, que “permanece reprimida y forma cadena con otras. El problema es la articulación entre el síntoma y la cadena de representaciones inconscientes.”
Afirmará luego, siguiendo a Freud, que “lo inconsciente no conoce el tiempo, ni la contradicción, que no es el pasado, ni la infancia y menos aún la memoria”.
¿Dónde se encuentran entonces esas representaciones concatenadas y olvidadas?
“Lo inconsciente existe, pero en acto. Lo inconsciente no es un depósito virtual o latente de representaciones reprimidas, sino que está ahí, producido, realizado puntualmente en la falla de un enunciado o en una palabra singular.”
Insisto entonces con esta noción: se constituye en el acto, en la disrupción del enunciado (de quien habla), allí donde podemos oír su enunciación subjetiva.
Y se continúa enfatizando: “Como si la interminable cadena de representaciones significantes de mi historia se concentrara y redujera al solo acto puntual de un dicho: de ese dicho que el sujeto dice sin saber lo que dice.
Enunciemos esto en una frase: lo inconsciente existe en acto, y en este solo acto es el conjunto de las representaciones reprimidas. Así, cuando el síntoma emerge, emerge también lo inconsciente, es decir, que se abre la posibilidad de otros síntomas por venir y se abre una repetición que no cesará de renovarse.
El psicoanálisis no es una operación adivinatoria ni una interpretación de sentidos ocultos. El psicoanálisis es una posibilidad de producir, entre el analista y el analizante, una marca nueva en la repetición de siempre; de producir lo inconsciente.”




[1] Recordemos que los elementos inconscientes obedecen a los procesos primarios de condensación y desplazamiento, que Freud llamará arbeit o trabajo de lo inconsciente, en contraposición a los procesos secundarios específicos del sistema preconciente-consciente.
El lenguaje inconsciente no puede asimilarse al lenguaje consciente especificado por la distinción del significante y del significado. El lenguaje inconsciente es un lenguaje de una sola dimensión, pertenece al registro imaginario y los términos que lo componen pueden remitir su energía sobre otros, ya sea por desplazamiento (metonimia) ya por condensación (metáfora): Es por este medio por el que el deseo inconsciente se vehicula hasta la conciencia, pasando de un significante a otro a lo largo de una trama nudosa y compleja de significantes.

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